El vuelo de un colibrí (Ikigai, el País de los Sueños 1) El traidor #2
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El traidor #2

—Llegaron a Ikigai siendo muy jóvenes, apenas unos adolescentes, y llevaban con nosotros…

—Nico hace cuentas mentalmente—. Puede que quince o veinte años, no sé…

Así que imagina la decepción cuando Annabelle se marchó así, sin avisar, sin dar explicaciones ni despedirse…

Las malas lenguas empezaron a hacer correr todo tipo de rumores por la aldea.

Ya intuirás quién fue el blanco de todas las sospechas: el bueno de Víctor.

Sus amigos, Jonás, Diego y yo, salíamos a defenderle cada vez que alguien trataba de insinuar que Víctor la había echado porque no soportaba que ya no le necesitara.

—¿Y no era eso? —Always, escuchando el relato, casi había llegado a la misma conclusión.

—¡No, para nada! Víctor estaba destrozado y albergaba la esperanza de que algún día regresara.

—Y regresó… —intuye Always.

—Sí. Un par de semanas después regresó, pero no lo supimos hasta que pasaron varios días…

Nico se queda callado. Un nubarrón negro nubla su mente.

Always comprende que el relato que viene a continuación debe ser el más doloroso de rememorar.

Nico apoya sus manos en sus rodillas. Agacha la cabeza mirando al suelo un buen rato, mientras respira hondo e intenta no dejarse llevar por las emociones.

Al fin, levanta la cabeza y mira fijamente a Always.

—Es curioso, Always. Hace trece años desde que todo ocurrió y nunca he hablado con nadie de ello; aquí tampoco es que sea el tema más popular…

—Suelta un amago de risilla forzada—. Pero me gusta que me hayas preguntado.

Es liberador hablarlo y contigo, no sé, nos conocemos poco, pero siento que puedo confiar en ti, ¿entiendes?

Always asiente con la cabeza. No era el primero que se lo decía. Él también se sentía así, lo cual era un gran consuelo, teniendo en cuenta que sus recuerdos no parecían tener intención de regresar.

—Bueno, ¿por dónde iba?

—Ella había regresado…

—Sí, cierto. Ella había regresado y al fin conocimos el origen de su milagro: las Flores de Ikigai.

—¿Esas son las famosas flores prohibidas?

—Correcto, veo que te han informado.

—Bueno, en realidad, aún no he visto ninguna…

—Ni la verás. No aquí. Esas flores crecen muy lejos, en unos campos junto a nuestro antiguo pueblo.

Tienen un inmenso poder y ella descubrió que podía arrebatárselo.

Por eso volvió a caminar y por eso Víctor estaba tan enfadado…

—Always mira a Nico sin terminar de entender—.

Puede que te estés preguntando por qué no usar ese poder.

Fácil, no nos pertenece, es vuestro. —Nico da una palmada en el pecho a Always.

—¿Nuestro?

—Sí, vuestro, de los humanos. Es el poder de vuestro ikigai , si os lo robamos os dejamos perdidos, sin sueños…

¿entiendes? Por eso sus piernas, que no habían caminado en años, estaban fuertes y tonificadas.

Pero no solo sus piernas, todo su cuerpo estaba…

exultante. Parecía haber rejuvenecido diez años…

aunque eso era únicamente la punta del iceberg; había más, que no tardamos en descubrir. Bueno, ¿por dónde iba?

—Había regresado —puntualiza Always, algo desconcertado. Era lo único que le había quedado meridianamente claro en aquella surrealista historia. No había entendido una palabra de no sé qué « ikigai » de los humanos, pero quería seguir escuchando el relato.

—Sí, regresó, pero no por el motivo que habríamos esperado.

Su poder se desvanecía. A las dos semanas su cuerpo comenzaba a debilitarse de nuevo, necesitaba robar más poder, necesitaba más Flores de Ikigai y nos necesitaba para robar ese poder…

Ya te he dicho que era humana, no tenía el don de entrar en los sueños humanos.

Necesitaba que un ikigiano lo hiciera y ella aprovechaba ese momento para sustraer el brillo de la flor, para quedarse con su poder.

El rostro de Nico refleja el odio y la rabia por un gesto que para él resulta obsceno.

Always le mira perplejo, tratando de comprender esa extraña magia en la que están involucrados una flor, un ikigiano, un humano y sus sueños.

Nico, ajeno a la confusión de Always, continúa con su relato, inmerso en el doloroso recuerdo de ese pasado que, para él, a pesar del tiempo transcurrido, es demasiado reciente aún.

—Annabelle regresó porque perdía su poder. Necesitaba las Flores de Ikigai para recuperarlo. Necesitaba las flores y necesitaba a los ikigianos.

—Pero, si necesitaba a los ikigianos, ¿cómo recuperó su poder? —pregunta Always, empezando a desentrañar la historia.

—Encontró a uno —contesta Nico, tajante—. Un traidor.

Always siente un escalofrío recorriendo su cuerpo.

En un segundo le viene a la mente el recuerdo de su conversación con Laobán.

