Un antiguo tarareo
Un antiguo tarareo
Sara camina despacio junto a sus padres por la orilla del río.
Las últimas luces del día se despiden tras las altas montañas del norte.
Van río abajo, a un claro que Laobán les ha sugerido.
Después de media hora de caminata, al fin, llegan y se miran emocionados: el lugar es perfecto; sin duda, el escenario ideal para despedir a Alejandro.
Hermosos sauces llorones hacen de barrera natural entre el oscuro bosque y el claro, cubierto de fina hierba de un verde intenso.
El río forma una curva, dejando un espacio de tierra llana de forma redondeada, perfecto para su pequeña acampada nocturna.
Sin pensarlo dos veces, dejan en el suelo las mochilas y comienzan a montar las tiendas; una grande para Teresa y Jonás, y otra más pequeña para Sara. Nadie habla. Una fuerte emoción los domina: esa noche será un antes y un después en sus vidas; aceptarán la verdad y pasarán página, por fin.
Cuando las tiendas están listas, Teresa extiende una gran manta en el suelo donde dispone unos recipientes con la cena ligera que ha preparado.
Mientras, Jonás y Sara preparan el lugar donde encenderán un fuego, cerca de la orilla.
Media hora más tarde, cenan en silencio, contemplando el baile de las llamas, bañados por la luz de la luna.
Cuando terminan de cenar, limpian los recipientes usados en el río, los guardan y vuelven alrededor del fuego, donde se disponen a celebrar su particular ceremonia.
Han decidido hacer su propio ritual, sin seguir ninguna norma preestablecida.
La idea es cada uno dedique unas palabras a Alejandro —si lo desea—, tal vez algún recuerdo, o puede que aquello que le habría gustado decirle y no pudo.
Después quemará algo en el fuego, algo significativo.
Esto último es importante pues representa la forma de trascender el dolor, quemándolo, transformándolo en un sentimiento nuevo.
El humo se elevará al cielo y llenará de gratitud sus corazones por el tiempo compartido con su amado hijo y hermano.
Los tres se miran nerviosos; Jonás y Teresa sentados a ambos lados de Sara, preguntándose con la mirada quién romperá el hielo. De manera espontánea, Jonás y Sara se vuelven a Teresa; sienten que es ella la que debe comenzar.
—Está bien, empiezo yo —habla con voz calmada.
Respira hondo, ordenando sus pensamientos, antes de continuar—.
A ver, no sé vosotros, pero yo anoche no dormí demasiado.
Desde que decidimos hacer esta despedida no he dejado de darle vueltas a los momentos vividos con Alejandro, tratando de decidir qué recuerdo compartir con vosotros esta noche, ¡son tantos!
… Podría hablaros de cuando sentía sus piececitos dentro de mí.
—Teresa se lleva las manos a la barriga—.
Me despertaba a medianoche y daba unas patadas tan fuertes que ya no era capaz de volver a dormirme.
Podría contaros lo que sentí el día que nació, aunque nunca encuentro palabras para describir un sentimiento tan fuerte…
Después de aquella larga noche, ¿recuerdas Jonás?
—Mira a su marido—. Amanecí una mañana con contracciones y pensé: «esta noche dormiré con mi bebé por primera vez», pero no fue así.
Tuve que esperar todo un largo día con su noche; Alejandro quiso esperar a otro nuevo amanecer para venir al mundo.
Cuando al fin tuve entre mis brazos aquella cosita pequeña y vulnerable, que hacía escasos segundos había estado dentro de mí, entendí que no había sabido lo que era el amor hasta ese momento…
Teresa se detiene emocionada, conteniendo las ganas de llorar, recordando la promesa que se había hecho a sí misma de no convertir la noche en una concatenación de gimoteos y lamentos.
—Pero esas historias ya las he contado mil veces, ¿verdad? Esta noche quería compartir con vosotros algo distinto… —Teresa traga saliva, reordenando de nuevo sus ideas—. Quería contaros algo que nunca os he contado, algo de la noche en que Alejandro murió…
Jonás y Sara cruzan miradas intrigados, eso sí que no se lo esperaban.
Teresa se vuelve y rebusca algo en una bolsa de tela que ha dejado a su espalda.
Se da la vuelta con la mano cerrada en un puño, extiende el brazo y abre la mano para que vean lo que contiene.
En su palma reposa una pulsera hecha con cuentas de madera.
Sara la observa intrigada, mientras ve por el rabillo del ojo como su padre se lleva la mano a la boca, visiblemente emocionado.
Lo mira; tiene los ojos vidriosos y hace esfuerzos por no llorar. Sara mira a su madre.
—¿Qué es?
—Es para ti, Sara —contesta Teresa sin dejar de mirar a Jonás.
—¿La has guardado todo este tiempo? —Jonás puede hablar por fin—. ¿Puedo verla?
Teresa deja caer la pulsera en la mano abierta de Jonás. Sara los observa sin comprender.
—Esa pulsera se la regaló tu padre a Alejandro —explica Teresa—, en su décimo cumpleaños.
Fue tallando las cuentas una a una, con trozos de madera de distintos árboles.
