El traidor
El traidor
Always observa al padre de Andrea por el rabillo del ojo mientras arrastra una carretilla cargada de troncos que acaba de cortar.
¿Cuánto debía medir? Casi dos metros, seguro.
Era una bestia de puro músculo, levantaba el hacha como si fuera de juguete y la dejaba caer sobre los troncos con una fuerza descomunal, como si no le supusiera ningún esfuerzo semejante titánica tarea.
Always recuerda los rumores que ha ido escuchando por la aldea, algo sobre una mujer que tenía poderes.
Se pregunta qué clase de poderes podría tener para haber vencido al hombre que tenía frente a él o a Jonás que, aunque no tenía el cuerpo de Nico, por lo que había escuchado era un maestro en no sé qué arte marcial.
En muchas ocasiones había estado tentado de preguntar a Teresa o Jonás sobre ese pasado que tanto había marcado a toda la aldea y a su familia en especial, pero temía desenterrar recuerdos traumáticos y reprimía su creciente curiosidad.
Nico para un momento a beber agua y le sonríe. Lo mira en silencio unos minutos, sabe que le ha estado observando y que anda dándole vueltas a algo en la cabeza.
—Dispara —suelta al fin, mientras se sienta a descansar en el grueso tocón que usa de apoyo para cortar los troncos.
—¿Qué?
—¿En qué piensas?
Coge una jarra de agua y bebe un buen trago. Se echa agua en las manos y se refresca el rostro y los brazos. Le tiende la jarra a Always, que la coge y bebe también, mientras se sienta a su lado en una pila de troncos ya cortados.
—Always, te conozco poco, pero sé que andas rumiando algo en esa cabeza… Soy todo oídos. —Nico le da unos golpes en la espalda, sorprendido una vez más con la familiaridad con la que no puede evitar tratar al humano.
—Está bien —responde al fin Always—. No paro de intentar comprender cómo una sola mujer pudo vencer a esto. —Always señala con su mano la inmensidad del cuerpo de Nico, quien suelta una carcajada.
—Y porque no me viste hace trece años… —presume cuando al fin deja de reír, sin hacer ningún esfuerzo por ocultar el orgullo que siente por su propia forma física.
—Ya imagino, ya —afirma Always, tratando de visualizar cómo sería Nico con trece años menos.
—A ver, Always, no era una simple mujer y no estaba sola…
Always ve cómo el alegre rostro de Nico se ensombrece por los recuerdos. Su gesto desenfadado se endurece y la rigidez inunda todo su cuerpo. Always se arrepiente de haber sacado el tema. Se hace un silencio incómodo. Nico cierra los ojos, visiblemente afectado. Always se levanta despacio.
—Perdona, Nico, no debí preguntar…
Nico abre los ojos y, con la mirada perdida en el suelo, le indica con la mano que vuelva a sentarse. Always duda unos segundos, pero al fin se sienta.
—Annabelle, se llamaba Annabelle… —Nico respira hondo antes de continuar—.
Era una mujer muy hermosa, de esas que te dejan sin aliento.
Tenía un pelo rubio muy largo y un brillo singular en la mirada, pero era fría.
—Nico levanta la cabeza y mira a Always a los ojos, muy serio—.
Había algo en ella, yo siempre lo vi. Todos decían que era timidez, que había tenido un pasado muy duro y que por eso era reservada, pero para mí era algo más.
Había algo oscuro en ella desde el principio, algo siniestro…
Always ve como el vello de los brazos de Nico se eriza y necesita unos minutos antes de continuar.
—Iba siempre con Víctor, el bueno de Víctor… —Nico sonríe—. Siempre estaba pendiente de ella, siempre empujando su silla de ruedas… —Always casi suelta una exclamación por la sorpresa.
—Perdona, ¿has dicho silla de ruedas?
—Sí. No podía caminar. Por lo visto sufrió un accidente de niña. No le gustaba mucho hablar del tema, ya te he dicho que era muy reservada…
—Pero… no entiendo nada. ¿Me estás diciendo que la mujer que venció a un pueblo entero iba en silla de ruedas?
—Espera, amigo mío. —Nico da unas palmaditas en el muslo a Always—. No te adelantes. Te he dicho que «iba».
Nico guarda silencio de nuevo, rescatando de su memoria un pasado del que hacía años que no hablaba con nadie.
—Recuerdo perfectamente la mañana que todo empezó…
¡Dios mío, parece que fuera ayer…! —Un escalofrío vuelve a recorrer el corpulento cuerpo de Nico—.
Yo estaba en la plaza con Jonás y sus hijos.
La pequeña Sara tenía apenas… ¿cuántos tendría?
Unos cinco o seis años, creo. ¡Qué pequeña era!
, con sus bonitos tirabuzones saltándole mientras correteaba a nuestro alrededor; y Alejandro, el bueno de Alejandro…
Nico siente un nudo en la garganta y los ojos humedecérseles por segundos. Always recuerda el profundo pesar de Teresa cuándo le contó la pérdida de su hijo.
