El portal
El portal
Fran conduce despacio por unas calles vacías.
Es domingo y apenas ha amanecido; la gente duerme a esas horas y vuelve a bostezar solo de pensarlo.
Con el dulce traqueteo del coche, a duras penas consigue mantener los ojos abiertos.
Mira a Guille de soslayo que a su lado bosteza también, después mira por el espejo retrovisor a sus dos pasajeros en los asientos traseros: Roy y Marta están mucho más despiertos y excitados que ellos.
Roy teme que algo malo le ocurra a esa chica, Carolina; toda su aldea parece estar en peligro.
Marta está decidida a encontrar a su hermana y se ha aferrado a la idea de que, al igual que los padres de Roy, se encuentra en ese mundo mágico al que pretender viajar.
A Fran todo le parece tan surrealista que no quiere pensar demasiado en lo que están haciendo.
Por suerte, la noche en vela le ha dejado en un estado de niebla mental bastante oportuno y casi se deja arrastrar por las decisiones de sus amigos, por más irracionales que puedan parecer.
¿De verdad se dirigen al lugar donde se oculta un portal mágico que conduce a otro mundo?
¿No estará Roy enloqueciendo y contagiando a todos con su delirio en una especie de psicosis colectiva?
Esa parece la opción más lógica y, con un poco de empeño, todo puede tener una explicación plausible.
El incendio del piso de Roy ha sido un desgraciado accidente.
La mujer rubia es una empleada de la compañía de seguros que se toma demasiado en serio su trabajo.
Atenea solo ha vuelto a hacer de las suyas y se encuentra ahora mismo en alguna playa solitaria poniendo su mente en calma.
Los padres de Roy, puede que no fueran unos buenos padres y que la abuela de Roy cuidara de su nieto por ellos, ocultándole a Roy una verdad incómoda.
Y en cuanto a esa tal Carolina, seguramente solo sea producto de la imaginación de Roy, una especie de alter ego de su difunta abuela con tintes románticos.
Un fuerte y estrepitoso ruido sobresalta a Fran haciéndole pegar un volantazo que a punto está de sacarlos de la carretera.
—¡Guille! —gritan Fran, Marta y Roy, una vez recuperados del susto.
« When we were young the future was so bright… », suena a todo volumen en el móvil de Guille.
—¡Lo siento, chicos! —grita para hacerse oír—. ¡Me duermo, necesito espabilarme!
—¿Y para eso nos tienes que destrozar los tímpanos? —increpa Marta molesta.
—¡Dios, Guille, para eso! —grita Fran, tratando de alcanzar el móvil con la mano—. ¡Ya estamos despiertos!
Guille para la música y no puede contener una carcajada que contagia a Fran. Marta suelta un bufido y se deja caer de nuevo en el asiento. Roy no dice nada, solo mira por la ventanilla pensativo, mientras sus dedos traquetean sobre sus rodillas y sus piernas no dejan de moverse nerviosas.
—Offspring, chicos, un poquito de cultura musical… —añade Guille con sorna.
—En otro momento, Guille —Fran da palmaditas en la rodilla de Guille—, en otro momento.
Al fin llegan a su destino, el lugar al que Roy les ha indicado que deben dirigirse para encontrar el portal.
Bajan del coche; están en los aparcamientos que hay junto a la carretera que cruza el embalse, por encima de la presa.
Roy se dirige deprisa a la barandilla y escudriña las tranquilas aguas del embalse.
Sus amigos llegan a su lado y se asoman también.
El color verdusco de las aguas impide saber cuánto cubre o qué se oculta en sus profundidades.
—¿Cuánto cubrirá? —piensa Fran en voz alta.
—Pues creo que unos veinte metros, cuando está a su máxima capacidad… —contesta Guille.
Después levanta la vista de las aguas y mira a lo lejos, a unos doscientos metros de donde están, al lugar donde se encuentre la ermita sumergida, la referencia que busca todo el que quiera calcular la profundidad de las aguas.
Como si hubieran pensado lo mismo, Fran y Marta miran en la misma dirección; Roy lleva un buen rato mirando la erosionada veleta en forma de cruz, que aún corona el tejado en forma de cono del campanario.
Por debajo de este desciende la torre cuadrada, dejando a la vista dos hileras de ventanas de uno de sus cuatro muros, la inferior casi a ras de la superficie del agua.
—Hay dos pisos de la torre sobre la superficie… eso deben ser unos seis metros menos de profundidad, ¿no? —calcula Marta.
—No, no, deben ser aún menos, por lo menos diez, esas ventanas son muy altas… —aventura Fran.
—Vamos —indica Roy echando a andar hacia el coche, con tal determinación que todos le siguen sin preguntar.
Suben al coche en silencio, Fran arranca y se vuelve hacia Roy:
—Tu dirás.
—Hay que ir al embarcadero de la escuela de vela, es lo más cerca que podemos llegar.
—Lo más cerca, ¿de dónde?
—De la ermita.
Los tres amigos guardan silencio, pensativos.
