El vuelo de un colibrí (Ikigai, el País de los Sueños 1) El sonido inclemente del gong
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El sonido inclemente del gong

El sonido inclemente del gong

Laobán despierta sobresaltado. Trece años no son suficientes para conseguir borrar de su recuerdo el sonido aterrador de un batir de alas de semejantes proporciones.

Nada tiene mayor poder de evocación; no necesita que sus ojos le confirmen el peligro que se cierne sobre ellos.

Siente la sangre helada, el sudor frío recorriendo su nuca, la boca seca y el corazón latiendo a una velocidad desmedida para su viejo cuerpo.

Se levanta de un salto, olvidadas la artrosis y la sarcopenia, y corre en la oscuridad sin precisar luz para sus ojos ni bastón para su cojera.

Sale a la calle y se dirige al salón de reuniones.

Allí, junto a la puerta, un gran gong de un metro de diámetro, colgado por unas gruesas cuerdas de una viga de madera, espera lleno de polvo, con la esperanza de nunca tener que ser utilizado.

Por desgracia, ese día ha llegado. Laobán coge un mazo del suelo, lo agarra con ambas manos y con toda la fuerza que la adrenalina del momento exprime de él, golpea el gong una, dos y hasta tres veces, hasta que, exhausto, tiene que ceder a la realidad que su edad le impone.

El sonido del gong retumba imparable por toda la aldea y, de inmediato, empiezan a encenderse luces aquí y allá.

Las primeras personas aparecen con lo puesto, a la carrera, temiendo la peor de las noticias.

Cuando llegan hasta donde está Laobán, éste, que descansa su cansado cuerpo con las manos apoyadas en sus rodillas, levanta la vista y, con todo el torrente de voz que puede extraer de su garganta, grita:

—¡El fin de la tregua ha llegado! ¡Corred la voz!

Como un eco, la noticia se extiende de boca en boca y en toda la aldea resuena la frase como la peor de las amenazas: «el fin de la tregua».

Había un plan establecido desde que se instalaron en lo profundo del bosque y empezaron a construir su aldea, pero con el paso del tiempo, los ensayos se fueron espaciando hasta dejar de practicarse y, con el correr de los años, la idea de que Ella les encontrara se fue volviendo bastante improbable.

El gong se fue llenando de polvo, su estructura de madera carcomiendo con el paso del tiempo y su presencia, convertida más en un elemento decorativo que proveía de un halo de solemnidad la entrada al salón, olvidada su función inicial.

Pero el paso del tiempo no ha logrado que nadie olvide lo que debían hacer si el grave sonido del metal se propagaba por las calles de su aldea y, como una ola gigante, empapa de un temor antiguo, casi olvidado, las casas y a sus gentes.

De inmediato, con las manos temblorosas y el pulso acelerado, los habitantes de la aldea empiezan a empacar lo necesario para la huida: víveres, ropa y cualquier cosa que puedan utilizar para defenderse, en caso de un ataque.

El plan es huir a las montañas. Se dividirían en pequeños grupos para pasar desapercibidos y caminarían hacia el norte hasta llegar a una zona donde Laobán les había explicado que podrían ocultarse en amplias cuevas, en la ladera de la montaña.

Para ello, debían atravesar una zona del bosque, ese que tantos peligros escondía y que nadie había osado explorar en trece años.

Pero si seguían la dirección marcada, caminando siempre hacia el norte, en grupos de cuatro o cinco personas, nunca solos, no tardarían más de un día en llegar y no les ocurriría nada.

Eso les había asegurado Laobán y en su sabiduría confiaban.

Más personas van llegando a la llamada del gong. Laobán les indica, escuetamente, que Ella les ha encontrado y que deben dirigirse con premura hacia las montañas, ahora que los primeros rayos del sol están aún empezando a aparecer.

Al fin, ve aproximarse a Teresa. Detrás van Jonás, Carmen y Nico y, algunos metros detrás, llega a la carrera, Nerea.

—¿Dónde están vuestras hijas? —les asalta Laobán mientras se incorpora.

—Están en la cabaña —contesta Tere, recuperando el aliento tras la carrera—. Vamos, Laobán, debemos coger lo que necesite de casa, le ayudo, ¿dónde está su bastón?

—Voy a buscarlas —dice Nico—, mientras id preparando todo…

Un graznido atronador llega desde lo profundo del bosque, provocando el silencio en toda la aldea, el mismo graznido que Laobán había escuchado hacia tan solo unos minutos, salvo que entonces estaba dormido.

—No hay tiempo —murmura apenas y tajante añade—. Debemos abandonar la aldea ya o no lo haremos nunca.

—Pero debo avisarlas —insiste Nico.

—Ya lo saben —le corta Laobán.

—¿Cómo que ya lo saben? —pregunta Jonás, que ha llegado justo cuando el graznido calló a todos.

