El último sueño
El último sueño
—Unas horas antes—
—¡Roy, Roy, Roy…!
La angustiada voz de Carolina despierta a un Roy que yace tumbado boca arriba a la orilla del río.
La mira largamente; no parece entender dónde está ni lo que ha pasado.
Carolina, de rodillas junto a él, ríe escandalosa, ríe y llora a la vez, mientras se enjuga las lágrimas.
Roy se sienta despacio, mirando alrededor.
Carolina se lanza sobre él y lo rodea con sus brazos calmando su propia angustia.
De inmediato, se separa y le golpea fuerte con el puño en el pecho.
—¡Auuu! —se queja Roy, mientras se acaricia ahí donde ha recibido el golpe.
«Menos mal que es pequeña…», piensa, al tiempo que se da cuenta de que está empapado. Le recorre un escalofrío; es noche cerrada y empieza a sentir el frío por todo su cuerpo.
—¡Joder! ¿Qué hacías? ¡Casi me muero del susto! —exclama irritada Carolina, mientras se incorpora.
En un minuto ha pasado por todos los estados de ánimo, del miedo al alivio y después al enfado por la estupidez que le achaca a Roy.
—¿Qué ha pasado? ¿Dónde estoy?
—¿Que qué ha pasado? ¡Que casi te ahogas, joder!
Roy se pone de pie y mira alrededor, no sabe dónde está.
A su lado discurre un pequeño riachuelo y, junto a su orilla, un oscuro bosque acompaña su curso.
Roy se escurre las mangas del pantalón y la camiseta; ve que Carolina también lo hace.
Recuerda su abrazo y se estremece… A espaldas de Carolina un camino de tierra lleva a lo que parece un grupo de casas hechas de madera.
—Soñé que me ahogaba —recuerda Roy—, fue tan real…
—Es que te ahogabas… —Carolina señala el río a la derecha de Roy—. No sé cómo he conseguido sacarte.
Roy se vuelve a mirarlo de nuevo. En su sueño no se ahogaba en aguas cristalinas y poco profundas, él braceaba en aguas más profundas y turbias. Se encoge de hombros y se levanta.
—Pues gracias entonces, Carolina —Roy le sonríe y Carolina baja la mirada avergonzada—. ¿Dónde estamos?
—Estamos en nuestra aldea —Carolina se pone muy seria de pronto, un halo de preocupación cubre su rostro—, lo cual no es nada bueno. ¿Has averiguado algo? ¿Ya sabes qué quiere Ella de ti?
—Pues no, pero sí sé que tiene algo que ver con mi pasado… Creo que viví aquí de niño, con mis padres.
—¿Aquí?
—Sí, aquí, en tu mundo. Pero algo ocurrió y mi padre me llevó a mi mundo, con mi abuela, para ponerme a salvo.
—¿Qué ocurrió? —pregunta Carolina intrigada.
—Eso no lo sé. Pero Ella intentó acabar con nosotros hace trece años y ahora ha vuelto para acabar el trabajo, y ya ha cumplido con la mitad de su propósito…
Un halo de tristeza envuelve a Roy al pensar en su abuela.
—¿Has dicho hace trece años? —increpa Carolina nerviosa.
—Sí… ¿Por?
—Hace trece años nos enfrentamos con Ella. Trece años de nuestra huida al bosque, de tantas vidas perdidas, justo trece años, Roy…
Carolina y Roy se quedan en silencio, pensando en lo que pueda significar aquello.
—Entonces todo tiene sentido —apunta Roy al fin, sin ocultar su entusiasmo al empezar a desenterrar capítulos de un pasado olvidado—. Vosotros huisteis al bosque y mi padre me llevó con mi abuela para ponerme a salvo; ahora entiendo todo.
—No —ataja Carolina mientras niega con la cabeza—. Ella nunca fue a buscarnos al bosque, ¿para qué si ya tenía los prisioneros que necesitaba? Entonces, ¿por qué buscarte a ti? Hace trece años… ¡serías solo un niño!
—Tenía cinco años —murmura apenas Roy, comprendiendo lo que Carolina quiere decir.
—¡Cinco años! —exclama Carolina aún más sorprendida—. ¿Por qué molestarse en ir al mundo humano a buscar a un crío de cinco años?
—¿Por qué matar a un crío de cinco años? —añade Roy.
—¿Matar? —musita apenas Carolina.
—Incendió nuestra casa. Mi abuelo murió y, hasta hace unos días, creía que mis padres también lo habían hecho. Ahora sospecho que solo mi abuelo falleció, aunque yo estuve cerca…
Roy empieza a remangarse despacio la manga derecha de su camiseta ante los ojos atónitos de una Carolina que no comprende lo que está haciendo.
Adelanta su brazo y se lo muestra, ese brazo que tanto le cuesta mostrar, ese brazo que en condiciones normales jamás habría enseñado a una chica a la que acababa de conocer.
Carolina se acerca y ve lo que Roy trata de enseñarle; en la oscuridad de la noche es difícil apreciarlo bien, pero Carolina reconoce las marcas implacables que el fuego ha provocado sobre su piel.
Roy ya va a bajar el brazo cuando Carolina acerca su mano y toca la de Roy.
