Un antiguo tarareo #5
Una inesperada oscuridad la sorprende y tarda unos segundos en acomodar su vista.
El ambiente es muy húmedo y la vegetación muy densa; parece haber atravesado los límites a otro mundo.
Sara aguza su oído; se escucha ahora un piar distinto, debe haber cientos de pájaros diferentes viviendo entre aquellos árboles milenarios.
La melodía no tarda en regresar. Sara la escucha ahora con mucha más claridad, no debe venir de muy lejos —cinco o seis metros a lo sumo—, y empieza a caminar muy despacio hacia esa dirección, con el corazón latiendo desbocado en su pecho y la rama en alto, agarrada con fuerza entre sus dos manos.
No ha dado muchos pasos cuando el canturreo vuelve a cesar.
Sara se detiene también, temiendo haber sido descubierta y, casi de inmediato, otro pájaro comienza a piar con gran estrépito, justo desde el mismo lugar del que provenía el tarareo.
Sara retoma su camino despacio, con toda su atención concentrada en escuchar, y el enérgico piar no tarda en detenerse para dar paso otra vez a la misma suave melodía.
Sara llega rápidamente a la conclusión de que el autor del dulce canturreo debe emplear su voz para atraer a distintas especies de aves.
Internamente suplica que se trate de un ornitólogo amante de los pájaros y no de un cazador peligrosamente armado que la confunda con un animal del bosque.
El patrón se repite mientras que Sara recorre los pocos metros que la separan del lugar donde el sonido se origina.
Cuando apenas faltan un par de metros, Sara se oculta tras el tronco de un grueso árbol y escudriña el lugar del que provienen todos los sonidos: un diminuto claro entre grandes robles en el que no parece haber nadie.
Un sonido en el suelo, lo que parece un arrastrar de hojas, la hace mirar abajo y entonces lo ve.
En el suelo, sobre un montón de ramitas y tierra, un pájaro que Sara jamás había visto, del tamaño de una gallina, araña el suelo con sus garras, como cuando su gato Zafiro echaba tierra sobre sus excrementos.
Sara vuelve a mirar alrededor, esperando encontrarse a alguien que, como ella, esté agazapado tras un árbol observándolo, pero no consigue ver a nadie.
Vuelve a mirar al pájaro. Es un animal curioso; Sara no sabría decir si es hermoso.
No es muy colorido, tonos marrones cubren todo su cuerpo, salvo por la cola, una inmensa cola formada por plumas largas, que mantiene en alto sobre su cuerpo y su cabeza.
Las plumas de la cola están decoradas con franjas negras y naranjas y un tono blanco de fondo.
Definitivamente tiene una llamativa y hermosa cola, «para atraer a las hembras», supone Sara, «con esa cara no lo ibas a conseguir, ¿verdad?
», piensa, y tiene que ahogar la risa. Tiene una cabeza muy pequeña en proporción con el resto del cuerpo, con dos ojos saltones totalmente negros, y su pico abriéndose y cerrándose sin cesar, moviendo una papada bastante prominente, que le dan un aire cómico.
Entonces ocurre. El canto del pájaro cesa e, inmediatamente, de su garganta empieza a salir la melodía que Sara había escuchado.
Sara no da crédito, el animal está tarareando como si de una persona se tratara, con el pico bien abierto, moviendo la cabeza de un lado a otro.
A escasos metros del animal como se encuentra, puede escuchar la melodía con total claridad y las notas le golpean como un cubo de agua fría, transportándola en el tiempo a un lugar muy lejano, a su antigua casa en el poblado, junto a su hermano Alejandro…
Está sentada en el suelo de la cocina, acariciando a su gato, observando a su hermano que, mientras se prepara el desayuno, no deja de tararear una canción.
«¿Qué cantas?», le pregunta ella. «Una canción», fue toda su respuesta.
Nunca le dijo qué canción era, ni la cantó con letra jamás, pero después de ese día no dejaba de tararearla cuando andaba inmerso en sus pensamientos.
Ella le pedía que se callara, y no dejaba de decirle que era un pesado cada vez que lo escuchaba, y que solo la cantaba para molestarla.
Ahora, trece años después, ahí estaba frente a ella ese horrendo pájaro tarareándola exactamente igual que él.
Mientras el animal vuelve a alternar sonoros cantos de pájaros con la dulce melodía, Sara no puede contener las lágrimas comprendiendo lo que está sucediendo.
De alguna manera que su razón no es capaz de explicar, su hermano está allí.
El espíritu de Alejandro se despide de ella a través de esa ave misteriosa.
Sara deja correr las lágrimas sin tregua, arrastrando la pena contenida de años, mientras con los ojos cerrados se deleita en las notas que la trasportan a decenas de momentos que ya nunca volverán.
Puede escucharla tres veces más, hasta que unas voces la sacan de su letargo y asustan al animal que, de pronto, repara en la presencia de Sara y, de un salto, sube hasta lo alto de una rama, internándose después en el oscuro bosque.
Las voces son las de Teresa y Jonás que, asustados, llaman a gritos a Sara, temiendo que haya cometido la osadía de entrar al bosque.
Sara se enjuga las lágrimas y corre todo lo rápido que puede hacia el claro.
De un salto aparece bajo los sauces, sobresaltando a sus padres que, con cara de pánico, se vuelven hacia ella.
Corren a abrazarla y, tras calmarse, se separan y empiezan a increparle indignados, incapaces de entender cómo ha podido cometer semejante imprudencia.
—Necesitaba estar sola —murmura apenas Sara.
Sus padres ven sus ojos rojos y, de inmediato, la perdonan.
Sara duda si contarles la experiencia que ha vivido, pero al final decide no hacerlo, quiere guardarse ese tesoro para ella sola, como un regalo especial concedido por su hermano.
Acaricia la pulsera de Alejandro en su muñeca y sonríe feliz; aquella noche se había sentido más cerca de él de lo que jamás hubiera soñado.