El vuelo de un colibrí (Ikigai, el País de los Sueños 1) Unos ojos de color ámbar
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Unos ojos de color ámbar

Unos ojos de color ámbar

Hace una noche increíblemente despejada, como todas las que ha observado Always desde que despertara en el río una semana atrás.

Las estrellas se pueden contar por miles, a pesar de que la luna está en cuarto menguante; la ausencia total de electricidad hace que el cielo nocturno se aprecie en todo su esplendor.

Del bosque llegan sonidos lejanos de criaturas nocturnas; hay una calma infinita y silencio…

mucho silencio. Always está solo en casa de Teresa y tiene una sensación extraña.

No puede evitar sentirse un intruso, aunque le hayan recibido con tanta amabilidad.

Además, sabe que la joven Sara no está muy conforme con su presencia y, aunque ignora el motivo, puede intuirlo: es una adolescente forzada a convivir con un extraño en su propia casa.

Vuelve a mirar al cielo desde la ventana abierta de su cuarto…

el cuarto de Alejandro. Respira hondo y trata de imaginar cómo se sentirá esa familia despidiendo a su hijo y hermano.

Han ido a un claro junto al río a hacerle un homenaje de despedida.

No se lo han dicho, pero Always intuye que él ha forzado este adiós que llevaban trece años posponiendo.

¿Cuánto tiempo ha de pasar para que unos padres puedan despedir a un hijo?

Always trata de ponerse en su lugar. Es desolador pensar en ello y, en su soledad, se pregunta si algún día él también será padre.

Le gustaría; tal vez ya lo sea y no sea capaz de recordarlo…

No, esa idea le parece imposible; cómo podría nadie olvidar un hijo.

Always mira su cama otra vez. Ya debería estar dormido, pero el estar solo en una casa ajena le genera una intranquilidad que se lo impide.

Decide ir a dar un paseo. Tal vez una buena caminata nocturna le dé el cansancio que le falta para caer rendido.

Sale a la calle. Le golpea el fresco de la noche, pero es agradable.

Deben estar en primavera porque los días son cálidos y las noches frescas.

Cruza la plaza y pasea por las calles vacías.

El silencio lo envuelve todo; es tarde y todos deben dormir ya…

menos la familia de Teresa y él. Caminando llega hasta el río, hasta el lugar dónde aquel niño asustado lo encontró.

No ha vuelto a verlo. Se le ocurre que debería hacerle una visita y disculparse por el susto; ya debería haberlo hecho.

Always se sienta en una roca junto a la orilla y una vez más, trata de recordar.

Se concentra para alcanzar en algún rincón de su mente una visión, un olor, un sonido…

algo medianamente familiar, pero es inútil y la frustración vuelve a apoderarse de él.

Ya ha pasado más de una semana; a estas alturas ya contaba con haber recordado algo, pero su cabeza sigue siendo un pozo oscuro y Always sabe que no puede continuar mucho tiempo más así, viviendo de prestado.

En algún momento tendrá que decidir qué hacer con su vida de aquí en adelante, aunque sea partiendo de un libro en blanco.

Deberá decidir si quedarse aquí o tal vez viajar a ese mundo de los humanos del que hablan; tal vez allí encuentre las respuestas que no logra alcanzar aquí, quién sabe.

Un sonido cercano a su espalda le sobresalta y se pone de pie. En mitad del camino que viene del pueblo, una sombra se queda quieta mirándolo. Always reconoce enseguida la silueta de Nerea. ¿Qué hará allí a esas horas?

—¿Hola…? —La escucha decir en voz baja—. ¿Always?

—Sí, sí, soy yo…

—Ah, perdona. Salí a tomar el fresco… —Parece contrariada, está claro que su presencia le ha pillado tan de sorpresa como a él la suya—. Ya me marcho, no quiero…

—No —le interrumpe Always con un deje de súplica que no puede ocultar—. No te marches… si no quieres. Es que no podía dormir y salí a pasear un rato.

—Ya, igual que yo —reconoce Nerea, que también sonríe algo nerviosa.

—Pero no me vendría mal algo de compañía… —«Sobre todo si es tu compañía», piensa Always.

Nerea duda un momento. Nada le apetece más, pero no sabe si es buena idea estar a solas con él.

Lleva evitándolo desde su estúpida excursión con las magdalenas.

Teresa no le ha preguntado aún y ella no piensa confesar su autoría tan fácilmente.

Always ve sus dudas, son las mismas que él siente, son las mismas que le han hecho evitarla desde que apareció en el río, allí mismo, donde su mirada lo cautivó…

esos ojos de color ámbar tan fascinantes.

Pero está harto, quizá sea el momento de empezar a escribir ese libro en blanco y ver a dónde le lleva.

