El vuelo de un colibrí (Ikigai, el País de los Sueños 1) Hora de decir adiós #2
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Hora de decir adiós #2

Sara se siente derrotada. Por alguna absurda razón su madre ha decidido confiar en Always y no hay manera de convencerla de lo contrario.

Su madre recorre el espacio que las separa y la abraza despacio, con miedo a ser rechazada, pero Sara se deja abrazar por su madre, calmada al saber que, al menos, su familia continua intacta, su familia…

sin Alejandro. Se separa de su madre bruscamente, para sorpresa de Teresa, con el rostro indignado de nuevo.

—¿Por qué tuviste que darle la habitación de Alejandro? —Sara siente que está a punto de llorar—. Yo le habría dejado la mía, no me importa dormir en el sofá.

A Teresa le invade una profunda tristeza al escuchar a Sara. No había sido consciente de las consecuencias que ese gesto podía tener en sus sentimientos; había subestimado su dolor por la pérdida de su único hermano.

—Es como… —a Sara le cuesta un esfuerzo titánico decir en voz alta lo que piensa—, es como si te hubieras olvidado de él, como si te hubieras rendido…

Teresa se sienta en una silla. Se siente mareada y le tiemblan las manos.

Nunca había hablado con Sara de la pérdida de Alejandro.

Tan sumida estaba en su propio dolor que no había considerado el dolor de su hija.

Ahora lo veía. ¿Cómo no se había dado cuenta antes?

Su pequeña, tan fuerte y alegre, arrastraba su propio duelo en silencio.

Toma aire y levanta la mirada hacia Sara.

Continúa de pie, gruesas lágrimas recorren sus mejillas y su rostro refleja indignación.

Teresa no puede contener su propio llanto.

—Sara no me he olvidado de tu hermano. ¿Cómo podría olvidarme de él?

Cada vez que escucho el sonido de la puerta de su cuarto abrirse me da un pálpito el corazón: mi mente me recuerda que es Always, pero mi corazón navega por unos segundos en la fantasía de que es tu hermano…

Tantos días esperé escuchar ese sonido. Jamás podría olvidarme de tu hermano, jamás, ¿por qué crees que obligué a tu padre a construir ese cuarto?

Las lágrimas no dejan continuar hablando a Teresa, que trata de apaciguarse.

Sara la observa en silencio. Es la primera vez en su vida que ve a su madre tan desolada; ahora se pregunta cuántas veces habrá llorado a escondidas para evitarle sufrimiento.

Al fin, Teresa logra recomponerse lo suficiente para seguir hablando:

—Pero en algo sí tienes razón… —Sara levanta la cabeza y mira a los ojos llorosos de su madre, expectante—.

Sí que me he rendido. —Sara se sorprende, no pensaba que admitiría algo así tan abiertamente—.

Me he cansado de aferrarme a un sueño imposible.

Cuando hicimos esta casa me engañé a mí misma, me dije que haría una habitación para mi hijo muerto.

—Sara siente una punzada de dolor al escuchar esa última palabra—.

Me dije que sería como un homenaje, un símbolo de que esta familia es de cuatro miembros, aunque uno de ellos ya no esté entre nosotros, un recuerdo constante de que existió, pero me mentí…

Teresa se calla un momento, tratando de ordenar sus ideas, midiendo sus palabras para no hacer aún más daño a su hija.

—En realidad, no lo hice por eso. En realidad, hice esa habitación porque, en mi interior, conservaba la esperanza de que un día regresaría.

Sara llora con más fuerza al escuchar esas palabras.

Al fin, su madre confirma lo que ella siempre sospechó, que su madre albergaba la misma esperanza que ella, aunque jamás lo hubiera reconocido.

Aquello era, al menos, reconfortante. Se sienta frente a su madre y ahora es ella la que le coge las manos.

Puede sentir el dolor que le supone reconocer en voz alta lo que, para Sara, era un secreto a voces.

—Pero tenemos que pasar página… —Sara empieza a negar con la cabeza. No quiere seguir escuchando lo que ha empezado a insinuar su madre—. Trece años son demasiados.

—No, mamá… —empieza a susurrar Sara con voz suplicante…

—Hija mía, hay que ser realistas. Si Alejandro siguiera vivo, ¿no crees que ya habría encontrado el camino a la aldea? —Sara sigue negando con la cabeza, pero en su interior sabe que su madre tiene razón, trece años es demasiado tiempo—. Ha llegado el momento de decir adiós.

Teresa se levanta y coge de las manos a su hija para que se levante también.

Ambas se funden en un abrazo y lloran las lágrimas tanto tiempo contenidas, dando por fin rienda suelta a su dolor, desenmascarados ya unos sentimientos que no sabían que compartían.

