El tiempo se acaba
El tiempo se acaba
Andrea se agacha para atarse un cordón de su zapato y enseguida retoma su carrera.
Como cada mañana, se despierta temprano para salir a correr.
Da vueltas alrededor de la aldea, rodeando la parte trasera de las últimas casas, en un recorrido monótono y repetitivo: el único que puede hacer.
Un día probó a correr siguiendo la orilla del río, pero la inclinación del terreno y la cantidad de cantos rodados casi le hicieron provocarse una lesión, así que no le queda otra que correr en círculos, viendo todos los días las mismas aburridas paredes de madera, soñando cada vez con más fuerza con el día en el que cambie el escenario de su entreno.
Será lo primero que hará. El día que por fin puedan abandonar la aldea buscará un larguísimo camino en línea recta y lo recorrerá por horas, aunque tenga que regresar andando de puro agotamiento.
Después buscará otro lugar para correr y otro, y así durante días solo correrá por lugares distintos, hasta hartarse…
Era un bonito sueño para ella. Sus amigas se reían.
Andrea sonríe, recuerda a Sara diciéndole: «¿En serio?
¿Eso es todo lo que se te ocurre hacer cuándo salgamos de aquí?
». Y aunque sí que se le ocurren otras cosas, esa es, con diferencia, la que más le apetece.
El canto de un pájaro la saca de sus pensamientos.
Mira al bosque, aquel oscuro y misterioso lugar prohibido y ve una sombra moverse entre los árboles, aunque no alcanza a descubrir de qué ave se trata.
«¿Será un colibrí?», piensa de pronto, y se acuerda de Carolina, tumbada en la cabaña, envuelta por aquella luz brillante que se desprendía de la flor.
«¿Cómo le habrá ido? Tal vez debí quedarme…
». Ese pensamiento la había acompañado desde que llegó a su casa la noche anterior, tras dejarla durmiendo sola en la cabaña.
«¿Y si salía mal y al despertar necesitaba un fuerte abrazo y un hombro en el que llorar?
». Andrea sacude la cabeza; ya es tarde para pensarlo.
De alguna manera, sintió que estaba presenciando algo muy íntimo y que debía dejarla sola y solo había actuado en consecuencia.
Eso se dice y, en parte es así, pero también había sido un poco egoísta.
Sabía que si se quedaba apenas habría dormido, pendiente de su amiga, y habría sacrificado su carrera diaria, esa que tanto bien le hace, esa que tanto necesita.
Correr hasta agotarse regula sus emociones, la calma.
Hace que pueda ser la Andrea que todos necesitan, la alegre y optimista, la que nunca está de mal humor, la que hace un comentario gracioso cuando el momento así lo requiere, la que repite con el bizcocho solo porque sabe que así provocará la risa en sus amigas…
Así es ella. «¿Así es ella?». A veces se pregunta si de verdad es así, tan vivaracha y locuaz, o solo ha asumido el rol que le toca, el único que puede representar en su situación…
Vero había perdido a su padre, Sara a su joven hermano y Carolina a sus padres, ¿cómo podría comportarse de otra manera ella que no había perdido a nadie?
No tiene ningún derecho a estar triste o malhumorada, eso sería tan injusto para los demás.
Ella tiene que ser el bálsamo con el que aliviarse, el refugio seguro donde volcar las frustraciones.
Ella tiene que hacerlas reír, animarlas, ¿quién lo haría si no?
¿Vero, que lleva cuidando de su deprimida madre desde que tenía recuerdos?
¿O Sara, que soporta la carga de ser la única hija viva de unos padres destrozados y echa de menos a su querido hermano cada minuto de cada día?
¿Quizá Carolina, que no sabe lo que es tener unos padres amorosos?
Obvio que no, solo queda ella, la fuerte y siempre alegre Andrea, y esa carga a veces pesa.
Su última vuelta termina en el granero donde entrena con su padre.
Andrea entra y mira alrededor: parece que aún no ha llegado y decide empezar sin él.
Se pone sus guantes y se coloca frente a un saco lleno de arena que cuelga del techo, dispuesta a descargar en él todos sus pensamientos inapropiados.
Inspira hondo y, con todas sus fuerzas, descarga su puño al tiempo que suelta una fuerte exhalación.
Cuando el puño golpea inclemente el saco, el sonido de una puerta al cerrarse acompaña al impacto.
Andrea se vuelve. Carolina está en la puerta con un rostro nada halagüeño.
Andrea se quita los guantes despacio, preparándose para afrontar lo que presagia ser un nuevo drama.
—Ella le busca —escupe Carolina, conmocionada, antes de que Andrea llegue a su lado.
—¿Ella? —inquiere Andrea sin entender.
—Sí, Ella. Le busca a él.
Andrea no comprende nada. Carolina mueve las manos con efusividad, a todas luces nerviosa.
—¿A él?
—A Roy.
Ante la cara de estupefacción de Andrea, Carolina añade gritando:
—¡A Roy! ¡Al humano! ¿Es que no me escuchas?, Andrea.
—No hago otra cosa… —murmura Andrea y, con toda la calma que Carolina no tiene, se da la vuelta y se dirige hacia unos sacos llenos de paja, pegados a la pared.
—¿Adónde vas?
