Noche en vela
Noche en vela
La puerta se abre de pronto golpeando las manos de Marta, que está sentada en la silla de la cocina, junto a la puerta. La bolsa de patatas que sostiene sale volando, llenando el suelo de patatas.
—¡Qué cojones…! —exclama Guille, entrando en la cocina sin saber aún qué ha pasado.
—¡Calla! —le chilla Marta, aún sentada—. Vas a despertar a todos, mira lo que has hecho… —Le señala enfadada el suelo sembrado de patatas.
—¿Yo? Perdona, pero ¿qué mierda hacías detrás de la puerta…?
—Esta silla siempre ha estado aquí, solo hay que abrir con cuidado, no arrollando como un bestia…
Guille se ríe de la situación, Marta también.
—Pues ya he cenado —se queja Marta, fingiendo enfado.
—Pues de nada. ¿Qué mierda de cena es esa?
Guille saca una escoba y un recogedor de un armario al fondo de la cocina y empieza a barrer las patatas.
—Pues una cena de son las tres de la mañana y he pasado las últimas horas contemplando cómo el fuego convertía en cenizas un edificio entero…
Guille termina de barrer y se sienta al otro lado de la mesa de la cocina.
—¿Tú tampoco puedes dormir? —pregunta Guille.
—¡Qué va! Ya me he cansado de dar vueltas, no dejo de pensar en Atenea…
Marta baja la cabeza, su cara apoyada entre las manos con los codos sobre las rodillas y, justo en ese momento, la puerta vuelve a abrirse. Marta esquiva el golpe con rapidez y la puerta impacta en sus rodillas.
—¿Qué mierda…? —Un sorprendido Fran entra en la cocina.
—¡Joder, por poco me limpias la cara! ¿Que no sabéis abrir una puerta despacio?
—¡Ostia, Marta! Pues no esperaba encontrarme una comitiva en la cocina a las…, ¿qué hora es? —Mira su reloj—. A las tres de la mañana.
Fran da un paso y resbala, salvando la caída por los pelos, agarrándose con una mano a la mesa y con otra a la encimera. Marta y Guille se miran y empiezan a reír a carcajadas.
—¡Vais a despertar a Roy! —les reprende Fran, mientras recuperaba el equilibrio—. ¿Qué habéis hecho aquí?
Fran se agacha para mirar el suelo a contraluz y puede ver los restos aceitosos de las patatas.
—Un accidente… —aclara Guille, aguantándose la risa.
Fran se dirige al armario al fondo de la cocina, de donde saca un cubo y una fregona.
—Pues los accidentes se limpian… —reprende con enfado mientras empieza a fregar.
—Siempre ha tenido mal despertar… —apunta Marta con guasa.
—Para tu información, no he dormido nada y ya estaba harto de dar vueltas en la cama, pero ya veo que no soy el único.
—¿Y Roy? ¿Estará soñando con la tal Carolina? —Guille arquea las cejas.
—¡Menuda historia! —Fran devuelve la fregona y el cubo a su lugar y se sienta en la encimera frente a ellos.
—¿Creéis que está enamorado? —Marta los mira risueña.
—Por lo menos le gusta…
—¡Mucho! —añade Fran.
—Nunca había visto así a Roy… —apunta Guille—. Nunca le han interesado esos temas, mira que yo le habría presentado a más de una pivita…
—¿«Pivita»? ¿En serio, Guille? —Marta menea la cabeza en señal de desaprobación.
—No te mosquees, Marta… A ti también te las puedo presentar…
—Y se ríe, provocando el enfado de Marta—.
¡Va! No te enfades, es broma. Ya sabes cómo soy, es mi encanto personal…
—Y se atusa por enésima vez el pelo—. Lo que quiero decir es que él parecía no estar interesado en las chicas… hasta ahora.
—Y ahora se interesa por una chica imaginaria… —apostilla Fran.
—¿Creéis que no existe? —Guille mira a sus amigos esperando una respuesta.
—No sé —responde Marta—. Todo es tan raro… Demasiados sucesos extraños seguidos, demasiadas coincidencias, y esa mujer… Vosotros la habéis visto, ¿no digáis que no da escalofríos?
—Escalofríos y atracción a partes iguales… —puntualiza Guille—. ¡Joder, era tan atrayente, tan elegante y enigmática!
—¡Era un pivón! —exclama Fran—. Esa es la verdad…
—Sí, es cierto, pero al mismo tiempo, ¿no sentíais una atracción descontrolada?
Era como una fuerza hipnótica, yo no podía pensar con claridad.
Recuerdo que no podía dejar de mirarla y…
desearla. —Marta se sonroja al hacer en voz alta semejante revelación—.
Pero al mismo tiempo sentía que me ahogaba, que necesitaba alejarme de allí… no sé si me explico.
—Yo no podría haberlo explicado mejor —confirma Fran, mirándola a los ojos.
—Ni yo —corrobora Guille—. Tal cual.
—Y ahora, mirando atrás, pienso en todo lo que ha pasado y no puedo evitar…
—Hallar conexiones… —Guille sonríe a Marta—. Empiezas a pensar como una periodista, tal vez equivocaste la carrera… —Guille le guiña un ojo y Marta sonríe negando con la cabeza.
—Tú, escucha. Primero veo a esa mujer en el homenaje de Maya y me pregunta por la abuela de Roy.
