El vuelo de un colibrí (Ikigai, el País de los Sueños 1) Un aliado inesperado
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Un aliado inesperado

Un aliado inesperado

Sergio sale corriendo de casa con el corazón latiéndole a toda velocidad.

Está nervioso y emocionado; aún no puede creer que su hermana Andrea le haya confiado tan importante misión.

Sabe que no le ha contado toda la verdad, solo lo justo, pero no le importa, el simple hecho de que haya pensado en él quiere decir que ha dejado de verlo como a un pequeñajo, como un niño al que proteger.

Por fin se ha dado cuenta de que ya no es ningún crío y va a hacer que esté super orgullosa de él.

Enseguida llega a casa de Vero: su primera parada.

Cruza el jardín delantero, sube los cuatro escalones y llama a la puerta enérgicamente.

Abre la madre de Vero, Nerea, que se sorprende al ver a Sergio en el portal.

—¡Hola, Sergio! ¿Cómo estás? ¿Te manda tu madre?

—¿Está Vero? —Sergio sonríe satisfecho, ha esquivado la pregunta y ha ido directo al grano, ¡qué bien se le da esto!

—Emm… ¿Vero? —Nerea está confundida y mira a Sergio tratando de adivinar de qué va aquella extraña visita—. Sí, claro… ¡Vero! —chilla, sin dejar de mirar a Sergio, que ha bajado la cabeza y se observa los zapatos.

Vero responde con un sí desde la planta superior.

—¡Baja, alguien pregunta por ti! Pasa…

—No, no hace falta… —musita apenas Sergio.

Vero aparece y mira extrañada al pequeño Sergio.

—¿Sergio? Hola, ¿te manda Andrea?

Sergio asiente con la cabeza y mira nervioso a la madre de Vero que sigue de pie frente a él.

—Vale, mamá, ya puedes seguir con lo que estuvieras haciendo…

Vero clava la mirada en Nerea, que finalmente accede a irse sin mucho convencimiento. Se huele a la legua que planean algo.

Cuando se quedan a solas, Sergio saca de su bolsillo una nota que entrega a Vero.

Vero la lee en voz baja: «Esta noche dormimos las cuatro en la cabaña, prepárate.

Margarita cree que dormimos en casa de Andrea.

Es muy importante, no faltes». Vero vuelve a doblar el papel y se lo guarda. Mira a Sergio que espera una respuesta.

—Vale, allí estaré. Gracias, Sergio.

Y revuelve el pelo de un satisfecho Sergio, que sale escopeteado camino de su próximo destino.

Cruza la calle y no tarda demasiado en llegar a casa de Sara.

Cruza el jardín, sube los cuatro escalones de la entrada y llama a la puerta, pero abre la persona que menos se esperaba.

Allí, frente a él, mirándole sorprendido, está Always, el misterioso humano que él encontró muerto en el río y, mágicamente, revivió delante de todos.

Siente un escalofrío y se queda mudo, paralizado, mirándolo.

Le da mucho miedo; de hecho, le ha estado evitando desde que apareció y no contaba con que a esas horas de la tarde estuviera en casa.

Se había informado y le habían dicho que se marchaba por la mañana temprano y ya no volvía a casa hasta la hora de cenar…

pero ahí estaba, a escasos centímetros de él.

—¡Hombre, el pequeño Sergio! —exclama Always.

Sergio no entiende el entusiasmo en su voz, ni tampoco cómo es que sabe su nombre.

—No he tenido la oportunidad de darte las gracias, mi salvador.

Sergio se ruboriza y mira al suelo, deseando que llegue alguien conocido a socorrerle de este encuentro tan inesperado como desagradable. Como si hubiera leído su mente, aparece Teresa.

—¡Anda! —exclama sorprendida—, el pequeño Sergio. ¿A qué se debe esta visita? Pero pasa, pasa, no te quedes en la puerta.

Sergio duda. Su misión debe ser realizada con la máxima celeridad, pero finalmente pasa. No quiere seguir ahí, junto al extraño humano. Teresa saca una magdalena y se la da.

—¿Has desayunado? Estas las ha hecho Nerea, ¡están buenísimas! —Teresa mira a Always con una sonrisa que Sergio no comprende—. ¿Verdad?, Always —se vuelve a Sergio y le guiña un ojo, gesto que Sergio tampoco comprende.

Coge la magdalena y va al grano, como debe hacer.

—¿Está Sara?

—¿Sara?, sí, ¿te manda Andrea?

Sergio asiente con la cabeza.

—Pues la pillas de milagro, se iba ya a entrenar con su padre. Espera, voy a buscarla, mientras puedes contarle a Always cómo lo encontraste.

Sergio no tiene más remedio que entrar en la casa.

Antes de marcharse Teresa toca el hombro de Always señalando con la cabeza al pequeño Sergio, como diciéndole: «Ahí lo tienes».

Sabe que Always tenía ganas de conocer a su salvador.

Sergio se queda parado sin saber qué hacer o decir.

Always se dirige a una silla de la cocina y se sienta, indicándole con la mano a Sergio que se siente junto a él.

Sergio, resignado, así lo hace, con la magdalena resbalándosele de unas sudorosas manos.

Finalmente, la deja sobre la mesa; lo cierto es que en esos momentos tiene el estómago cerrado.

Se sienta frente a Always, con la mirada perdida en sus zapatos, deseando con todo su ser que Sara no tarde demasiado en bajar, poniéndose más nervioso a cada segundo que pasa.

