El vuelo de un colibrí (Ikigai, el País de los Sueños 1) Fuego y cicatrices #2
72%

Fuego y cicatrices #2

«La ciudad de Gaikora se ha despertado hoy con una terrible noticia.

En la madrugada del martes se originó un incendio, de causas aún desconocidas, en la mansión del eminente cirujano Dr. Esteban Ruíz, ya jubilado.

La familia, que se encontraba dormida durante el suceso, no tuvo ninguna oportunidad de escapar.

Para cuando el cuerpo de bomberos llegó al lugar, alertados por un vecino, las llamas habían arrasado con toda la construcción y solo pudieron extraerse del domicilio los cuerpos sin vida de los tres miembros de la unidad familiar.

El entierro tendrá lugar mañana a las 10h.

en el Cementerio de Nuestra Señora de los Ángeles, donde sus allegados podrán despedir al Dr. Esteban Ruíz, a su esposa Dña.

Aurora Cifuentes y a su pequeño nieto de solo cinco años, que se encontraba pasando unos días con sus abuelos».

Roy aparta la hoja y mira a Guille molesto por las falsas expectativas.

—Ya te he dicho que no es mi abuelo. Ni mi abuelo se llamaba Esteban, ni mi abuela se apellidaba… ¿cómo era? —Vuelve a mirar la hoja—. Cifuentes. Aurora es el nombre de mi abuela, pero ¿no has visto el apellido? Además, te recuerdo que tanto mi abuela como yo sobrevivimos…

Guille lo mira sin cambiar ni un ápice su gesto de confianza. Parece haber previsto la respuesta de Roy. Con un deje condescendiente empieza a hablar, como un abogado exponiendo su caso ante el jurado. Marta y Fran escuchan en silencio, esperando el giro de los acontecimientos.

—Entiendo tu escepticismo, Roy, pero olvida los nombres por un momento. Gaikora es una ciudad pequeña, no creo que hubiese muchos eminentes cirujanos viviendo aquí…

—Mi abuelo era médico… —le interrumpe Roy.

—Ya, ya, médico, cirujano… es lo mismo.

—Y no era una eminencia.

—Que tú sepas… —le corta Guille con seguridad—. ¿Un simple médico viviendo en una mansión?

Roy se queda mudo. Tras la carta que había encontrado de su padre, estaba claro que su abuela podía haberle ocultado muchas cosas sobre su pasado.

—Como iba diciendo, un pueblo pequeño. —Guille acompaña su exposición moviendo sus manos, otorgando más énfasis a lo que dice—.

Un eminente cirujano con su mujer y un niño de la misma edad que tú, viviendo en una mansión…

— Guille se detiene esperando alguna objeción de Roy, pero al no recibirla, añade—.

Tu abuela siempre hablaba de lo grande que era su casa, del jardín…

—Sí, eso sí, pero…

Guille lo calla levantando su dedo índice y continúa.

—Un incendio que cubre la portada del periódico, en las mismas fechas en las que tu abuela decía que todo ocurrió.

¿No crees que el periódico habría mencionado un segundo incendio de similares características?

Sería un dato cuánto menos curioso y, encima, de otro médico y con una mujer con el mismo nombre… En serio, ¿simples coincidencias?

Todos se quedan en silencio asimilando lo que Guille acaba de decir.

Roy niega con la cabeza, a pesar de que la duda empieza a crecer en su interior.

Fran y Marta, en cambio, empiezan a asentir.

Lo que Guille dice tiene todo el sentido.

Se vuelven a la vez a mirar a Roy, esperando su respuesta, pero Guille no espera más.

—Bien, te he dado los datos.

Los tres se vuelven a mirarlo expectantes, Guille está en su salsa exponiendo sus descubrimientos:

—Pero no te he enseñado aún la segunda página del periódico.

Coge otra hoja de la carpeta y se la entrega a Roy.

La sorpresa y la incredulidad invade los rostros de los tres.

Marta se lleva las manos a la boca y Fran exclama un «¡ostias!

» que le sale del alma. Roy se acerca más la hoja a la cara para escudriñarla bien; tiene que estar seguro de que sus emociones no le están jugando una mala pasada.

En mitad de la página, una foto en blanco y negro, de muy mala calidad, muestra a un señor de unos sesenta años, junto a una señora de la misma edad, con un parecido asombroso con Aurora.

Delante, de pie entre los dos, con la mano de cada uno sobre sus hombros, un niño pequeño esgrime una sonrisa forzada.

Tiene la piel muy blanca y unos profundos ojos negros; su pelo, también negro, tiene un aspecto áspero, que bien podría recordar al pelo de un jabalí… El pie de foto reza:

«El Dr. Esteban posando junto a su esposa Dña. Aurora y el pequeño Roy, de solo cinco años».

—Apuesto lo que quieres a que si la señora llevara el jersey remangado podríamos ver el bonito tatuaje de un colibrí… —remata Guille triunfal.

Roy le mira; esta vez no tiene objeción alguna que ofrecerle.

Le entrega la hoja a Marta y se levanta, momento que aprovecha Fran para acercarse más.

Ambos escudriñan la foto de cerca, impresionados.

Sin decir nada, Roy va a la que será su habitación, donde varias cajas de cartón con sus pertenencias esperan la mudanza definitiva.

