Fuego y cicatrices
Fuego y cicatrices
—Nada, sigue sin contestar… ¡ahhh! —exclama Marta con desesperación, tirando el móvil al sofá y sentándose a la mesa donde ya están comiendo Fran y Roy.
—Bueno, Marta, no es la primera vez que tu hermana desaparece sin avisar, ¿verdad, Roy? —Fran mira a su amigo que, distraído, juguetea con un macarrón antes de llevárselo a la boca—. Roooy… aquí tierra llamando.
Marta le da un codazo a Fran que levanta los hombros.
Marta menea la cabeza exasperada; hace una semana que Roy perdió a su abuela y, desde entonces, vaga inmerso en sus pensamientos, pero Fran parece no enterarse.
Los tres siguen comiendo, pero a Fran le aburre el silencio reinante y no puede resistirse a coger un guisante y lanzárselo a Roy, acertándole en plena mejilla.
—¿Qué…? —Roy levanta la cabeza confundido y Fran suelta una risotada—. ¿Qué haces? —Roy se ríe también, y le lanza el guisante de vuelta a Fran que lo esquiva hábilmente y va a parar a la alfombra.
—Muy bien —espeta Marta irritada, sin entrar en la broma—. ¿Qué tenemos diez años ahora?
Roy mira a Marta estupefacto, sin entender por qué le molesta tanto. Se levanta, coge el guisante, lo pone sobre la mesa y vuelve a sentarse. Se vuelve a Fran con mirada inquisitoria.
—Marta está preocupada por su hermana, no consigue localizarla —aclara éste.
—Bueno, no es la primera vez que se va unos días sin avisar…
—Justo lo que yo le he dicho.
—Atenea es un espíritu libre.
—Correcto —confirma Fran.
—Acuérdate cuando se fue nada menos que a Brasil. ¿Cuándo te llamó?
Marta sigue sin levantar la vista de su plato. Roy se dirige ahora a Fran:
—¿Cuándo llamó? ¿No fue cuándo ya estaba allí?
—Sí, cuando su avión ya había aterrizado. Llamó desde el aeropuerto —responde con sequedad Marta.
—¿Y cuánto tiempo llevabas sin hablar con ella?
—Semanas… —murmura Marta.
—¡Ves! ¡Ahí lo tienes! —añade Fran satisfecho.
—¿No se fue por ese chico? Aquel boxeador que conoció en una competición…
—¡Es verdad! —recuerda Fran—. Aquel mulato brasileño… ¡Me gustaba hasta a mí! —Fran ríe, Roy ríe también, Marta está cada vez más irritada.
—La verdad que el tío no veas… ¿Cómo se llamaba? —Roy se lleva el dedo índice a los labios pensativo.
—Marcelo —responde Marta muy seria, levantando al fin la vista del plato—. Un capullo que a las dos semanas ya le había puesto los cuernos.
Fran y Roy tragan saliva y se miran, Marta no está para bromas.
—Pero esto no tiene nada que ver, ahora es diferente.
—Está realmente agobiada y Fran y Roy lamentan no haber tenido tacto—.
Ha muerto Maya, ahora Atenea es la directora de la asociación y hay mil cosas que solucionar.
No paran de llamarme para tratar de localizarla y ya no sé qué decirles, y luego está lo de tu abuela.
—Se gira hacia Roy y pone su mano sobre la de él—.
La mañana que me llamaste para decírmelo estaba con Atenea y, ya no es que no haya acudido al funeral, es que ni siquiera me ha llamado y, lo peor… ¿te ha llamado a ti?
—No, pero…
Roy ni siquiera había caído en ello, pero lo cierto es que no le importaba; la verdad es que las llamadas y palabras de pésame le resultaban un trámite desagradable.
—¿Te parece normal? —inquiere Marta con un tono de ofensa en la voz.
Perdido el apetito se levanta, lleva su plato a la cocina y vuelve al salón donde se deja caer al sofá con un largo suspiro.
Roy y Fran la observan y cruzan miradas, pensando en lo que Marta acaba de decir, tratando de decidir si deben preocuparse o no.
Al final, como si hubieran pensado lo mismo, ambos se levantan y van a sentarse uno a cada lado de Marta, cogiendo, cada uno, una de sus manos. Roy habla:
—A ver, cada uno se toma las cosas de forma distinta. Han sido demasiadas emociones y tal vez solo necesite unos días de desconexión.
Roy intenta creerse sus propias palabras, pero con los últimos acontecimientos no puede evitar sentir que un temor, tal vez infundado, se empieza a apoderar de él.
—Claro —confirma Fran—, no es la primera vez que lo hace, tú lo sabes. Necesitará alejarse para asimilar todo.
—Ella solo necesita boxear para asimilar todo… —ataja Marta, que se niega a aceptar los argumentos de sus amigos, debatiéndose entre la preocupación o el enfado mayúsculo con su hermana por no haberla acompañado en la despedida de Aurora.
—Eso no es verdad y lo sabes —interviene Roy, apoyando a Fran—, muchas veces ha desaparecido cuando las cosas se le ponían feas.
—¡Claro! Si hasta Guille decía aquella frase… ¿cómo era?
Roy hace gestos a Fran para que se calle, eso tampoco le iba a hacer demasiada gracia a Marta, pero ya es tarde.
—¿Qué frase? ¿Qué dices?
—«Ha hecho un Atenea», cuando alguien se pira sin decir nada, ya sabes…
Fran traga saliva, la cara de Marta es un poema.
—Ya os vale, tíos.
