Un antiguo tarareo #2
—Sí, nos costó un buen rato llegar. Yo iba…
grrr, tenías que haberme visto. —Jonás ríe y Teresa con él—.
Tere, ¡les dije de todo! Pero es que cuando llegué, no lo vas a creer…
En lo alto de una roca habían colocado una barca de madera que ellos mismos habían hecho.
¡No sé cómo diantres llevaron eso hasta allí!
—¿Una barca? —Teresa se echa las manos a la cabeza—. ¿No me digas que pretendían…? —Jonás afirma con la cabeza.
—Para que lo entiendas… —Jonás mira a Sara, que los observa con gesto de incomprensión—.
Tu querido hermano y los estúpidos de sus amigos pretendían atravesar con su barca el tramo más peligroso del río: un embudo lleno de rápidos, donde se forman remolinos capaces de engullirte y escupirte horas después, varios kilómetros río abajo.
Sara no puede evitar sentir admiración por el valor de su hermano, aunque no manifieste ese sentimiento en voz alta.
—Sus amigos… ¿los gemelos?
—Sí, los hijos de Laobán —aclara Teresa.
—No heredaron la inteligencia de su padre.
—Ni Alejandro la mía… —añade Teresa, poniendo los ojos en blanco—. ¿Y de dónde sacaron la barca? No recuerdo que nadie echara en falta ninguna…
—La hicieron ellos mismos a escondidas.
Teresa resopla y hace aspavientos.
—La verdad es que estaba muy bien hecha, era firme y con una simetría perfecta…
—Teresa mira muy seria a Jonás y éste traga saliva antes de continuar—.
Bueno, el caso es que habían llevado la barca hasta una roca que sobresalía en la pared del cañón, a orillas del río. Iban a dejarla caer desde allí.
Teresa se golpea la frente incrédula.
—Según me contó Alejandro, cuando habían conseguido dejar la barca en el lugar elegido, el gato apareció entre sus piernas y del susto le dio un puntapié lanzándolo al río.
—¿Qué? —exclama Sara indignada.
—No es lo que parece, Sara. Tu hermano sintió algo entre las piernas y se lo quitó de encima, no sabía que era el gato…
—Nunca le gustó Zafiro —asegura Sara molesta.
—En fin. El caso es que el gato fue arrastrado por la corriente y, no sabían cómo, el condenado había conseguido trepar a una roca en mitad del río.
Y allí estaba Zafiro, maullando aterrorizado, incapaz de escapar por sí mismo de los torbellinos de agua que le rodeaban.
Os juro que lo habría dejado allí, pero tu hermano se sentía tan culpable…
Así que, rápidamente, ideé un plan. La única forma que se me ocurría para poder rescatarlo era ir yo mismo a buscarlo…
—¿Qué? ¡No me lo puedo creer! —Teresa se indigna, como si la historia que está escuchando hubiera ocurrido tan solo hace unas horas.
—La escalera que había llevado no llegaba hasta la roca.
—Jonás continúa con el relato, ignorando los aspavientos de su mujer—.
Tampoco era viable alcanzar con un lazo a un escurridizo gato, así que decidí atarme fuertemente la cuerda e ir a por él, no había otra salida…
Los chicos me sostendrían, cada uno tiraría de un cabo de la cuerda.
Saltaría a mitad del río, me dejaría arrastrar por la corriente hasta la roca, atraparía al odioso minino y ellos tirarían de mí para llevarme de vuelta.
Teresa se lleva las manos a la cabeza, no puede creer que a su marido se le hubiera ocurrido hacer algo tan peligroso; sin duda, debieron dejar al gato allí abandonado a la suerte que él mismo se había buscado. Jonás continúa:
—De la pared del acantilado, sobresalía el tronco de un árbol, de esos que milagrosamente crecen en el lugar más inesperado. Alejandro subió sobre mis hombros y ató un extremo de la cuerda al tronco, ese sería mi salvoconducto… por si las fuerzas les fallaban.
—¿Me estás diciendo que Alejandro, Antik y Haraka, a cuál de los tres más esquelético, pudieron arrastrarte a ti, un hombre de noventa kilos, venciendo la fuerte corriente del río? —A Teresa hay algo de esa historia que no le cuadra.
—De hecho, no…
Jonás se pone muy serio, teme que lo que va a contar a continuación le va a costar un disgusto con su mujer. Teresa le observa, callado, y sabe leer en ese rostro que tan bien conoce, las palabras que le cuesta pronunciar.
—Porque no fuiste tú el que saltaste al río… —Teresa termina por él el relato—, sino Alejandro.
Jonás asiente y mira fijamente a los ojos a su mujer, implorando piedad, buscando un perdón que necesita a pesar del tiempo transcurrido, a pesar de que ya nada importa.
Se hace un silencio tenso. Sara mira a sus padres preocupada.
Teresa aparta la mirada, fija la vista en el fuego, pensativa, muy seria, pero al cabo de unos minutos Jonás y Sara creen ver un conato de sonrisa en su rostro.
—Era tan testarudo… —murmura apenas Teresa—. Casi puedo verlo, cuando se empeñaba en algo, supongo que no te dejaría otra opción…
Jonás sonríe aliviado, después de tanto tiempo recibe la comprensión de su generosa mujer. Ahora se pregunta por qué había esperado tanto para compartirlo con ella, aunque de hecho sí sabe el motivo.
