Un antiguo tarareo #4
Siguen sentados al calor del fuego, silenciosos, recordando todas las historias compartidas, los secretos desvelados, rumiando cada uno su dolor para digerirlo a su manera, pero el cansancio empieza a hacer mella y Teresa y Jonás no tardan en levantarse y retirarse a su tienda a descansar.
Sara sigue un rato más. Está agotada, pero se siente desvelada y no cree ser capaz de dormir esa noche.
Finalmente decide intentarlo. Coge un cubo, lo llena de agua del río que arroja sobre los rescoldos que aún se resisten a apagarse y se dirige con una extraña calma hacia su tienda.
Se tumba y, para su sorpresa, el sueño la alcanza enseguida.
Se despierta dos horas más tarde, cuando un rayo de sol se filtra por un agujero de la tienda y la rescata de toda una serie de asfixiantes pesadillas en las que Alejandro siempre terminaba soportando una terrible y espantosa muerte de la que solo ella era testigo.
En sus sueños, había contemplado como su hermano se lanzaba al río en una destartalada barca de madera mohosa y roída que, al momento, se convertía en un gran remolino de astillas por las que era engullido.
Alejandro era arrastrado sin remedido por rabiosas corrientes de agua que lo empujaban río abajo mientras miles de afiladas esquirlas se le clavaban, provocándole terribles heridas.
Cuando creía por fin despertar, al abrir los ojos, se hallaba en el antiguo pueblo junto a los campos de flores.
Alejandro corría hacia ella, mientras una mujer deforme y monstruosa le perseguía levitando a un metro del suelo, a una velocidad imposible, hasta alcanzarlo y estrujarlo entre sus gigantescas manos, como si de un muñeco de trapo se tratara.
Una segunda vez creía despertar, pero de nuevo volvía a ser testigo de un suceso terrorífico: tres niños, dos de ellos idénticos, se encontraban jugueteando alegremente dentro de un nido de gruesas serpientes de múltiples colores.
Los ojos de las víboras los miraban con una siniestra maldad y casi parecían sonreír, con sus lenguas viperinas asomando babosas.
Sara supo de inmediato que se trataba de Alejandro y los gemelos, que inevitablemente iban a ser devorados por serpientes venenosas por haber incumplido su pacto de amistad eterna.
Antes de que Sara pudiera abrir la boca para advertirles del peligro que corrían, las serpientes se abalanzaban sobre ellos, y mientras intentaba correr desesperada sin conseguir avanzar ni medio metro, los niños se convertían todos en una masa informe de extremidades que pujaban por salir del abrazo letal de miles de serpientes.
Sara se incorpora con una gran desazón gobernando todo su cuerpo.
Sale de la cabaña prácticamente de un salto y va al río a lavarse la cara y beber agua, recuperando, poco a poco, la calma.
Entonces oye un ruido a su espalda y se vuelve, pensando que son sus padres también despiertos, pero su tienda continúa cerrada y en silencio.
Sacude la cabeza y vuelve a mirar al río.
Cierra los ojos, respira hondo un par de veces y disfruta de la calma del lugar.
Puede escuchar el sonido del agua corriendo frente a ella y, a su espalda, algún pájaro piar a lo lejos, en las profundidades del bosque; justo desde esa dirección, vuelve a llegar a sus oídos el sonido que antes la había sobresaltado.
Despacio se encamina hacia los sauces. Se detiene frente a ellos y espera.
No tarda en volver a escucharlo. No es el canto de un pájaro ni el sonido de ningún animal.
A sus oídos llega lo que parece una dulce melodía y ese sonido no sale de la garganta de ningún animal…
Un estremecimiento recorre todo su cuerpo.
Sara se abraza inquieta. El canto cesa y se escucha en su lugar el piar de algún ave.
Sara respira aliviada, debe habérselo imaginado, y ya se dispone a darse la vuelta, cuando el canto del pájaro es sustituido de nuevo por esa melodía.
Sara contiene la respiración y escucha con atención.
No tiene duda alguna: lo que escucha es el canturreo emitido por una garganta humana, un tarareo hecho con la boca cerrada, en un tono muy bajo, de esos que te sorprendes haciendo de manera inconsciente cuando andas inmerso en algún quehacer diario.
El corazón de Sara empieza a latir muy deprisa, ¿habría alguien en el bosque?
Nunca habían tenido constancia de que nadie pudiera vivir allí; era un lugar inhóspito y sumamente peligroso, según Laobán…
A los pocos minutos el canturreo vuelve a cesar, dando paso a otro piar desenfrenado.
Sara permanece callada, esperando; ahora está segura de que no se ha imaginado el tarareo que, a los pocos minutos, vuelve.
Allí está otra vez esa melodía. Un sudor frío la recorre entera.
Mira a su espalda, hacia la tienda de sus padres que sigue cerrada y en silencio; duda si despertarlos.
Mientras, la melodía vuelve a ser sustituida por el canto de otro pájaro.
Sara mira a su alrededor, buscando algo con lo que defenderse.
A un metro de donde está, una rama se ha desgarrado y yace en el suelo.
Sara la coge y, sin pensarlo dos veces, cruza despacio entre los sauces y se introduce en el bosque.