El vuelo de un colibrí (Ikigai, el País de los Sueños 1) Noche en vela #2
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Noche en vela #2

Sin decir nada, Marta sale corriendo y se dirige a una puerta al otro lado del gimnasio.

Es el cuarto de la limpieza, donde también se guardan algunas herramientas para puntuales reparaciones.

Coge un destornillador, lo deja, coge unos alicates, los deja también, finalmente coge un martillo grande con un extremo en dos puntas, de esos que se utilizan para sacar clavos.

Vuelve corriendo al vestuario, mete el extremo del martillo con las dos puntas bajo el candado y, haciendo palanca, tira con fuerza del candado.

El candado ni se inmuta, pero toda la puerta de metal de la taquilla se abomba y Marta la abre arrugándola como si estuviera utilizando un abrelatas.

Allí, ante la mirada atónita de los tres amigos, se encuentran las cosas de Atenea: el bolso, una bolsita de aseo, una toalla y ropa de cambio.

Marta saca todo y busca en el bolso. Saca y muestra las llaves de su casa y del coche.

Saca el móvil, está bloqueado. Hace un par de intentos de adivinar el patrón de desbloqueo, pero es inútil.

Justo cuando va a probar otra cosa, el móvil, al que apenas le quedaba una rayita de batería, se apaga.

—El coche —dice Marta con la llave en la mano.

Coge todo haciendo una pelota entre los brazos y sale corriendo en dirección a la salida. De pie junto a la puerta, mira detenidamente en el aparcamiento. Es de noche, pero aun así está lleno de coches; la gente que vive por los alrededores aprovecha para aparcar allí por la noche.

—¡Allí! —grita Marta, que ha localizado el coche de su hermana.

Corre hacia él. Fran y Guille la siguen a pocos pasos.

Lo abre, mira dentro. Se sienta en el asiento del conductor, abre la guantera, mira en las cajoneras de las puertas, después sale y abre el maletero.

Allí tampoco hay nada fuera de lo normal.

Cierra el coche y se apoya en él descorazonada.

Fran y Guille la miran preocupados, esperando el próximo paso.

Marta rebusca otra vez en el bolso de Atenea y saca un llavero.

—Vamos a su casa.

Y echa a andar a toda velocidad en dirección al coche de Fran.

En solo diez minutos están en el portón del edificio de Atenea.

A esas horas de la noche el tráfico es inexistente y las distancias se acortan.

Marta abre y corre al ascensor, pulsa el número tres, Fran y Guille entran justo cuando las puertas se cierran.

Marta no deja de moverse nerviosa, los pies tamborileando el suelo.

Guille hace amago de abrazarla, pero las puertas del ascensor se abren y Marta sale disparada hasta la puerta del piso de su hermana.

Con los nervios le tiemblan tanto las manos que es incapaz de meter la llave en la cerradura. Fran le pone una mano sobre el hombro.

—Tranquila —le susurra.

Marta lo mira, asiente, respira hondo y vuelve a intentarlo con más calma. Al fin, la puerta se abre.

Al entrar, un olor desagradable les golpea, el olor de un aire viciado, de un piso sin ventilar en muchos días.

Marta enciende la luz y entra. Cruza un pequeño pasillo y llega al salón.

Mira alrededor: allí no se ve nada fuera de lo normal.

Como una flecha recorre el pequeño piso.

Va al dormitorio de Atenea, mira su armario, donde permanece intacta su ropa; descartada la escapada.

Luego va al baño, donde se fija en su cepillo de dientes.

De vuelta a la cocina, abre la nevera y un olor a podredumbre le hace cerrarla de nuevo.

De vuelta al salón, abre una persiana y se asoma a un pequeño balcón de apenas un metro de ancho.

Vuelve a entrar y se sienta rendida en el sofá.

No hay nada, ninguna pista en ninguna parte.

Lo único que ha quedado totalmente claro para los tres es que Atenea no ha desaparecido voluntariamente.

Fran se sienta en el sofá junto a Marta.

—¿Vamos a la policía? —le pregunta.

Marta respira hondo por toda respuesta, sin saber qué decir.

—No creo que sirva de nada —responde Guille, que se dirige a la cocina.

Abre varios armarios buscando algo, hasta que encuentra lo que quiere.

Sin decir nada, saca un cubo de basura y lo lleva junto a la puerta de la nevera.

Fran le observa intrigado. Marta mira a un punto indefinido frente a ella, sin dejar de mover las piernas nerviosa.

