El tiempo se acaba #2
Carolina asiente; le parece un buen plan, de hecho, le reconforta la idea de que sus amigas duerman a su lado, arropándola.
—Y ahora deberías pasar por casa, tu abuela va a sospechar que algo no anda bien…
—Ya lo sospecha. —Carolina baja la cabeza taciturna—. Ya os dije que no le cuento nada desde el primer sueño y se lo conté a medias… No sabe que estuve cuatro noches sin soñar con él, aunque ahora ya sé que no fue por mi culpa.
Carolina esboza una tenue sonrisa.
—¿Ves? Te lo dijimos.
Andrea atrae hasta ella a Carolina y la abraza de nuevo, feliz al saber que su amiga se ha quitado ese peso de encima. Después se separa, se quita los guantes y los lanza al suelo.
—Vamos —insta a Carolina, mientras empieza a caminar hacia la puerta—, te acompaño, ya se nos ocurrirá algo por el camino.
—Pero se me da fatal mentir… —Carolina mira a su amiga poco convencida.
—Por eso voy contigo —Andrea le guiña un ojo.
Después detiene su camino y se da la vuelta.
—Pero casi mejor me ducho primero. —Andrea arruga la nariz mientras olfateaba sus propias axilas y hace un gesto de asco—. No tardo nada.
Carolina sonríe divertida y se sienta a esperarla.
Diez minutos más tarde las dos amigas se dirigen a casa de Carolina, Carolina sumida en una honda preocupación, Andrea tranquila, con el convencimiento de que improvisará cualquier cosa y Margarita no tendrá ocasión de pensar en nada extraño.
Tenía un don para eso, hablar mucho, soltar un par de estupideces para que todos rían y salirse con la suya.
Era una experta: ese era su particular super poder.
Cuando Carolina abre la puerta de su casa se encuentra a su abuela sentada en el sillón esperándola; una honda preocupación cubre su rostro.
Carolina saluda tragando saliva y, volviéndose hacia Andrea, que entra detrás de ella, le dice con la mirada: «te lo dije».
Andrea le guiña un ojo y entra en la casa con paso decidido, sin un atisbo de inquietud en su gesto.
—¡Buenos días, Margarita! —saluda alegre, cerrando la puerta tras de sí.
—¡Vaya, Andrea!, tú por aquí tan temprano… —Margarita las mira largamente, con aire de sospecha en el rostro.
—Margarita, ¿qué tienes por aquí para desayunar? Nos hemos pegado una buena carrera y estoy hambrienta… Margarita se levanta del sillón y se acerca a las chicas mirándolas recelosa.
—¿Os? —El tono de su voz denota incredulidad—. Andrea le echa el brazo por encima de los hombros cuando llega a su lado.
—¡Ay, Margarita! —exclama Andrea—. Yo intento que tu nieta haga deporte, pero no me lo pone nada fácil.
La abuela de Carolina se separa de Andrea y vuelve a mirarlas a las dos, tratando de averiguar de qué va todo aquello.
—Me he encontrado a tu nieta entrando a la aldea, cuando venía de la cabaña… —Se detiene y, dirigiéndose a Carolina, le dice—. Carol, deberías darte una ducha mientras le cuento a tu abuela, se huele un poco, ¿sabes?
Andrea se tapa la nariz en un gesto cómico y provoca una risilla en Margarita. Carolina la mira perpleja.
—Ve, ve. —Andrea le indica con la mano que se vaya.
Carolina comprende y, sin decir nada, abandona el comedor y las deja solas.
Andrea vuelve a pasar su brazo sobre los hombros de Margarita y ella vuelve a separarse.
Margarita sabe que intenta engatusarla. Andrea levanta las manos, en señal de rendición, y camina hacia la cocina.
Margarita la sigue, no sin antes mirar detrás suyo, a la puerta por la que se ha ido Carolina.
Andrea, con su natural familiaridad, va directa a un recipiente que descansa sobre la bancada de la cocina, tapado con un trapo.
Lo levanta y da con lo que busca: una fuente de rosquillas de un tamaño considerable, cuyo delicioso aroma golpea el estómago de Andrea como los puños del mejor contrincante.
—¿Canela? —Andrea coge una y le da un buen mordisco—. Sí, ¡buenísimas!
Se vuelve. Margarita la mira con los brazos en jarra, entre molesta y divertida. Andrea se sienta a la mesa y, como si nada, empieza a hablar.
—Como te decía, estaba dando mi carrera diaria y, justo cuando pasaba por el camino que va al río, Carolina subía camino de la aldea. Tenía ese gesto preocupado que arrastra últimamente…
—¿Tú también lo has notado? —A Margarita el relato empieza a interesarle; despacio, se sienta junto a Andrea.
—Sí, claro, soy su mejor amiga… Así que le he dicho: «¿sabes qué te vendría bien? correr». Me ha salido así, sin pensar, y lo mejor es que Carol ha accedido.
—¿Mi Carol? —Margarita no puede creerlo.
—Tu Carol.
Andrea hace un gesto con el dedo índice para que espere. Se levanta, coge otra rosquilla y vuelve a sentarse.
—Pero no te emociones. Cuando íbamos a la altura del granero ya no podía más.
Margarita hace un gesto afirmativo con la cabeza como diciendo «eso ya me cuadra más».