La abuela de Roy muere y mi hermana desaparece.
Después la mujer va a ver a Roy a su casa con no sé qué historia de un seguro y después os la encontráis los dos en sitios sin relación alguna, ¿dónde fue?
—Yo en la Uni y Fran en el despacho de su hermano —aclara Guille.
—Eso, y ahora este incendio…
—Y las cartas del padre de Roy —continúa Guille—, y estos sueños extraños de un lugar místico…
—Dice que soñó con la muerte de su abuela —recuerda Fran.
—¡Es cierto que lo dijo! —exclama Marta—. Puff, da escalofríos solo pensarlo.
—Como una premonición… —añade Fran pensativo.
—¿Y ahora qué? —pregunta Marta mirando a Guille.
—¿Y ahora qué? —pregunta Fran mirando a Guille.
Guille se acaricia la barbilla, pensativo; le encanta ser el centro de atención. Se sabe guapo e inteligente y no oculta su autoestima.
—¡Qué idiota eres! —suelta Marta de pronto, bajándolo de las nubes.
Fran suelta una carcajada.
—Ains, Martita… —Guille le pone ojitos y le coge la mano—. Tú y yo sabemos que si te cambiaras de acera no podrías resistirte.
Marta le suelta la mano mosqueada y Guille abandona el cachondeo.
—Vale, vale… A ver, deberíamos averiguar de dónde ha salido esa mujer, ¿quién diablos es? Pero no tenemos nada, ni un nombre, ni relación alguna con nada…
—Fue al homenaje de Maya —apunta Marta.
—Sí, pero fue mucha gente al homenaje de Maya, eso no nos dice nada.
—Estuvo husmeando las fotos del gimnasio, allí vio a Aurora y me preguntó quién era. Y también vería a Atenea… —Marta siente un escalofrío conforme pronuncia estas últimas palabras.
—¡Tenemos que ir al gimnasio! —suelta de pronto Guille—. Tal vez allí encontremos alguna pista de la mujer… y del paradero de Atenea. —Guille se levanta decidido.
—Ya he ido al gimnasio a preguntar por Atenea y nadie la ha visto en días —aclara Marta muy seria.
—Sí, ya imagino que habrás preguntado, pero ahora sabemos cosas que antes no sabíamos. Debemos volver al último lugar dónde viste a Atenea y buscar algo que nadie más haya visto; es de primero de periodismo —afirma Guille, sin perder un ápice de decisión.
Marta lo mira largamente y reflexiona sobre lo que acaba de decir. Enseguida se da cuenta de que tiene razón. Ella se había limitado a pasarse y preguntar a algún compañero de entreno; en estas circunstancias, eso equivalía a no haber hecho nada. Se levanta también, con el mismo ímpetu que Guille.
—¡Tienes razón! Hay que ir al gimnasio… ¡Vamos Fran! —Marta coge de la mano a un Fran nada convencido y lo obliga a levantarse.
—¿Ahora? ¿En serio? —Fran se mira el reloj—. ¿Habéis visto la hora?
—Es el mejor momento, ahora que no hay nadie. ¡Venga, vamos!
Guille sale de la cocina con paso decidido, Marta mira a Fran que duda.
—¿Tienes algo mejor que hacer?
—La verdad que no —tiene que reconocer con desgana.
—Pues venga, que es un buen paseo hasta la asociación…
—No, si vamos en coche…
Marta se vuelve sorprendida.
—¿No le habías devuelto el coche a tu hermano?
—Lo cierto es que con la medio discusión que tuvimos olvidé darle las llaves y, bueno, el coche sigue aparcado frente al río.
—¡Toma! —exclama Marta levantando el puño y sale de la cocina aún más animada; el absurdo desvelo colectivo se había trasformado, de pronto, en una pequeña aventura.
Fran vuelve a mirar la hora, bosteza y con un gran suspiro sigue a sus amigos. Media hora más tarde los tres se encuentran en el gimnasio, observando los tablones de fotos en busca de alguna pista.
—Nada —dice Marta—. No está en ninguna foto, ¿la habéis visto?
Fran y Guille niegan con la cabeza. Marta da una vuelta entre los sacos de boxeo y rodea el ring. Se asoma debajo de la lona; allí solo hay miles de pelusas.
—Alguien debería aspirar de vez en cuando aquí debajo.
—¡Marta! ¡ven! —se oye la voz de Guille desde el vestuario.
Fran y Marta se miran y corren a su encuentro. Al llegar se encuentran a Guille con la chaqueta de Atenea en la mano. Marta se acerca y la coge.
—¿Dónde estaba?
—Colgada del perchero.
Marta busca en los bolsillos, pero no encuentra nada.
—Pudo haberla olvidado —apunta Fran.
—Sí —afirma Marta, poco convencida.
—Marta, ¿has llamado a Atenea estos días? —pregunta Guille.
—Sí, claro, muchas veces.
—¿Qué tal si la llamas ahora? —Guille se vuelve y señala con la cabeza la hilera de taquillas del vestuario.
Marta saca con urgencia el móvil y marca: el sonido no se hace esperar. Desde alguna taquilla, una simpática musiquilla empieza a sonar. Los tres se acercan a las taquillas y se detienen delante de una. Marta cuelga, incrédula. Trata de abrir el candado: imposible sin la llave.
—¿Cómo podríamos…? —pregunta Fran, mirando a su alrededor.