El vuelo de un colibrí (Ikigai, el País de los Sueños 1) El sonido inclemente del gong #2
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El sonido inclemente del gong #2

Áun no sabe muy bien para qué, pero tiene el firme propósito de atravesar el bosque y llegar a su antiguo pueblo.

No se esconderá más. Buscará a Always, aun cuando ello suponga enfrentarse con Ella, y le pedirá explicaciones a la cara.

Necesita escuchar de sus labios que todo ha sido fingido.

Ver con sus propios ojos su rostro, para poder creer que todo lo que ha creído ver en él, era solo producto de su imaginación.

Después no sabe. Tal vez se interne de nuevo en el bosque y viva allí para siempre, sola.

Está acostumbrada a estar sola. Una nueva punzada de dolor atraviesa su decepcionado corazón, «estaba» acostumbrada a estar sola, pero había sido tan bonito sentir esas miradas de nuevo, esa mano agarrada a la suya en una promesa incumplida…

Nuevas lágrimas corren por sus mejillas mientras continúa su camino sin rumbo, adentrándose más y más en la oscuridad del bosque, mientras el golpe seco de unas enormes patas posándose, hacen retumbar todo el suelo en varios kilómetros a la redonda.

Un último graznido confirma a Nerea la presencia del águila en la aldea, ya no hay marcha atrás.

—¿Qué ha pasado? —increpa Andrea a Carolina.

Las tres amigas se han incorporado de un salto ante el sonido de ese gong lejano que anuncia una tragedia.

—¡Carol! —le grita Andrea.

Carolina permanece sentada en el colchón, la mirada perdida. Al fin, se vuelve hacia sus amigas, se levanta y, con toda la calma que puede encontrar, les habla:

—Nos ha encontrado, es cuestión de tiempo que llegue a la aldea.

Vero, Sara y Andrea miran a Carolina paralizadas, tratando de asimilar lo que acaban de oír.

La vida tal como siempre la habían conocido acababa de terminar, esa aventura que tanto anhelaban comenzaba justo en este momento.

La primera en recomponerse de la noticia es Sara.

Decidida empieza a vestirse mientras su mente organiza los pasos a seguir a continuación.

—Vamos chicas, no hay tiempo que perder. Hay que recoger la comida que tengamos y todo lo que pueda sernos de utilidad.

Vero y Andrea, empujadas por la decisión de Sara, salen de la inactividad y empiezan a vestirse también. Unos minutos después también lo hace Carolina, pero con un ritmo más lento, inmersa en sus pensamientos.

—Debemos ir a las montañas, a las cuevas, ¿recordáis el plan? —continúa hablando Sara, mientras llena una bolsa colgada en bandolera de los pocos restos de comida que guardan en la cabaña.

Vero y Andrea van a contestar cuando un graznido atronador les hiela la sangre, callando sus voces.

—¿Qué ha sido eso? —murmura apenas Vero.

—Es Ella, ya está llegando. Es rápida —contesta con inusitada calma Carolina.

Sus amigas se vuelven a mirarla, incrédulas ante la tranquilidad que parece dominarla.

—Es el graznido de su bestia, un águila tan grande como el salón de reuniones. Vuela rápido, mucho. Muy pronto estará en la aldea.

—¡Deprisa chicas! Hay que huir a las montañas. —Sara vuelve a tomar el control de la situación y Andrea y Vero empiezan también a recoger aquello que pueda serles de utilidad.

—¿Y cómo sabremos el camino? —pregunta Vero preocupada, sin dejar de guardar cosas en una gran bolsa de tela.

—Al norte, siempre al norte —contesta esta vez Andrea, recordando aquellas lecciones largo tiempo atrás aprendidas.

Con el rabillo del ojo observa que Carolina no se mueve. Parada frente a la ventana mira afuera con la mirada fija en la cascada y un aire misterioso. Parece otra; algo había cambiado en ella, algo que no les cuenta.

—¿Qué pasa, Carol? —le pregunta al fin, dejando lo que está haciendo.

Vero y Sara se detienen también, volviéndose hacia Carolina.

Un nuevo graznido, esta vez más potente, resuena en lo profundo del bosque, repitiéndose como un eco en las paredes de la cabaña, rebotando en los cuerpos temblorosos de las chicas, llenándolas de una asfixiante desazón.

Sara y Vero cogen las últimas cosas.  Andrea continúa mirando a Carolina, esperando su respuesta.

La conoce mejor que nadie, demasiado bien, a ella no puede ocultarle nada y sabe que algo calla.

—No voy a las montañas —anuncia al fin Carolina, con esa nueva calma que la gobierna.

A Vero se le cae la bolsa de las manos; mira a Carolina alarmada, las tres la miran temiendo una nueva locura de su amiga.

