El último sueño #3
Carolina vuelve a la realidad. Coge el libro con ambas manos y se dirige hacia el sillón de Laobán.
Se para delante decidida a sentarse, pero en el último momento, le parece demasiado irrespetuoso y se acomoda en uno de los cojines en primera fila.
Roy se sienta en otro junto a ella. Abre el libro y pasa las páginas deprisa.
Roy a duras penas logra ver las hermosas ilustraciones que lo adornan y piensa que cuando viaje a Ikigai, una de las cosas que hará, será leer ese libro con tranquilidad.
Después recuerda que acaban de robárselo al jefe de la aldea y sospecha que jamás volverá a tener acceso a él.
Carolina llega por fin al capítulo que busca.
En una página en blanco, se lee en grandes letras el título: «Portal al mundo humano».
Al pasar la página, se encuentran con la hermosa ilustración a doble página de un mapa de Ikigai.
De estilo topográfico, representa de una manera bastante realista y con hermosos colores, una vasta extensión de terreno que Carolina empieza a explicar a Roy, recorriendo el mapa con su dedo índice.
—¡Mira, aquí está nuestro antiguo pueblo!
Carolina no disimula su emoción y Roy comprende que para ella también es la primera vez que ve su mundo representado en un mapa.
—Vaya, qué bien se entiende todo… —murmura.
Carolina señala el dibujo de un grupo de casas de piedra a la derecha de un río, con tanto detalle representadas que Roy es capaz de reconocer la plaza con el pozo en el centro, ese pozo junto al que abrazó a Carolina.
El recuerdo le hace estremecerse. A la derecha del pueblo, Roy identifica, antes incluso de que Carolina hable, los extensos campos de flores con los que soñó la primera vez que se encontraron.
—Mira —Carolina desplaza su dedo de las casas a los campos de flores—, aquí están las Flores de Ikigai, donde nos vimos por primera vez…
Carolina se avergüenza recordando su estampida, Roy se da cuenta.
—¿Me acompañarás cuando vuelva a ir?
Carolina levanta su vista del libro y mira fijamente a Roy. Permanece en silencio, perdida en esa sonrisa. Sin saber por qué se sonroja y de inmediato vuelve la vista al libro.
—Menuda guía…
—No se me ocurre ninguna mejor —añade Roy sin pensarlo, haciendo sonrojarse aún más a Carolina, que de inmediato intenta concentrarse en el mapa.
—Este es el río por el que huimos cuando Ella nos atacó.
Recorre con su dedo el curso del río, desde las casas del pueblo, hacia abajo, hasta el final de la página, donde dibuja una curva a la izquierda y recorre toda la parte de abajo de ambas páginas.
Vuelve atrás, remontando el curso del río con el dedo, pasando por delante del pueblo de nuevo y continuando hacia arriba, donde el dibujo representa a la perfección unos rápidos sinuosos.
—Estos deben ser los rápidos a los que teníamos prohibido acercarnos, aunque creo que los jóvenes de entonces pasaban de la prohibición. —Carolina recuerda la historia que Sara les ha contado sobre su hermano. Después mira a Roy, añadiendo—. Eran más intrépidos que nosotras…
—Dijo la chica después de entrar en la casa del gran jefe y robarle su libro… —responde Roy.
Carolina sonríe y vuelve su mirada al mapa. Cada vez le cuesta más sostener la mirada de Roy sin que su pálida tez la delate.
—Por segunda vez… —añade Carolina en voz baja.
—¿Cómo?
—Cuando vengas te lo cuento… —murmura con una risa nerviosa, asimilando aún que están planeando encontrarse en el mundo real—. ¡Mira, este debe ser uno de los portales! —exclama Carolina entusiasmada.
Carolina acerca el libro a Roy para que lo vea mejor. El curso del río se pierde en un desfiladero formado entre altas montañas, las cuales cubren toda la parte superior de las dos páginas del mapa. En mitad del cañón, un dibujo de un círculo de piedra simbolizaba el portal.
—Este debe ser el paso que solían usar para ir al mundo humano —continúa Carolina pensativa, recordando a duras penas lo poco que sabía gracias a la conversación con su abuela—, pero mi abuela dijo que estaba cerrado.
—¿Cerrado? —pregunta Roy alarmado.
—Sí, o algo así. Mi abuela dijo que Ella lo controla, así que no puedes usarlo…
—No me importa, lo cruzaré… —anuncia Roy, decidido.
—No, espera, hay otro portal, y que yo sepa está fuera de su alcance… —anuncia Carolina con un brillo en sus ojos azules que la hace aún más hermosa—. Solo tenemos que encontrarlo… No sé por qué no está marcado en el mapa. No sé por qué el título dice «Portal» y no «Portales».
Carolina señala con la mano una gran parte del mapa que representa un frondoso bosque. Ocupa casi toda la página de la izquierda, lindando por la derecha con el río y por arriba con las altas montañas.
—Este debe ser el bosque en el que nos escondemos. También tenemos prohibido adentrarnos en él porque esconde muchos peligros… —explica Carolina.
—Cuántas prohibiciones… —murmura Roy, pensando en voz alta.
—¡Sí! —exclama Carolina de pronto, siendo consciente por momentos de lo reprimidas que son sus vidas—. Demasiadas… —añade con cierta nostalgia.
