Tú, otra vez #3
Carolina se pone muy rígida, pero después, sin saber por qué, se relaja, y por unos minutos su desazón desaparece y se siente en calma.
Permanecen en silencio abrazados, empezando a sentirse avergonzados al sentir el cuerpo del uno tan cerca del otro, pero al mismo tiempo, no deseando separarse.
Y así, en ese silencio solo roto por sus respiraciones, Carolina escucha algo que le es familiar.
Para sorpresa de Roy, con un movimiento rápido se separa de él, gira su cabeza y pega su oreja sobre su pecho.
Roy separa los brazos y da un paso atrás extrañado, pero Carolina lo rodea con sus brazos para volver a acercarlo y pega su cabeza de nuevo a su pecho, mientras Roy permanece rígido, tratando de entender qué está ocurriendo.
Al fin, Carolina lo suelta y se separa de él.
—¡Increíble! —exclama Carolina llena de un entusiasmo que Roy no entiende—. Tu flor late al ritmo de tu corazón.
—¿Qué?
—Tu flor, la que trajo el colibrí. Su semilla emite un sonido, como un latido, y ahora sé que es el latido de tu corazón… Es fascinante.
Carolina está emocionada con su descubrimiento y no ve el momento de contárselo a sus amigas. Roy se lleva una mano al pecho y se queda pensativo.
—Entonces… ¿Me estás diciendo que hay una flor por ahí, en mitad de ese inmenso bosque, que late al ritmo de mi corazón? —Roy escucha sus propias palabras con incredulidad, todo aquello es tan surrealista.
—Sí. ¿No es increíble?
—Sí, supongo que sí…
Roy baja su mano y se queda mirando largamente a Carolina, conmovido de nuevo por su entusiasmo.
—Y entonces, esa flor —continúa Roy, tratando de ordenar los pensamientos en su cabeza—, mi Flor… ¿de Ikigai?
Carolina asiente, feliz al comprobar el esfuerzo de él por entenderla.
—Vale, mi Flor de Ikigai está… ¿cómo has dicho? ¿parpadeando?
—Sí.
—¿Por qué yo no sé cuál es el sentido de mi vida?
—Correcto.
—¿Una flor cómo las que vimos en aquel campo?
—Así es.
—¿Y que además late al ritmo de los latidos de mi corazón?
—Eso parece…
—¡Vaya! —Roy tiene mil nuevas preguntas que hacerle, pero va con tiento para no despertar al «dragón»—. Vale, para que yo lo entienda, cada flor de ese campo está conectada con un humano ¿no?
Carolina asiente y vuelve a mirarlo, pasada ya la vergüenza, dejando paso a una creciente preocupación por todas las preguntas que ahora tendrá que responder.
—¿Y cómo lo hacéis? ¿Cómo entráis en los sueños?
—Bueno, solo tenemos que dormir junto a las flores.
Puff, qué difícil explicar algo que ni tú misma terminas de entender muy bien…
—Entonces dormís entre las flores…
—Con la flor —le corrige Carolina.
—¿Con la flor?
—Con una flor, u-n-a, con una flor que esté parpadeando, la llevamos a casa y dormimos con ella. —Carolina ha vuelto a irritarse, su paciencia es ridículamente escasa.
—Vale.
Roy se queda callado, habría hablado más pero no quería molestarla de nuevo.
—¿Qué?
—Nada, nada, es… interesante.
Carolina escudriña su rostro intentando adivinar sus pensamientos y se le va pasando la irritación. Al final es ella la que vuelve a hablar, recuperada la calma.
—Pero ya no lo hacemos… desde que huimos de aquí. Tú eres el primero en años…
—¿Yo? ¿Por qué yo?
—No lo sé, Roy, eso es lo que debemos averiguar…
—¿Averiguar? Pero, por algo escogerías mi flor…
—¿Escoger? Yo no la escogí, un colibrí la trajo a la aldea, donde ahora vivimos. —Carolina señala hacia el bosque—. La trajo a mi casa, ese colibrí me la dio a mí… y no sé por qué.
Roy se queda callado, recordando de nuevo su primer encuentro y la sorpresa que le causó entonces escuchar a Carolina describiendo a la perfección el colibrí tatuado de su abuela.
—El colibrí de mi abuela… —murmura apenas pensativo, tratando él también de entender el sentido de todo aquello.
Carolina no le entiende, pero antes de que pueda preguntarle, un rugido ensordecedor la enmudece. Ambos levantan la vista al cielo, al norte, hacia las montañas, al lugar del que viene el sonido, y Carolina la ve. Un pánico que nunca había sentido la invade en segundos.
—Eso parece… ¿un águila?