—¿La ermita? —pregunta al fin Guille— No. Para ir a la ermita hay que seguir todo recto en dirección a Galdaya, por esta misma carretera…
—La ermita sumergida —le interrumpe Roy.
Los tres amigos miran en dirección al embalse, donde la torre que acaban de observar, corona el paisaje. Fran traga saliva; la psicosis se les está yendo de las manos.
—Roy, no… —empieza a decir.
—Es allí, el portal está dentro. Chicos, no tenéis por qué acompañarme, iré andando…
Roy agarra el picaporte de la puerta para abrirla, pero Marta le detiene.
—No —dice con firmeza agarrando su mano—. Vamos, Fran, arranca.
Fran mira a Marta que asiente con la cabeza decidida.
Mira a Roy, imbuido de esa firme determinación y después mira a Guille que le levanta los hombros con su perenne sonrisa en los labios: todo parece divertirle.
Fran niega con la cabeza, contrariado, pensando que es el único cuerdo en ese coche.
Aun así, arranca el coche y, resoplando, recorre el tramo de carretera que queda hasta el final del embalse.
Gira a la derecha y toma el camino de tierra que conduce a la escuela de vela.
La gravilla salta, golpeando la carrocería.
No es un camino para recorrer si le tienes mucho aprecio a tu coche.
Aun así, en verano, el tráfico es continuo, incluso cuando cruzarte con otro coche supone todo un desafío.
El que baja el empinado camino hacia la escuela, se ve forzado a rozar el lateral del coche contra las ramas de los arbustos de la pinada y, el que sube, tiene que circular a escasos centímetros de la pendiente cuya pronunciada caída lleva directa hasta las profundas aguas del embalse.
Por suerte, es octubre y demasiado temprano para cruzarse con nadie.
Aun así, Fran mira por el rabillo del ojo la caída y siente un escalofrío mientras se pregunta, una vez más, qué demonios están haciendo.
La escuela es una pequeña construcción de unos doscientos metros cuadrados pintada de blanco.
A su izquierda se extiende una zona al aire libre, de parecidas dimensiones, con cubierta de madera y, detrás, una zona habilitada para aparcamiento.
Unos cien metros por delante de la escuela, siguiendo el desnivel hacia el agua, otra construcción de madera hace las veces de almacén de las embarcaciones y, partiendo de ella hasta sumergirse en el agua, una rampa de cemento, franqueada por hitos que indican la profundidad del agua, cada diez metros.
Fran aparca detrás de la escuela y Roy se baja deprisa.
Rodea el edificio de la escuela y se encamina hacia el almacén de madera.
Los tres amigos le siguen en silencio. Marta delante, tan decidida como Roy, repitiéndose mentalmente: «ya voy Atenea, te encontraré».
Guille, excitado con la aventura que se le presenta, imaginando ya la historia que escribirá después, incluso repasando mentalmente algún concurso literario cercano al que presentarla.
Fran, va el último, a regañadientes les sigue, casi arrastrando los pies, convencido de que lo que en realidad necesita Roy es volver a casa, acostarse, y recuperar sueño para lograr pensar de nuevo con claridad.
Roy repite mentalmente las escenas de la noche anterior.
Una y otra vez repasa el orden de los acontecimientos, tratando de fijar en su memoria todo, para no olvidar nada, para no pasar nada por alto, repitiéndose después las mismas preguntas, sin conseguir hallar ninguna respuesta.
¿Qué quería esa mujer de él? ¿Que tenían sus padres que ver con ella?
¿Qué había sido de sus padres? ¿Estarían vivos?
Y, por último, ¿cómo sería encontrarse con Carolina en el mundo real?
¿Sería tal y como la había conocido en sueños?
¿Le haría sentir las mismas cosas? Cada vez estaba más cerca de descubrirlo…
Roy llega al almacén de madera y lo rodea.
Las puertas están cerradas con una gruesa cadena y un candando.
Se da la vuelta y se queda parado mirando la imponente torre de la ermita, mientras sus amigos llegan a su lado.
Desde allí, mucho más cerca, puede que a unos cien metros, se aprecian los grandes bloques de piedra que conforman sus paredes y la cubierta de tejas increíblemente intacta.
—¿Sabéis que cambian las tejas cada cierto tiempo? —aclara Guille, como si hubiera captado la sorpresa en la mente de sus amigos—. Y cuando hay sequía aprovechan para reparar los daños que pueda tener.
—Interesante —menciona Fran moviendo la cabeza en señal de desaprobación—. Chicos, ¿no creéis que deberíamos volver a casa?
Los tres se vuelven para mirarle como si hubiera dicho la mayor de las necedades.
—En serio —continúa, ignorando sus miradas—, no hemos dormido nada en toda la noche, estamos agotados. La ermita no se va a mover de ahí. Dormimos, reponemos fuerzas y pensamos qué hacer después.
—¿Dónde es, Roy? —pregunta Marta, ignorando a su vez a Fran.
—No lo sé, en algún lugar dentro de la ermita.