El vuelo de un colibrí (Ikigai, el País de los Sueños 1) Un secreto al descubierto
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Un secreto al descubierto

Un secreto al descubierto

Escucha las risas de las chicas antes de verlas, incluso antes de ver la cabaña.

Está muy oscuro, al final se le ha hecho de noche y no ha previsto traer algo para iluminar el camino; se le va a complicar emprender el camino de vuelta.

Continúa caminando despacio, mirando bien donde pisa y, tras rodear un grupo de árboles, se encuentra con la cabaña a escasos cien metros.

Se agacha deprisa y se oculta entre los árboles del bosque.

La cabaña está junto al río, allí donde la cascada cae, amortiguando las voces de las chicas.

Always solo alcanza a escuchar risas y murmullos.

Sigue acercándose, avanzando detrás de los árboles.

Es imposible que le vean, la luna está oculta por las nubes y, gracias al sonido de la cascada, también es imposible que le escuchen; en eso confía.

Por fin, llega a la altura de la cabaña.

Las cuatro amigas han hecho una pequeña hoguera entre la cabaña y el río, y charlan animadas frente al fuego; nada fuera de lo normal.

Always se alegra al comprobar que, de momento, no parece haber ningún plan secreto.

Son buenas chicas, tal como Nerea le había dicho de su hija.

Avanza hasta la pared trasera de la cabaña, se pega a ella y, desde allí, empieza a escuchar lo que hablan.

Las espiaría un rato, el tiempo necesario para asegurarse de que no planeaban ninguna aventura peligrosa y se marcharía; aunque con semejante oscuridad, aún no tenía claro cómo.

—Pobre Sergio… ¡qué rabieta cogió cuando no le dejaste venir! —exclama Sara.

—¿Y qué podía hacer? Si lo traigo habría hecho mil preguntas y se habría enterado de todo… —refunfuña Andrea molesta—. A mí también me ha dado pena…

—Bueno, la próxima vez, cuando todo esto pase… —añade Sara.

Always se acuerda de Sergio, tan afanado por cumplir su misión, probablemente confiado en que así le dejarían ir con ellas.

Menuda decepción debió llevarse, pobre chaval.

En ese instante, se promete que él mismo llevaría a Sergio de acampada, antes de irse con Nerea y, de improviso, se le ocurre una gran idea: podrían ir juntos Nico, Jonás, Sergio y él.

Nico y Jonás le contarían esas batallitas de su juventud en el mundo humano que tenían pendientes y Sergio se sentiría super mayor viviendo su propia aventura con los hombres.

Sí, era una gran idea, no sabía qué pensarían los demás implicados, pero algo le decía que aceptarían.

Tampoco sabía qué pensarían cuando les contara su plan de viajar con Nerea al antiguo poblado y ni siquiera él sabía si aquello era una buena idea.

Se había emocionado con la propuesta de estar a solas con Nerea y descubrir qué sentían realmente el uno por el otro, pero no se había parado a pensar si era factible llevar a cabo semejante cruzada.

Volvió a escuchar las voces de las chicas y recordó dónde estaba y lo que estaba haciendo.

Ya tendría tiempo más tarde, en la soledad de su cuarto, de pensar en lo demás.

—¿Qué te pasa, Vero? ¿Estás pensando en tu madre? —pregunta Carolina.

—Sí.

—No te preocupes…

—¡No estoy preocupada! —grita exasperada.

Las tres amigas se giran a mirar a Vero; aún no están acostumbradas a esta nueva faceta suya tan airada.

—¿Qué pasa? ¿El humano otra vez? —pregunta Sara.

—¡Pues claro! ¡Ese maldito Always!

Always traga saliva y se queda muy quieto. Sabía que no le caía muy bien a Sara, por aquello de invadir su casa, pero lo de Vero no se lo esperaba… Escucha atento para descubrir el motivo, aunque algo puede intuir, él también ha escuchado los corrillos por la aldea.

—¿Qué ha hecho? Si hay que darle una lección…

Andrea golpea con su puño la palma de su otra mano, marcando todos los músculos del brazo.

Aquella chica era pura fuerza, tenía unos buenos genes y un buen profesor.

A Always no le gustaba nada la idea de que quisiera usar sus puños sobre él.

Ni siquiera sabía si alguna vez en su vida se había peleado con alguien; otra de las muchas lagunas de su pasado.

—No ha hecho nada…

—Vaya…

Andrea baja los brazos con decepción, otra pelea que nunca tendrá lugar… Always suelta el aire que inconscientemente ha retenido.

—¡Es mi madre! Está tan colada por él. ¡No lo soporto!

Sara acaricia la espalda de Vero consolándola. Aquello se ponía interesante para Always…

—¿Sabes? —comienza Sara hablando despacio, temiendo la reacción de Vero—. Tal vez no sea un mal tío.

Always se sorprende con las palabras de Sara, la última persona que pensó saliera en su defensa. Vero levanta la mirada indignada y Sara retira la mano de su espalda.

—Escúchame —continúa Sara—. Mi madre cree firmemente en él, está segura de que dice la verdad y de que es un buen hombre…

—¿Tu madre? —Vero no puede creer esta nueva aptitud de Sara—. ¿Qué pasa, que también le gusta? Puff, ¡Y a mí qué lo que diga tu madre!