Empieza a rebuscar en una, vaciando su contenido en el suelo sin el menor cuidado.

Al fin, da con lo que está buscando: cuatro gruesos álbumes de fotos de tamaño folio que su abuela fue rellenando y decorando a lo largo de los años. Los coge y se dirige de nuevo al sofá.

Se hace sitio entre Fran y Marta, que se apartan observándolo intrigados, y los deja en el suelo frente a él.

Abre uno por uno, hojeando las primeras fotos hasta encontrar el que está buscando.

Roy siente que el corazón se le va a salir del pecho.

Traga saliva y despacio saca una foto del álbum y la escudriña de cerca.

Marta y Fran hacen lo propio por encima de su hombro.

En la foto, un pequeño Roy de unos cinco años, con todo el brazo izquierdo vendado, dirige a la cámara una sonrisa forzada.

Su abuela, que lo sujeta de la mano, sonríe también con pocas ganas, el gesto rígido y los ojos trasmitiendo una tristeza insondable.

Marta acerca la hoja del periódico y la pone detrás de la foto que Roy sostiene, de tal forma que ambas fotos quedan una junto a otra.

Nadie dice nada, pero no hay ninguna duda.

Ese niño y su abuela son los mismos de la foto que Roy a duras penas sostiene recta, con un temblor creciente en sus manos.

Le cede la foto a Fran y mira a Guille en busca de respuestas.

—¿Y qué hay de mis padres? ¿La noticia no dice nada? ¡Se suponía que todos vivíamos en casa de mis abuelos, maldita sea!

Roy ha pasado de la sorpresa al enfado. Se siente engañado. Su abuela le había mentido descaradamente todos estos años. Coge la hoja del periódico y vuelve a leer:

— «Su pequeño nieto de solo cinco años, que se encontraba pasando unos días con sus abuelos».

Roy vuelve a levantarse y se saca la cartera del bolsillo trasero de sus vaqueros. Allí, dobladas en cuatro, sus amigos descubren que guarda las dos cartas de su padre, de las cuales no habían vuelto a hablar. Vuelve a sentarse y las desdobla. Empieza a leer en voz baja, aceleradamente:

— Querida madre, te escribo estas palabras …

bla, bla, bla… Ruego me perdones también por el tiempo transcurrido , bla, bla…

Te envío a Roy … a vuestra casa … —Pone énfasis en estas últimas palabras repitiéndolas—.

Vuestra casa , bla, bla… Desearía tanto haberos visitado antes…

No debes traerlo de vuelta… La madre de Roy no está bien y yo debo quedarme…

Roy baja la carta en un gesto rápido, indignado ante tantas mentiras y contradicciones.

—Roy, no he encontrado ninguna información sobre tus padres, nada, ni direcciones, ni trabajos…

Roy levanta la vista y mira largamente a Guille pensativo y, en ese momento, su enfado empieza a esfumarse.

Guille puede percibir en el rostro de Roy la transformación de sus sentimientos.

El gesto taciturno va dando paso a un conato de sonrisa mientras ata cabos sueltos dentro de su cabeza.

Guille aguarda impaciente para tratar de entender su reacción, empezando a comprender que Roy sabe algo que los demás ignoran.

—Ni la vas a encontrar —afirma Roy, rotundo, para sorpresa de todos, que le miran expectantes.

Roy se levanta, mientras los demás le siguen con la mirada intrigados. Deja los álbumes en el sofá y empieza a recoger los platos que aún siguen en la mesa. Los demás le miran esperando una explicación. Roy se vuelve hacia ellos con las manos llenas.

—Fran, ¿podrías hacer café? Tengo muchas cosas que contaros. —Y con porte animado se dirige a la cocina.

Fran, Guille y Marta se miran, se levantan sin decir nada y recogen lo que aún queda en la mesa. Unos minutos después, Fran está sirviendo café a sus amigos que, sentados a la mesa, esperan ansiosos lo que Roy tiene que contarles.

—Sé dónde están mis padres o dónde estaban cuándo el incendio ocurrió… —empieza Roy, con una inevitable sonrisa en el rostro que sus amigos aún no entienden.

Aunque aún tiene muchas preguntas sin resolver, la esperanza de poder encontrar a sus padres en aquel lugar llamado «Ikigai» empieza a crecer con fuerza en su corazón, llenándolo de una ilusión que a duras penas puede contener.

La siguiente media hora llena el salón de historias fantásticas sobre un país en otra dimensión, unas flores mágicas que laten al son de corazones humanos y unos seres de apariencia humana que ayudan a que las personas encuentren el sentido de su vida.

Les cuenta detalles sobre unos sueños absolutamente reales y cómo soñó con la muerte de su abuela justo la noche en que ésta murió.

Les habla del colibrí en el cementerio, el mismo colibrí que su abuela tenía tatuado y cómo este colibrí entregó su flor a una ikigiana.

Roy sabe que es bastante probable que sus amigos lo tomen por loco, pero sigue hablando, sintiendo sus miradas a ratos de incredulidad, a ratos de compasión por la locura sobrevenida a su amigo.

No le importa, un férreo propósito se ha instaurado en su corazón: viajará al País de Ikigai y buscará a sus padres.