Un antiguo tarareo #3
—Ya sabes que eran los mejores amigos de Alejandro, iban siempre juntos a todos lados, eran inseparables. Lo que no sé si sabes es que crecieron sin una madre. Laobán regresó de uno de sus largos viajes por el mundo humano con ellos.
Sara abre los ojos como platos, incrédula.
—¡Menudo souvenir! ¿Eh? —Teresa mira a Jonás y los dos ríen con la gracia.
—Nunca supimos muy bien qué había sido de su madre…
Laobán era muy reservado al respecto. El caso es que los chicos estaban desamparados y Laobán los acogió como hijos suyos.
Eran muy pequeños, apenas dos años, así que lo que sea que hubiera pasado con su madre se borró de su memoria.
Al crecer sin madre, todas las del pueblo ejercíamos un poco ese papel… —Teresa vuelve a emocionarse.
—Tú especialmente —añade Jonás, mientras Teresa se recompone.
Asiente repetidamente con la cabeza mientras limpia de su rostro alguna lágrima que no puede contener.
—Siempre estaban en casa, eran tan amigos…
—Los recuerdo —interviene Sara—. Les tenía envidia.
Teresa y Jonás se vuelven sorprendidos hacia Sara.
—Sí, siempre me robaban a mi hermano y cuando estaba con ellos dejaba de hacerme caso.
Además, nunca los distinguía, y se aprovechaban de eso para gastarme bromas…
—Sara sonríe, ahora todo pierde su importancia—.
Y ahora descubro que en realidad eran humanos.
Me parece increíble… ¿Por qué nunca me lo contaste?
Teresa mira a Jonás y se encoge de hombros por toda respuesta. Sara pone los ojos en blanco, pero no quiere enturbiar aquella noche mágica con reproches y decide dejarlo estar.
—Bueno, sigue, mamá.
—Vale. ¿Por dónde iba? Ah, sí. La noche que huimos, Laobán llenó un enorme baúl con libros y lo echaron a una de las barcas.
Puede parecer una locura, pero esos libros contenían saberes ancestrales transmitidos de generación en generación, imprescindibles para empezar una nueva vida, para conocer nuestro mundo y no olvidar nuestro pasado.
Sara se siente contrariada con las bonitas palabras de su madre. Nadie se había ocupado de transmitirles ni a ella ni a sus amigas ese conocimiento milenario del mundo y del pasado del que hablaba, ¿para qué salvar los libros entonces? De nuevo, aparca el rencor para otro momento.
—En uno de esos libros —Teresa continúa sin percatarse del malestar de su hija—, Laobán encontró años después esta hoja, escondida entre sus páginas.
Es una especie de juramento de amistad eterna escrito por unos niños.
Lo firman Alejandro, Antik y Haraka. Laobán pensó en mostrárnoslo muchas veces, pero temía reavivar nuestro dolor.
Al final se olvidó de su existencia, hasta ayer.
Voy a intentar leéroslo, pero no prometo nada.
Teresa suelta una risilla nerviosa, visiblemente emocionada. Carraspea y, al fin, empieza a leer:
«Pacto de amistad eterna.
Nos llamamos Antik, Haraka y Alejandro, nos conocemos desde que nacimos y somos los mejores amigos del mundo.
Hoy hacemos este pacto de amistad eterna que no se puede romper jamás».
Teresa levanta la mirada y mira a Sara y Jonás, los tres sonríen divertidos con la inmensa inocencia contenida en esa caligrafía infantil, Teresa continúa:
«Juramos no dejar de ser amigos nunca.
Juramos defendernos siempre.
Juramos no pelearnos jamás por nada y, menos, por las chicas».
Los tres ríen con la ocurrencia.
«Juramos compartirlo todo, todo, también a Martillo y a la mamá de Alejandro».
Jonás suelta una sonora carcajada. Teresa baja el papel y sonríe, haciendo visibles esfuerzos por no llorar.
—Martillo era el perro de los gemelos –le aclara Jonás a Sara.
—¿«Martillo»?
—Sí, decían que su cabeza se parecía a un martillo y por eso lo llamaron así… Cosas de críos, como poner en el mismo nivel al perro y a tu madre.
Jonás vuelve a soltar una risotada que contagia a todos y logra mitigar la intensa emoción de Teresa al descubrir, años después, el inmenso amor que sentían por ella los gemelos. Teresa sigue leyendo:
«Quien no cumpla este pacto será atacado por serpientes venenosas y sufrirá una muerte lenta y dolorosa».
Esto último esfuma todo atisbo de buen humor; al final esa muerte les había llegado antes de lo esperado, aunque no fuera de la mano de serpientes venenosas.
Teresa da la vuelta al papel mostrándolo a Sara y Jonás.
—Después lo firman los tres con algo que parece… ¿sangre? Abajo podéis ver sus deditos.
En la parte baja de la hoja, se pueden ver los nombres de los tres y, debajo de cada nombre, una pequeña huella dactilar de un color rojo oscuro que bien podría ser, como había intuido Teresa, sangre.
Jonás coge la hoja y vuelve a leerla, sonriendo, después se la pasa a Sara, que hace otro tanto y se la devuelve a Teresa.