—¿Puedes escucharme? Vero, no, no le gusta Always, para que quede bien claro. —Gira la cabeza mirando a todas—. Pero tiene fe ciega en él y en su historia. Lo cree de verdad y yo… la creo.

Always se emociona al escucharla. Habría deseado salir y darle un abrazo, pero, obviamente, se contiene.

—No quiero decir que os lo dije, pero… —apostilla Andrea.

Always se hincha de satisfacción ante esa otra aliada inesperada.

—Sí, Andrea —continúa Sara—, es verdad que lo dijiste y no te hicimos caso. A mí misma me ha costado verlo, pero ahora confío en la intuición de mi madre y a lo mejor, Vero, tú deberías confiar en la de la tuya.

—¡No me lo puedo creer! —exclama Vero ofendida.

—Vero, piénsalo —insiste Sara—. ¿Acaso no confías en tu madre? ¿Tan equivocada va a estar?

—¡Por supuesto que está equivocada! No piensa con claridad. ¡Está enamorada! ¿No es eso lo que pasa cuando estás enamorado, que te vuelves imbécil?

Todas se quedan calladas. Always desde su escondite trata de asimilar todo lo que está escuchando.

—No lo sé, nunca me he enamorado —suelta Andrea pensativa—. Pregúntale a Carol.

—¿Qué?

—¿Ves? Ni siquiera está escuchando, está… ajilipollada.

Todas ríen, hasta Vero, aunque se esfuerza por no hacerlo, incluso Carolina, que no sabe de qué se ríen, pero disimula. Lleva un buen rato en otro mundo…

—¿Qué? —Andrea da un codazo a Carolina, con tanta fuerza que casi la tira.

—¡Ay, Andrea!

—Ni sabe de qué nos reímos.

Carolina las mira a las tres y todas sueltan una carcajada. Sara se levanta y se sienta junto a Carolina, rodeándola bien fuerte con los brazos.

—Ay, nuestra pequeña que se nos ha enamorado…

—¿Qué? ¡No! ¿Qué dices? —Carol no puede simular la rojez de su rostro, desventajas de ser tan sumamente pálida—. Solo… bueno, es solo que me cae muy bien. Es muy simpático y paciente y…

—Guapo —apunta Andrea y Carolina se pone aún más roja.

—A ver… ¡ay! —Carolina se tapa la cara sobrepasada por la vergüenza—. ¡Sí, vale! ¡Me gusta! ¡Me gusta mucho!

Las tres empiezan a chillar como locas con la confesión, aquello es lo más emocionante que les ha pasado en la vida.

Always se tapa los oídos con el loco griterío y empieza a plantearse que tal vez no está bien que esté escuchando aquella conversación, cada vez con tintes más personales.

Empieza a escudriñar la oscuridad del bosque para ver cómo puede tomar el camino de vuelta sin ser descubierto.

Mira al cielo, más nubes tapan la luna, seguramente es la noche más oscura de todas las que lleva allí…

menuda mala suerte. Entonces escucha algo que llama su atención: un nombre, un nombre que nunca había oído antes, un nombre que quiere sonarle, pero no consigue saber de qué…

¡Maldita mente oxidada! Vuelve a escuchar con atención a las cuatro amigas.

—Si le hubierais visto la cara… Allí estaba yo, escuchando el águila monstruosa volando cada vez más cerca y Roy paralizado por el miedo… No por el miedo al águila o a Ella, ¡por el miedo a las arañas!

Las cuatro ríen a carcajadas. Always escucha ese maldito nombre resonando en su cabeza como un eco: «Roy».

—¡Madre mía, Carol! ¡Miedo a las arañas! —se burla Andrea—. ¡Qué ojo tienes!

—Jajaja, no seas mala…—le recrimina Sara.

Las risas se van apagando. Carolina empieza a ponerse muy seria, recordando todo lo que pasó después…

La llegada de Ella, cómo lo llamó por su nombre y la cruda realidad que empieza a pesarle en el pecho: debe despedirse de él para siempre y destruir la flor.

Andrea le había prometido que algún día, cuando pudieran abandonar la aldea, irían al mundo de los humanos a buscarle, pero Carolina dudaba que jamás pudiera cumplir su promesa.

—Bueno, chicas —musita al fin Carolina, con un tono de melancolía en la voz—.

Creo que voy a acostarme ya, ha llegado el momento de decir adiós.

No, no digáis nada. —Carolina levanta la mano mandando callar a Andrea que ya se disponía a hacer uno de sus chistes—.

Ya sé que solo lo he visto un par de veces y ni siquiera en el mundo real pero no puedo evitar sentirme triste.

—Claro, Carol, lo entendemos —aclara Sara.

—Sí, ve, ahora iremos nosotras —añade Vero.

Andrea no dice nada, se levanta y le da un sentido abrazo que Carolina recibe agradecida. Están abrazadas unos minutos, Carolina llenándose del valor que el cariño de su amiga le infunde. Finalmente, se separan y Carolina entra en la cabaña.