El vuelo de un colibrí (Ikigai, el País de los Sueños 1) Tú, otra vez #4
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Tú, otra vez #4

Carolina lo observa largo rato. Llega a la conclusión de que dice la verdad…  la verdad que él conoce.

—Está bien. Estás en peligro, Roy. No sé quién eres, pero te está buscando. Ha estado en tu mundo y ahora sabe entrar en tus sueños. Tenemos que averiguar el motivo.

—Entonces… ¿no voy a cobrar ningún seguro? —añade Roy en tono burlón.

Carolina tiene que esforzarse para no reír.

—No sé qué es eso, pero me temo que no.

—¡Roy! —Una voz se escucha desde la plaza.

Roy y Carolina se miran, esfumado cualquier atisbo de buen humor.

Roy se acerca de nuevo a la ventana y mira fuera.

La mujer está apoyada en el pozo con aire distraído, justo donde hace unos minutos estaban Roy y Carolina.

Mira sus manos mientras se las acaricia, desprendiendo seguridad y poder por cada poro de su piel.

La monstruosa águila no deja de mirarla, seguramente pendiente de una orden suya para atacar.

—Rooooyyyyy…. —arrastra las vocales con un tono siniestro—. No te hagas de rogar. Sé que estás aquí, este es tu sueño. ¿En qué otro sitio podrías estar? Sal para que hablemos un rato, anda.

Carolina agarra con fuerza la mano de Roy, hasta hacerle daño, mientras niega firmemente con la cabeza. Roy le retira la mano despacio y recupera la circulación.

—Tranquila, no pienso salir con ese pajarraco ahí fuera…

—¿El águila? Ella es la que debería preocuparte.

—¿Ella? —Roy la observa.

Elegante, segura de sí misma, bella… pero ¿fuerte? No, para nada.

—Ella no me da miedo, mi amiga Marta se la merendaría en medio segundo.

—¿Que no te da miedo? —Carolina coge a Roy por los hombros y le habla muy seria, mirándole a los ojos, esos ojos azules que le desconcentran—.

Roy tienes que entenderlo, Ella creó un ejército de animales monstruosos para enfrentarse a todos los ikigianos.

Nos echó de nuestras casas. Mató a muchos.

Mató a mis padres… —Carolina apenas puede contener las lágrimas al decir esas palabras en voz alta—.

Yo no sabía por qué, los adultos nos lo ocultaron todo este tiempo para protegernos, hasta que apareció tu flor y mi abuela estuvo dispuesta a hablar con nosotras y supimos el motivo.

Ella roba el poder de las flores en su beneficio, por eso tiene un inmenso poder.

He crecido oyendo historias de hombres fuertes como robles cayendo desfallecidos con un solo movimiento de su mano, de bestias descomunales bajo sus órdenes, de llamaradas de fuego prendiendo de la nada ante una mirada suya…

—Rooyyy, mi paciencia tiene un límite… —se escucha fuera.

El corazón de Roy late cada vez más deprisa.

—Aquí puede destruirte —continúa Carolina—, debes despertar, Roy. Debes despertar y averiguar qué quiere de ti. Debes averiguar quién eres en realidad… ¡Despierta, Roy, despierta!

—No sé cómo hacerlo. Además, no pienso dejarte aquí.

—Es tu sueño, Roy, si tú despiertas, todos lo hacemos. ¡Despierta, maldita sea! —Carolina le coge las manos, su mirada suplicante clavada en la de Roy.

—¡Se acabó! —grita encolerizada la mujer, dejando de disimular su rabia e impaciencia. Entonces se escucha un fuerte batir de alas.

Roy lo sabe, es ahora o nunca. Mira fijamente a los ojos de Carolina y se pierde en ese azul como el mar. Cierra sus ojos y desea con todas sus fuerzas despertar. Y así, sin más, despierta.

De vuelta en su cama, se incorpora con el corazón acelerado y la respiración entrecortada.

Mira la hora, es temprano; se acabaron las diez horas de sueño profundo.

«¡Ay, Marta! ¿Por qué tuviste que quitarme las pastillas?

», piensa un instante, pero entonces se da cuenta de que no quiere volver a tomarlas, porque eso significaría no volver a ver a Carolina…

Carolina despierta a su vez en el colchón de la cabaña, con el corazón aún latiendo deprisa, los ojos negros de Roy todavía en su recuerdo, el tacto de sus manos.

Sigue tumbada. Empieza a entrar luz por la ventana; no cerró bien las contraventanas.

Entonces mira la flor en el suelo junto a ella.

Cierra los ojos y escucha atenta. Ahí están, los latidos de Roy, primero latiendo a toda velocidad, después cada vez más lento.

Carolina sabe que está a salvo y respira tranquila.

Entonces trata de imaginar dónde estará él ahora.

¿Seguirá como ella tumbado en su cama mirando al techo?

Se lo imagina así, pensativo, recordando todo lo ocurrido.

Después se levantará y continuará con su vida, una vida normal sin sueños extraños.

Carolina recuerda que había mencionado varias veces a una tal Marta, sería su…

Carolina no puede evitar sentir celos y se siente estúpida por ello.

Entonces piensa que tal vez Roy vuelva a tomar esas medicinas para no soñar.

Tal vez siga tomándolas noche tras noche hasta que su flor definitivamente se apague y ya no volverán a encontrarse jamás.

Carolina siente miedo, miedo porque Ella lo ha encontrado y está en peligro, pero también un miedo irracional ante la posibilidad de no volver a ver a Roy.