Recuerdo que las guardaba en una vasija al fondo de la despensa, para que Alejandro no la encontrara antes de estar acabada.
A Alejandro le encantó, ¿te acuerdas? —se vuelve a Jonás—.
Se la puso y ya nunca se la quitó, aunque cuando creció tuvo que añadir algunas cuentas más que él mismo talló.
Jonás levanta la mirada sonriendo. Mira fijamente a los ojos a Teresa, agradecido por el pequeño milagro de traer algo tan personal de Alejandro de vuelta.
—¿Cómo…? —empieza a preguntar Jonás.
—Me la dio la noche que murió… —Teresa se pone muy seria y baja la mirada—.
Yo llevaba a Sara en brazos; íbamos a las barcas del río.
Tú y Alejandro ibais a uniros al resto de hombres en la batalla.
Saliste corriendo y Alejandro, antes de seguirte, se quitó su pulsera y la puso en la palma de mi mano.
«Dásela a Sara, para que me recuerde», me dijo.
Yo le dije que no, que él mismo se la daría cuando regresara.
Le hice prometer que volvería y yo le prometí que guardaría la pulsera hasta su regreso, para que él mismo se la diera.
Nos abrazamos… por última vez, y se marchó.
Teresa tiene que hacer una pausa, le cuesta no dejarse llevar por la emoción y llorar amargamente presa del desconsuelo. Solo el paso de los años le permite ahora hablar de aquella noche sombría.
—No cumplió su promesa y ahora yo incumplo la mía; no tiene sentido seguir esperando…
Mira a Jonás, que aún tiene la pulsera entre las manos, y éste le indica a Sara que extienda su brazo.
Con sumo cuidado ajusta la pulsera en la muñeca de Sara, despacio, dotando al momento de la trascendencia que los tres sienten que tiene.
Sara acaricia con los dedos las cuentas de la pulsera, embriagada de la emoción de saber que esas mismas cuentas habían acariciado la muñeca de su hermano muchos años atrás.
Se enjuga las lágrimas, aún no puede creer que después de trece años estuviera recibiendo un regalo de su hermano, trascendiendo las leyes del tiempo y el espacio.
Mira a su madre y se lanza a sus brazos agradecida.
—Menos mal, creí que la ibas a quemar —suelta de pronto Jonás, provocando la risa de los tres.
Cuando dejan de reír, Teresa vuelve a hablar.
—No, son otras cuentas las que voy a quemar…
Teresa se vuelve de nuevo a la bolsa que tiene a su espalda y al girarse muestra un pequeño cuchillo en las manos. Jonás y Sara observan atónitos como coge una de las coloridas trenzas de su pelo y la corta con el cuchillo casi de raíz. Después les muestra la trenza.
—¿Veis estas bonitas cuentas de madera? Las talló Alejandro para mí. Me las regaló cuando ya tenía catorce años, con esa desgana con la que entregan los regalos los adolescentes, dando a entender que no se esforzaron demasiado.
Sin añadir nada más, Teresa deja caer la trenza en el fuego, que chisporrotea y arde rápidamente, llenando el ambiente de un desagradable olor a pelo quemado. Están un rato en silencio, observando la nube de humo que se alza hasta el cielo, esperando a que la brisa se lleve el intenso olor.
Unos minutos después de que el último retazo de olor se pierda en el cielo, Jonás empieza a hablar. Siente que ha llegado su turno.
—Bien. Me temo que yo no tengo tanta labia como tu madre, pero también quiero compartir con vosotras algo que nunca he compartido. —Carraspea, y Sara cree entrever una sonrisa pícara en el rostro de su padre—. Yo también tengo un secretillo con Alejandro.
Sara y Teresa se miran con los ojos como platos, después vuelven a mirar a Jonás.
—Una tarde estaba trabajando en el taller, cuando apareció Alejandro acompañado de los gemelos.
Estaba muy nervioso y hablaba atropelladamente.
Fue como un año antes de la batalla, así que debían tener unos catorce años.
Cuando al fin se calmó, logré entender lo que intentaba decirme.
Estaban río arriba, en los rápidos, y el estúpido de Zafiro les había seguido…
No sé cómo, el maldito gato se había quedado atrapado en una roca en mitad del río y no sabían cómo sacarlo de allí.
Cogí una cuerda y una escalera que tenía en el taller y corrimos hacia el lugar, aunque no tenía ni idea de cómo íbamos a atrapar al dichoso gato.
—¿Y qué hacía tu hijo y sus amigos en los rápidos? —inquiere Teresa, a la que no se le ha escapado que estaban en un lugar prohibido para los jóvenes.
—Pues imagínate, Teresa… —contesta Jonás con pesar—, tenían catorce años y se creían indestructibles, como…
—Como tú cuando eras joven —termina la frase Teresa.
Jonás asiente con la cabeza.
—Estaban al principio de los rápidos, al pie del cañón…
—¿Al pie del cañón? —exclama Teresa incrédula.
Sara los observa intrigada. Le encantaba cuando contaban historias del pueblo, ese en el que nació pero que era incapaz de recordar.