El sonido inclemente del gong #4
—¿Y ahora qué hacemos? —pregunta Vero—. Carol, ¿cuándo llega tu caballero de brillante armadura?
Andrea y Sara tienen que hacer esfuerzos para no reír. Sara le da un codazo a Vero.
—Ja ja —dice Carolina poniendo los ojos en blanco—. No lo sé.
—¿No lo sabes? —pregunta Andrea incrédula.
—No, no lo sé, ¿qué quieres que te diga?
Carolina ya se siente lo suficiente agobiada como para tener que soportar la presión de sus amigas.
—Vale, vale, haya paz —interviene Sara—. Lo primero, deberíamos secarnos.
Sara se levanta y se asoma de nuevo por un extremo de la cascada. Señalando los restos destrozados de su cabaña añade:
—Seguro que esa madera carcomida arde muy bien.
Vero, Andrea y Carolina cruzan miradas, orgullosas una vez más de la iniciativa de Sara.
—Habrá que traerla con cuidado de que no se moje, si no, no servirá de nada —piensa Sara en voz alta—. Tal vez cubriéndola con la puerta, parece que está de una pieza… ¡Hay que intentarlo! —concluye al fin, entusiasmada de tomar acción—. ¡Vamos!
—¿Y el monstruo? —pregunta Vero sin disimular su miedo.
—¡Esa sí es mi Vero! —exclama Andrea, y todas ríen.
Se asoman por el extremo de la cascada y pueden comprobar que no hay rastro de la bestia; la desventaja de su gran tamaño es que pierde toda capacidad de sorpresa.
Salen temerosas, aún con el miedo en el cuerpo por lo que acaban de presenciar.
Vuelven a caminar por el río descalzas, zapatos en mano.
Al llegar a la orilla se los ponen y se acercan a los restos de lo que fue su cabaña.
El viento hace volar algunas de las hojas con dibujos y poemas que decoraban sus paredes.
Las chicas los miran alejarse sin reaccionar, presenciando despojos de un pasado que ya se siente lejano.
Sin decir nada, Andrea, empieza a levantar la puerta; Sara la ayuda hasta colocarla en posición vertical, como si aún diera acceso a una cabaña invisible.
La observan unos minutos, después la cogen, cada una de un extremo y la llevan junto a la orilla.
Mientras, Vero y Carolina empiezan a recoger trozos de madera que puedan servir para alimentar la hoguera.
Vero levanta entusiasmada una caja de cerillas, como si hubiera encontrado el mayor de los tesoros, y se la guarda en un bolsillo.
Empiezan a hacer un montón con los trozos de madera que encuentran; Andrea y Sara se unen a la tarea cuando un sonido desconocido las paraliza.
—¿Qué es eso? —susurra Vero atemorizada.
Las cuatro guardan silencio y escuchan. Viene de la aldea, es una especie de resoplido intermitente que no consiguen identificar.
—Carol, sube a mis hombros —propone Andrea agachándose.
Carolina comprende. Coge con fuerza las manos de Andrea y se sienta sobre sus hombros. Andrea se levanta y Carolina se eleva sobre el suelo, a la altura suficiente para identificar el origen del sonido. Con la mano hace gestos a Andrea para que la baje.
—Es el águila, sigue en la aldea —anuncia Carolina—. Creo que está dormida, creo que eso… —levanta el dedo y espera a escuchar un nuevo resoplido—, es su respiración.
—¡Mierda! —exclama Sara—. Debe estar esperando por si alguien regresa.
—O por si alguien nuevo aparece —añade Carolina bajando la cabeza.
—Verá el humo —dice Vero, de pronto—. No podemos encender un fuego.
—Es cierto —confirma Sara—. No puede oírnos por el sonido de la cascada, pero si encendemos un fuego…
Las cuatro amigas miran el montón de leña con decepción; la ilusión de calentarse y charlar alrededor de una hoguera queda aplastada como su cabaña. Andrea empieza a caminar de vuelta a la orilla del río.
—Pues habrá que secarse al sol —propone con tono casi jovial.
Andrea vuelve a quitarse los zapatos y se sienta en una roca plana que hay cerca de la cascada, a la distancia justa para que ésta no le salpique.
Sus tres amigas la imitan, sentándose sin dar la espalda al bosque ni a la aldea.
Andrea se levanta de nuevo y, sin decir nada, va al extremo de la cascada y la cruza, entrando otra vez en la cueva.
Vuelve al rato cargada con todas las bolsas y cosas que habían rescatado de la cabaña.
Va vaciando el contenido de las bolsas y extendiendo todo sobre las rocas para que también se seque.
Con una mezcla de pena y asco esparce los restos empapados de un bizcocho sobre la roca, confiando en que el sol haga su magia y transforme aquella masa pegajosa en algo comestible.
Mientras se quita de los dedos los restos de bizcocho, sus amigas se ríen bajito, para no ser escuchadas por el monstruo.
—Sí, sí, vosotras reíd. Cuando dentro de dos horas estéis muertas de hambre, matareis por un trozo de esto…
—¿De quién fue la idea de escondernos tras la cascada? —pregunta sarcástica Sara y las cuatro ríen tapándose la boca.
—De nada por salvaros de morir aplastadas —apunta Vero, cuando para de reír.
—Ahora moriremos de hipotermia —añade Andrea, y las cuatro vuelven a estallar en una carcajada aún más sonora, olvidando por un segundo el peligro que les acecha a pocos metros de distancia.