—¿Sabes? Hoy hace justo una semana que me encontrasteis, justo aquí. —Se vuelve y señala la orilla del río. Nerea empieza a caminar hacia él sin decir nada, dejándose llevar—. Y no es que haya avanzado mucho…

Llega a su lado resignada; no puede hacer otra cosa, el corazón manda esa noche en esa recóndita y solitaria orilla sin miradas indiscretas.

—Sigo sin recordar nada —concluye Always.

—¿Nada? —pregunta Nerea, debatiéndose entre la compasión y la esperanza de que su amnesia lo mantenga a su lado.

—Nada.

Always vuelve a sentarse en la roca de la que se había levantado. Nerea duda unos minutos, observándolo de pie mientras él mira a algún punto en el río. Finalmente, se sienta a su lado, guardando una prudencial distancia de medio metro. Always se vuelve y la mira.

—¿Y a ti que te impide dormir esta noche? Debe ser tarde…

Nerea lo mira un rato pensativa. No puede ser totalmente sincera con él. No puede decirle que él es la causa de sus desvelos, pero sí puede contarle una verdad a medias…

—Bueno… creo que tu llegada nos ha alterado un poco a todos.

—Vaya… —murmura Always, sorprendido.

Es consciente de la pequeña revolución que ha supuesto su presencia en aquel tranquilo lugar, pero no esperaba una confesión tan directa. Un escalofrío lo recorre recordando su conversación con Nico. ¿Pensará Nerea que él es «el traidor»? Solo pensarlo le parte el corazón.

—No sabes cuánto lo siento… —acierta a decir.

—No, no…

Nerea observa el rostro de Always y ve su pesar; lo que menos quería era hacerle sentir una carga y era justo lo que parecía haber expresado. Gira su cuerpo hacia él y trata de ordenar sus palabras para hacerse entender.

—No lo sientas, Always, no lo he dicho como algo negativo…

para nada. Justo al contrario. —Always se gira también hacia Nerea—.

Verás, creo que desde que llegamos a esta aldea, huyendo de la muerte, y despidiendo a tantos seres queridos para siempre…

—Nerea no puede evitar emocionarse, desenterrando viejos recuerdos—.

Bueno, creo que una parte de nosotros también murió y, aunque no todos, muchos nos dedicamos simplemente a sobrevivir, como si estuviéramos, no sé, aletargados…

Nerea respira hondo antes de continuar. Mira a Always, tan cerca de ella, y lucha por evitar que su cuerpo exprese lo que las palabras callan: que la había salvado de la desidia y la pena y que su sola presencia la hacía sentir viva de nuevo.

Always pone su mano sobre la de ella, que descansa sobre la roca fría, y le sonríe.

Quería decirle que desde que la vio en el río, no había noche que no se acostara recordando su hermoso rostro, su radiante sonrisa, sus sensuales andares…

y que en su interior se debatía en lucha entre el deseo por recordar y el miedo a descubrir que en su vida ella no tenía cabida.

Always aparta su mano y mira nuevamente al río, tratando de recomponerse y no dejarse llevar por sus anhelos. Nerea continúa:

—Creo que tu llegada nos ha dado la esperanza de que el cambio es posible… Tal vez no tengamos que seguir aquí escondidos. Tal vez sea hora de pasar página…

—¿Cómo la familia de Teresa hoy?

—Sí, como la familia de Teresa…

—Siento que les he forzado a algo para lo que no estaban preparados…

—Always. —Ahora es Nerea la que pone su mano sobre la de él. Always se vuelve a mirarla—. Debían decir adiós de una vez, ya han tardado demasiado. Todos hemos tardado demasiado…

Always comprende que se refiere a ella misma.

—¿A quién perdiste tú, Nerea?

Always se arrepiente de preguntar. No quiere ser tan intrusivo como lo ha sido en la vida de Teresa. Nerea respira hondo antes de responder.

—A mi marido, Diego, el padre de Vero… —Nerea mira a algún punto en el agua, recordando, nostálgica—.

Nos conocíamos desde niños, no tuve ningún otro novio…

solo él. Cuando murió me quedé perdida, sencillamente no sabía ser sin él.

Me hundí en la melancolía y llevo dejándome arrastrar por ella trece largos años…

—Vuelve a mirar a los ojos a Always y le sonríe—.

Como te he dicho, todos hemos tardado demasiado.

Ambos se recrean en las calmadas aguas pensativos.

Pequeñas ondas en la superficie dan fe de que hay vida bajo la superficie.

Se escuchan ruidos lejanos en lo profundo del bosque:  el ulular de algún búho y otros gorjeos y gruñidos no reconocibles.

Cerca de la orilla, algún grillo rompe la paz con su sonoro cantar nocturno.

—¿Has pensado en regresar al mundo de los humanos?