—A ver, es una coña, no te enfades. En el fondo sabes que tenemos razón —argumenta Roy.
Marta niega con la cabeza, pero se obliga a reflexionar sobre ello.
Entiende lo que quieren decirle y sabe que, en condiciones normales, habrían tenido toda la razón.
Pero, esta vez, siente que algo no está bien.
No tiene forma de justificarlo, pero un pálpito muy fuerte le dice que Atenea está en problemas.
La puerta de entrada se abre y los tres se vuelven.
Guille entra con unas carpetas entre las manos, su mochila al hombro y su vieja cámara de fotos colgada en bandolera.
Deja las cosas en el extremo opuesto de la mesa, mira los platos casi llenos, los mira largamente con su encantadora sonrisa, se atusa el pelo y al fin suelta:
—¿Qué pasa? ¡Menudos caretos!
Vuelve a sonreír, y arranca un conato de sonrisa en los tres. Acerca una silla y se sienta frente al sofá.
—Tengo noticias, Roy. —Lo señala—. Pero antes, ¿qué pasa aquí?
Roy y Fran señalan a Marta con el pulgar.
—Está muy preocupada por Atenea —aclara Fran.
—Ya, ¿sigue sin dar señales?
Marta le mira asintiendo con la cabeza.
—A ver si ha encontrado a otro Marcelo… —Guille sonríe pícaro.
—¡Ostia, te has acordado del nombre! —exclama Fran sin pensar y baja la cabeza, arrepentido al segundo.
Roy mira a Guille negando fuerte con la cabeza, tratando de trasmitirle con la mirada lo desafortunada de esa broma. Marta se levanta furiosa, con los puños apretados.
—¡No hay ningún Marcelo! ¿Está claro? ¡A ver si entendéis que mi hermana jamás se habría pirado con un tío después de morir Maya y Aurora!
—Marta arremete contra Guille dándole con el dedo índice en el pecho mientras le grita—.
¡Puede que tú sí, que solo piensas con lo que tienes ahí abajo, puede que tú te largaras detrás de la primera falda que vieras, dejando tirados a tu familia y amigos, pero mi hermana no es así!
Fran y Roy se miran estupefactos; Guille no se merece semejante ataque.
Marta está temblando tras la descarga. Las lágrimas han empezado a correr por sus mejillas y mira a Guille con un odio que ni ella misma reconoce.
Guille la observa largamente y, para sorpresa de todos, lejos de enfadarse, se levanta despacio y, sin mediar palabra, se acerca y la arropa con un fuerte abrazo que Marta recibe como el mayor de los bálsamos.
—Lo siento, lo siento, yo no… —empieza a decir entre sollozos, pero Guille solo la coge más fuerte mientras le acaricia la cabeza con cariño.
—Tranquila —le susurra al oído.
Fran y Roy se levantan y se unen al abrazo, sosteniendo a Marta hasta que deja de llorar y se tranquiliza. Se separan. Marta mira a Guille y vuelve a darle otro abrazo de agradecimiento por su comprensión. Guille se sienta de nuevo en la silla y los demás vuelven a su lugar en el sofá.
—Lo primero, Marta —empieza a hablar Guille con calma—, no sé cuántas veces tengo que recordaros que soy periodista…
—Casi… —murmura Fran, que no puede reprimir la broma.
Guille lo mira serio, pero al final se le escapa la risa que contagia a todos.
—Muy bien, muy bien, queréis ir por ahí. —Guille pone tono de misterio cuando añade—. Pues que sepáis que este «casi» periodista ha descubierto cosas muy interesantes sobre el pasado de Roy…
Roy lo mira sorprendido.
—Dame un segundo. Marta —coge a una Marta mucho más tranquila de las manos—, averiguaré dónde está Atenea, te lo prometo.
Marta asiente con la cabeza agradecida, aferrándose con serenidad a esa promesa. Guille se levanta y coge las carpetas que había dejado en la mesa.
—Y ahora, prepararse. Prepárate, Roy, porque vas a flipar.
Se sienta de nuevo, coge una carpeta y deja las otras en el suelo junto a él. La abre y saca unos papeles.
—A ver… —murmura para sí mientras pasa hojas—. Aquí. Año 2.010, primera página del periódico «Noticias del Sureste», de ámbito regional. Mira la portada, Roy, ¿te suena?
Guille le pasa una fotocopia a Roy que sostiene con los brazos extendidos para que también puedan verla Marta y Fran. En la portada un gran titular:
«Incendio con consecuencias mortales en la mansión de un famoso cirujano».
Bajo el titular una foto de media página, en blanco y negro, de una enorme mansión semiderruida por los estragos del fuego.
—¿Se supone que es…?
Roy nunca ha visto la casa de sus abuelos y sus recuerdos de aquella fatídica noche están totalmente enterrados en algún recoveco inaccesible de su mente.
—Así es, la casa de tus abuelos. Pero lee, lee la noticia.
Roy empieza a leer en voz alta:
«La ciudad de Gaikora se ha despertado hoy con una terrible noticia. En la madrugada del martes, se originó un incendio, de causas aún desconocidas, en la mansión del eminente cirujano Dr. Esteban Ruíz…».
Roy deja de leer decepcionado y baja la hoja mirando a Guille.
—Este no es mi abuelo, Guille. Mi abuelo se llamaba Emilio.
Guille lo mira impertérrito, como si ya esperara esa reacción.
—Sigue leyendo —le indica pacientemente.
Roy duda un momento. Al fin, negando con la cabeza, continúa leyendo con desgana: