El vuelo de un colibrí (Ikigai, el País de los Sueños 1) Hora de decir adiós
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Hora de decir adiós

Hora de decir adiós

Sara observa a Always mientras se despide de su madre y se marcha con su padre, cerrando la puerta tras ellos.

Antes de salir, la mira y le dice adiós con la cabeza.

Es temprano, apenas ha amanecido. Sara está en la mesa de la cocina terminando de desayunar.

Su madre lleva un par de horas levantada adelantando preparaciones para el Sitio de Tere, que pretende abrir sus puertas por fin.

Always va a ayudar a su padre en el huerto así que Sara, que normalmente se habría marchado con su padre, se ha ofrecido a ayudar a su madre.

La observa en silencio, preguntándose una vez más el motivo de esa naturalidad con la que ha admitido que un desconocido viva en su casa.

No alcanza a entenderlo. Aunque lo que más molesta a Sara, lo que le duele de una forma que no sabe explicar, es que el desconocido ocupe la habitación de su hermano.

Sara no lo ha hablado con sus padres, lo cierto es que procura no pensar en ello demasiado, porque teme explotar y echar ella misma a Always de su casa a patadas.

No es que Always le caiga mal, de hecho, ya ha podido comprobar lo tremendamente educado, amable y servicial que es.

Todas las noches se acuesta temprano y los deja cenar en familia y, por la mañana, se levanta temprano y se pasa el día ayudando a alguien en la tarea para la que se le precise, así que prácticamente iba a la casa exclusivamente para dormir… en la habitación de Alejandro.

Sara apenas tenía cinco años cuando todo pasó.

Alejandro murió en la batalla, aunque ella no lo presenció o, tal vez sí, pero su mente ha aniquilado ese recuerdo.

Se llevaban diez años, así que él tenía solo quince.

Se enfrentó a las bestias junto a su padre mientras ella huía con su madre en una barcaza llena de gente aterrorizada, río abajo.

Su padre sobrevivió, alguien lo echó inconsciente en una barca, con una terrible cicatriz en la cara y su ojo derecho perdido para siempre.

Al despertar, lo único que recordaba era que una bestia enorme de garras afiladas había alcanzado a Alejandro.

Sara ya no era capaz de recordar el rostro de su hermano; en la huida dejaron atrás todas las fotos y su imagen se había ido diluyendo con el paso de los años.

Pero lo que sí recordaba era el amor que le tenía, cómo cuidaba de ella, sus bromas y cómo siempre le susurraba al oído: «mi pequeña onza de chocolate», cuando la llevaba en brazos.

Cuando se instalaron en el bosque y empezaron a construir su casa, la madre de Sara decidió hacer una habitación para él, a pesar de haber muerto.

Para Sara fue una señal, un hilo de esperanza al que agarrarse con fuerza.

¿Y si aún estaba vivo? ¿Y si pudo escapar de las garras del animal?

¿Y si un día regresaba? Sara pensó que si su madre hacía esa habitación era porque ella también albergaba esa esperanza porque, en el fondo, sabía que algún día volvería; y esa promesa se instauró en su corazón.

Cada cosa que hacía Sara, cada pequeño logro, incluso cada caída, venía acompañada de una visita a la habitación de su hermano.

Se sentaba en la que sería su cama y le hablaba en su mente, contándole todo, bueno y malo.

Lo imaginaba escuchándola y eso la reconfortaba.

Le gustaba fantasear con la idea de verlo un día aparecer, caminando por mitad de la aldea, después de un largo viaje.

Levantaría la vista y la reconocería y entonces, ambos correrían y se fundirían en un abrazo…

Pero ahora alguien ocupaba su habitación.

Sara ya no podía entrar y sentarse en su cama porque estaba invadida por un total desconocido.

Aunque lo peor era tener la certeza de que su madre, definitivamente, había abandonado la esperanza de volver a ver a su hermano.

Aquello era para Sara la mayor de las traiciones. La había dejado sola, se había rendido.

Teresa observa a su hija con el rabillo del ojo mientras se mantiene ocupada.

Sabe que algo la perturba, la conoce demasiado bien, pero no es fácil hablar con ella.

Ya no es una niña a la que le encanta contar todo a su madre y Teresa tiene que medir muy bien sus palabras si quiere iniciar una conversación con buen pie.

—Sara… —se lanza al fin, hablando distraídamente, sin detener lo que está haciendo. Sara levanta la cabeza y la mira—. ¿Te pasa algo?

Sara guarda silencio. No hay cosa que desee más que contarle a su madre todo lo que piensa, pero no está segura de recibir una respuesta comprensiva por su parte; al fin y al cabo, recoger a Always en su casa había sido un acto de generosidad incuestionable.

—La verdad es que sí —suelta decidida, reuniendo el coraje para decir lo que lleva callando tantos días.

Teresa deja lo que está haciendo al ver que Sara está receptiva y se sienta a su lado. Pone su mano sobre la suya.

—Tú dirás —le anima.

Al ver que a Sara le cuesta arrancar, empieza ella, que ya intuye cuál es el origen de su malestar.