—Tenía quince años. Era un joven fuerte y valiente, demasiado valiente supongo…
—Nico traga saliva ahogando la pena, con la mirada perdida—.
La plaza estaba llena de gente a esas horas, era media mañana y había mucho ajetreo.
Todo el mundo hablaba, los niños jugaban…
y entonces se hizo el silencio, un silencio absoluto.
Jonás y yo nos miramos extrañados y nos volvimos despacio al lugar al que todo el mundo miraba.
Ahí estaba ella, Annabelle… de pie. La plaza entera era un clamor.
Annabelle entró caminando, como si llevara toda la vida haciéndolo.
Pasó entre la gente, que se apartaba a su paso; tenía un aire de superioridad tan extraño…
Entonces se le acercaron Teresa y Carmen emocionadas, la abrazaron, preguntándole qué había ocurrido, cómo había sucedido semejante milagro.
Pero antes de que Annabelle pudiera contestar Víctor irrumpió en la plaza.
Su rostro taciturno no reflejaba la alegría del acontecimiento.
Muy serio y sin decir nada a nadie se acercó a Annabelle por la espalda y le cogió el brazo.
Entonces ella se volvió y él le dijo algo.
Desde donde estábamos no pude escucharlo.
Carmen me dijo que solo le había dicho «vamos», pero con una frialdad nunca vista en él.
Todo el mundo notó que algo raro pasaba.
Víctor cogió a Annabelle aún más fuerte del brazo y tiró de ella, visiblemente enfadado.
Ella se volvió y lo miró con un desdén de desprecio en el rostro.
Todo era tan surrealista, nadie entendía qué estaba sucediendo.
Se sostuvieron la mirada un buen rato. Entonces Víctor pareció ceder, le soltó el brazo y su gesto pasó del enfado a la súplica.
Yo leí sus labios que apenas susurraron un «por favor».
Ella seguía mirándolo fijamente y, al final, su gesto también se suavizó.
Él le tendió la mano y así, sin decir nada a nadie, se marcharon cogidos de la mano.
Nico se detiene respirando hondo y bebe agua de nuevo antes de continuar. Always escucha en silencio, intrigado con el relato.
—Pasó un día entero antes de que volviéramos a ver a Víctor y Annabelle. Todo eran elucubraciones a la espera de que nos explicaron lo sucedido…
—¿Y qué era? —ataja Always, impaciente ante el largo silencio que mantiene Nico.
—Nada.
—¿Cómo que nada?
—Nada; no dieron ninguna explicación. Annabelle se había despertado ese mañana andando milagrosamente, y punto.
—¡Vaya!
—Sí. Lo increíble es que a la gente le bastó esa historia; estaban demasiado emocionados con el milagro como para cuestionar nada.
Pero los que conocíamos a Víctor sabíamos que algo no marchaba bien; cada vez que le preguntábamos se tensaba y cambiaba de tema, así que dejamos de hacerlo, esperando que fuera él quien se explicara cuando estuviera preparado.
Pasaron los días y, poco a poco, todos nos fuimos contagiando de la emoción de ver a Annabelle caminando por el pueblo y haciendo cosas que antes no podía hacer.
Una tarde fuimos al río. Había un lugar dónde nos encantaba ir, río arriba, justo antes de los peligrosos rápidos.
Era un remanso donde las rocas formaban pequeñas piscinas y nos tumbábamos a pasar el día en la orilla: un lugar complicado para ir en silla de ruedas.
Víctor y Annabelle siempre llegaban los últimos; Víctor empujando la silla.
Aquella tarde fue mágica. —El rostro de Nico se ilumina con el recuerdo—.
Víctor y Annabelle ya estaban allí cuándo llegamos y, ver a Annabelle correr por las rocas y tirarse al agua de cabeza, fue increíble…
Ella estaba especialmente hermosa esa tarde, era como si todo su cuerpo hubiera sufrido una transformación, no solo sus piernas.
¿Cómo te explico? No era el cuerpo de alguien que hubiera pasado los últimos veinticinco años sentada en una silla de ruedas, ¿entiendes?
Pero Víctor no estaba feliz. —Nico se pone muy serio—.
Algo le ocurría, todos lo notábamos. Carmen decía que llevaba tanto tiempo cuidando de Annabelle que ahora no soportaba verla tan independiente.
Yo no estaba de acuerdo, había algo que no nos habían contado, algo turbio, yo lo sabía…
Pasaron un par de días hasta que volvimos a ver a Víctor.
Estaba muy serio, demolido diría yo. Nos contó que Annabelle se había marchado.
No entendíamos nada y él tampoco contaba demasiado, casi tuvimos que intuir lo ocurrido.
Annabelle había regresado al mundo de los humanos… y no sabía si volvería.
—¿Regresado?
—Sí. Los dos eran humanos, como tú.
Always niega con la cabeza, contrariado. ¿Humanos como él, viviendo allí? Así que no era tan extraño que ambos mundos se entremezclaran… De alguna manera aquello le hizo sentirse un poco menos raro.