—Porque, sin querer, ellas la han guiado…

La voz de Margarita deja a todos descolocados.

Se ha incorporado al grupo y ha escuchado que su nieta está en la cabaña.

De inmediato, comprende que la han engañado para dormir una vez más junto a la flor.

Pero el engaño ya no tiene la menor importancia, porque también ha comprendido, de la más dolorosa de las maneras, que Ella las ha embaucado a todas.

Ahora ve con claridad lo ocurrido: el colibrí, la flor, el humano aparentemente inocente del que su nieta, una joven de diecisiete años que jamás ha salido de la aldea, podía encapricharse.

Todo formaba plan de un plan perfecto para localizarlos; la tregua había terminado y ellas lo habían provocado.

Se maldice a sí misma por no haberlo visto antes.

¡Qué ingenua! Había caído en la trampa con la misma facilidad que unas adolescentes ansiosas por vivir aventuras.

—No hay tiempo para explicaciones —corta Laobán—. Hay que irse. —Y empieza a caminar como puede hacia su casa.

Teresa se acerca a su lado y le coge del brazo para ayudarle, pero Laobán se detiene de nuevo, pensativo, y se vuelve hacia Nico.

—Ellas ya saben que deben ir a las montañas, desde la cabaña irán más directas. Te necesitamos aquí, Nico, para llevar peso y… para defendernos si fuera necesario.

Le sostiene la mirada unos segundos y, después, continúa su camino, ayudado por Teresa, sin esperar respuesta.

—Papá…

Una mano pequeña tira del brazo de un perturbado Nico, incapaz de decidir si hacer lo que debe o lo que su corazón le grita que haga. Tras un nuevo tirón mira hacia su interlocutor y ve a Sergio a su lado.

—Yo iré a avisarlas.

—¿Cómo?

—Yo iré, papá —repite Sergio con convicción—. Soy rápido y pequeño, seguiré el curso del río pegado a la linde del bosque y llegaré enseguida, después iré con Andrea a las cuevas y nos encontraremos allí.

Nico mira a su hijo con sorpresa. Lo que dice tiene todo el sentido, él era más pequeño y rápido que ningún adulto y su hermana le cuidaría hasta que se reencontraran. Sabe que Carmen le odiará por lo que va a decir, pero sin pensarlo un segundo más, murmura:

—Está bien, hazlo.

Y Sergio sale disparado sin despedirse ni mirar atrás, rápido como los conejos que a veces asaltaban el huerto y Nico solo alcanzaba a ver escaparse con su botín camino del bosque.

Respira hondo, henchido el pecho de orgullo de la valentía que su pequeño ha demostrado, mientras escucha la voz de su mujer a su espalda.

—¡Sergio! ¿Dónde vas? ¡Vuelve! Nico, ¿dónde va?

Nico se vuelve para tratar de tranquilizar a una asustada Carmen, mientras Jonás le dice con la mirada a Nico que ha hecho lo correcto. Mientras, una Nerea con un terrible presentimiento se asoma a la casa de Laobán, donde Teresa ayuda al anciano a coger lo necesario para la huida.

—Tere —musita apenas desde la puerta—. ¿Dónde está Always?

Tere deja lo que está haciendo y, mirando a Nerea con una profunda tristeza, niega con la cabeza.

—No está, no aparece por ninguna parte… —Tere se queda callada mirando con compasión a su amiga.

Nerea siente las lágrimas brotar de sus ojos de inmediato.

El silencio de Teresa dice todo lo que no es capaz de pronunciar.

Nerea sale corriendo justo cuando un nuevo escalofriante graznido se escucha aún más cerca.

Con una velocidad desmedida corre hasta su casa y solo cuando cierra de un golpe la puerta se abandona al llanto, cayendo de rodillas en mitad del salón.

Always, el dulce y amable humano que la había hecho despertar, el apuesto hombre que le había hecho volver a sentir cosas que llevaba años sin sentir, el que le había hecho enamorarse como una quinceañera, resultaba ser tan solo un embaucador, un embustero, un traidor, un peón a las órdenes de Ella, seguramente enviado para distraerlos a todos y encontrar su escondite en el bosque.

¿Cómo se había dejado engañar con tanta facilidad?

El dolor que siente en el pecho apenas la deja respirar.

Un nuevo graznido se oye fuera, apremiante, no les queda mucho tiempo.

Pero ¿para qué va a ir ella a las cuevas?

, ¿para esconderse otra vez?, ¿para vivir un nuevo duelo?

Se levanta decidida, va a la cocina y llena una bolsa con todas las provisiones que puede.

Después, saca de un armario algunas medicinas y rebusca dentro de un cajón hasta dar con una brújula, una navaja y una caja de cerillas.

Por último, va al salón y se echa a los hombros una manta, por si las noches son frías.

Sale por la puerta de atrás de su casa, cruza el patio trasero y, sin pensarlo dos veces, se adentra en el bosque.