El vuelo de un colibrí (Ikigai, el País de los Sueños 1) El sonido inclemente del gong #3
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El sonido inclemente del gong #3

Se levanta de un salto y retoma su loca carrera, aún más rápido, diciéndose a sí mismo: «tú puedes, tú puedes», para acallar la aterrada voz que le grita que vuelva con sus padres.

Enseguida llega a las ultimas casas y baja el camino que lleva al río para continuar su curso hacia el norte, en dirección a la cabaña.

Ahora se alegra de haber desoído las prohibiciones de acercarse al río; lo conoce como la palma de su mano y gracias a ello vuela sobre las rocas de la orilla sin tropezar.

Un estruendo lo hace detenerse de nuevo, momento que aprovecha para tomar aliento.

Se vuelve y puede ver las alas del feroz animal replegándose a lo lejos.

Comprende que ha tomado tierra en su aldea.

Sus padres ya deben haberse adentrado en el bosque y se siente muy solo de pronto.

Pero se consuela de inmediato: Andrea le espera en la cabaña y, con este pensamiento alentándole, retoma su carrera, justo cuando el eco de un nuevo graznido retumba a su espalda.

Supera el último desnivel de grandes rocas antes de tener a la vista la cabaña, cuando un nuevo ruido le sobresalta.

Mira atrás y ve las alas del águila de nuevo desplegadas, empezando a aparecer entre las copas de los árboles.

El monstruo remonta su vuelo. Sergio da un último sprint para alcanzar la cabaña.

Tiene el tiempo justo de llegar, abrir la puerta y entrar, antes de que el águila se pose, justamente, en el claro que acaba de cruzar.

Sergio, agachado junto a la puerta, no puede creer su mala suerte.

Para colmo, constata desvalido que la cabaña está vacía.

El desorden reinante da cuenta de que han salido precipitadamente, seguramente camino al norte.

Al final Laobán tenía razón y ellas ya sabían lo que tenían que hacer, había corrido un riesgo innecesario y ahora se encontraba totalmente solo, a escasos metros de una bestia que podía despedazarlo en medio segundo.

Reúne el poco valor que aún le queda para levantarse y asomarse despacio a la ventana.

La gigantesca águila parece acicalarse las plumas y, de vez en cuando, beber algún sorbo del agua del río.

Sergio no ha visto un ser tan grande en su vida.

Su respiración salvaje se escucha por encima del sonido del agua, mientras su descomunal cuerpo cubierto de plumas sube y baja despacio.

Las garras apoyadas en la tierra hacen surcos tan anchos como troncos caídos; es una estampa realmente aterradora.

El corazón de Sergio late desbocado y teme que aquel ser sea capaz de escucharlo.

Debe alejarse de allí cuánto antes. Tiene que entrar al bosque y tratar de alcanzar a su hermana, es su única esperanza.

Despacio, empieza a caminar hacia la pared opuesta a la de la puerta, donde una pequeña ventana es su única escapatoria.

Si consigue salir por ella sin ser descubierto, llegará al bosque en cuatro zancadas.

Las cortinas están descorridas y las contraventanas abiertas; lo único que debe hacer es atravesar el vano de la ventana y correr.

Apoya sus temblorosas manos en el marco, pasa una pierna por encima y luego la otra, se queda un segundo sentando en el vano con las piernas colgando y, al fin, salta.

El ruido de sus pies al tocar el suelo le para el corazón, demasiado sonoro en el silencio monacal de aquel fatídico amanecer.

Sergio se queda paralizado, rígido, esperando, confiando en que el águila no lo haya escuchado, pero un estruendo lo saca de dudas brutalmente: es el monstruo elevándose sobre sus patas y girando su cuerpo a gran velocidad hacia la cabaña.

Sergio hace lo único que puede hacer: corre, corre por su vida sin mirar atrás mientras el águila salta sobre la cabaña aplastándola como a un viejo juguete.

Le ha visto y se lanza sobre él justo en el momento en que alcanza los primeros árboles, que las garras de la bestia arrancan de cuajo.

Sergio continúa su loca carrera entre árboles y densa vegetación, tropezando con gruesas raíces y golpeándose el rostro con ramas y enredaderas.

Detrás, el águila arranca algunos arbustos más para tratar de alcanzarlo, pero es inútil; la espesura del bosque abraza a Sergio ocultándolo de la bestia, que termina por rendirse y levanta el vuelo de nuevo, alejándose del claro.

Sergio corre un buen rato más, hasta que un intenso dolor en el costado le impide continuar.

Se deja caer rendido al suelo, al cobijo de un gran roble, exhausto.

Se sienta abrazando sus rodillas, mira a su alrededor y sabe sin un atisbo de duda que está total e irremediablemente perdido.

No tiene ni idea de hacia dónde queda el norte y la densa vegetación le impide ver qué hay a más de un metro delante de él.

Siente unas intensas ganas de llorar, pero no deja salir las lágrimas.

Cuando recupere el aliento continuará caminando hasta encontrar algún sendero.

Se convence de que debe haber alguno. Después, lo seguirá hasta donde le lleve, sea cual sea su destino.

Después, después ya vería. De momento se pone en pie y comienza a caminar, infundiéndose a sí mismo un valor que no sabía que poseyera.

—¿Nos explicas cómo conocías este lugar? —pregunta Andrea, rompiendo el silencio.

Las cuatro amigas se habían quedado mudas después de presenciar, ocultas detrás de la cortina de agua de la cascada, a un águila de dimensiones aberrantes, reduciendo a astillas la cabaña en la que estaban hacía solo unos minutos.

Despacio dan la espalda a la cascada y se sientan en el suelo exhaustas, invadidas de una pesada nostalgia tras perder su preciado refugio. Cuando ya se han acomodado, Vero habla:

—Vine a buscar pistas sobre Always —confiesa—. Algo sobre su pasado que hubiera perdido u ocultado al pasar por el portal.

—¡Vaya con la nueva Vero…! —exclama Andrea sorprendida—. ¿Qué ha sido de la chica tranquila y temerosa?

—¿Temerosa? —pregunta Vero en tono de queja.

—Un poco sí, Vero —confirma Sara—. ¿Tú viniendo sola hasta la cascada y entrando aquí? Es que aún no me lo creo.

Vero se calla, piensa sobre ello unos minutos y tiene que reconocerse a sí misma que tienen razón.

—Supongo que eso también se lo debo a Always, después de todo —concluye.

—¿Eso y qué más? —pregunta Sara con curiosidad.

—La transformación de mi madre… por más rabia que me dé. —Un conato de media sonrisa aparece en el rostro de Vero.

Carolina se levanta y empieza a caminar por la cueva, absorta en sus propios pensamientos.

—¿Así que esto es el portal?

—Pues no lo sé, Carol, pero creo que está más arriba.

Vero se levanta también e indica con la mano a Carolina que se acerque.

Se dirige a un lugar en el extremo de la cueva pegado a la cascada.

Mojándose de nuevo, mira y señala arriba.

En la pared de piedra, unos dos metros más arriba del techo de la cueva, se aprecia la abertura de otra pequeña cueva.

—No hay forma de llegar —añade—, tal vez ahí estén los secretos oscuros que buscaba, pero no lo sé.

Vero sonríe, Carolina también, convencida de que, en efecto, esa debía ser la entrada al portal. Ambas se sientan en el suelo junto a sus amigas otra vez.