—¿De verdad hay que quemarla? —pregunta Sara, apenada por destruir un recuerdo tan bonito de la infancia de su hermano.
—Es la ofrenda de Laobán —contesta Teresa, y sin añadir nada más la echa al fuego, temiendo que si espera más, empezará a dudar ella también y será incapaz de hacerlo.
La hoja arde y desaparece en segundos. Los tres observan los pequeños trocitos de papel que aún se elevan al cielo tratando de huir de su suerte y terminando por desaparecer irremediablemente, soportando la misma suerte que los tres autores de aquel pacto de amistad eterna.
Los tres guardan silencio un buen rato, apenados por haber destruido algo tan valioso y, al mismo tiempo, orgullosos de haber sido capaces de hacerlo.
Ahora sí, es el turno de Sara. Ella lo sabe y siente las miradas de reojo de sus padres, esperando, pero sin decirle nada para no apremiarla. Al fin Sara, acomoda su postura, mira al cielo y comienza a hablar:
—Hola Alejandro, llevamos días sin hablar.
Teresa y Jonás se miran; esa simple frase les ha golpeado como un tsunami. Sara continúa:
—Y no será porque no han pasado cosas… Agárrate porque lo vas a flipar, ¡ha aparecido un humano!
Teresa y Jonás la observan maravillados, es como si realmente estuviera manteniendo una conversación con Alejandro…
—Sí, como lo oyes. En realidad, es la principal razón por la que llevo días sin hablar contigo: se ha instalado en tu habitación.
—Sara frunce el ceño y sus padres se miran, sintiendo el amargo sabor del remordimiento subiendo por su garganta—.
Al principio, me enfadé muchísimo con los papás.
Bueno, en realidad seguía enfadada hasta ayer, pero ahora comprendo que nunca vas a utilizar esa habitación así que tampoco tiene mucho sentido no darle uso…
en fin. El tío se llama Always. Bueno, en realidad no se llama así, fue una ocurrencia de tu padre —Jonás se sonroja—, ¡no podía ser de otro…
! —Sara mira de reojo a su padre, que sonríe divertido–.
Porque resulta que el tipo no recuerda nada y, cuando digo nada, es nada, así que había que ponerle un nombre y se ha quedado con ese.
Es un buen tío, aquí todos lo adoran. A mí me costó un poco verlo, ya sabes, por el enfado con tu dormitorio y eso, pero mamá me convenció.
¡Ah! ¿Y sabes quién lo adora, pero mucho, mucho…
? Nerea, la mamá de Vero. Se rumorea que está coladita por él, ¡cómo lo oyes!
No te enfades, ¿eh? Sé que Diego te encanta, pero entiende que esa buena mujer lleva trece años sola…
Bueno, Vero tampoco lo entiende, pero no hay más que ver a Nerea para darse cuenta del bien que le hace.
Estaba amargada y ahora anda por ahí canturreando como un pajarillo.
Teresa y Jonás se ríen; les parece increíble que Sara y sus amigas se hubieran fijado en esas cosas.
—Por lo demás, casi todo igual… —Sara dice esto último con un deje de misterio en la voz—. Tengo el bōjutsu un poco abandonado con tanta historia y Zafiro sigue sin regresar…
Teresa y Jonás se miran sorprendidos, descubriendo ahora que, en todos estos años, nadie debía haber contado a Sara que su gatito se había transformado en una de las Bestias al servicio de Ella.
—A veces pienso que está en el pueblo esperándote para regresar contigo, pero han pasado tantos años…
Ahora debe ser un gato muy viejo; seguramente ya esté a tu lado y lo tengas en tu regazo ahora mismo acariciándolo mientras me escuchas.
Por cierto, ya me he enterado de tu pequeña aventura con él en el río…
¡Me habría encantado ver qué pasaba si hubierais tirado esa barca! Siempre fuiste más valiente que yo…
Sara hace una pausa. Teresa y Jonás se limpian las lágrimas que silenciosas ya recorren sus mejillas.
—Bueno, Alejandro, ahora sí que me despido.
Espero que te haya gustado esta noche. Una pena haber quemado tu bō , podrías haber mandado alguna especie de mensaje cósmico para que papá me lo regalara, estaba muy chulo…
Se nota que siempre fuiste su favorito —dice esto último con un tonillo sarcástico en la voz–.
Nos volveremos a ver dentro de muchos años, pero muchos, ¿eh?
Para entonces ya seré una viejecita gruñona, pero como dicen que los niños y los viejos se parecen mucho, sabrás cómo tratarme.
Te quiero mucho. Fuiste el mejor hermano que nadie haya podido tener.
Teresa y Jonás se levantan y alzan a su hija de las manos para darle un sentido abrazo. Los dos lloran desconsolados y ella se contagia del llanto. Están así, abrazados, un buen rato, hasta que logran calmarse y vuelven a su lugar frente al fuego.
—No tengo nada para quemar. Lo siento. No se me ocurría nada —se disculpa Sara.
—No te preocupes, hija —le dice Teresa—. Tus palabras han sido más que suficientes.