«Hubo traidores», había dicho. Always comprende ahora que hubo «un traidor, un solo traidor» e intuye que Laobán había hablado en plural para suavizar la noticia.

Un miedo empieza a apoderarse de Always, un miedo a ser descubierto, un miedo a que su memoria regrese solo para recordarle que él es el traidor de la historia que acaba de escuchar.

—Alguien la ayudó —continúa Nico, ajeno a los temores de Always—.

Pasó días durmiendo con decenas de flores, no sabemos cuántas…

No solo recuperó la movilidad de sus piernas, descubrió que las flores le daban cada vez más poder.

Pero al tiempo que crecían sus poderes, crecía su ambición y su perversión.

Olvidó el amor por su familia y amigos y cuando el pueblo se enfrentó a ella para que dejara de robar un poder que no le pertenecía fue demasiado tarde.

Tardamos demasiado… —Nico baja la cabeza, apesadumbrado, y añade—. El traidor la escondió demasiado bien.

Always traga saliva. Nico guarda silencio, atormentado por unas imágenes que le acompañan desde aquellos días, reapareciendo en los momentos más inesperados: ante un gesto de Sara, que recuerda dolorosamente a uno idéntico de su hermano Alejandro; o al gastar una broma a Jonás, que seguro habría encantado a Diego, el difunto esposo de Nerea; o en cada cumpleaños de Carolina, al contemplarla con la única compañía de su amorosa abuela, imaginando a su lado unos padres que apenas conoció.

Nico mueve la cabeza de un lado al otro.

—Después todo terminó muy rápido —continúa con la mirada perdida—.

Nos enfrentamos a Ella sin saber hasta dónde llegaba su poder.

Nunca habíamos visto nada igual, Always…

Las cosas ardían a su paso con solo mirarlas y con un simple movimiento de sus manos, hacía desfallecer a hombres altos como torres, o los lanzaba lejos, arrastrados por una fuerza invisible y demoledora.

Aun así, éramos muchos, y empezamos a acorralarla.

Un atisbo de esperanza resurgió, pero en ese momento aparecieron las Bestias.

—¿Las Bestias? —Always hace verdaderos esfuerzos por creer la veracidad de aquel relato tan fantástico.

—Zafiro fue el primero… No me mires así.

—Nico sonríe al ver la cara de Always—. Era el gato de Sara, un pequeño gatito negro.

Ya la teníamos acorralada, le pedíamos que se rindiera cuando, de pronto, Zafiro cruzó corriendo entre Ella y nosotros.

Ella le siguió con la mirada. Todos miramos al gato, temíamos que le hiciera daño; era tan absurdo, ¿qué podía tener contra él?

Entonces, Ella levantó su mano y apuntó directamente al lomo de Zafiro.

Delante de nuestros ojos pudimos ver como un pequeño animal que apenas se levantaba del suelo unos veinte centímetros, se iba transformando en una bestia gigante de unos tres metros de altura.

Always, tenías que haberlo visto, tenía unas garras afiladas así.

—Nico abre los brazos abarcando un metro de separación—.

Y unos colmillos que parecían dientes de sable.

Y, antes de que preguntes, el cambio no fue solo físico.

El pobre Zafiro, que no había sacado los dientes en su vida, gruñó con una agresividad que nos heló la sangre.

A un chasquido suyo se sentó a su lado, dispuesto a acatar sus órdenes.

Como te he dicho, Zafiro fue solo el primero.

Ella empezó a silbar y, enseguida, acudió el perro de los hijos de Laobán, un viejo pitbull dócil como un bebé que sufrió la misma horrenda transformación.

Volvió a silbar y desde el bosque, llegó volando un enorme búho, sin duda de los más grandes que haya visto jamás.

Tan pronto se posó junto a las otras bestias inició su metamorfosis.

Para entonces, el pánico ya se había apoderado de todos y la gente corría al río, para huir en barcas.

Lo demás ya puedes imaginarlo. El que pudo siguió peleando, muchos cayeron…

—Nico traga saliva conmocionado por las imágenes de aquella noche terrible—.

Muchos conseguimos huir río abajo y otros muchos fueron atrapados por Ella y sus bestias.

No sé cuánto tiempo duró nuestra travesía por el río.

Remontamos un riachuelo que desembocaba en él y llegamos a este claro, lejos de Ella y de las flores.

—Vaya… —musita Always, conmocionado. Mientras repasa mentalmente lo que acaba de escuchar, se detiene en algo—. Así que hubo prisioneros…

—Sí. Unos pudimos escapar, otros encontraron la muerte, pero otros tantos acabaron apresados por Ella.

Sin ikigianos su poder se termina. De esto hace ya trece años y no sabemos qué ocurrió después con ellos.

A los que huimos al bosque, no nos siguió, nos dejó escapar, como si hubiera pactado una tregua con nosotros… a cambio de nuestro exilio.

—Entonces, ¿podrían seguir vivos? —apunta Always, con un hilo de esperanza en su voz, sufriendo por personas que no conoce, aferrándose inconscientemente a la esperanza de redimir los actos del traidor que podría ser.