Tú, otra vez
Tú, otra vez
—¿Tú, otra vez? —pregunta el chico.
—Tú, otra vez —afirma Carolina, sonriendo con un alivio que el chico no alcanza a comprender. A duras penas puede contener las ganas de echarse a reír y lanzarse a sus brazos.
—¿Dónde estamos? —inquiere Roy, mirando a su alrededor.
Están de pie en mitad de un camino de tierra, rodeados de viejas casas de piedra.
El lugar tiene un aspecto bastante desolador.
Se nota el abandono y la falta de vida desde hace mucho tiempo: ventanas y puertas rotas, telarañas, polvo, objetos abandonados aquí y allá.
Carolina y Roy se sobresaltan con un ruido cercano y sonríen al ver que solo se trata de unos pequeños ratones que salen correteando de un agujero en la puerta de una casa, cruzan la calle a gran velocidad y terminan colándose por un hueco en la ventana de otra casa.
—Creo que sé dónde estamos: es mi pueblo, el Pueblo de Ikigai.
—¿El pueblo de qué…?
Carolina se vuelve y se le queda mirando muy seria, la irritación empezando a aflorar en su rostro, olvidado ya todo el pesar que venía arrastrando durante los últimos cuatro días.
No puede creer que otra vez fueran a empezar igual, con el chico haciéndose el tonto preguntando las cosas más obvias.
Lo escudriña con la mirada largamente, intentando leer en su rostro si su pregunta tiene un tono sarcástico o de burla.
Puede que los humanos tengan un tipo de humor que ella no alcanza a comprender.
—¿Vas a empezar otra vez a preguntarlo todo? —Las palabras salen de su boca como un torrente, sin darle lugar a repensarlas antes de pronunciarlas.
Carolina lucha consigo misma para tranquilizarse y manejar la situación como lo habría hecho una asertiva Andrea.
«¿Por qué el maldito colibrí la había elegido precisamente a ella, la persona con menos paciencia de la aldea?
». Sin darse cuenta se sorprende mirando a su alrededor, esperando ver aparecer a Andrea con una amplia sonrisa, dispuesta a manejar la situación mejor que ella.
—¿Perdona? —Roy mira a Carolina muy serio—. A ver, Carolina era, ¿verdad?
Carolina afirma con la cabeza, sorprendida de que recuerde su nombre. Roy empieza a hablar con la calma que ella no posee.
—A ver, Carolina. Tú debes estar muy acostumbrada a tener estos sueños tan reales y está claro que sabes dónde estamos y lo que significa todo esto por la forma en que hablas.
Yo solo sé que tras tener uno de estos misteriosos sueños mi abuela murió y después no han dejado de pasarme cosas extrañas, como estar aquí hablando contigo como si estuviéramos despiertos porque, dime, ¿en qué se diferencia este sueño de la realidad?
Carolina lo observa un rato, recuperando la calma y empezando a entender.
Había dado por sentado que los humanos sabían mucho más que ella misma sobre las Flores de Ikigai, los sueños que los ikigianos debían ayudarles a alcanzar, los dos mundos…
Ahora comprende que puede que no sea así.
Tal vez todo aquello fuera tan nuevo y extraño para él como para ella.
—En nada —responde al fin, tras pensar su respuesta—. Este sueño no se diferencia en nada de la realidad. Solo sé que estamos dormidos porque estoy aquí, tú estás aquí y no recuerdo haber despertado aún…
—¡Gracias! —exclama Roy con una amplia sonrisa, aliviado al ver que no es solo una apreciación suya.
Carolina lo observa; ahí está otra vez esa sonrisa…
Continúan un rato en silencio y, como si hubieran pensado lo mismo, empiezan a caminar mirando a su alrededor.
Carolina observa por el rabillo del ojo a Roy, preguntándose cómo podía un humano estar soñando con su pueblo, ahora destruido.
¿En qué momento la abuela del chico podía haberle descrito con tanta precisión un lugar que ella recordaría de joven, antes de la batalla?
Decide apartar esas preguntas sin respuestas y poner toda su atención en el lugar que les rodea, esforzándose por avivar en su memoria algún recuerdo apagado de su niñez.
A pesar del abandono, se aprecia lo hermoso y pintoresco que debió haber sido tiempo atrás.
