El vuelo de un colibrí (Ikigai, el País de los Sueños 1) El último sueño #2
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El último sueño #2

Carolina agacha la cabeza y se rodea la cara con las manos.

Cierra los ojos tratando de concentrarse, pensando cómo podría ayudar a Roy.

Si quería viajar a Ikigai debía usar uno de los dos portales.

El del desfiladero estaba custodiado por Ella, a saber con qué peligro; quedaba el de la cascada junto a su cabaña, al lado de donde Carolina y sus amigas dormían plácidamente, justo en este momento.

Pero ¿con qué lugar del mundo humano comunicaba el portal?

Si no lo averiguaban, era imposible que Roy lo encontrara.

Carolina levanta la cabeza de pronto, con el rostro iluminado, una idea bullendo en su mente. Mira a su alrededor y, sin decir nada, echa a andar decidida por el camino de tierra, en dirección a las casas.

—¡Vamos! —apremia a Roy sin volverse—. Tenemos que darnos prisa.

Roy se encoge de hombros y toma carrerilla para alcanzarla. Camina a su lado, contagiado del entusiasmo de Carolina, preguntándose si en realidad le empuja más el deseo de ver a Carolina en el mundo real que la búsqueda de pistas sobre su pasado.

—¿Dónde vamos?

—Pues voy a cometer la mayor imprudencia de mi vida, por segunda vez —anuncia Carolina sin detenerse, cuando ya casi han llegado a las primeras casas—. Vamos a casa de Laobán. Si alguien tiene información sobre los portales es él; en alguno de sus muchos libros encontraremos algo.

—Lao… ¿qué? —pregunta Roy con cautela, dado el poco entusiasmo de Carolina por responder preguntas.

—Laobán, es el jefe de la aldea. Cuando huimos del pueblo llenó un baúl con libros. Contenían saberes milenarios que no permitió que se perdieran, seguro que en alguno de esos libros encontramos respuestas.

Llegan a la aldea y caminan por las calles vacías. En el silencio de la noche solo se oyen sus pasos. Se dirigen a la zona más elevada de la aldea, donde está el salón de reuniones y la pequeña casa de Laobán que tan bien conoce Carolina.

—¿Están? —murmura Roy—. Los habitantes de la aldea, ¿se supone que están en sus casas?

Carolina detiene su paso y se vuelve muy seria a Roy.

—No tengo ni idea, es tu maldito sueño, ¡tú sabrás!

Los dos se miran sin decir nada y tienen que ahogar una carcajada tapándose la boca.

—Vale, vale —dice al fin Roy cuando puede hablar—. Por si acaso no hagamos ruido.

—Estoy de acuerdo —murmura Carolina, y ambos retoman su camino.

No tardan en llegar al final de la aldea.

Allí, en lo alto de la última cuesta, se encuentra su objetivo.

Se detienen, se miran un segundo para infundirse valor y recorren la distancia que les separa de la casa del jefe de la aldea.

Carolina pega su oreja a la puerta de madera, pero no escucha nada.

Agarra con fuerza el pomo, respira hondo y ya va a girarlo cuando Roy la detiene.

—¿Es viejo? —pregunta, para desconcierto de Carolina—. Vuestro jefe, ¿es una persona mayor?

—Sí, claro, tiene como cien años —responde Carolina un poco molesta—. ¿Qué tiene que…?

—La gente mayor tiene el sueño muy ligero… —afirma Roy.

Carolina lo mira perpleja, aún con el pomo entre las manos.

—Gracias. Ya me siento mejor —le responde con sarcasmo.

Cuenta mentalmente hasta tres y, por fin, gira el pomo y abre la puerta.

Pasan y cierran deprisa, antes de que alguien pueda verlos, por improbable que sea.

Carolina va directa hacia las estanterías que tan bien conoce.

Se estremece al recordar que, justo detrás, está el minúsculo dormitorio de Laobán.

Solo una delgada pared de tablones de madera les separa.

El corazón de Carolina es una bomba a punto de explotar mientras recorre con el dedo las hileras de libros, tal como hiciera tan solo unos días atrás.

Roy llega a su lado y empieza a mirar también, aunque no sabe muy bien qué debe buscar.

«Portales: ubicación y usos», imagina en su mente un posible título, pero no encuentra nada ni remotamente parecido.

Carolina resopla bajito, ya ha dado dos pasadas a todas las estanterías y no encuentra ningún libro cuyo título dé a entender que puede contener información sobre los portales.

—Esto es imposible —musita desesperada.

—Ahí hay un libro —apunta Roy.

Carolina levanta la mirada y mira a Roy que, con la mano levantada, señala a una mesita en el lado opuesto de la habitación.

Allí, en una esquina a un metro de la puerta de entrada, junto a una ventana, ve lo que parece un rincón de lectura, con un pequeño sillón.