—Me hizo prometer que no te lo contaría…
—Y tú cumpliste tu promesa, incluso después de…
Teresa no puede terminar la frase, tiende las manos a Jonás con las palmas hacia arriba y le coge las suyas, orgullosa del hombre recto y bondadoso que es.
Sara los observa en silencio, maravillada una vez más del amor que se profesan el uno al otro, preguntándose si algún día ella también vivirá un amor así.
Al fin sueltan sus manos y Jonás termina su historia:
—Bueno, después todo pasó muy deprisa. Alejandro saltó al río.
La cuerda estaba bien sujeta a su cintura y al tronco del árbol, los gemelos sostenían un extremo y el otro yo.
En menos de un segundo la corriente lo arrastró hasta la roca, contra la que se golpeó muy fuerte.
No sé cómo consiguió agarrarse a ella el tiempo suficiente para meter a Zafiro en un saco que había atado a su cuerpo.
Después la corriente lo arrastró, pero tiramos de la cuerda y lo trajimos de vuelta.
Costó —la corriente era fuerte—, pero entre los tres lo logramos.
Ahí comprendí que nunca habrían podido conmigo.
Y esa es toda la historia. Volvimos a la orilla, abrimos el saco y Zafiro se alejó corriendo sin un mínimo «gracias».
Jonás ríe y Sara y Teresa también, imaginando al orgulloso gato contoneándose con chulería.
—¿Y qué pasó con la barca? —se interesa Sara.
—Pues ahí debe seguir… —contesta Jonás pensativo—. Aprovechando la cuerda la dejamos atada para que ninguna ráfaga de viento la arrastrara río abajo y convenimos en volver a buscarla algún día, pero nunca lo hicimos.
—¡Vaya historia…! —exclama Sara, un poco envidiosa al escuchar semejantes aventuras. Su vida era tan insulsa en comparación.
—Sí, hija, sí. —Jonás da unos golpecitos en la rodilla de Sara mientras se levanta—. Tenemos historias para aburrir…
Mientras habla se dirige hacia los sauces que lindan con el bosque.
Sara y Teresa se miran extrañadas. Se agacha a los pies de uno de los árboles y saca un paquete que había permanecido oculto bajo las ramas.
Con él en las manos vuelve a su lugar frente al fuego, pero se queda de pie, empezando a retirar la tela que cubre el misterioso paquete, de forma fina y alargada.
Antes de que el envoltorio caiga al suelo Sara ya sabe lo que es.
Se trata de un bō, un palo de madera que se utiliza al practicar bōjutsu , el arte marcial que su padre había aprendido de joven y que había empezado a enseñar a Sara.
Jonás lo mantiene frente a él, con los brazos extendidos, apoyado en las palmas de sus manos.
Parece nuevo. La madera finamente tallada y barnizada brilla a la luz de la luna.
Es obvio que nunca se ha utilizado. Jonás cierra los ojos, respira hondo un par de veces, concentrándose; entonces da un paso atrás y comienza a hacer una demostración de bōjutsu para asombro y deleite de Sara y Teresa.
Era fascinante verlo cuando practicaba ese arte milenario.
Su cuerpo parecía verse abducido por un espíritu ancestral y se transformaba en otra persona.
Sus brazos y piernas se movían con rapidez y gracia, perfectamente coordinados, su cuerpo giraba sobre sí mismo en un equilibrio perfecto.
El bō silbaba atravesando el viento, golpeando a un contrincante imaginario.
Cuando Jonás termina su demostración, hace una reverencia, saludando a su pequeño público, que aplaude entusiasmado. Después habla:
—Tallé este bō para Alejandro… —Jonás mira a las dos mujeres de su vida, que ahogan una exclamación—. Sí, yo también esperaba que algún día regresara…
Entonces, sin previo aviso, golpea fuerte contra el suelo el largo palo de madera, partiéndolo en dos. Recoge los dos trozos del suelo, los echa al fuego y se sienta frente a la hoguera a contemplar cómo las lenguas de fuego lo van engullendo.
—Adiós, Alejandro —murmura, y continúa con la mirada perdida en la fogata hasta que el bō se mezcla con el resto de las ascuas de la hoguera y desaparece.
—Antes de que llegue tu turno, Sara —habla Teresa rompiendo el silencio—, tengo otra cosa para quemar en la hoguera.
Sara y Jonás la miran con interés. Teresa se vuelve de nuevo hacia la bolsa a su espalda y saca de ella lo que parece un folio viejo y amarillento.
—Iba a esperar al final, pero después de escuchar tu relato creo que este es el momento.
Cuando fui a ver a Laobán para explicarle lo que queríamos hacer y que me aconsejara un buen lugar.
—Teresa mira a su alrededor—. Tengo que darle las gracias, el sitio es perfecto…
Bueno, como decía, Laobán me dio algo para quemar en la hoguera y me parece increíble que hayas compartido con nosotras este suceso, en el cual hay dos protagonistas más aparte de Alejandro…
—Los gemelos… —afirma Jonás.
Teresa asiente.
—Antik y Haraka también nos dejaron pronto, como Alejandro…
A Teresa se le hace un nudo en la garganta, aguarda unos minutos hasta recomponerse y empieza a explicar, dirigiéndose a Sara.