Guille abre la nevera y empieza a echar al cubo de basura todos los restos de comida malolientes.

Saca el cajón de la fruta y lo vacía entero y, por último, lleva al fregadero varios tetrabriks de leche y zumos que derrama por el sumidero, para aplastarlos después y lanzarlos al cubo.

Cierra el frigorífico, ata las cuerdas de la bolsa de basura, devuelve el cubo a su lugar y se dirige con la bolsa hacia la entrada.

Abre y deja la bolsa sobre el felpudo, con la intención de llevársela cuando se vayan.

Cierra la puerta satisfecho y, cuando ya se dispone a ir al salón con sus amigos, se detiene frente al gran espejo de la entrada y se queda quieto observándolo con el gesto fruncido. Fran mira a Guille extrañado.

—Sí, tú también tienes mal aspecto —le dice al fin con guasa—, es lo que tiene no dormir…

—¿Aquí no debería haber algo más? —apunta Guille, ignorando el comentario de Fran, mientras señala la balda sobre la que se apoya el espejo.

Una vela decorativa reposa solitaria en una esquina, quedando el resto del estante vacío, como si acabaran de comprarlo y aún no supieran que colocar ahí.

Fran se levanta y va junto a Guille. Con los brazos en jarra mira la balda, mira a Guille, mira la balda de nuevo y se encoge de hombros.

—No sé, pondrá sus llaves cuando llegue a casa… —elucubra Fran.

—Puede ser —consiente Guille sin dejar de mirar la balda, luego acerca su dedo y lo pasa por la superficie arrastrando el polvo acumulado.

Marta mira a sus amigos, saliendo del pequeño estado de trance en el que se había quedado atrapada.

—¿Qué pasa? —Y mientras lo dice se levanta y camina hacia ellos.

—¿Esto siempre ha estado tan vacío? —inquiere Guille, mientras señala la balda, intuyendo que algo no encaja.

Marta llega a su lado y mira detenidamente.

—¡No! —exclama de pronto, para sobresalto de sus amigos—. ¡Claro que no! —Y señalando con las manos abiertas la balda, visiblemente alterada, continúa—. Aquí falta una foto de Atenea, de su primera competición, con Maya, ¿por qué no está?

—Buena pregunta… —dice Guille acariciándose la barbilla, pensativo.

—Vuelvo a preguntar —añade Fran, contagiado del nerviosismo de Marta—. ¿Vamos a la policía?

—No, no serviría de nada —responde esta vez Marta, negando con la cabeza.

Marta guarda silencio, su mente tratando de decidir el siguiente paso que dar para encontrar a su hermana, con la certeza cada vez mayor de que es probable que esté en peligro.

Los tres permanecen en silencio pensativos, mirando la balda vacía, como hipnotizados, preguntándose qué hacer para hallar con el paradero de Atenea, hasta que Marta los saca de su absurda quietud.

—Volvamos al piso.

Guille y Fran miran a Marta.

—Esperaremos a que Roy se despierte, quizá él haya conseguido alguna respuesta…

Sin añadir nada más, los tres abandonan el piso y, bolsa de basura en mano, suben al ascensor con gesto preocupado.

—¿Y si la única respuesta que ha encontrado Roy es viajar a ese mundo mágico? —pregunta Guille al fin, rompiendo el tenso silencio.

—Pues entonces tendré que acompañarle —afirma Marta muy seria, mirando fijamente a los ojos de su amigo.

Siento mi cuerpo ligero. Estoy flotando, con los brazos y piernas estirados.

Noto el arrullo del agua a mi alrededor, es agradable.

Respiro hondo y disfruto del silencio. No quiero abrir los ojos, no quiero saber dónde estoy.

Quiero estirar esta calma todo lo que pueda, después de tantas tempestades vividas.

Muevo los dedos; no cabe duda, el agua me sostiene.

Se siente tibia, no tengo frío ni calor y el silencio es tan acogedor…

me pasaría aquí horas; no quiero abrir los ojos.

Me empiezo a adormecer —un sueño dentro de un sueño—, sin pensar en nada.

Mi mente es la superficie quieta de una laguna, no hay movimiento, no hay ruido, solo luz, una luz blanca que empieza a crecer y se expande por todo mi ser.

No sé qué hago aquí, no consigo recordar nada, pero no me importa.

Aquí hay paz, no pienso en nada, no tengo que hacerlo, no tengo que recordar nada, no tengo que resolver nada…

Me quedaré aquí para siempre, para siempre…