—Bueno, hoy ya te has saltado unas cuantas —resuelve Roy risueño, haciendo sonreír también a Carolina—, por algo se empieza.
—Supongo —murmura Carolina, y vuelve al mapa.
Pone su dedo otra vez sobre el río y sigue su curso aguas abajo, buscando un punto concreto.
—¡Aquí! —exclama—. Mira, apenas se ve.
Carolina señala la confluencia de un pequeño afluente del río, apenas dibujado con una delgada línea azul. Con su dedo continúa su curso hacia arriba, en dirección a las montañas.
—Vale, a ver, en algún punto debe estar situada nuestra aldea… ¡Mira, la cascada! Aquí estamos nosotras ahora mismo.
—¿Ahora mismo? —ataja Roy, sin entender.
—Sí, mis amigas y yo. El padre de Sara nos construyó una cabaña para que pudiéramos tener un sitio para nosotras, justo aquí, junto a esta cascada, y ahora estamos durmiendo en ella.
—¡Vaya! —exclama Roy, maravillado una vez más al recordar que, en realidad, todo aquello no es más que un sueño.
—Y en algún lugar, a ver… —Carolina busca con el dedo el punto exacto donde debe estar la aldea, que no está dibujada en el mapa—. Creo que aquí está la aldea. —Carolina señala un diminuto claro junto al río—. Creo… Supongo que así sería antes de nuestra llegada.
—El lugar con el que estamos soñando, ¿no?
—Exacto.
—Un lugar que ni siquiera mi abuela vio… —añade Roy, perplejo.
Carolina levanta la vista del libro y lo mira, leyendo en su rostro la misma incomprensión que siente ella. De vuelta al mapa, desplaza esta vez su dedo a la cascada y con un deje de solemnidad anuncia:
—Y aquí está el otro portal, bajo la cascada.
—¿Bajo la cascada? ¿Es en serio?
—Me temo que sí, en algún lugar de la pared de piedra que hay detrás de la caída del agua… —Roy mira a Carolina atónito—. Debe haber una cueva o un túnel…
—¿No lo sabes?
Carolina niega con la cabeza.
—¿No lo has visto?
Carolina vuelve a negar.
Roy la mira pensativo y mira el mapa. Resulta que debía encontrar un portal que no estaba en el mapa y cuya existencia ni siquiera podía garantizarle la única persona a la que podía consultar.
—Existe —afirma Carolina contundente, para sorpresa de Roy—. El día que apareció tu flor —Carolina empieza a hablar despacio—, un humano lo atravesó.
—¿Qué? —Roy duda si ha escuchado lo que cree haber escuchado—. ¿En serio?
—Sí, apareció la misma mañana… medio muerto.
Carolina traga saliva. Hasta ese momento no se le había ocurrido que quizá el portal de la cascada no estaba dibujado en el mapa por un buen motivo.
Quizá fuera peligroso. Quizá estaba conduciendo a Roy, sin saberlo, a un suicidio, o a una locura con terribles consecuencias: la pérdida total de la memoria.
Carolina cierra el libro con un fuerte golpe y se levanta tremendamente alarmada.
Empieza a caminar por entre las hileras de cojines nerviosa, con el libro apretado contra el pecho, pensativa.
Roy se levanta también. Siguiéndola con la mirada se pregunta qué ha querido decir con eso de «medio muerto».
—Carol —le habla al fin. Ella se detiene de golpe, incapaz de contener la tonta ilusión que siente al escuchar «Carol» en la voz de él—. ¿Qué quiere decir «medio muerto»?
Carolina resopla, dejando caer los brazos y la cabeza, el libro apenas sujeto en la mano floja.
—Estaba inconsciente, extremadamente delgado, sucio, la ropa hecha jirones… Durmió dos días enteros, después se despertó milagrosamente recuperado.
Roy sonríe, Carolina se había guardado la mejor parte para el final, la única que importaba.
—¿Recuperado has dicho? ¡Perfecto! —exclama Roy con la esperanza recuperada en medio segundo—. Es todo cuánto necesitaba saber…
—No, no es solo eso… —añade Carolina y, mientras levanta la cabeza, pronuncia en voz alta lo que tanto miedo le da admitir—. El humano no recordaba nada, absolutamente nada, ni siquiera su nombre…
Antes de que Roy pueda asimilar las palabras que Carolina acaba de pronunciar, un ruido les sobresalta a ambos.
Miran a su espalda y ven como la puerta de entrada al salón se abre despacio.
Carolina apaga la vela de un soplido, abraza el libro con fuerza y coge de la mano a Roy arrastrándolo al único lugar en el que pueden ocultarse: el sillón de madera de Laobán, donde se acuclillan con el corazón desbocado.
La luz vuelve a iluminar la estancia cuando Laobán entra con paso lento, su bastón en una mano y un candil en la otra.
Se acerca a una ventana y corre la cortina en un gesto rápido, dejando que la luz de la luna ilumine aún más el salón.
Da unos pasos más y se detiene. Permanece en silencio unos minutos.
Carolina y Roy paralizados, tratan de minimizar el ruido de sus alteradas respiraciones.
De pronto, Laobán da un fuerte golpe con su bastón en el suelo y habla.
—¡Sal! —exclama, para sobresalto de los chicos—. Sé que estás ahí, tu respiración se oye a un kilómetro.