La promesa
La promesa
Carolina abre los ojos y ve el techo de madera sobre ella.
Ya está de vuelta en el mundo real, pero todo ha cambiado.
Es cuestión de tiempo que Laobán dé la alarma.
¿Se escuchará el sonido del gong desde la cabaña?
Los latidos de su corazón se van ralentizado; una extraña calma la envuelve.
Pone sus manos sobre su pecho y sonríe; el recuerdo la hace sonrojarse.
Aún puede sentir el aliento de Roy tan cerca del suyo y el cosquilleo en su oído cuando pronunció esas palabras.
El recuerdo de sus brazos rodeándola la hace acalorarse de nuevo.
Carolina cierra los ojos con fuerza, quiere atesorar todas esas sensaciones el mayor tiempo posible, no sabe cuándo volverá a verlo.
Pero lo hará, se lo había prometido, y ella le creía.
«Espérame en vuestra cabaña, nos encontraremos allí, te lo prometo», le había susurrado antes de despertar y ella, a pesar de lo improbable que era, le había creído.
Entierra el recuerdo de un Always demacrado y moribundo, desoye la voz que le dice que si lograba atravesar el portal lo haría desprovisto de recuerdos y se aferra con fuerza a la esperanza de volver a verlo, por primera vez, fuera de los sueños.
Era cuanto necesitaba creer. Si él estaba tan seguro de lograrlo ella también tendría la misma fe.
El sonido de un gong lejano la saca de sus cavilaciones y a sus tres amigas de sus profundos sueños.
Parece ser que sí se escucha desde tan lejos después de todo.
Carolina debe afrontar sin más demora las consecuencias de sus actos y defender frente a sus amigas su decisión inquebrantable de esperar al humano.
Conocería a Roy y le acompañaría a su antiguo pueblo, aunque eso supusiera enfrentarse a los peligros inimaginables que el bosque escondía.
Allí descubrirían el pasado de Roy y por qué Ella le buscaba trece años después de que sus padres lo alejaran de Ikigai.
Roy abre los ojos y ve el techo de su habitación.
La persiana entreabierta deja entrar los primeros rayos del sol de un nuevo día.
Se destapa deprisa, pero observa con decepción sus manos vacías.
Había aferrado contra su cuerpo el libro de Ikigai con todas sus fuerzas, confiando en que viajaría junto a él a su mundo, pero había fracasado.
«¡Qué rabia! De verás pensé que lo lograría».
Sacude la cabeza alejando la decepción, ¡qué importa!
Recuerda perfectamente el mapa —los mapas—, porque en el libro no había un mapa, sino tres.
Cuando Laobán había irrumpido en el salón y Carolina le había entregado el libro para salir a su encuentro, las tapas habían resbalado en sus manos y casi se le cae al suelo.
Lo cogió por los pelos, por las páginas por donde lo tenían abierto, las del mapa de Ikigai, pero, al hacerlo, descubrió que esas dos hojas eran el doble de anchas que las demás, solo que se encontraban plegadas sobre sí mismas.
Las hojas se desplegaron descubriendo su cara interna.
En el reverso, Roy descubrió otros dos mapas, uno detrás de cada mitad del mapa de Ikigai, que había quedado dividido en dos.
En una mitad, se encontraban los campos de flores junto al pueblo y el tramo del río que iba desde el desfiladero entre las montañas, hasta su meandro en dirección a la izquierda.
En el reverso de esa parte, Roy reconoció, de inmediato, el mapa que tenía delante.
Se trataba de su propio pueblo. Reconoció las montañas de Gaikora, esas que había visitado cientos de veces en excursiones con el colegio y con su abuela.
Era una representación antigua. La ladera de la montaña, ahora llena de casas residenciales, aparecía vacía de construcciones y con una espesa pinada.
Más abajo, donde hoy día se extendía la ciudad y debería haber avenidas y edificios, apenas estaban representadas unas cuantas casas en varias calles que confluían en la iglesia, en lo que ahora era el casco antiguo.
En un punto en la ladera de la montaña, Roy pudo apreciar el dibujo de un círculo de piedras.
Volteó la hoja, con su dedo aún sobre el círculo y pudo comprobar que, exactamente en el mismo sitio, pero en el anverso de la hoja, se encontraba otro círculo, representando el portal que conducía al País de Ikigai…
¡tan cerca! Roy se maravilló al descubrir lo fácil que habría sido llegar a él en todos estos años…
de haberlo sabido. Entonces recordó lo que le dijo Carolina, que Ella lo controlaba y, sin poder evitarlo, un escalofrío le recorrió, y acarició instintivamente su brazo derecho.
