El vuelo de un colibrí (Ikigai, el País de los Sueños 1) El portal #2
96%

El portal #2

Fran resopla con fuerza dejando clara su discrepancia con todo lo de esa maldita mañana. Marta, Guille y Roy miran la ermita pensativos.

—Está jodido —apunta al fin Guille—. Ni aun sabiendo bucear y teniendo los equipos necesarios para hacerlo, veríamos nada. Mirad esas aguas. Además, la nave puede estar cubierta de escombros y restos de árboles. Si encima no sabemos qué debemos buscar ni dónde…

—Correcto, un suicidio —corrobora Fran, aliviado al escuchar por fin una opinión coherente.

Marta se siente destrozada; sus esperanzas de encontrar a su hermana se han desintegrado en un segundo.

Jamás lograrán alcanzar ese portal y en su corazón empieza a sobrevolar la angustiosa idea de que puede que tenga que despedirse de su hermana para siempre, tal como lo hizo de su madre.

Guille mira a Marta y la atrae hacia él, rodeándola con sus brazos, después mira a Roy y se siente contrariado.

No ve en su rostro la desesperación de Marta.

Está concentrado maquinado algo; no se ha rendido aún.

Guille no puede evitar sonreír, fascinado con su contagiosa determinación.

—Chicos, no podemos hacer nada —habla Fran, esperanzado al discernir el final de aquella loca aventura—. Habrá que esperar al verano, con suerte habrá sequía y la ermita quedará fuera del agua, como tantas veces pasa.

Marta siente esas palabras como un golpe en el pecho. Eso era casi un año, demasiado tiempo.

—Quizá antes, en primavera —añade Fran, viendo la desolación de su amiga.

Roy abandona la quietud y echa a andar. Fran respira hondo, pensando que por fin ha entrado en razón, pero pronto descubre que está equivocado.

Empieza a bajar la empinada cuesta hacia el agua y se detiene.

Se agacha y coge una enorme piedra, tan grande como un melón.

Se da la vuelta con ella en brazos y sube de nuevo la cuesta, costosamente.

Sin mediar palabra, se dirige hasta la puerta del cobertizo y lanza la piedra con todas sus fuerzas sobre el candado.

El candado y la gruesa cadena no se ven afectados por el golpe, pero las tablas de la puerta se parten, dejando un boquete astillado que a duras penas sostiene la cadena.

Roy tira de la cadena y termina de separarla de la puerta, la deja caer al suelo y de una fuerte patada abre las puertas, ante el asombro de sus amigos, que apenas tienen tiempo de asimilar lo que acaba de hacer.

Fran se golpea la frente, incrédulo; Guille y Marta se miran con un renovado entusiasmo, como si la determinación de Roy fuera suficiente para superar todos los obstáculos.

—Lo que hace el amor —bromea Guille, mientras entra al cobertizo detrás de Roy.

Marta les sigue también, animada. Fran, derrotado, se sienta en el suelo, con la certeza de que esa mañana va a terminar en tragedia. «Saldremos en las noticias», piensa con amargura.

Dentro está oscuro y les cuesta unos segundos acomodar la vista.

Hileras de piraguas cubren las paredes en tres alturas, ocupando la mitad derecha del cobertizo.

La otra mitad es para barcos de vela ligera de tipo Optimist; de niños, todos habían dado clases de vela en esas pequeñas embarcaciones.

Roy se detiene delante de uno de los barcos, acariciando su superficie con la mano, pensativo.

Después mira a sus amigos, preguntándose por qué siguen aún ahí, halagado y preocupado a partes iguales.

No quiere ponerlos en peligro, pero no puede renunciar a intentarlo.

Entiende todo lo que han dicho, no es idiota.

Sabe que un buceo en semejantes condiciones es imposible.

Pero no piensa darse por vencido, una fuerza lo empuja a seguir.

Se adentrará en las verdes aguas del embalse y llegará hasta la ermita.

¿Quién sabe qué encontrará al contemplarla de cerca?

Desde la noche en que soñó con la muerte de su abuela no habían dejado de ocurrirle cosas extraordinarias, ahora creía en lo imposible, y unos cuántos metros de aguas turbias no iban a detenerle.

Continúa caminando entre los barcos hasta el fondo del almacén.

Tres zodiacs de distintos tamaños aguardan a ser utilizadas.

Se acerca a ellas y observa los motores, deben ser bastante pesados.

Al fondo, a la derecha, hay una puerta de grandes dimensiones por donde sacar las embarcaciones.

Otra pesada cadena la mantiene cerrada. Roy mira atrás, sopesando cuál sería su mejor opción para llegar a la ermita.

Marta y Guille hacen lo mismo. En ese momento, Fran asoma por el vano de la puerta.

—Chicos, tenéis que ver esto.

Los tres amigos salen del almacén y miran al lugar que Fran les señala.

A lo lejos, en los aparcamientos del mirador del embalse donde ellos mismos habían estado hacía solo unos minutos, una figura femenina se apoya en la barandilla y parece mirar hacia donde ellos están.

