El vuelo de un colibrí (Ikigai, el País de los Sueños 1) Tú, otra vez #2
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Tú, otra vez #2

—Las robaste —concluye muy seria Carolina, que no concibe ir a casa de Laobán y robarle medicinas. Entonces recuerda su pequeña aventura en casa de Laobán, para «cogerle prestado» el libro y se da cuenta de que no son tan diferentes.

—¡Madre mía! Pareces Marta… ¡No veas cómo se puso cuándo se enteró…!

Roy recuerda lo que había pasado hacía apenas unas horas, cuando Marta entró en el baño y lo pilló con las manos en la masa, pastillas y vaso de agua en mano.

—Son solo unas pastillas, no tiene la mayor importancia y no sabes cuánto las necesitaba…

—Ya, ya, lo entiendo. —Carolina quiere zanjar el tema cuánto antes, al darse cuenta ahora de que no está en posición de juzgarlo.

Permanecen otro rato en silencio, escuchando el sonido del viento, de los pájaros lejanos y el chirriar de la vieja polea. Carolina siente una inmensa paz a pesar del escenario de abandono que les rodea. Él no dejó de soñar con ella por algo qué hubiera hecho o dicho y eso la reconforta.

—Así que este es tu pueblo. ¿Qué le ha pasado?

—Era mi pueblo —puntualiza Carolina—, ahora vivimos en la aldea. Hubo una batalla y tuvimos que huir.

Roy la observa callado y, aunque se muere por hacerle mil preguntas, no lo hace por miedo a que vuelva a irritarse.

Aún conserva el recuerdo de su rostro airado.

Es tan pálida que el acaloramiento de su enfado se nota a la legua en menos de un segundo.

Carolina lo mira fijamente a los ojos unos minutos, preguntándose quién será ese chico y por qué será tan importante como para que un colibrí llevara su flor hasta la aldea.

No parece tener nada especial; ella solo ve a un chico guapo que la mira con esa sonrisa cautivadora.

Entonces recuerda la premura por descubrir quién es y trata de ordenar sus ideas para explicarle la situación lo más claramente posible.

Respira hondo antes de empezar a hablar; sabe que va a tener que responder muchas preguntas y tendrá que afrontarlas con tranquilidad, esa que tanto le cuesta mantener.

«Ay, Andrea, ¡con lo bien que lo harías tú! ».

—Vale. ¿Cómo dijiste que te llamabas? —Carolina se siente mal por no recordarlo.

—Roy.

—¿Roy? —Carolina nunca ha oído ese nombre.

—Sí, Roy.

—Vale, Roy. ¿Por dónde empiezo? Sabes que pertenecemos a mundos distintos, ¿no? —Roy niega con la cabeza muy despacio—. Pues sí, tú perteneces al mundo de los humanos y yo al País de Ikigai.

—¿Iki…?

—Ikigai, el nombre es lo de menos. —«Voy bien», se anima Carolina—. ¿Y sabes que nuestros mundos están conectados a través de las Flores de Ikigai?

Roy vuelve a negar despacio con la cabeza con cara de no entender nada. Carolina no puede evitar empezar a irritarse. Pero ¿qué sabía este chico? ¿Nada? Vuelve a respirar y a contar mentalmente hasta diez.

—Vale… —continúa más calmada—. Hay unas flores, las Flores de ikigai, las que vimos la última vez…

—Ah. —Roy recuerda perfectamente el campo de flores, ese campo que tanto añoró su abuela…

—Esas flores son especiales…

Roy asiente; nunca en su vida había visto unas flores así.

—Y no solo por su aspecto —puntualiza Carolina, como si le hubiera leído la mente—.

Cada una de esas flores está conectada con un humano y guarda en su semilla el sueño de su vida, su ikigai .

Y antes de que preguntes… —Carolina levanta el índice y lo pone muy cerca de la cara de Roy—.

Cada humano tiene un ikigai , un sueño que perseguir en su vida, aquello que le da sentido, aquello por lo que levantarse con ilusión cada mañana…

Roy coge el dedo de Carolina con su mano y lo baja, dejando a Carolina descolocada…

—Lo entiendo —le sonríe.

«Otra vez esa sonrisa…». Carolina sacude la cabeza tratando de apartar de su mente ese pensamiento.

Sin saber por qué se acuerda de Sara, diciendo con picardía que si estuviera con un chico humano no podría concentrarse en que encontrara su ikigai …

salvo que su ikigai fuera ella. Casi podía verla coqueteando con él, eso se le daría de maravilla…

Se coge ambas manos, acariciando el dedo índice que aún conserva el tacto de Roy, y trata de centrarse para continuar con su exposición.

—Vale, pues cuando un humano descubre su ikigai , la semilla brilla con fuerza y se desprende.

La cara de asombro de Roy empieza a preocuparle y más pensando en todo lo que aún tiene que contarle.

—Entonces, un colibrí la lleva hasta el bosque y allí crece un nuevo árbol, nacido de esa semilla, de ese sueño humano. Así se crean los bosques en nuestro mundo.

Carolina mira a su izquierda, tratando de localizar el bosque.

Efectivamente, allí está, a lo lejos, más allá del pueblo y del río cuyas aguas escuchan discurrir.

