El vuelo de un colibrí (Ikigai, el País de los Sueños 1) Fuego y cicatrices #4
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Fuego y cicatrices #4

Roy observa las llamas devorando sin control el edificio que ha sido su hogar los últimos trece años.

Está de pie en la acera de enfrente, junto al resto de vecinos.

Marta, Fran y Guille a su lado. Nadie habla, la garganta comprimida por lo irreal del suceso, solo algunos sollozos se escuchan aquí y allá.

Los curiosos empiezan a llegar, mucho más escandalosos, móviles en mano, deseosos de captar una buena instantánea para colgar en redes.

Frente al edificio, los bomberos intentan sin éxito apagar un fuego que corre imparable por toda la fachada.

Irreales lenguas de fuego danzan sin control devorando hasta el último milímetro.

Roy siente comprimírsele el corazón; el incendio se había originado en su piso, eso le habían dicho los bomberos.

Los vecinos se apartaron a su paso cuando llegó, lo miraban consternados; «pobre chico, menos mal que no estaba dentro».

Otra vez la compasión, la misma que lo había acompañado toda su vida; no lo soportaba.

Pasa el tiempo, los cuerpos detenidos frente al espectáculo de llamas.

El crepúsculo llega y la luz del fuego ilumina la calle en una estampa que resultaba deslumbrante, si no se tiene en cuenta la tragedia inherente al espectáculo.

Roy empieza a acariciar su brazo izquierdo, inconscientemente; bajo la ropa ocultas las marcas de otra tragedia.

El intenso calor que desprende el fuego se siente cada vez más.

La gente empieza a alejarse de la fachada, todos menos Roy que, despacio, se quita la chaqueta dejando al descubierto sus grotescas cicatrices.

Marta, Guille y Fran se miran sorprendidos y las miradas de soslayo de los vecinos no se hacen esperar, tampoco los cuchicheos.

Todos saben la historia de Roy y cada vez que ven las marcas en su piel no pueden evitar volver a recordarse unos a otros la tragedia vivida por el «pobre» chico, cuando solo era un niño.

Roy no recuerda nada de aquella otra noche.

Las llamas empiezan a calentar su brazo.

Roy lo observa a la luz del fuego: la piel brilla como cuero viejo, esa piel con franjas rugosas, allí donde los jirones de piel se superponen unos con otros, esa piel que nadie, ni él mismo, soporta tocar.

Cierra los ojos y, como tantas veces, intenta recordar esa noche, la noche que todo cambió.

Si pudiera al menos ver el rostro de su padre y de su madre, traer de vuelta alguna imagen…

Pero justo en ese instante, no son imágenes lo que asoman a su memoria, sino unas palabras, las palabras de una misteriosa chica que le susurra en sueños: «llamaradas de fuego prendiendo de la nada ante una mirada suya…

», eso había dicho Carolina. Roy abre los ojos y al fin comprende.

Ha sido Ella, Ella ha provocado el incendio.

Y otra certeza se abre ante sus ojos nítida como el día: también Ella fue la autora de un incendio igual de implacable, ocurrido trece años atrás.

Ahora había regresado para terminar el trabajo inacabado.

Mientras los bomberos empiezan al fin a derrotar el agresivo fuego, Roy junta en su mente las piezas de su particular rompecabezas.

Sus padres nunca han vivido en casa de sus abuelos, como le habían dicho, y no murieron en el incendio, pues no se encontraban en este mundo…

Estaban muy lejos, o muy cerca, ¿quién sabe?

, en otro mundo, uno lleno de Flores de Ikigai y bosques frondosos.

En ese otro mundo vivían con él, pero algo ocurrió, algo que les puso en peligro y decidieron llevar a Roy a casa de sus abuelos para ponerlo a salvo, pero ¿a salvo de qué?

, ¿o debía preguntar de quién? Roy ahora sabe la respuesta, a salvo de Ella, la mujer misteriosa con tanto poder como para dominar una bestia de un tamaño y fuerza descomunales, una mujer capaz de incendiar todo un edificio solo para amedrentar a un joven de dieciocho años.

