El último sueño #4
Carolina mira a Roy derrotada. Cierra los ojos un segundo y respira hondo. Coge el libro con ambas manos y se lo entrega, indicándole con la mano que permanezca escondido, y se pone de pie muy despacio.
—¿Tú? —exclama Laobán sorprendido al verla, mientras Carolina rodea el asiento y se coloca delante cabizbaja, hurgando en su cerebro alguna explicación que no implique delatar a Roy.
Laobán, mientras, la observa incrédulo, pero al mismo tiempo fuertemente aliviado.
Había dado por sentado que quien se encontraba escondido tras su asiento ceremonial no era otro que Always.
No podía ser de otra manera; nadie en la aldea entraría a escondidas en el salón a esas horas de la noche y aún menos en su casa.
Laobán estaba seguro de haber oído susurros en su salón hacía solo unos minutos.
Incapaz de volver a conciliar el sueño había decidido encender el hogar y calentarse agua para tomar una bebida caliente cuando volvió a escuchar ruidos, muy cerca de él.
Salió a la calle y esta vez sí, sin un atisbo de duda, en el silencio de la noche escuchó un golpe seco que provenía del salón de reuniones —el ruido de un libro al cerrarse con fuerza—.
De inmediato, supo de quién se trataba: Always.
Tras su extraña conversación la tarde anterior, Laobán no había dejado de pensar en él y en su misterioso comportamiento.
La forma en que lo había asaltado en plena calle con la insistencia de contarle unos supuestos sueños que después había improvisado descaradamente.
Always le había hecho ir a su casa adrede, pero ¿con qué intenciones?
¿Buscaría algo? Tal vez confiaba en quedarse solo y encontrar algo, pero ¿qué?
Lo que sea que fuera le había hecho regresar en plena noche y una certeza había empezado a aflorar en el corazón de Laobán: sus sospechas no estaban desencaminadas.
Always era el traidor y su supuesta falta de memoria la más perfecta de las coartadas.
Pero quien estaba delante suya no era Always, sino la pequeña Carolina, con su delgado cuerpo de junco temblando nervioso y esa tez tan blanca que era incapaz de ocultar la extrema rojez de sus mejillas.
Entonces recuerda que aquella tarde, antes de la interrupción de Always, se dirigía a casa de Carolina a petición de Margarita porque debía hablarle de algún tema importante y ahora, ¿casualidad?
, allí estaba Carolina. Laobán se concentra para ponerse serio y representar su papel de jefe de la aldea indignado.
Conoce a Carolina desde que nació, sabe que es una buena chica y tiene que hacer verdaderos esfuerzos por no atraerla hasta sus brazos y decirle que fuera lo que fuese lo que hiciera allí ya estaba perdonado.
—¿Me explicas que haces aquí en mitad de la noche? —Laobán pone su tono más serio—. ¿Eres consciente de la gravedad de tu comportamiento?
Carolina levanta la mirada sin saber qué decir, buscando excusas mentalmente; las palabras de Laobán resonando como un eco en su cabeza.
Ambos permanecen en silencio unos interminables minutos, el tiempo que Carolina tarda en comprender que Laobán no sabe que se encuentra en un sueño, en el sueño de un humano.
«Que haces aquí en mitad de la noche», había dicho.
Carolina lo ve claro: Laobán piensa que se encuentran en el mundo real, no tiene por qué delatar a Roy.
Laobán no tiene por qué descubrir que han desobedecido la ley durmiendo con una Flor de Ikigai, no tiene por qué saber nada de todo eso.
Solo cree que Carolina ha entrado en mitad de la noche en el salón de reuniones.
¿Para qué? «Piensa Carolina, piensa». Entonces decide seguir los consejos de una persona que miente mucho mejor que ella: Andrea.
«Cuantos menos datos inventes mejor; adorna tu mentira con todas las verdades posibles y la mentira se camuflará natural, pasando desapercibida tanto para el que la escucha como para ti al contarla», le había dicho una vez.
Andrea era una artista del embuste desde niña y, aunque Carolina no tenía ese cuestionable don natural, había llegado el momento de demostrarse a sí misma que podía hacerlo.
—Esto, yo… —empieza a balbucear. Mira a Laobán que la observa con el gesto férreo.
—Te escucho —le alienta, conmovido en el fondo por el apuro de la joven.
—Venía buscando un libro —suelta de carrerilla Carolina, trazando al fin un plan en su mente. «Muchas verdades para camuflar una gran mentira», se dice antes de continuar—. Es un libro de mi abuela. Lo necesito, lo necesitamos.
Carolina se arrepiente al segundo de haber hablado en plural, pero ya no puede desdecirse.
—¿Lo necesitáis? —pregunta Laobán intrigado.
—Sí, yo y mis amigas —continúa.
«Ya está, las he metido en el ajo». Carolina traga saliva agobiada, definitivamente mentir no era lo suyo, pero no podía hacer nada salvo continuar.
—Es un libro de…
—Sé qué libro es —la interrumpe Laobán—.
Tu abuela me lo trajo muy sabiamente cuando supo que lo habías estado ojeando.