No le apetecía demasiado acabar carbonizado.
Rápidamente volvió la vista al otro mapa, donde estaba representado el extenso bosque, el claro donde habían construido la aldea, el afluente que nacía en las montañas y la cascada, esa que supuestamente contenía el otro portal.
Puso su dedo índice sobre la cascada, volteó la hoja y colocó el dedo índice de la otra mano, exactamente en el mismo lugar, pero en el reverso de la hoja.
Sin mover el dedo sostuvo la hoja escudriñándola a conciencia.
Esta vez le costó más reconocer la zona representada, pero al fin se dio cuenta de que era otra parte de su ciudad: la zona junto al río.
El puente, representado en piedra, como estaba cuando era niño, le dio la pista definitiva.
Entonces reconoció los edificios a la orilla del río, tal como seguían hoy día.
Con la vista recorrió el curso del río, hacia las montañas y, justo donde la ladera de la montaña empezaba a tener más pendiente, en la orilla derecha del río, el dedo de Roy señalaba una especie de construcción de piedra que no lograba reconocer.
Volvió a mirar el puente que a diario cruzaba corriendo, midió mentalmente la distancia hasta donde tenía su dedo y vio que algo no encajaba en ese mapa.
¿Dónde estaba la presa? Antes del lugar donde estaba representada esa misteriosa construcción ya debería estar la presa y el amplio embalse cuyas aguas contenía; ni una ni otro estaban representados.
Roy no entendía nada. ¿Qué se le escapaba?
En ese momento Laobán había amenazado con ir a buscarlo y no tuvo más remedio que cerrar el libro y agarrarlo bien fuerte, con la esperanza de volver a consultarlo al despertar, con la esperanza de traerlo consigo a su mundo.
Roy se sienta en la cama, pensativo, tratando de recordar la misteriosa construcción que había visto en el mapa, buscando en algún recoveco de su memoria alguna pista.
¿Dónde podría haber visto él algo meridianamente similar?
Volvió a recorrer mentalmente el recuerdo que conservaba del mapa, con los ojos cerrados.
Caminó por la orilla del río, vio los edificios cuyas fachadas se habían mantenido intactas todos estos años…
Recordó que ahora habría uno menos, el edificio donde él y su abuela habían vivido se había reducido a cenizas hacía solo unas horas.
Quitó ese pensamiento doloroso de su mente y continuó su camino imaginario.
Cruzó el puente y continuó su camino río arriba, por el camino que seguía su curso hasta la presa, ese camino que cada mañana recorría cuando salía a correr.
Continuó por la carretera que atravesaba la presa, a su derecha la caída imponente, a la izquierda el embalse artificial.
Miró sus aguas profundas, levantó su vista en dirección al norte, hacia las montañas y entonces, lo vio.
Abrió los ojos, ya sabía dónde estaba el portal.
¿Cómo no había caído antes? La misteriosa construcción del mapa era una antigua ermita que quedó sumergida bajo las aguas del embalse cuando se construyó la presa, allá por los años sesenta.
Era, de hecho, un lugar pintoresco que mucha gente se acercaba a visitar.
La ermita, rara vez se mantenía totalmente sumergida bajo el agua; la mayor parte de las veces, el tejado en punta de su alto campanario emergía sobre la superficie confiriendo al lugar una panorámica mágica.
En los veranos de calor y sequía extremos, cada vez más habituales, incluso se podía caminar casi hasta su base, e imaginar cómo era antes de terminar bajo las aguas del embalse.
¡Qué fácil habría sido llegar al portal en ese momento!
Pero estaban en otoño, había llovido bastante durante las últimas semanas y Roy creyó recordar que las aguas cubrían, al menos, hasta la mitad de la torre.
Roy resopla, sin duda aquello era un contratiempo inesperado.
El único portal que podía utilizar para viajar al País de Ikigai llevaba años sumergido bajo cientos de litros de agua.
Pero, por alguna razón, no se sintió derrotado ni amedrentado en su empeño.
Tenía la firme determinación de cruzar ese portal y encontraría la manera de hacerlo, porque se lo había prometido y las promesas no se rompen, y porque ahora sabía que en ese lugar llamado Ikigai le esperaba Carolina, esa chica de tez pálida como el mármol, ninguna paciencia y unos fascinantes ojos de un azul imposible.