Nerea rompe el silencio lanzando a bocajarro la pregunta que la ha sacado de la cama esa noche.

Necesita saberlo, al fin y al cabo, sería lo lógico, y cuánto antes empezara a asimilar la verdad, mejor.

Always la mira sorprendido, tratando de adivinar sus sentimientos al respecto, intentando averiguar si su respuesta realmente le importa o si todo lo que él ha creído ver en ella es solo producto de su imaginación.

Al no obtener respuesta, Nerea se vuelve hacia él.

—¿No crees que sería la forma de recordar?

Always sigue callado mirándola, dudando si contarle lo que Laobán le había revelado aquella noche en el granero, la existencia de esa laguna del olvido, la seguridad con la que había afirmado que Always pertenecía a su mundo y que no venía del mundo de los humanos como había hecho creer a todos, la certeza que él mismo tenía ahora de esa verdad.

Pero confiarle ese secreto suponía la posibilidad de que Nerea sospechara que él era el traidor.

Finalmente, tal como había hecho Nerea unos minutos antes, optó por una verdad a medias.

—Nerea, no creo que venga del mundo de los humanos… —Nerea lo mira sorprendida.

—Pero Laobán dijo…

—Sí, sé lo que dijo Laobán… Sé lo que cree. Pero yo siento que pertenezco a este mundo, Nerea, lo siento aquí dentro. —Always se lleva la mano al pecho—. No puedo darte una explicación racional, pero de alguna manera lo sé…

Always respira hondo. Ya está, lo ha confesado.

Se queda mirando aquel rostro increíblemente hermoso, anhelando y, al tiempo, temiendo su reacción.

Nerea lo observa pensativa. No sabe si creerle.

Dudar de la sabiduría de Laobán es difícil, pero, por otro lado, quiere creerle, ¡vaya si quiere!

La esperanza que se había negado a alimentar había impregnado todo su ser solo con escuchar esas palabras.

Tal vez no volvería al mundo de los humanos, tal vez se quedaría aquí, tal vez…

un brillo ilumina sus ojos de color ámbar y no puede ocultar su sonrisa.

Always ve con nítida claridad su alivio y entonces comprende que no ha desatado en ella oscuras sospechas como había temido sino algo totalmente distinto.

En ese momento comprende que tal vez, solo tal vez, ella siente por él lo que se ha atrevido a imaginar…

El tiempo parece haberse detenido, se miran a los ojos sin decir nada y Always, por primera vez desde que apareció en la aldea, deja de sentir la pesada carga de tener que recordar.

En ese momento deja de importarle. Su libro en blanco puede empezar allí mismo, en aquella orilla, junto a Nerea.

Always se inclina hacia Nerea, desea con todo su ser besarla, pero Nerea se lleva la mano instintivamente al cuello y desvía la mirada hacia el río de nuevo.

Always hace lo mismo, avergonzado por casi dejarse llevar, mientras la observa de reojo.

Nerea acaricia con sus dedos una piedra que cuelga de su cuello.

Always se sorprende al comprobar que es un trozo de ámbar, perfectamente redondeado.

De unos dos centímetros de grosor, cuelga de una fina cadena que rodea su cuello.

Always intuye enseguida que aquel colgante debe tener un importante significado para ella.

—Me lo regaló Diego, mi marido —le dice sin mirarlo, dando por sentado que Always entiende que se refiere al colgante—. Siempre lo llevo encima y tocarlo me trae calma y… aclara mi mente.

—Entiendo. Desde luego es único, único y muy hermoso… —afirma Always observando la piedra y no puede detener las palabras que salen de su boca a continuación—. Es del color de tus ojos.

Nerea le mira contrariada, son las mismas palabras que pronunció Diego cuando se lo regaló.

Siente que se ruboriza y una mezcla de sentimientos la invade.

Por un lado, el recuerdo de su marido y su amor por él, por otro lado, la pasión que Always desata en ella, apremiante, imparable.

De pronto, se levanta, superada por sus sentimientos.

—Creo que debería irme, es tarde…

Always se levanta también, contagiado de la urgencia de Nerea.

—Sí, tienes razón. Yo también debo irme.

Los dos empiezan a caminar de vuelta al pueblo, uno junto a otro, despacio, sin decir nada. Nerea juguetea con la piedra de su colgante. Always la observaba de reojo. Al llegar a la plaza del pueblo, sus caminos se separan, con una rápida despedida.

—Bueno, ha sido… agradable —acierta a decir Nerea.

Always la mira sonriendo. Observa de nuevo el colgante entre los dedos de Nerea, recordatorio del gran amor de su vida, y se pregunta si no se habrá precipitado soñando con unos sentimientos que tal vez Nerea no comparte.

—Sí, lo ha sido —responde al fin, y ambos toman sus respectivos caminos.