Noche en vela #3
Escucho un murmullo lejano. Lo ignoro, vuelvo a mi luz, a mi quietud, a mi silencio, pero ahí está otra vez, ese murmullo.
Trato de ignorarlo, pero vuelve, insistente, molesto como un mosquito asomando a tu oído en una noche de verano.
«Roy». Deja de ser un murmullo, lo oigo cada vez con más claridad, más fuerte, más cercano…
me irrita. No entiendo su significado, no es nada, solo tres letras seguidas componiendo un sonido taladrador: «Roy, Roy, Roy…
». ¡Basta!, bramo fuera de mí mientras abro los ojos.
Siento el agua en mis ojos, me revuelvo moviendo brazos y piernas mirando asustado a mi alrededor.
No floto en agua, estoy bajo el agua; miro arriba y veo la superficie muchos metros sobre mí.
Está muy oscuro; un cielo negro cubierto de nubes.
No sé qué hago aquí, pero debo salir. Ya.
No sé cuánto tiempo llevo bajo el agua. Empiezo a nadar deprisa, con todas mis fuerzas, braceo desesperadamente, me impulso con las piernas arriba, cada vez más arriba, pero la superficie no parece llegar nunca.
Empiezo a notar que me falta el aire, no puedo más, debo llegar, debo salir, necesito respirar, no puedo más, sin poder evitarlo abro la boca y bebo una gran bocanada de agua que me quema; mi garganta arde, pero estoy llegando, ya casi estoy, mis dedos apenas rozan la superficie cuando todo se apaga.
—Fran.
—¿Sí?
—¿Tú alguna vez te has enamorado?
Guille suelta una carcajada ante la pregunta de Marta.
Están los tres en el sofá esperando a que Roy se despierte.
Hace un buen rato que han regresado del piso de Atenea.
Ya queda poco para que amanezca y confían en que Roy no tardará en levantarse.
Los nervios ante lo que ocurriría después les hace imposible si quiera intentar conciliar el sueño.
—Sabía que reaccionarías así —apunta Marta molesta, mirando a Guille—. Por eso le he preguntado a Fran, no a ti, Don Juan.
—Oye, oye… tranquila. Es solo que aún no ha llegado la chica adecuada y mientras, disfruto lo que puedo…
—Claro, la chica adecuada; a poder ser modelo y no muy lista, no sea que tengas que mantener una conversación antes de…
—¿Sabes que te pasas un montón conmigo? —le corta Guille, esta vez dolido de verdad.
—Lo sé, pero es solo para bajarte el ego, te hace falta.
—¿Ves? Has vuelto a hacerlo…
Guille baja la cabeza y Marta se siente mal; puede que tenga razón y se exceda con sus puyas.
—Vale chicos, haya paz, estamos todos muy cansados —interviene Fran—. Y la respuesta es no, Marta. Salvo que cuente una niña pecosa del cole con la que quería ir de la mano, pero me dijo que no y la olvidé al segundo… No, supongo que nunca me he enamorado.
Marta y Guille ríen con la anécdota y vuelven a sus pensamientos, hasta que Marta rompe el silencio de nuevo.
—Yo tampoco, creo.
—¿Creo? —Fran no la ve muy convencida con su afirmación.
—¿Os acordáis de Violeta?
—Sí, claro, os paleasteis y desapareció…
—¿Violeta? —pregunta Guille un poco perdido.
—Violeta, ¿no te acuerdas? Esa chica tan alta con el pelo muy corto, castaño, iban siempre juntas.
—¡Es verdad! —exclama Guille recordando al fin—. Es cierto que dejó de venir por aquí. ¿Os peleasteis? Joder, pues ni me enteré…
—Nunca os dije por qué me peleé…
—Ay, madre, casi me lo imagino. ¿Te gustaba y tú a ella no?
—Lo has acertado Guille, pero no solo es que no le gustara, es que no le gustaban las chicas en general… Fue muy vergonzoso.
—Vaya, nunca nos lo habías contado… —dice Fran sorprendido.
—Pues no, Fran. Ahora ya da igual, pero yo estaba coladísima por ella y una noche, de fiesta, puede que hubiera bebido de más…
—¡Qué raro! —ironiza Guille, recibiendo una colleja de Fran.
—El caso es que me lancé…
—¡No! —exclama Fran y se echa las manos a la cabeza.
—Sí. Ella pensó que le estaba dando un «pico» de amiga, pero cuando la cosa fue a más me empujó y, en fin, adiós a mi amistad y a todo con ella.
—Jolin, lo siento, Marta —Fran acaricia la rodilla de Marta.
—Bueno, da igual, hace mil años de eso…
—¿Y cómo es que no nos lo contaste? —pregunta Guille—. Joder, ya sé que a veces estoy un poco despistado con mis cosas, pero…
—No lo conté porque lo de menos fue el beso… Lo peor es que después me enteré de que todo el tiempo había venido conmigo solo porque estaba colada por ti, Guille. Solo me quería para acercarse a ti.
Guille se queda mudo y una mezcla de sentimientos lo invade.
Por un lado, no puede evitar sentirse culpable de alguna manera retorcida, a pesar de no haber provocado, al menos no de forma consciente, lo que la chica sintiera por él.
Por otro lado, siente un gran alivio de que no haberse fijado en ella, si hubiera llegado a pasar algo entre los dos…
—Joder, Marta, lo siento.
—No es tu culpa.
—Lo sé, pero me fastidia. Ni siquiera me conocía y quería algo conmigo… es como si solo me vieran por fuera.
—A mí no me pasan esas cosas… —apunta Fran risueño.
—En serio, Fran, es como lo que ha dicho antes Marta, que sea modelo y que no sepa mantener una conversación…
Es que esa es la imagen que transmito y lo peor es que al final se convierte en verdad, porque si hay una chica medianamente interesante o inteligente, ni se me acerca porque da por sentado que soy superficial y que voy a lo que voy…
—Bueno, Guille… te gusta gustar, admítelo —dice Fran.
—A ver, claro. ¡No te fastidia! A todos nos gusta gustar. Y no soy de piedra y me gusta pasarlo bien, pero a veces echo de menos un poco de profundidad, de sentimiento. De eso, nunca hay nada.
—Tú al menos tienes la diversión, cabrón —exclama Fran, quitando hierro al asunto—. ¡Yo ni lo uno ni lo otro!
Guille no puede evitar reírse.
—Pero te entendemos… Eres un tío de puta madre y los que te conocemos lo sabemos.
—Claro, Guille. Ya llegará la persona adecuada… ¡y encima tendréis hijos monísimos! —exclama Marta, y los tres se ríen, mandándose bajar la voz los unos a los otros, al acordarse de que Roy continúa dormido.
—¿Y todo esto ha venido por…? —pregunta Fran.
—Marta y sus preguntitas… Pero ha molado, hay que repetirlo más.
—¿El qué? ¿No dormir en toda la noche? —Fran ríe de nuevo.
—¡No, idiota, hablar de estas cosas!
Un ruido interrumpe la conversación y los tres vuelven la mirada el pasillo. Se escuchan ruidos en la habitación de Roy. Finalmente, una puerta se abre y Roy aparece en el comedor. Al ver el rostro de Roy, los tres saben al instante que ese día marcará un antes y un después en sus vidas.