—Ven, anda, siéntate y bebe agua. Se nota que has venido corriendo y tus pulmones no saben qué diablos ha pasado. —Andrea sonríe y Carolina se acerca resoplando—. Siéntate —le repite Andrea, y le tiende un vaso de agua que acaba de llenar.
Carolina lo bebe sin respirar.
—Despacio —le recrimina Andrea—. ¿Otro?
Carolina asiente y bebe el segundo con más tranquilidad. El rojo intenso de su rostro va desapareciendo. El bálsamo Andrea vuelve a surtir efecto. Andrea se sienta a su lado, observa su gesto preocupado y dándole unas palmaditas en el muslo la insta a hablar.
—Estábamos en el antiguo pueblo y de pronto ha aparecido Ella. Tenías que haberla visto, Andrea, era tan siniestra… Llegó volando en un águila gigantesca de… ¿cuántos? ¿tres metros?
—¿Estamos hablando de Ella?
Andrea empieza a contagiarse del temor de su amiga. Nunca pensaron que dormir con la flor podría entrañar semejante peligro.
—¡Sí, eso te he dicho! Y lo busca a él.
Carolina vuelve a estar muy alterada y, antes de que Andrea pregunte, añade:
—¡Al humano, a Roy!
—¿Cómo sabes que lo busca a él?
—¡Porque lo llamó por su nombre!
Andrea se queda muda, aquello supera con creces sus habilidades para manejar la situación.
—Hay que hablar con tu abuela —ataja con firmeza mientras se levanta—, o con Laobán, o con los dos.
—¡No! —grita Carolina sobresaltando a Andrea. Tirando de su brazo la obliga a sentarse de nuevo—. No, Andrea, no. He venido a hablar contigo, si no habría ido directamente a casa.
—¿No has pasado por casa? —Andrea está perpleja.
—No. Si se lo cuento a mi abuela esta vez sí que mandará destruir la flor, estoy segura. Y ya no va a tolerar más desvaríos míos a modo de explicación, ya se está oliendo algo raro…
—Carol, es que deberíamos destruir la flor, esto se nos está yendo de las manos. —Andrea no puede entender cómo su amiga no lo ve tan claro como ella.
—No lo entiendes.
—En eso estoy de acuerdo, no lo entiendo.
—Él está en peligro.
—¿Y qué nos importa? —exclama Andrea—. Por algo será. Cada cual que solucione sus problemas.
—No sabe por qué.
—¿Que no sabe por qué Ella lo sigue? Eso sí que no me lo creo. Carol, eres muy ingenua…
—¡Te digo que no lo sabe, Andrea! Está tan perdido como nosotras y tenemos que ayudarle.
— ¿Ayudarle? ¿Por qué? Repito: ¿qué nos importa?
—¿En serio me lo preguntas? Un colibrí atravesó todo el bosque para traernos la primera Flor de Ikigai que vemos en trece años y ¿no crees que tenga nada que ver con nosotros? ¿Ahora quién es la ingenua?
Andrea mira largamente a su amiga. Sus palabras no están exentas de verdad, pero el asunto empieza a escapar a sus conocimientos. ¿Y si había algo más que no le habían contado? ¿Y si estaban poniendo en peligro a toda la aldea sin saberlo?
—Entiendo lo que dices, Carol —añade al fin—, pero sigo pensando que es demasiado peligroso. Si Ella puede entrar en sus sueños, ¿cuánto tardará en encontrarte a ti en ellos…? Te expones a un peligro muy grande y, perdona que te lo diga, nos expones también a todos. Debemos decírselo a tu abuela.
Carolina baja la cabeza y cubre su rostro con sus manos, visiblemente afectada.
—Pero destruirá la flor… —susurra apenas, sin levantar la cabeza.
—¿Y qué te importa, Carol? No entiendo porque es tan importante para ti…
Carolina no sabe qué contestar. Ni ella misma lo sabe.
Solo sabe que la idea de no volver a ver a Roy le provoca un temor nuevo y desconocido.
Andrea vuelve a levantarse y camina pensativa.
El silencio de Carolina ha bastado para darle una respuesta, porque no había ninguna respuesta lógica, solo el intenso deseo de volver a un chico por el que a todas luces se sentía atraída.
Andrea se devana los sesos tratando de encontrar una solución.
«¿Dónde estará Sara cuando se la necesita?
», piensa. Sara es la chica de los planes, no ella.
Vuelve a mirar a Carolina quien despacio, levanta la cabeza y, con el rostro visiblemente derrotado, empieza a hablar con resignación:
—Está bien, hablaremos con mi abuela.
—No —suelta de pronto Andrea.
—¿No?
—No, eso he dicho, aún no. —Andrea lo ha dicho sin pensar y empieza a improvisar, sin saber quién está más sorprendida, si Carolina, o ella misma—.
Esperaremos una noche, solo una noche más.
Intentaréis averiguar lo que quiere Ella y, tan pronto como lo hagáis, tendrás que despedirte. Lo siento, Carol.
Carolina mira a su amiga sin creer lo que acaba de escuchar. Henchida de emoción se levanta y se tira a sus brazos murmurando un sentido «gracias». Cuando se separan, Andrea, que sigue dándole vueltas a su idea, añade:
—Pero no lo harás sola.
Carolina mira a su amiga extrañada.
—Todas dormiremos contigo y, si vemos algo raro, te despertaremos de inmediato; ese es el trato.