En el salón no hay libros como puedes ver, nada que pueda causar distracciones.
—Laobán empieza a caminar despacio hacia Carolina mientras habla, pasando entre las hileras de cojines—.
Es un lugar donde se toman importantes decisiones…
—¿Cómo la decisión de ocultarnos el pasado?
Laobán se detiene de golpe, sorprendido por el tono de reproche de Carolina.
—Estamos hartas de prohibiciones, de secretos, de mentiras…
Carolina mira a Laobán desafiante, envalentonada por el recuerdo de las conversaciones con sus amigas, como si al haberlas metido ficticiamente en su incursión nocturna, de alguna manera, sintiera su apoyo.
—Vivimos aquí apartadas del mundo sabiendo que existen mil lugares por visitar y descubrir.
Los adultos tuvisteis una libertad que nosotras no podemos ni imaginar.
Se nos dice que es por nuestro propio bien pero no podemos preguntar nada, solo acatar las normas porque sí y estamos hartas, ¡nos ahogamos!
Carolina calla, satisfecha con su exposición, esperando la respuesta de Laobán.
Éste solo la mira, impertérrito, analizando su rostro y sus gestos, como tratando de adivinar si todo aquel despliegue de verborrea oculta algo más, como si fuera capaz de escanearla con total precisión.
Carolina se pone roja sin saber por qué.
Pasado el orgullo por haber sido capaz de exponer su verdad ante el mismísimo jefe de la aldea, baja la cabeza avergonzada por mentir.
Las dudas la asaltan una vez más. Tal vez debía haber mostrado a Laobán la flor desde el principio y haber acatado su decisión, en lugar de estar ayudando a un chico a emprender un viaje, sin saber si quiera cuán peligroso era para él y para toda la aldea.
—Entiendo —dice al fin Laobán, pensativo—. Supongo que ya tenéis edad para empezar a saber muchas cosas… Pero esto que habéis hecho, demuestra tanta inmadurez…
Carolina traga saliva aún más avergonzada.
—Debisteis venir a hablar conmigo y exponerme vuestras inquietudes. Habríamos buscado una solución, colaros así en mitad de la noche, no es propio de ti, Carolina, ni de ti, Andrea…
Carolina levanta la cabeza sorprendida, mira a Laobán sin comprender.
—No sois muy silenciosas que digamos, os escuché susurrar en mi salón hace unos minutos, y eso que estoy medio sordo. Sal de tu escondite, Andrea, da la cara junto a tu amiga.
Laobán señala el sillón tras el que un nervioso Roy aguarda tratando de acallar su alterada respiración.
—Pero… —musita apenas Carolina, transformada en una maraña de nervios, sabiendo que nada de lo que diga podrá ocultar ya la verdad.
—Vamos, Andrea —insiste muy serio Laobán—. No me hagas ir a buscarte.
Roy, acuclillado con el libro aún entre los brazos, se levanta despacio y rodea el sillón hasta colocarse junto a Carolina.
—Buenas noches, Laobán, es un honor conocerle —improvisa y, sin saber por qué, hace una pequeña reverencia bajando la cabeza—. Yo…
Carolina lo manda callar de un codazo.
La cara de Laobán, entre sorprendido y asustado, no augura una buena reacción.
—¿Quién demonios? —acierta a decir, con una creciente indignación, esta vez no fingida.
La presencia del chico lo ha pillado totalmente desprevenido.
Ni en sus peores pesadillas habría podido imaginar que la dulce Carolina habría sido capaz de ocultar la presencia de otro humano en la aldea.
¿Con qué intenciones? ¿Y por qué irrumpían en su casa en mitad de la noche?
Todos los escenarios posibles pasaron por su análisis mental en medio segundo.
¿Estaría Ella detrás de todo? ¿Habría embaucado a Carolina con alguna promesa, puede que con la de salir al fin de la aldea y viajar al mundo humano?
Carolina acababa de decírselo alto y claro, estaba harta de estar allí.
Pero ¿para qué mandaría Ella a un humano a mitad del bosque?
¿A buscar qué? ¿Ese maldito libro que agarraba con fuerza entre sus brazos? ¿Para qué?
Laobán levanta su bastón despacio y apunta con él a Roy.
Va a decirle algo cuando un rugido ensordecedor penetra en la estancia haciendo que los tres se giren hacia la ventana abierta.
Desde donde están no pueden verlo, pero el sonido del fuerte batir de alas y el golpe seco de unas fuertes patas al posarse sobre el suelo, son inconfundibles.
Un desgarrador graznido confirma el peor de los presagios: Ella ha vuelto a encontrarlos.
Carolina se gira hacia Roy, aún con el libro en las manos.
—Hazlo, ya —casi le suplica.
Roy asiente con la cabeza. Mira a Laobán por última vez, sosteniéndole la mirada unos minutos, tratando de decirle sin hablar que lamenta lo ocurrido.
Después se vuelve hacia Carolina e inesperadamente la atrae hacia sí rodeándola con sus brazos.
Le susurra algo al oído. Después aparta su rostro, coge el de ella entre las manos, la mira fijamente hasta perderse en ese azul evocador, y despierta.