El vuelo de un colibrí (Ikigai, el País de los Sueños 1) Un aliado inesperado #2
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Un aliado inesperado #2

—Y claro, a mí también me quitaría mucho tiempo. No me gustaría empezar con algo así, para que a los dos días te aburrieras…

—¡No! —chilla Sergio, con excesiva efusividad—. Lo he pensado mucho, estoy seguro. Confíe en mí, no se arrepentirá.

Pero ni él mismo confía en sus propias palabras.

Lo cierto es que no le interesan lo más mínimo las plantas medicinales y siente que se está comprometiendo con algo tremendamente farragoso.

Tal vez su plan no era tan buena idea, después de todo.

Cada vez suda más y teme que Laobán se dé cuenta de que algo raro pasa.

Laobán lo mira de reojo, mientras continúa caminando.

Medita un minuto su respuesta hasta decidirse.

—Está bien. Si tan claro lo tienes, te enseñaré todo lo que sé sobre plantas…

—¡Genial! ¿Vamos?

Sergio está entusiasmado, por un momento había pensado que su plan no iba a funcionar.

—¿Ir? ¿Adónde? —Laobán no detiene su paso para desesperación de Sergio.

—Pues al invernadero, a aprender.

Laobán ríe.

—Admiro tu entusiasmo, Sergio, pero ahora mismo no puedo, tengo algo qué hacer…

«Maldición», está a punto de decir, y su rostro aliviado empieza a transformarse en la viva imagen de la desesperación. Laobán, que nota su desesperanza, añade:

—Pero si tantas ganas tienes… —Un brillo ilumina los ojos de Sergio—. Mañana por la mañana puedo hacerte un hueco.

«Adiós esperanza…».

—Laobán, por favor. —Sergio pone su cara más triste—. Es que mañana tengo que ayudar a mi padre en una cosa, si pudiera ahora…

Laobán se detiene, se vuelve hacia Sergio y, poniendo su mano sobre el hombro de Sergio, le dice muy serio:

—Primera lección: «la paciencia es el camino a la sabiduría»—. Después sonríe y añade—. Ya encontraremos un hueco, Sergio.

Ya iba a retomar su camino, cuando una voz lo detiene.

—¡Laobán! ¡Laobán, disculpe! —Always se acerca con paso ligero hacia ellos—.

Le necesito urgentemente. —Always toma aliento antes de continuar, su rostro refleja una honda preocupación—.

Esta tarde, después de comer, me he echado un rato y he tenido unas pesadillas horribles…

y creo que pueden tener algo que ver con mi pasado…

Ya sabe, algo sobre el lugar del que vengo…

Laobán lo escucha con gesto serio, analizando sus palabras, indeciso acerca de si aquello tiene realmente la importancia que Always parece conferirle.

—Verás, Always, ahora mismo tenía una cita. ¿Crees que podrías esperar a más tarde para que hablemos? —Laobán observa con desconfianza a Always, de pie frente a él, balanceándose nervioso de un pie al otro.

—Lo entiendo, lo entiendo, Laobán… —Always mira al suelo apesadumbrado—.

Disculpe mi intrusión. Es que llevo tantos días con la mente en blanco y de pronto, por fin, lo que parece un recuerdo, una luz de esperanza en la oscuridad.

Así que he venido corriendo, en cuanto me he despertado, para poder verle.

Si solo pudiera aclararme algo de mi pasado sería tan, tan alentador…

Pero bueno, lo entiendo, es un hombre ocupado…

Always se da la vuelta y empieza a caminar con los hombros bajos y la vista en el suelo.

Sergio observa la escena en silencio. Sabe que Always está mintiendo descaradamente y que trama algo, pero no alcanza a entender el qué.

Hace pocos minutos que lo había visto en casa de Teresa y estaba de todo menos apesadumbrado y, mucho menos, recién levantado de un mal sueño, así que toda esta escena le olía a una gran mentira.

Always apenas ha dado unos pasos cuando Laobán lo detiene.

—Espera Always, detente. Está bien, supongo que mi cita puede esperar.

Vayamos a hablar a un lugar más tranquilo.

Sergio, ya hablaré contigo más tarde, a ver si puedes conseguir que tu padre te libere mañana de esa tarea, ¿vale?

—Sergio asiente con una punzada de remordimiento—.

Pero tienes que hacerme un favor. —Sergio vuelve a asentir enérgicamente—.

Ve a casa de Margarita y dile que esta tarde no voy a poder pasarme, que lo haré mañana temprano y, después, podrás recibir tu primera lección, ¿te parece?

Sergio dibuja en su rostro una amplia sonrisa por toda respuesta. No puede creer que lo haya conseguido, aunque no ha sido él solo…

Laobán se agarra al brazo de Always para caminar mejor y ambos se vuelven, emprendiendo el camino de vuelta a casa de Laobán.

Sergio los observa alejarse, pensando en lo raro que había sido todo hasta que Always, gira la cabeza para mirarle.

Le dedica una pícara sonrisa y le guiña un ojo, al tiempo que le dice moviendo solo los labios: «ve», alentándole a seguir su camino.

Sergio no puede creerlo: el misterioso humano que tanto miedo le producía acababa de ayudarle.

Sergio se siente profundamente agradecido y lamenta ahora haberlo juzgado tan mal.

