El vuelo de un colibrí (Ikigai, el País de los Sueños 1) Fuego y cicatrices #3
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Fuego y cicatrices #3

Les habla también de la mujer rubia, de su control sobre una bestia enorme con apariencia de águila y, por último, les habla de Carolina, la impaciente chica que entra en sus sueños y ha empezado a obsesionarle.

Marta cruza una mirada con él y sonríe divertida; lo conoce demasiado bien para que pueda ocultarle sus sentimientos.

Por fin, tras una larga verborrea de varios minutos, Roy da por concluido su monólogo.

Había pedido que no le interrumpieran hasta acabar, necesitaba soltarlo todo del tirón, temiendo que, si paraba a responder preguntas y comentarios de incredulidad, sería incapaz de seguir.

Levanta su mirada, que había mantenido en un punto indefinido en el horizonte.

Se hace el silencio. Todos están pensativos.

Roy tiene la sensación de que no han creído ni una palabra, pero no le importa.

Él sabe que todo ha pasado tal cual lo ha contado.

El ambiente está enrarecido. Roy estudia los rostros de sus amigos que no le miran, absortos en sus pensamientos. La primera en hablar es Marta:

—¿Cuántos días has estado tomando el relajante muscular antes de dormir? —Marta lo mira seria, convencida de haberle desenmascarado y haber dado con la explicación más lógica a todos aquellos desvaríos.

Roy no le contesta; con gesto paciente sonríe, negando con la cabeza.

—¿Cómo? ¿Qué relajante? —inquiere Fran, sorprendido.

—Ayer le pillé antes de irse a la cama con una de las pastillas que me mandaron para la lesión en la rodilla… Llevaba días tomándolas para dormir —explica Marta acusadora, mientras no deja de mirar a Roy con gesto enfadado. Se vuelve hacia Fran. —Diazepam ni más ni menos.

—Marta, justo ayer no lo tomé —explica Roy tranquilo. Piensa responder con calma a todos los intentos de sus amigos por desmantelar su historia—. Solo lo he tomado cuatro noches para poder descansar, pero no tengo intención de volver a hacerlo…

Roy sonríe pensando en Carolina, aunque nadie entiende su sonrisa bobalicona, salvo Marta, que se vuelve de inmediato a Fran.

—Fran, ¿hay alguna Carolina en vuestra clase?

Roy y Fran estudian Literatura y están en la misma clase. Roy entiende por dónde va Marta y espera paciente, sabe cuál va a ser la respuesta de Fran. Fran piensa un momento y niega con la cabeza. Marta empieza a impacientarse.

—Piensa, Fran, piensa. En tu clase o por la facultad, a lo mejor de otro curso…

Fran sigue negando con la cabeza, para desesperación de su amiga.

—¿Diazepam has dicho? —interviene Guille.

Marta asiente enfáticamente con la cabeza. Guille se vuelve a Roy.

—¿Solo cuatro noches?

Roy asiente.

—¿Una pastilla?

Roy vuelve a asentir. Guille se dirige ahora a Marta:

—Marta, el diazepam solo le habría dado un sueño muy profundo, nada más.

Roy sonríe. Guille parece receptivo a empezar a creerle o, al menos, a no tratar de buscar explicaciones lógicas a algo que no las tiene.

—La mujer rubia ha estado aquí —suelta de pronto Roy.

Todos se vuelven sorprendidos—. Bueno, en mi casa, me refiero.

Carolina dice que corro peligro, que me está acechando, que quiere algo de mí, aunque no tengo ni idea de qué puede ser.

Pero es cierto que me ha seguido… —Sus amigos le miran con preocupación creciente en sus rostros—.

El día que encontramos las cartas de mi padre, cuando salí a correr, llegué hasta el embalse y, cuando me detuve un momento a descansar, allí estaba ella.

Traté de alcanzarla, pero se subió a un coche y se alejó.

Ahora veo que debí habéroslo contado, si yo corro peligro…

—Roy traga saliva—, puede que también vosotros lo corráis.

—¿Una mujer rubia? —Marta acaba de recordar algo—. ¿Cómo es?

—Pues no sabría decir su edad, tal vez sobre cuarenta, pero se nota que se cuida. Es muy guapa. Pelo rubio largo, elegante, perfume y ropa cara. Cuando habla es, ¿cómo decirlo? Es como que despierta algo en ti, una especie de magnetismo; es como si te hablara para…

—Seducirte —le interrumpe Marta, terminando su frase—.

Yo la he visto. —Roy abre los ojos como platos—.

La vi en la asociación el día del homenaje a Maya.

Andaba husmeando por ahí. Es periodista, de ahí que te esté «acosando» —explica a sus amigos, satisfecha por encontrar, al fin, una explicación racional a algo de toda aquella historia.

—Pues yo también la he visto —apunta Guille, para sorpresa de todos.

—Y yo —añade Fran.