Roy escudriña el horizonte con una mano en la frente, protegiendo sus ojos de la luz del sol. Como Carolina no responde se vuelve despacio a mirarla y lo que ve le provoca un escalofrío que lo recorre entero. Carolina está claramente aterrorizada.
—Vámonos —musita al fin con un hilo de voz—. Es Ella, ¡corre!
Y, cogiendo la mano de Roy, lo arrastra en dirección a la casa más cercana.
Empuja la vieja puerta de madera, pero las bisagras oxidadas por el tiempo no ceden.
Roy aparta a Carolina con el brazo y golpea la puerta con el cuerpo hasta conseguir abrirla.
Carolina entra corriendo, atravesando las telarañas que cuelgan del marco.
Roy se queda en la puerta paralizado por un miedo cuyo origen nada tiene que ver con el que siente Carolina…
¿Cuántas arañas habría allí dentro? ¿Decenas? ¿Miles?
—¿Qué haces? Pasa, ¡deprisa! —Carolina no entiende nada y está muy alterada—. ¡Pasa, maldita sea! —grita enfurecida mientras tira del brazo de Roy y lo arrastra dentro.
Cierra la puerta y corre hasta una ventana. Cierra las contraventanas y se acuclilla para poder observar el exterior por una rendija. Roy sigue de pie mirando a su alrededor, el gesto tenso; se quita los restos de telarañas de los brazos con una aprensión exagerada.
—¿Qué haces?, ven aquí. No te quedes junto a la puerta, ni siquiera cierra.
—Arañas… —murmura Roy mientras se acerca despacio y se agacha junto a Carolina—. Me dan pánico las arañas… —Y mira a su alrededor vigilando que no haya ninguna cerca.
—¿Arañas? ¿En serio? —Carolina no se irrita más solo porque el miedo que siente domina cualquier otro sentimiento—.
Las arañas son el menor de tus problemas ahora mismo —susurra; los graznidos se escuchan cada vez más cerca—.
Es Ella. No sé cómo, pero nos ha encontrado.
Está claro que debes ser importante para haber captado su atención…
—¿Yo? —pregunta Roy incrédulo.
Un fuerte ruido de alas agitándose los hace callar.
Se escucha un golpe seco, después un sonido de tierra removida, un último graznido y, finalmente, el eco de unas pisadas.
Carolina se aparta de la rendija por la que mira.
Roy la observa; su rostro es de auténtico terror.
Se acerca a la contraventana para averiguar qué es lo que causa tanto miedo a Carolina y mira fuera.
En medio segundo, Roy desea que ese sueño no sea tan real y, por un momento, se pregunta si es posible que estén realmente en peligro.
Se clava las uñas en la muñeca y siente el dolor…
Sí, real como la vida misma. Fuera, un águila del tamaño de un elefante es acariciada por una mujer que se encuentra de espaldas a ellos.
El animal abre sus alas, aún acomodándolas tras el descenso.
Cada ala debe medir como tres metros de largo y las plumas rozan en las paredes de las casas que dan a la plaza.
Sus enormes patas lucen unos nervios y músculos extremadamente desarrollados y cada garra de sus dedos debe medir al menos un metro.
Roy recuerda la marca que vio hacía solo unos minutos en la pared de una casa e imagina lo que pasaría si aquella bestia les atacara con una sola de esas garras.
La mujer sigue acariciando el pecho del animal con total tranquilidad; tal vez no sea tan peligroso como aparenta.
Se vuelve a mirar a Carolina: su cara dice lo contrario.
Mira de nuevo por la rendija. La mujer viste una especie de capa con capucha que le cubre la cabeza.
Termina de acariciar a la bestia, le susurra algo y se aparta.
Girando la cabeza a ambos lados se quita la capucha y una larga melena rubia de pelo lacio cae sobre su espalda.
El corazón de Roy se acelera cuando la mujer se da la vuelta y puede verle el rostro.
—¿Ella? —murmura incrédulo, se vuelve hacia Carolina—. La conozco.
—¿La conoces?
—Sí, esa mujer ha estado en mi casa. Es de la compañía de seguros; mi abuela tenía un seguro de vida del que yo era beneficiario y ahora esos cabrones están buscando la manera de no pagarlo, incluso la descubrí siguiéndome…
—¿Dices que ha estado en tu casa?
Roy asiente con la cabeza. Carolina se lleva ambas manos a la boca ahogando un grito. Cuando su respiración agitada se ralentiza lo suficiente para hablar, retira las manos.
—¿Quién eres, Roy? Puedes confiar en mí, dímelo… —Carolina lo mira fijamente con ojos suplicantes.
—¿Yo? No soy nadie, Carolina, solo un chico normal…