—¿Es por Always?

Sara se sorprende; las madres y su increíble poder adivinatorio.

—Pues sí, mamá. —Sara mira fijamente a su madre—. ¿Por qué confías tanto en él? No lo conoces de nada y lo metes en casa…

Teresa mira a su hija largo rato buscando una respuesta.

Al fin y al cabo, entiende lo que Sara quiere decir, lo que puede sentir.

Meter a un completo desconocido en casa podía parecer muy atrevido pero Teresa no lo sentía como un desconocido.

De hecho, sentía una confianza plena en él, pero ¿cómo explicarle a Sara algo que ni ella misma lograba comprender?

Decide invocar a su compasión. Coge las dos manos de Sara entre las suyas.

—Sara, hay que ayudar a los demás cuando están necesitados, igual que nos gustaría que hicieran con nosotros. Solo es un pobre hombre que ha perdido la memoria.

—Eso no lo sabemos —corta Sara tajante.

—Claro que lo sabemos, no ves que no recuerda ni su nombre ¿O acaso crees que realmente se llama Always? —Teresa sabe que luchar contra la racionalidad de su hija es difícil; un pálpito del corazón tiene complicada defensa.

—¿Cómo lo sabes? —insiste, decidida a dejar a su madre sin argumentos—. Eso es lo que él dice, pero ¿y si no es verdad?, ¿y si solo está ocultándonos un pasado horrible? O tal vez está aquí por algo peor. Tal vez esté bajo «sus» órdenes como parte de un malvado plan…

Sara mira a su madre con satisfacción: ha desmontado de antemano cualquier motivo que pueda alegar. Teresa respira hondo y mira con condescendencia a su hija, tan angustiada por algo que ella sabe que no es real.

—Sara, dice la verdad.

Teresa clava sus ojos en los negros ojos de su hija, intentando trasmitirle con la mirada su calma y confianza. Sara mira a su madre incrédula y le suelta las manos, enfadada. ¿Es que no había escuchado nada de lo que acababa de decirle?

—No lo sabes —replica con un tono de voz cada vez más elevado, irritada con la exasperante inocencia de su madre.

—Sí lo sé.

Sara hace gestos de desaprobación con la cabeza. Cruza los brazos sobre su pecho y gira la cara para no mirar a su madre.

—Sara, dice la verdad, ha perdido la memoria y es un buen hombre.

—¿Y cómo lo sabes? ¿Ahora eres adivina?

Sara está indignada con la situación. Puede entender que su madre, con ese gran corazón suyo, trate de ayudar ante una situación de aparente necesidad, pero de ahí a asegurar con semejante rotundidad que es quién dice ser.

—Lo siento aquí, Sara.

Sara se vuelve despacio para mirar a su madre que se ha puesto las dos manos en el corazón y la mira confusa.

La observa largamente: sus manos sobre el pecho, la sonrisa de felicidad, y le viene al recuerdo una escena que vio fugazmente, la tarde de la mudanza de Always.

Cuando salió de su cuarto los vio, abrazados…

De pronto, Sara ata cabos. No puede creerlo.

¡Su madre, como la madre de Vero, se sentía atraída por Always!

El rostro de Sara pasa del enfado al asombro, luego al enfado otra vez y, después, a la ira.

Se levanta bruscamente y da un paso atrás mirando a su madre horrorizada.

Teresa no entiende la desproporcionada reacción de su hija.

—¡No puedo creerlo! —grita Sara—. ¿Cómo has podido? Eres como la madre de Vero. ¡Os está embrujando!

Teresa comprende de inmediato la confusión de su hija y retira las manos de su pecho rápidamente. Se levanta y se acerca a Sara, angustiada por el giro que ha tomado la conversación y por la horrible idea que se ha formado en la mente de su hija.

—No, no, Sara. No has entendido.

Sara mira con odio a su madre que se le sigue acercando despacio.

—No hay nada romántico entre Always y yo.

—¡Os vi! —replica Sara indignada, esperando la reacción de sorpresa y vergüenza de su madre.

La cara de Teresa sí es de sorpresa, pero también de incomprensión.

—¡Os vi abrazados, en la habitación de Alejandro…! —añade esto último como colofón a la mayor de las traiciones, traición a su padre y traición a su hermano.

—Ah, ¿eso? —Teresa suspira aliviada y sonríe, para mayor indignación de Sara—.

Eso no era nada, cariño, solo un abrazo de amistad y consuelo.

¿Ves? A eso me refiero, yo le estaba contando lo de Alejandro y él me dio un abrazo…

y fue tan natural. No sentí que me consolara un extraño, es lo que trato de explicarte.

Confío en él, es como si lo conociera, sin conocerlo…

Sara mira a su madre atónita. La observa largamente.

Su cara y sus ojos dicen la verdad y su enfado se transforma en vergüenza por lo que acaba de insinuar.

Su madre adora a su padre, no había más que verlos juntos, ver cómo se miraban después de tantos años.

Es cierto que aquel abrazo la había descolocado, pero ahora entendía lo que su madre quería decirle.