—Parecía que hubiera corrido tres horas, roja como un tomate y el corazón a mil. —Andrea hace una mueca grotesca con la cara y Margarita ríe, imaginándose a su nieta—. Así que he aprovechado para darme una ducha y hemos venido.
Andrea continúa comiendo su rosquilla mientras Margarita la observa en silencio, tratando de leer entre líneas si hay algo que no le esté contado.
—Andrea —habla Margarita con tono preocupado.
Andrea levanta la vista y la mira fijamente.
—¿A ti te cuenta sus sueños? —Margarita mira de reojo hacia la puerta, por si Carolina reaparece—. Sé que Carol me oculta algo…
Andrea traga saliva, duda un momento si contarle a Margarita que Carolina ha estado cuatro noches sin soñar con el humano, pero enseguida descarta esa idea.
¿Y si eso significaba algo que ellas desconocen?
Le había prometido a su amiga una noche más y no podía arriesgarse a que no la tuviera. Solo una noche más.
—Verás, Margarita —empieza a improvisar Andrea—.
Si que te oculta algo… —Margarita se remueve nerviosa en su asiento—.
Sus sueños son demasiado aburridos. Por lo visto el humano se dedica a pasear a su lado y contarle lo que ha hecho ese día, como si fuera…
¡qué sé yo!, su diario. Después se despierta y ya está, nunca pasa nada.
Carolina piensa que te va a decepcionar.
Andrea guarda silencio, satisfecha consigo misma por lo bien que se le da improvisar.
Es una artista de la mentira, aunque un segundo después se pregunta si debe sentirse orgullosa por ello.
Pero cuando levanta la vista y mira a Margarita ya no está segura de que se le dé tan bien.
La abuela de Carolina no está muy convencida con su relato.
Justo en ese momento, para alivio de Andrea, Carolina irrumpe en la cocina, inundándola de un fresco olor a azahar.
Mira a su abuela y a su amiga en silencio, preguntándose qué habrá pasado en su ausencia, después se dirige a la fuente de rosquillas, coge una y se sienta a la mesa.
Margarita las observa, mascullando algo, al fin se dirige a su nieta.
—Carol, esta mañana he hablado con Laobán.
Las dos amigas dejan de masticar y levantan la cabeza despacio, inesperadamente golpeadas con la noticia que menos habrían deseado escuchar.
—Le he dicho que tengo que hablar con él. No le he contado de qué se trata… aún. —Las dos amigas resoplan aliviadas—. Ha quedado en buscarme un hueco esta tarde para venir a hablar conmigo.
—Pero… —empieza a protestar Carolina.
Su abuela la manda callar con una mano.
—No hay peros que valgan, han pasado demasiados días. No soy tonta, sé que me ocultas algo…
—No, abuela, yo…
—No, Margarita —le interrumpe Andrea, temiendo que Carolina dé al traste con la mentira que hace unos minutos acaba de inventar—. Es solo lo que te he dicho, sus sueños son aburridos y…
—Ya te escuché la primera vez, Andrea —le corta Margarita tajante.
Las dos amigas cruzan miradas, sorprendidas con una firmeza que rara vez veían en su abuela.
—Tal vez me equivoqué al no contárselo a Laobán. Tal vez debí acudir a él el primer día.
Carolina baja la cabeza, comprendiendo que no hay nada que pueda hacer o decir para convencerla de lo contrario. Al fin vuelve a levantarla y, mirando a su abuela a los ojos, susurra una súplica que Andrea escucha con el corazón encogido.
—¿Puedo dormir una última noche con la flor?
Margarita contesta con la misma firmeza inquebrantable.
—No, no hasta que no hable con Laobán.
Carolina mira de reojo a Andrea, con sus ojos azules rozando el llanto, y Andrea vuelve a sentir ese deseo irrefrenable de protegerla de todo y de todos, incluso de su propia abuela. Alarga su mano por encima de la mesa para coger la de Carolina.
—Margarita —empieza a hablar Andrea; Margarita la mira—. ¿Puede dormir Carol esta noche conmigo?, en mi casa. Podría venir esta tarde, así tú y Laobán podréis hablar tranquilos. Podemos decírselo a Vero y Sara también. Haremos una fiesta de pijamas, como cuando éramos crías…
Andrea sonríe, recordando lo fácil que era la vida entonces. Margarita la mira y Andrea ve en su mirada que se lo está pensando; sabe que lo de hablar a solas con Laobán ha sido una buena baza a su favor.
—¿Te acuerdas?, Carol. ¡Qué bien lo pasábamos!
—Andrea se vuelve hacia Carolina y le coge la mano que ya sostiene, con ambas manos, aprovechando para guiñarle un ojo—.
Por una noche olvidaremos toda esta historia de la flor.
Solo nosotras y nuestras cosas ¡Y los mayores que hagan lo que quieran con ella!
—Andrea se deja llevar por el papel que intenta interpretar—.
¡A nosotras qué! No dormiremos hasta tarde.
—Se vuelve ahora hacia Margarita—. Tápese los oídos.
Y comentáremos los últimos marujeos de los viejos a sus espaldas…
Carolina no puede evitar reír con la ocurrencia de su amiga; hasta Margarita ríe, borrando cualquier atisbo de duda. Al final asiente con la cabeza y, mirando a Carolina, contesta a Andrea:
—Me parece bien. Os merecéis un descanso.