Con delicadeza pasa las yemas de sus dedos sobre la fina piel acartonada que desde hace trece años luce.
Un escalofrío lo recorre entero. Observa el rostro de Carolina, esperando un gesto de desagrado o repugnancia, pero el sereno gesto de Carolina solo transmite una descarada curiosidad.
Carolina aparta la mano sin prisa. Roy baja su brazo y, avergonzado, mira al suelo.
—Las he visto más grandes —anuncia Carolina con fingida indiferencia, estremeciéndose por haber acariciado la mano de Roy—. En la aldea más de uno ha sobrevivido a su fuego…
Roy levanta la mirada y la mira fijamente, agradecido y aliviado por la naturalidad con la que Carolina trata algo que provocaba rechazo en la mayoría de las personas.
Baja su manga de nuevo y trata de recobrar la calma; aún siente el tacto de los dedos de Carolina palpitar en su piel.
Vuelve a mirar a su alrededor distraído, evitando adrede esos ojos que le nublan la mente y le hacen olvidar el motivo por el que está allí.
—¿Has dicho que esta es tu aldea? —habla al fin Roy, recobrando la claridad mental.
—Sí —afirma Carolina, recordando también la premura ante el peligro que les acecha—.
Y, antes de que preguntes, no sé cómo es posible que tú sueñes con este lugar.
Pero sí sé que es muy peligroso…—Roy la mira con gesto de no comprender—.
Si Ella te encuentra de nuevo, ya sabrá en qué lugar del bosque nos escondemos; toda la aldea estará en peligro.
—Entiendo. Entonces démonos prisa, necesito que me digas cómo viajar a tu antiguo pueblo.
—¿Qué? —exclama Carolina, que no puede creer lo que acaba de escuchar.
—Necesito averiguar qué fue de mis padres y por qué Ella me quiere muerto. La única manera de hacerlo es viajar a vuestro antiguo pueblo; no veo otra manera de encontrar respuestas. En mi mundo ya lo he intentado y no he conseguido nada.
—Pero… —Carolina se queda sin palabras.
Puede que Roy tenga razón y la única forma de encontrar respuestas sobre su pasado sea buscando en su antiguo pueblo.
Si vivió allí con sus padres podría hallar alguna pista de lo que les ocurrió.
Pero era demasiado peligroso, ¿acaso esa cicatriz no le bastaba para comprender cuán poderosa era Ella?
Estaba claro que no. Se acerca a Roy, con más calma de la que suele gobernar sus actos, coge sus manos y, mirándole fijamente, casi le suplica.
—No lo hagas, es demasiado peligroso. Aquí su poder es mayor que en tu mundo.
Carolina, incapaz de soportar su mirada, suelta sus manos y se separa. Empieza a caminar nerviosa, tratando de encontrar las palabras que convenzan a Roy para que deseche esa idea.
—Roy, debemos despedirnos, a eso he venido. Pude haber destruido tu flor sin más, pero quería advertirte; no debes intentar venir aquí.
Roy mira el rostro de extrema preocupación de Carolina y a duras penas puede contener las ganas de abrazarla y susurrarle al oído que todo está bien.
—Aquí te encontrará y te destruirá. Debes volver a tomar esas pastillas y olvidarte de todo. Seguir con tu vida, con tu amiga…
Roy arquea las cejas extrañado.
—Mañana tiraré tu flor al río y no volverás a saber nada de Ella… ni de mí.
Carolina baja la cabeza para que Roy no vea sus ojos húmedos, su labio temblándole aún, para que no descubra cuánto le afecta pensar en no volver a un humano con el que solo ha compartido unas cuantas horas en el mundo de los sueños.
Roy se acerca a Carolina y reprime, una vez más, el deseo de abrazarla.
Recuerda ahora cuando sí lo hizo, junto a un pozo semiderruido, cuando sus sentimientos hacia ella no eran tan intensos.
—Carol —le habla despacio.
Carolina se sorprende de que la llame así. Levanta la mirada, un par de lágrimas que no puede reprimir corren por sus mejillas. Le mira fijamente, esperando sus palabras.
—Mírame. —Roy separa los brazos de su cuerpo—.
Peso setenta kilos; no hacen falta grandes poderes para acabar conmigo.
—Roy sonríe, Carolina no puede evitar sonreír también—.
Corro el mismo peligro en mi mundo que en este y jamás me perdonaría haber dejado escapar la oportunidad de saber qué les ocurrió a mis padres.
Voy a hacerlo, averiguaré cómo llegar aquí.
—Roy se pone muy serio—. Pero entiendo lo que dices; estoy poniendo en peligro a toda tu aldea, así que supongo que debemos despedirnos.
Despertaré ahora, tal cómo me enseñaste a hacer.
—Roy sonríe recordando su último sueño, en esa vieja casa plagada de arañas.
—No —suelta Carolina de pronto—, espera. Te ayudaré a descubrir cómo llegar aquí… si es lo que quieres.
Carolina no puede esconder el efecto que la determinación de Roy ha causado en ella.
La idea de que puedan encontrarse más allá de los sueños es tan ilusionante que pesa más que los peligros a los que tengan que enfrentarse.
La preocupación y el miedo han sido suplantados por la emoción de poder ver a Roy en la vida real.