Pero no hay tiempo para lamentos, se da la vuelta y sale a la carrera a casa de Margarita.

Con o sin ayuda, ha cumplido con su misión y eso es lo más importante.

Después irá a su casa y le contará a su hermana lo sucedido y entonces, sí o sí, le dejarán acompañarlas.

Él también pasaría la noche en la cabaña, sería su recompensa por haberlo hecho tan bien; no veía el momento de hablar con Andrea.

Vero cierra la puerta tras despedirse de Sergio, acaricia con las manos la nota que acaba de entregarle y mira a su madre que se ha sentado en la mesa de la cocina a tomarse una infusión.

Ya está con esa mirada perdida y esa estúpida sonrisa, sabe en quién está pensado, todo el pueblo lo sabe, y le molesta.

No es que le moleste la posibilidad de que su madre pueda rehacer su vida.

Lo cierto es que le gusta verla así, alegre, ilusionada después de tantos años y, aunque Vero ya no recuerda a su padre, está segura de que él aprobaría que su madre volviera a enamorarse.

Pero ¿precisamente del humano? No es que tuviera mucho donde elegir en la aldea: los mejores ya estaban «cazados», y Laobán tendrá como cien años, pero…

¿Always? Un total desconocido, con una extraña pérdida de memoria imposible de corroborar.

Y todos parecían confiar ciegamente en él, como si lo conocieran de toda la vida.

Hasta Teresa lo había metido en su casa, «pobre Sara».

Vero siente un escalofrío al recordar que ellas también tienen una habitación disponible; aunque la usaban de trastero, podrían haberla preparado, sin problema, para acoger un invitado.

Menos mal que su madre no lo había sugerido… todavía.

—¿Y bien?

Nerea mira a su hija con el rabillo del ojo mientras bebe de su taza. Sabe que su hija lleva un rato observándola; últimamente la ha descubierto muchas veces haciéndolo y sabe el motivo.

Vero no contesta, mira a su madre dudando. Nerea le señala una silla y le indica que se siente a su lado. Vero se acerca y se sienta.

—¿Qué quería Sergio?

—Las chicas han planeado cenar en la cabaña y dormir allí…

Vero mira a su madre sin mucha convicción.

—Me parece bien, ve.

—Pero…

—¿Pero?

—¿Y tú?

—¿Yo?

—Sí, tú. Te quedarás aquí sola…

Nerea no puede evitar reírse y por poco se atraganta con la infusión.

—Cariño, tengo cuarenta y dos años, creo que sabré cuidarme sola.

Vero la mira muy seria y Nerea sabe por qué.

—Lo siento —suelta Nerea, para sorpresa de Vero—. Sé que no he sido la mejor de las madres…

—No…

—Déjame acabar. —Nerea coge las manos de Vero entre las suyas—. Sé que muchas veces has estado más pendiente de mí que de ti misma, cuidándome, sacándome una sonrisa, levantando mi ánimo caído… Has sido más madre que hija.

Vero se sonroja y niega con la cabeza, aunque en el fondo sabe que hay mucha verdad en esas palabras.

—Pero eso ha terminado, te libero. Por fin he salido de ese pozo negro en el que estaba y ya no tendrás que preocuparte más por mí.

—¿Por él? ¿Por Always?

—Bueno, no puedo negar algo tan evidente… Pero no importa la razón, lo importante es que vuelvo a sentirme viva.

—Pero es por Always.

—Él me ha despertado, sí. Y sí, me gusta, si es lo que necesitas oír. Me gusta mucho, Vero. Pero no importa si algún día habrá algo entre nosotros o no, lo que importa es que, por fin, después de trece años, he superado el duelo por tu querido padre…

—¡Mamá, no puedes estar con él! —Vero levanta la voz indignada—. No sabes quién es, no sabes nada de él. ¡No puedes estar con él!

Nerea se sorprende con la reacción inesperada de su hija.

—Vero, no sé si voy a estar con él. Pero tienes que entender que soy una mujer adulta y esa decisión me corresponde solo a mí.

Vero se levanta enfadada y mira a su madre con rabia, una rabia que Nerea no entiende.

—¡Muy bien! Pues yo me voy a pasar la noche con mis amigas a la cabaña. ¡Y no puedes negarte porque esa decisión me corresponde solo a mí!

Vero se da la vuelta muy digna y sube las escaleras, enfurecida. Al llegar a su cuarto, el portazo retumba por toda la casa.

Nerea se lleva las dos manos a la boca… y sonríe.

No está enfadada, supone que debería estarlo, pero no puede evitar la emoción que le recorre al haber presenciado el primer acto de rebeldía de su hija adolescente.

Está pletórica de felicidad. Por fin, Vero, después de tanto tiempo, empieza a comportarse como una adolescente de verdad, abandonando su papel autoimpuesto de cuidadora.

Se acabó la buena hija. Tal vez en unas semanas, no le haga tanta gracia, pero en ese momento Nerea se siente feliz y sabe que aquello también es gracias a Always.

Cuando unos minutos más tarde, Vero baja las escaleras con una mochila al hombro y se despide, Nerea finge estar enfadada con su hija, pero tan pronto cierra la puerta, suelta una risa contenida. Vero comenzaba a estar viva también.