Cuando al fin se calman, vuelven a sentarse, más tranquilas.

Teresa pasa un pañuelo a su hija y se enjuga las lágrimas con otro.

Se quedan en silencio, sumidas cada una en sus propios pensamientos, varios minutos.

Las dos intentan asimilar la pesada verdad que las aplasta como una losa y de la que ya no podrán escapar con ingenuas esperanzas: Alejandro no va a regresar.

Se miran unos minutos, sabiendo que las dos están transitando el mismo dolor por la aceptación de esa nueva realidad y se sienten más unidas que nunca.

No solo han tardado trece años en aceptar la muerte de su hermano, también han tardado trece años en compartir su dolor.

Sara siente que toda su rabia hacia Always se ha desvanecido; al final su presencia las había obligado a mirar de frente su dolor, ponerle nombre y tratar de superarlo.

Teresa, mucho más calmada, con una paz que hacía años que no sentía, hace un repaso mental por todo lo vivido desde que llegaran al bosque.

Recuerda las primeras semanas, con un marido malherido e inconsciente, que no sabía si sobreviviría.

Recuerda una pequeña Sara confusa y muerta de miedo, sin comprender qué ocurría o dónde estaba su hermano, y con una madre que no se sentía con fuerzas para atenderla.

Recuerda el despertar de Jonás, la mezcla de emociones que Teresa tuvo que ayudarle a sostener: el dolor insoportable de haber sobrevivido a un hijo, el peso de no haber podido defenderlo.

Recuerda los homenajes por las vidas perdidas en los que no estuvo dispuesta a participar y la brusquedad con la que impidió que nadie «despidiera» a Alejandro.

Recuerda los años que tardó en volver a reír y el exceso con que lo hacía después, tal vez para enmascarar un dolor que la superaba, tal vez para compensar a su hija por el tiempo en que no pudo ser la madre que se merecía.

Teresa mira a su hija, sumida en ese pesar compartido.

«Y ahora, ¿qué?», se pregunta, «¿cómo enterramos esta antigua esperanza?

». Una idea empieza a crecer en su mente, una idea que va cobrando cada vez más sentido.

—Necesitamos despedirlo —suelta de pronto; Sara la mira sin comprender—. ¿Recuerdas a tu gato Zafiro?

Sara sonríe nostálgica al recordar al gatito que tenían en el poblado cuando era una niña, después mira a su madre confusa, sin comprender por qué se acuerda de él justo en este momento.

—Un día lo encontramos jugueteando con algo en el patio. Al acercarnos vimos que era un pequeño ratoncito. Zafiro le había dado caza y jugaba con su cuerpo inerte.

A Sara se le ilumina la cara ante un recuerdo perdido en el fondo de su memoria.

—¡Sí, me acuerdo! Pobrecito… ¡me enfadé tanto con Zafiro que estuve dos días sin hablarle! —Sara ríe ante el recuerdo de las «tragedias» de aquella niña que un día fue.

—Te dio tanta pena que decidimos enterrar al ratoncito…

—¡Es verdad! —exclama Sara—. Lo pusimos en una cajita, la decoré con dibujos y lo enterramos…

—Sí, le hiciste un ramo precioso y lo pusiste sobre la tumba, ¡incluso dijiste unas palabras!

—¿Dije unas palabras?

—Sí, algo así como que había sido un buen ratoncito y que ahora correría feliz por el cielo…

Las dos sonríen absortas en ese recuerdo, disuelta al fin la tensión acumulada.

—Deberíamos hacer lo mismo, Sara, despedir a tu hermano… por fin.

—¿Despedirlo? —susurra Sara, más para ella misma que para que su madre le responda.

—Los rituales son importantes… —Sara mira a su madre, escuchándola con atención—.

Cuando un acontecimiento cambia tu vida para siempre no puedes continuar como si nada hubiera pasado.

Necesitas asimilarlo, interiorizarlo y sentir que algo importante ha tenido lugar, que hay un antes y un después desde ese momento.

Para eso son los rituales, Sara. Por eso se celebran las bodas, los nacimientos…

y también los funerales. Tu hermano no tuvo un funeral, no pudimos despedirlo… y ha llegado el momento de hacerlo.

Sara mira a su madre sin decir nada, pensando en lo que acaba de explicarle y le parece que lo que dice tiene todo el sentido.

La observa largamente. Aquella mujer tan generosa, con sus trenzas de colores que le infunden ese aire desenfadado, es también muy inteligente.

Se siente orgullosa de ser su hija y con una amplia sonrisa afirma con la cabeza mientras le coge de nuevo las manos, pensando que, desde algún lugar, su hermano Alejandro las estará mirando complacido.

—Me parece una idea maravillosa.