Un tazón en la mesa, junto al libro, da muestra de haber consumido una bebida caliente mientras disfrutaba del placer de un buen libro, un libro bastante grueso, de hecho.

Carolina ahoga una exclamación ¿Esa mesita siempre había estado allí?

Casi corre hacia el libro que aún señala Roy y, al verlo, una mezcla de sentimientos la invaden.

«Ikigai», rezan unas letras sencillas como única portada. El libro de su abuela, ese que con tanto ahínco había buscado mientras sus amigas intentaban entretener a Laobán, descansaba a simple vista en aquel rincón del salón que le había pasado totalmente inadvertido la última vez.

—No me lo puedo creer… —murmura Carolina mientras lo coge despacio—. ¿De verdad ha estado aquí todo el tiempo? —se pregunta en voz alta.

Roy la mira sin comprender. Carolina abre el libro, pasa las primeras páginas y recorre el índice con la mirada, buscando algo relacionado con el mundo humano.

—«Orígenes de Ikigai» —lee Roy—. Qué interesante…

—Sí, sí, en otro momento… ¡aquí! —exclama Carolina, señalando un capítulo titulado simplemente: «Portal al mundo humano».

Ya va a pasar las páginas cuando Roy la detiene poniendo una mano sobre la suya.

Señalando su oído gira la cabeza hacia la pared del fondo, donde una sola puerta los separa de ser descubiertos.

Carolina mira hacia la puerta, mira a Roy y se encoge de hombros.

Roy se pone un dedo sobre los labios indicándole que guarde silencio y le dice con gestos que espere.

El crujido de las tablas del suelo llena el silencio del salón.

Carolina y Roy tienen el tiempo justo para salir atropelladamente de la casa, antes de que un contrariado Laobán abra la puerta de su habitación.

Carolina mira alrededor; todas las casas están demasiado lejos, no hay dónde esconderse.

Corre al único lugar al que les da tiempo a llegar, arrastrando a Roy de la mano sin decirle nada, sujetando fuerte contra el pecho, el libro que tanto le ha costado encontrar.

Cierran tras de sí la puerta del salón de reuniones justo antes de que Laobán abra la puerta de su casa y escudriñe el horizonte, preguntándose si esos murmullos que le han sacado de su placentero sueño solo han sido imaginaciones suyas.

Carolina y Roy permanecen quietos unos minutos, junto a la puerta, escuchando, rezando porque el anciano vuelva atrás sobre sus pasos y se meta de nuevo en la cama. Cuando el sonido de la puerta se escucha, retumbando en el silencio de la noche, ambos respiran aliviados.

—Menos mal que esta puerta estaba abierta —murmura Roy.

Carolina lo mira sin comprender; en la aldea todas las puertas permanecen abiertas.

Mueve la cabeza, tiene otras cosas en las que pensar.

Fija la vista tratando de ver algo. Nunca ha estado en el salón de reuniones, es un lugar prohibido a los jóvenes.

Por más que lo intenta no consigue ver nada, todo es oscuridad; las contraventanas están cerradas y no tiene ni idea de donde puede haber algún candil.

—Espera —murmura Roy.

Como si le hubiera leído la mente, camina a tientas, palpando la pared, hasta llegar a su objetivo: unas gruesas cortinas de tela que cubren una amplia ventana.

Las descorre y la escasa luz de la luna ilumina apenas el salón, pero lo suficiente para localizar en varias zonas de las paredes pequeños candiles.

Carolina coge uno y, antes de prender una cerilla, indica a Roy que vuelva a correr las cortinas.

Así lo hace y, un segundo después, la luz de la vela ilumina lo suficiente como para poder apreciar la estancia en la que se hallan.

Por unos minutos, olvidan su misión y caminan despacio recorriendo el salón.

De forma circular y gran amplitud, está coronado al fondo por un gran sillón de madera con hermosos relieves tallados.

Frente a él, formando un gran círculo que sigue la forma de las paredes de madera, grandes cojines hacen las veces de asientos para los asistentes.

El sillón, que intuyen corresponde a Laobán, proporciona una posición elevada con respecto a los cojines, como símbolo de su posición en la aldea.

Rodeando el círculo formado por las hileras de cojines, un espacio de un metro de ancho forma un pasillo.

Junto al sillón, una pequeña mesita contiene un jarrón de agua y algunos vasos, además de una pequeña campanita de latón que suponen usará Laobán para llamar la atención del gentío o hacer guardar silencio.

La única decoración del salón corresponde a las hermosas cortinas de bonitos colores que cubren las amplias ventanas y los candelabros de las paredes, uno junto a cada ventana, que seguro proporcionarán luz suficiente cuando todos estén encendidos.