A pesar de la distancia, su porte elegante y su larga melena rubia ondeando al viento son inconfundibles.

—Es ella, ¿verdad? —pregunta Fran.

—Sin duda —afirma Roy.

Roy recuerda su imagen, subida a aquella águila descomunal y siente un escalofrío.

—¿Nos ha visto? —pregunta Fran.

Nadie contesta. Los cuatro amigos permanecen quietos, observándola un buen rato. El miedo empieza a sobrevolar sus mentes, que tratan de luchar contra lo que les hace sentir, incluso desde esa distancia, tratando de imponer la razón a la fuerza irracional que los embarga.

Ella se mueve, da la vuelta sobre sus pasos y sube a un Mercedes blanco, el mismo que siguió a Roy el día que salió a correr, tras leer las cartas de su padre. Arranca y se incorpora a la carretera. Los cuatro observan su recorrido.

—Ya se va —se aventura Fran, más como un deseo que como una afirmación.

—¡Qué va! —exclama Roy y, antes de ver como el Mercedes toma el camino de tierra, vuelve al almacén.

—¡Joder! —exclama Marta, y entra también, seguida de Guille y Fran.

Roy intenta bajar de su soporte una piragua en la que ya ha metido dos remos. Marta coge otros dos remos, los mete dentro y coge de un extremo de la piragua. Entre los dos la bajan y se dirigen a la puerta, llevándola cada uno de un extremo.

—Vamos, Fran —alienta Guille a su amigo, indicándole con la mano que le sigua.

Ya ha cogido dos remos y los deposita en otra piragua. Fran le sigue, nada convencido de lo que están haciendo.

—¿No deberíamos largarnos de aquí? —suplica más que preguntar, mientras ayuda a Guille a bajar otra piragua—. Aún estamos a tiempo.

—¿Y cruzarnos con ella en ese camino de tierra? No querrás hacer eso…

Fran y Guille salen del cobertizo, sosteniendo la piragua, y toman la empinada rampa de cemento que lleva al agua, por la que ya bajan Roy y Marta.

Fran mira atrás. El Mercedes circula a toda velocidad levantando a su paso una nube de tierra y piedras.

Fran traga saliva; empieza a estar realmente asustado.

Vuelve a preguntarse en qué momento se ha prestado a esta locura.

—¿Crees que lo haría? —pregunta Fran, mientras bajan la rampa con gran dificultad—. ¿Tirarnos al embalse?

—No me voy a quedar para comprobarlo.

Los cuatro amigos bajan la rampa con dificultad; las piraguas de fibra no pesan demasiado pero no es una tarea que estén acostumbrados a hacer.

A ratos miran atrás. El coche parece volar y la distancia se acorta deprisa.

Marta y Roy, más en forma que sus amigos, llegan al agua y depositan la piragua en la superficie, se suben y, ya han empezado a remar, cuando Guille y Fran aún están a mitad de camino.

Fran no deja de mirar atrás, mientras Guille no hace más que apremiarlo, poniéndolo aún más nervioso.

Cuando al fin llegan al agua y se disponen a depositar la piragua, el Mercedes entra derrapando a la explanada detrás de la escuela.

Los cuatro amigos se vuelven al escuchar el sonido de los neumáticos.

Fran y Guille se suben a la piragua y, tras unos minutos de descontrol, consiguen coordinarse para remar a la vez, dando la espalda a la amenaza que les sirve de combustible… No recuerdan haber remado tan rápido en toda su vida.

Roy y Marta están ya a escasos metros de la ermita.

La construcción, que en la distancia parecía vieja y pintoresca, a esa distancia muestra toda la grandiosidad que luciría en sus días dorados, antes de que se decidiera construir una presa y se optara por dejarla morir allí, bajo las aguas.

Roy mira atrás: Fran y Guille les ganan terreno y, más atrás, allí, de pie junto al coche de Fran, Ella les observa.

Está lejos, pero Roy cree ver una sonrisa siniestra.

Sin dejar de mirarlos, levanta su brazo en un gesto rápido, en dirección al coche de Fran, con la palma de la mano bien abierta.

Roy deja de remar y, al ver la expresión de su rostro, sus amigos lo hacen también.

Vuelven la cabeza, justo a tiempo para ver como una masa enorme de fuego envuelve el coche de Fran en medio segundo, mientras Ella sostiene su brazo en alto, sin apartar su vista de ellos.

Fran pierde un remo y casi cae al agua al tratar de recuperarlo.

Guille lo agarra para que recupere el equilibrio y a duras penas consiguen recobrar la estabilidad.

Incrédulo, mira el coche de su hermano arder y por unos segundos casi teme más su ira que la de esa mujer que hace arder las cosas con solo levantar su brazo.

—¡Vamos! —grita Roy, sacando al grupo de su paroxismo.

Las llamaradas sirven de motivación suficiente para que todos remen aún más rápido y, mientras Ella se aproxima deprisa al almacén de madera junto a la orilla del embalse, las dos piraguas llegan a su destino.