—Veo que no eres un chico muy hablador —suelta Always, sobresaltando a Sergio.

El silencio de nuevo, hasta que Always vuelve a romperlo.

—Te di un buen susto esa mañana, ¿verdad? —Sergio levanta la cabeza y lo mira cohibido—. Si te sirve de algo, nada más lejos de mi intención hacerlo. Lo lamento de veras, supongo que creíste ver a un fantasma…

—Un muerto —ataja Sergio—. Estabas muerto.

Always lo mira sorprendido y suelta una risilla que a Sergio no le hace ninguna gracia.

—Bueno, casi muerto. Y seguramente así habría terminado de no ser por ti, por eso te estoy tan agradecido.

Sergio observa en silencio a su interlocutor.

Parece un hombre normal. Le recuerda un poco a su padre, con esa barba, aunque la de su padre es más larga y llena de canas.

Sus ojos transmiten tranquilidad y Sergio empieza a pensar que tal vez sus miedos sean infundados.

Allí, delante de él, no le transmite temor alguno.

—Vale —contesta al fin Sergio.

No se le ocurre nada más que decir.

—Vale —añade Always—. Parco en palabras.

Y vuelve a reír para desconcierto de Sergio.

A su espalda, se escuchan unos pasos bajando las escaleras. Es Teresa y detrás le sigue una extrañada Sara. Sergio se levanta al verla y se dirige hacia ella.

—¿Te manda Andrea? —pregunta Sara y recoge la nota que Sergio le entrega sin decir nada. Sara la lee.

—Emm… ¿Vale? —Sara vacila, preguntándose qué habrá pasado.

—Bueno, me voy —suelta Sergio atropelladamente y se dirige deprisa hacia la puerta.

—Te dejas la magdalena… —le recuerda Teresa.

—¡No tengo hambre! —grita Sergio, saliendo ya.

Sergio continúa veloz a su próximo destino, el más importante de la misión y el más difícil; donde se juega el auténtico reconocimiento de su hermana.

Tiene que entretener, nada más y nada menos, que al mismísimo Laobán.

La idea es interceptarlo antes de que vaya a casa de Carolina y conseguir entretenerlo el tiempo suficiente para que se le haga tan tarde que decida dejar la visita de Margarita para el próximo día.

Eso le había dicho su hermana y eso era lo que tenía que conseguir a toda costa.

Sergio sonríe satisfecho pensando en la genial idea que ha tenido y ya se imagina a su hermana contando después a sus amigas su brillante ocurrencia… ¡Cómo reirían luego recordándolo!

Tan inmerso está en sus pensamientos que no nota que alguien lo sigue a pocos metros a su espalda, alguien que ha leído en el rostro de Sergio, cristalino como el agua, que algo trama, alguien que recuerda perfectamente las palabras de Nico: «Las chicas no aguantarán mucho más».

Ha escuchado a Sara preguntar a su madre si podían pasar la noche en la cabaña y un mal presentimiento se ha apoderado de él.

Puede que esté equivocado, que aquella no sea más que otra noche entre amigas en esa cabaña de la que ya ha oído hablar antes, pero ¿y si no?

Si había alguien apropiado para descubrir un plan oculto ese era él.

La implicación sentimental que el resto de los adultos tenían para con sus hijas podía cegar su criterio.

Sergio ya casi ha llegado a la casa de Laobán, cuando lo ve abandonarla, bastón en mano, camino de casa de Margarita, supone.

—Si no me hubiera entretenido tanto en casa de Sara, ¡maldito humano! —masculla, y coge carrerilla para darle alcance—. ¡Laobán! —le llama.

Laobán, que ya camina calle abajo todo lo rápido que su bastón le permite, mira al chico, pero no detiene su paso.

—Laobán, necesito su ayuda.

Laobán lo mira sorprendido. Sergio respira hondo y lanza su anzuelo, hablando deprisa, recitando de carrerilla la frase que tantas veces ha ensayado en su cabeza.

—Quiero que me enseñe a usar las plantas medicinales, quiero aprender a curar a la gente como lo hace usted. —Y sonríe lo más natural que puede, sin demasiado éxito.

Laobán se detiene y lo mira de arriba a abajo, tratando de averiguar si ha entendido bien.

—Perdona, Sergio, si me hablas tan deprisa…—Laobán suelta una risilla nerviosa—. Mis oídos ya no son lo que eran, ¿sabes?

Se agacha todo lo que puede hacia el rostro del pequeño, esperando entenderle mejor.

—Quiero aprender sobre plantas, plantas curativas, para curar a la gente. De mayor quiero ser curandero…

Sergio pone de nuevo su mejor sonrisa. Está seguro de que a Laobán le va a encantar esa idea: tener un alumno al que enseñar todos sus conocimientos…

Ya podía verlo llevarle entusiasmado a su invernadero.

Se les haría de noche entre maceteros y Laobán no tendría más remedio que abortar su idea de visitar a Margarita.

—Oh, vaya… —musita Laobán sin mucho entusiasmo, mientras se incorpora y retoma su camino—. ¿Sabes? Esa no es una decisión que se deba tomar a la ligera. Ser curandero es un trabajo muy importante y difícil.

—Lo sé —ataja Sergio nervioso, caminando al lado de Laobán.

—Hay mucho que estudiar…

—Lo sé.

Laobán lo mira extrañado. Sergio empieza a sentir un sudor frío recorriéndole la nuca, eso de estudiar mucho no le hace demasiada gracia…