—¿Qué? —exclama Roy, aquello era más preocupante de lo que él pensaba; la había subestimado.

—Hace escasas horas, de hecho, por los pasillos de la Uni —empieza a contar Guille—.

He tropezado con alguien y se me han caído las carpetas.

Me he agachado a recogerlas y, al levantarme, ahí estaba ella; era…

¡puff! ¡espectacular! —exclama Guille recordándola—.

Trató de ligar conmigo, de… seducirme.  Me dijo que me invitaba a un café para compensar el choque o algo así.

—Guille sonríe, abstraído en el recuerdo, y empieza a pensar en voz alta—.

Yo me dije, «Guille, tío, te has superado, esta pedazo de mujer que se nota que tiene pasta y clase… ».

Marta empieza a mirarlo con cara de asco, aunque en su interior sabe que ella se había sentido igual. Guille se vuelve a Roy.

—Que sepas que no me he ido con ella por tu culpa.

Había quedado con un profesor para mostrarle mi investigación sobre lo de tus padres y ¡vaya si me ha jodido!

He pensado: «Roy, me debes una muy gorda», y he declinado su oferta.

Y resulta que era una periodista, ¡qué decepción!

¿Cómo no he sabido verlo, precisamente yo?

—Porque esa mujer te nubla la mente… —habla Fran ahora, y todos se vuelven a escucharle—.

Yo me la he encontrado esta mañana en el despacho de mi hermano.

Había ido a devolverle el coche y aprovechó, como siempre, para intentar darme la chapa.

He salido escopeteado y al coger el ascensor, cuando las puertas ya se estaban cerrando, una mujer ha llegado corriendo y ha entrado.

Era… impresionante, pero eso ya lo sabéis.

Y entonces ha empezado a hablarme. Yo al principio no era capaz de escuchar lo que decía, solo la miraba…

—Embobado —añade Guille, y Fran y Marta ríen.

Roy los escucha muy serio, sin un ápice de humor en su rostro.

—Cuando ya me iba, sin venir a cuento, me ha dicho que quería invitarme a un café y que la acompañara hasta la hora de comer porque no tenía nada que hacer.

¡Imaginaos! He dudado mucho si aceptar su invitación.

Estaba alucinando. Yo no soy precisamente Guille, que se las tiene que quitar de encima…

Pero creo que mi desconfianza ha podido más y no creía haber ligado con una mujer así.

He pensado que algo oculto tenía que haber en su proposición y, muy a mi pesar, le he dicho que no podía.

—¡Qué listo, Fran! —exclama Marta—. Algo te olías…

—Sí, bueno. Pasé todo el camino de vuelta maldiciéndome por haber sido tan estúpido, la verdad.

Fran, Guille y Marta se miran complacidos, pero al mirar a Roy descubren que ha dejado de sonreír y su calma se ha esfumado.

—No lo entendéis, esa mujer es peligrosa —apunta Roy con voz grave.

—No, Roy —interviene Marta—. Solo es una periodista, por eso nos acosa y por eso has soñado con ella. Todo empieza a tener sentido.

—Claro —añade Guille—, los periodistas somos así.

—Los casi… —Fran recibe una colleja y no acaba la frase.

—Sabemos seducir…—Guille pone su sonrisa encantadora y deja caer un mechón de pelo sobre su frente. Ahora es Fran el que le da una colleja—. ¡Ay! —exclama, llevándose la mano a la nuca—. Y podemos dar mucho miedo… —termina mientras mira amenazante a Fran.

Roy comprende que sus amigos no han creído ni una palabra de lo que les ha contado —lo cual tampoco le sorprende— y decide desistir de convencerlos. Está claro que solo si consigue que vean con sus propios ojos lo que él ha visto le creerán. Solo tiene que averiguar la forma de conseguirlo.

Un móvil suena. Es el de Roy, que se levanta a cogerlo. No conoce el número y duda un momento, pero, finalmente, descuelga. Es una vecina, le habla de forma atropellada y Roy solo alcanza a entender la palabra «fuego».

—Perdone, ¿podría hablar más despacio? No entiendo…

Roy se calla y escucha en silencio, asintiendo con la cabeza. Su cara se pone aún más pálida de lo habitual. Sus amigos le miran preocupados, es obvio que algo malo pasa.

—Gracias, voy para allá.

Roy cuelga y se guarda el móvil en el bolsillo del pantalón, mira a sus amigos consternado.

—Es la casa de mi abuela. Ha habido un incendio, todo el edificio está en llamas. Los bomberos están intentando apagarlo.

—¿Qué? —exclama Marta.

Los tres miran a Roy boquiabiertos, preguntándose si habían entendido bien sus palabras.

Roy se dirige a su habitación sin decir nada más y sale con una chaqueta en la mano. Fran, Guille y Marta se levantan deprisa, cogen sus cosas y salen, en silencio, detrás de Roy, dispuestos a afrontar otra nueva crisis.