Señala en esa dirección. Roy mira y ve los cientos de grandes árboles de distintas especies.

Recorre con su mirada el extenso bosque que se extiende hasta el norte, donde una cordillera de altas montañas cubre las vistas de todo el horizonte.

Entonces trata de asimilar lo que Carolina acaba de contarle.

Según ella, cada uno de los árboles de ese bosque, que era inmenso, era el sueño de alguna persona que había logrado encontrar su ikigai , el sentido de su vida.

—¡Vaya! Menuda historia… —exclama al fin.

—No es una historia —ataja enseguida Carolina, un poco molesta de nuevo—. Es la verdad.

—Vale, vale.

Roy sonríe divertido al comprobar lo rápido que se molestaba, como si estuviera siempre a la defensiva.

Esa chica no dejaba de sorprenderle. Con esa apariencia menuda y delicada, despertaba en él un natural deseo de protegerla, pero después, sin previo aviso, sacaba de dentro un fuego que rompía con cualquier apariencia de fragilidad…

«Seguro que a Guille le gustarías», piensa Roy, y luego se sorprende a sí mismo molesto con la idea…

«¿Qué digo de Guille? A mí me gustaría… si fuera real.

¿Es real?». Y se pierde unos minutos en ese rostro pálido de ojos tan, tan azules que no es capaz de dejar de mirar.

—¿Continúo? —inquiere Carolina, que nota a Roy un poco perdido en sus pensamientos.

—¡Sí! —exclama Roy volviendo en sí, sorprendiendo a Carolina—. Esto, sí, te sigo. Hay unas flores, las flores de alguna manera mágica conectan con los humanos y su… ¿cómo era?, ah, sí, ikigai . Y cuando los humanos descubren su ikigai pues, voilá . —Roy levanta el brazo señalando el bosque.

—Pero…

—No falla, siempre hay un pero —apunta Roy divertido.

Necesita tomarse un poco a broma todo aquello porque empieza a pensar que está perdiendo el juicio.

Carolina no lo conoce lo suficiente para saber si únicamente trata de rebajar la solemnidad de la explicación o si realmente no está creyendo ni una palabra de lo que le está contando y solo espera el momento de despertar de este absurdo sueño.

Vuelve a mirarlo molesta. Roy, que ya conoce su cara de «me estás fastidiando y no poco…

», levanta las dos manos en gesto de disculpa.

—Continúa, por favor —pide muy serio y después, sonríe.

«Esa sonrisa…».

—Como decía, no siempre los humanos descubren su ikigai . Cuando eso ocurre, la semilla de su flor empieza a parpadear porque no es capaz de brillar, y ahí entramos los ikigianos.

—Ah, ¿sí?

—Sí. Los ikigianos ayudamos a los humanos que no consiguen encontrar su ikigai .

—¡No jodas! —suelta Roy sorprendido—. ¿Y cómo lo hacéis?

—Bueno, pues entrando en sus sueños, como ahora —aclara satisfecha Carolina.

—¿Cómo ahora? —Roy frunce el ceño sin entender.

—Este es tu sueño, Roy. Yo solo estoy aquí para ayudarte a encontrar tu ikigai .

Roy se queda mirando a Carolina fascinado, asimilando lo que acaba de afirmar, aunque no puede evitar sentir cierta desconfianza, ¿en serio esa joven va a saber cuál es «el sentido de su vida»? Le resulta difícil de creer, pero está deseando descubrir qué más tiene que contarle.

—Me has dejado loco —afirma Roy moviendo la cabeza—.

De verdad que estoy deseando ver cómo lo haces, cómo averiguas mi ikigai .

Ese sí que sería un gran descubrimiento.

¿Cómo lo haces? ¿Pones las manos sobre mi cabeza o algo así?

—Roy suelta una risilla por la broma, pero descubre que a Carolina no parece haberle hecho demasiada gracia—.

No, en serio, ¿cómo lo haces? —recula, poniéndose serio.

El rostro de Carolina pasa en medio segundo del blanco nuclear al rojo fuego, pero esta vez no de rabia, sino de vergüenza.

—No lo sé —murmura apenas.

—¿No lo sabes?

Roy está cada vez más perplejo, pero ve lo apurada que está Carolina y le viene a la mente algo que había dicho la última vez que se encontraron, algo de que era su primera vez en el sueño de un humano…

¡Ahora entendía aquella frase! Roy comprende que aquello debía ser importante para ella.

Él es el humano cuya flor parpadea porque no es capaz de encontrar su ikigai y Carolina tiene la complicada tarea de ayudarle.

Roy resopla. «Puff, ¡cómo si eso fuera tan fácil!

». Roy está convencido de que más de la mitad de los chicos de su edad no tienen ni puñetera idea de qué hacer con su vida.

Mira a Carolina, con la cabeza baja, roja, abrazando su delgado cuerpo con sus brazos, y vuelve a sentir una inmensa compasión por ella.

¿Por qué estaría tan apurada por algo que en el fondo nada tiene que ver con ella?

Roy no entiende la importancia que aquello puede tener, pero no soporta verla así.

Instintivamente, sin pensarlo, se acerca a ella y la rodea con sus brazos.