—Voy a esperarle aquí —añade Carolina con la mirada aún perdida en la cascada.

Antes de que sus amigas digan algo se vuelve a mirarlas y continúa—.

Va a atravesar el portal de la cascada, nos reuniremos aquí y atravesaremos el bosque hasta el antiguo poblado, descubriremos por qué Ella le busca y dónde están sus padres.

—Pero ¿tú te estás oyendo? —exclama Andrea fuera de sí.

No puede continuar su reproche porque un golpe seco retumba desde la aldea hasta donde ellas están; el sonido de un águila de dimensiones monstruosas posando sus pesadas patas en el suelo.

Un graznido aún más fuerte que los anteriores confirma sus sospechas.

El águila ha llegado a la aldea, no les queda tiempo, deben huir, ya.

¿Cuánto tardaría el monstruo en sobrevolar la aldea y descubrir la cabaña?

—Vamos, Carol, no digas tonterías, hay que huir a las montañas, ¡ya! —Andrea empieza a sentir que un temor inesperado la embarga, y no es el temor al monstruo que acaba de llegar a la aldea, es el miedo a no ser capaz de convencer a Carolina.

—Ya te he dicho que no pienso hacerlo y nada de lo que digas me hará cambiar de opinión.

Un nuevo sonido las sobresalta. Carolina sabe bien de qué se trata; el fuerte batir de alas de aquella bestia empezaba a sonarle familiar.

—Debéis iros, va a levantar el vuelo, tenéis que adentraros en el bosque. Ya.

Las cuatro amigas se miran consternadas, el tiempo se acaba y Carolina no parece albergar ni la más mínima duda sobre su decisión.

—No puedes quedarte aquí —interviene Sara—. Estás demasiado expuesta, encontrará la cabaña.

Andrea señala a Sara afirmando con la cabeza; era justo lo que ella pensaba.

—Me esconderé en el bosque hasta que se marche —improvisa Carolina, que no había pensado demasiado en ello.

—Ah no, no pienso dejarte sola en el bosque —afirma contundente Andrea—. No me perdonaría…

—Seguidme —suelta Vero de pronto.

Sus amigas se vuelven a mirarla sorprendidas.

Vero camina con paso decidido hacia la puerta, bandolera al hombro.

—Sé dónde escondernos hasta que llegue el maldito humano. —Y sin volverse a mirarlas abre la puerta con fuerza y sale en dirección al río.

Andrea y Sara se miran incrédulas. Carolina echa a andar detrás de Vero sin decir nada, como contagiada de la extraña determinación que Vero, de pronto, parece poseer. Sara se encoge de hombros y sale también detrás de Carolina.

—Si no lo veo no lo creo —murmura Andrea mientras abandona la protección de la cabaña detrás de sus amigas.

Vero sigue el curso del río hasta la cascada.

Cuando está a un metro escaso del torrente de agua cayendo sobre el río, se quita los zapatos, se remanga la falda y camina por la orilla del río en dirección a la cascada, empapándose del agua que la salpica con fuerza.

Llega hasta el extremo derecho de la cascada y, para sorpresa de sus amigas, pasa por debajo de la caída del agua y desaparece detrás.

Carolina, sin pensarlo dos veces, la imita, y en menos de un segundo ha desaparecido también detrás de Vero.

Sara y Andrea, se miran incrédulas, se encogen de hombros y siguen el camino de sus amigas.

Un segundo después, mientras el batir de dos gigantescas alas se escucha peligrosamente cerca, a pesar del ruido ensordecedor del agua, las cuatro amigas se encuentran, totalmente empapadas, en una cueva de tres metros de profundidad que se oculta detrás de la cascada.

Unos minutos antes, aún en la aldea, Sergio corre a una velocidad increíble incluso para él.

La adrenalina del momento le da un chute de energía que le hace volar.

Está nervioso e ilusionado a partes iguales: ha conseguido que su padre confié en él para una importante misión en el momento más crítico de su joven vida.

La emoción por conseguir que esté orgulloso de él pesa más que el miedo que pueda sentir por esa supuesta bestia que se acerca, claro que él nunca la ha visto…

Pero conociendo a sus padres, seguro que no será para tanto.

Un fuerte graznido, mucho más fuerte que el anterior, hace a Sergio detenerse y agacharse instintivamente en cuclillas, mientras se tapa las orejas con las manos.

Aún agachado, vuelve la cabeza y mira atrás.

El águila está peligrosamente cerca ya y Sergio puede apreciarla en todo su esplendor, con las alas abiertas planeando, el punzante pico entreabierto y las afiladas garras colgando de sus patas.

Su sangre se torna hielo, traga saliva y esta vez, sí, por primera vez en toda su vida, descubre lo que es sentir un terror antiguo y puro, oscuro como la muerte de la que todos hablan en la aldea desde que nació.