El vuelo de un colibrí (Ikigai, el País de los Sueños 1) El tiempo se acaba #3
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El tiempo se acaba #3

«¡Hecho!», piensa Andrea. Por supuesto, no dormirán en su casa; la flor les espera en la cabaña.

Margarita no pasará por casa de Andrea a comprobarlo, ni recorrerá el largo camino hasta la cabaña, al menos, no hasta el día siguiente y, con eso, bastaba.

Carolina tendría su despedida del maldito Roy…

¡Se habría muerto por conocerlo! Pero ese solo era el primer hilo de la telaraña que ya estaba tejiendo en su mente.

«Al final no se me da tan mal trazar planes», piensa, y no ve el momento de contárselo a Sara.

Llevo todo el día pensando en ella. No sé por qué, en el momento más inesperado, me sobreviene la imagen del azul imposible de sus ojos.

Aún no sé si es real o solo un producto de mi imaginación.

¿Pudo haberla creado mi subconsciente y luego haberla colocado en esos sueños tan abrumadoramente reales?

Me cuesta tanto pensar que mi mente haya sido capaz de crear esas imágenes tan palpables.

Nunca mis sueños tuvieron unas visiones tan nítidas y definidas.

No recuerdo que incluyeran olores tan precisos, como el olor a hierba y polen que me rodeaba al presenciar el vasto campo de flores, o esa sensación perfecta de respirar el polvo de aquella vieja casa después.

Nunca mi sentido del tacto formó parte del recuerdo de mis sueños de una manera tan visceral.

Jamás constaté así ese roce inconfundible del viento en mi cara, o la pegajosidad insoportable de las telarañas sobre mi piel, ni el estremecedor tacto de sus manos en las mías que aún me recorre cuando el recuerdo lo trae de vuelta.

Me digo que es imposible. La lógica debe imponerse, los sueños son solo sueños y, al pensarlo, me maravillo de todo lo que mi imaginación ha sido capaz de concebir: la historia de un país llamado Ikigai en otra dimensión, los sueños de los humanos contenidos en las flores que tantas veces me describió mi abuela y el peligro personificado en la frialdad de la misteriosa agente de seguros, todo tan perfectamente hilado y descrito.

Después recuerdo los sucesos ocurridos fuera del mundo de los sueños y la duda vuelve a germinar en mi corazón…

Mi abuela falleció la misma noche que soñé con su muerte y, junto a su tumba, pude ver, a plena luz del día y, sin un atisbo de duda, un colibrí idéntico al tatuaje que lució en vida.

En cuanto a la misteriosa agente de seguros, después de un interrogatorio cuánto menos extraño, me amenazó abiertamente, provocándome un miedo irracional con su sola cercanía.

Pero lo más perturbador, de lejos, son las misteriosas cartas de mi padre, esas que he releído hasta la saciedad desde su descubrimiento.

La sentida carta de mi padre que mi abuela jamás me entregó, pero sobre todo la carta dirigida a ella, en la que le habla de un lugar del que me trajeron, y de un terrible mal que atenazaba a mi madre.

He intentado con todas mis fuerzas hurgar en mis recuerdos, despertar en mi adormecida mente alguna evocación lejana que arroje algo de luz a la oscuridad de mi pasado, pero es inútil.

Mi vida empieza en nuestro viejo piso junto a mi abuela, mirando horrorizado la amalgama de pieles enrojecidas en que se había convertido mi brazo y temiendo, con auténtico pavor, la siguiente visita al hospital para mis interminables curas.

Me gustaría ser capaz de olvidar, tal como hice de niño, empezar de cero de aquí en adelante, quemar esas inquietantes cartas, borrar de mi mente la estúpida idea de que pueda encontrar el lugar donde nació mi abuela, renunciar al pago del seguro si con eso consigo que esa odiosa mujer me deje en paz y dedicarme a mi vida, a mis estudios, a mi trabajo.

Salir por ahí con mis amigos, pegarme la mayor de las fiestas, emborracharme hasta desfallecer, ¿no es eso lo que se hace en estos casos?

Buscaré esas pastillas de Marta, dormiré todas las noches del tirón y, en un par de meses, todo estará olvidado, muerto y enterrado.

¿Realmente es eso lo que quiero? Me digo que sí, pero el azul imposible de sus ojos parece no estar de acuerdo.

Verrat entra corriendo en la habitación donde Annabelle duerme. Solo comparten lecho cuando ella da su permiso y eso sucede en contadas ocasiones, las noches en que se queda durmiendo junto a él, rodeada por sus fuertes brazos, esos extraños días en que sus encuentros son dulces y pausados.

Annabelle ha proferido un grito desgarrador.

Al entrar, Verrat la encuentra sentada en la cama, el rostro enfurecido.

Comprende que no ha sido un grito de terror como había pensado, sino la rabia saliendo de su cuerpo.

Se dirige despacio hacia los amplios ventanales y corre las cortinas.

El sol de la mañana ya empieza a despuntar en el horizonte.

Se vuelve hacia Annabelle. Ya parece algo más tranquila, aunque la irritación continúa dibujada en su hermoso rostro.

Verrat se acerca y se sienta en la cama a su lado, pone su mano con tiento sobre la de ella.

Annabelle empieza a hablar, mientras aparta su mano de la de él.

—Ha vuelto a soñar —profiere indignada—. Ha estado en el pueblo, no en el bonito pueblo de su infancia, sino en el pueblo destrozado y abandonado que él nunca vio… —Annabelle mira al horizonte pensativa, se levanta y se dirige a la ventana, dando la espalda a Verrat.

—No puede ser. ¿Cómo ha soñado con un lugar que nunca ha visto? Es imposible —afirma Verrat incrédulo.

—No para él. —Annabelle se vuelve de nuevo y lo mira, el rostro tenso, la mandíbula apretada conteniendo la rabia que amenaza con salir—. Esto demuestra lo que me temía: sus poderes no solo no han desaparecido, sino que se han hecho más fuertes con los años… aunque él no lo sepa.

—Tal vez no lo descubra nunca —argumenta Verrat.

—En ello confiaba, hasta anoche… Está soñando junto a un ikigiano, ese tipo de sueños son inconfundibles…

Verrat abre la boca, asombrado, y tarda un rato en cerrarla y poder hablar.

—Pero… no puede ser, no sin su flor.

—Un ikigiano tiene su flor, no sé cómo, pero la tiene… —Annabelle empieza a enfurecerse de nuevo mientras habla—. Y es solo cuestión de tiempo que Roy descubra su pasado y sus poderes. Puede que le baste con un solo sueño más.

Annabelle comienza a caminar por la habitación cada vez más alterada, la ira recorriendo por segundos todos los poros de su piel.

Verrat la observa al tiempo atemorizado y orgulloso de su fuerza y decisión.

Esa es la Annabelle a la que venera con la devoción de un beato, la Annabelle despiadada y salvaje.

—He sido débil —anuncia al fin Annabelle, deteniéndose en medio de la habitación, henchida de la más férrea determinación—.

Pensé que podía dejarlo estar. Lo he subestimado; es hijo de su maldito padre y no parará hasta dar con la verdad y, cuando la descubra, no parará hasta arrebatarme mis poderes y destruirme.

Acabaré el trabajo que dejé a medias hace trece años. Esta noche no solo su brazo arderá.