¿Pero qué quería de él? ¿Y por qué había aparecido justo ahora, después de trece años?

Esas eran preguntas para las que aún no tenía respuesta.

Roy siente la mano de Marta rodeando la suya y la mira, después mira a Fran y Guille; están preocupados, mucho más consternados que él.

—Solo era una casa vieja —murmura Roy, para tratar de animarlos, pero al segundo se arrepiente de decirlo en voz alta, al sentir las miradas indignadas de los vecinos que han perdido su hogar—. ¿Os apetece dar un paseo?

Sus amigos asienten con la cabeza y le siguen camino a la orilla del río, lejos del alboroto reinante.

Los cuatro amigos comienzan a pasear en silencio.

Roy sigue dándole vueltas a toda la información que tiene, tratando de descubrir algo que se le haya podido escapar.

Recuerda las cartas de su padre, la visita de la mujer en su casa, las preguntas que le hizo…

y decide compartir sus pensamientos con sus amigos.

—¿Sabéis? Cuando esa mujer vino a mi casa me hizo un montón de preguntas.

Quería saber cuántas personas habíamos sobrevivido al incendio de la casa de mis abuelos, insistió mucho en ello…

—Sus amigos le escuchan atentos, en silencio, mientras Roy continúa—.

Pensé que era para encontrar alguna causa que anulara el pago del seguro, ya sabéis, entre los millones de cláusulas que se firman en esos contratos y nadie lee, quién sabe qué letra pequeña anularía la compensación.

—¿Qué seguro? —pregunta Guille extrañado.

—Ah sí, es verdad, no os lo he contado. Ya os he dicho que estuvo en casa.

Fue justo el día después de enterrar a mi abuela, por la mañana temprano, el mismo día que encontramos las cartas de mi padre, y la mañana después de soñar por primera vez con Carolina…

—Roy sonríe, empezaba a ser uno con otro decir el nombre de Carolina y asomar esa sonrisa tonta.

Guille, Fran y Marta lo notan y cruzan miradas.

—Llamó a casa y me dijo que mi abuela había contratado un seguro de vida y que tenía que hacerme algunas preguntas para cobrarlo.

—¿En serio? —pregunta Fran entusiasmado—. ¿De qué dinero estamos hablando?

—¿Qué importa eso, Fran? —replica Guille—. Te recuerdo que es periodista…

—A mí me dijo que era periodista… —aclara Marta pensativa—. Pero también tendría sentido que fuera de una compañía de seguros. Contratan a investigadores privados para encontrar algún rescoldo al que agarrarse para no pagar. ¿De qué dinero estamos hablando, Roy? —repite Marta.

Roy mira a sus amigos frustrado, parecen no escuchar nada de lo que trata de contarles. Se dirige a un banco de madera y se sienta pensativo. Le siguen y se sientan a su lado.

—Venga chicos, dejad que termine… —pide Guille—. Vamos, Roy, te escuchamos.

—Gracias, Guille. Solo escuchadme un momento, ¿vale? Cuando vino me preguntó con quién vivía y, al decirle que solo con mi abuela, me preguntó por mis padres y, entonces, le conté lo del incendio. Hasta ahí normal, no quiere pagar los treinta mil euros…

—¡Treinta mil euros! —exclama Fran.

—No importa, Fran, ese dinero no existe…

Pudo haber dicho dos millones, solo improvisó una cifra.

Insistió sobre si mis padres habían sobrevivido.

Fue raro. Me preguntó si estaba seguro, ¿qué clase de pregunta era esa?

Me enfadó muchísimo, ¿cómo podría alguien fingir la muerte de sus padres solo para cobrar un seguro?

—Vaya… —musita Fran.

—Al fin, la mujer pareció convencida y recogió sus papeles para marcharse, la acompañé a la puerta y, justo antes de irse, me preguntó qué pensaba hacer con el dinero.

Me pareció una pregunta inocente, incluso una forma de limar asperezas, así que le respondí con sinceridad y ella, simplemente, se enfureció.