Casi todas las casas son de una sola planta, con graciosos tejados a dos aguas, cubiertos de tejas que algún día lucieron un granate brillante.
Las paredes están construidas con grandes bloques de piedras, por cuyas grietas asoman ahora pequeñas plantas que el paso del tiempo ha dejado crecer.
Carolina ve un banco de madera en el porche de una casa y se estremece imaginando a su abuela y su madre sentadas, contando estrellas y compartiendo risas.
Una pesada nostalgia la asalta al pensar que ella jamás compartirá un momento así con su madre.
Roy se acerca a la ventana de una casa y observa su interior.
Se sorprende al ver los muebles intactos: el sofá, la mesa para comer con sus sillas, el hogar aún lleno de cenizas, incluso objetos cotidianos aquí y allá…
Enseguida comprende que algo terrible sucedió en aquel lugar; es evidente que los que lo habitaban lo abandonaron precipitadamente y esta certeza le produce un escalofrío.
Roy ve algo en una pared que llama su atención: lo que parece la marca de unas garras de unos dos palmos de largo marcadas en la piedra.
Se pregunta qué puede haber originado semejante marca en la piedra, pero casi prefiere no saber la respuesta.
También se fija en los restos de cenizas repartidos por todas partes: en paredes, puertas y ventanas y en varias zonas del camino, allí dónde algo ardió hasta casi desaparecer.
Llegan a una plaza rectangular, en la que parecen confluir todas las calles.
En el centro, un pozo con un cubo de madera aún colgando de una cuerda, bailotea al ritmo del viento, provocando el chirrido de la polea que lo sujeta, dotando al lugar de un aura de desolación aún mayor.
Se acercan al pozo y miran dentro por pura curiosidad, no sin algo de cautela.
La oscuridad no deja ver nada. Roy coge una piedra y la lanza dentro; ésta les devuelve, en pocos segundos, el sonido del impacto contra el agua.
Se apoyan de espaldas en el borde del pozo y continúan contemplando las casas que dan a la plaza.
Carolina vuelve a mirar de soslayo a Roy, con más atención que la que le prestó la última vez, recordando la conversación con sus amigas.
Se pregunta qué habrían pensado ellas al verlo ahí, tan cerca.
Tiene una sonrisa agradable y transmite tranquilidad, bien parece que estuviera de paseo, en lugar de atrapado en este sueño.
Definitivamente es guapo. Carolina se sonroja al pensar esto y sacude la cabeza.
Nota que él también la mira por el rabillo del ojo.
Se pregunta qué pensará él de ella… después de la última vez.
Carolina recuerda su último encuentro y se siente avergonzada de nuevo.
Debía darle una explicación. Respira hondo para coger fuerzas y se lanza.
—Estas noches… —empieza a hablar con voz temblorosa, temiendo formular la pregunta que la carcome—. ¿No has vuelto a soñar conmigo por cómo fue la última vez?
Roy se vuelve a mirarla sorprendido, transmitiéndole con el gesto fruncido que no comprende su pregunta.
—Ya sabes, yo… bueno, no estuve muy agradable y después me marché sin más… aunque no sé ni cómo lo hice, la verdad. —Carolina se siente avergonzada, pero debe afrontar lo que ha hecho.
Roy se da cuenta de su apuro y le sobreviene una gran ternura.
—No, no. Nada que ver, no pienses eso, ¿vale?
No sé tú, pero yo no controlo con qué o quién sueño…
—Roy suelta una risita, imaginando lo genial que sería poder hacerlo—.
Si pudiera hacerlo creo que ahora mismo estaría en una playa paradisíaca, ¿entiendes?
, no en este pueblo… —Roy tuerce el gesto poniendo cara de asco, Carolina ríe.
—Te recuerdo que este era mi pueblo —ataja divertida.
—¿Qué? —Roy la mira avergonzado—. Joder, perdona. Es verdad que lo has dicho. Es que está un poco…
Carolina hace un mohín simulando estar ofendida, pero la sonrisa se le escapa y Roy se da cuenta de que está bromeando y sonríe también.
—Vale, después de haber insultado tu precioso pueblo, puedes creerme si te digo que no dejé de soñar contigo por nada de lo que ocurriera la última vez.
—Vale, entendido. —Carolina le sonríe aliviada—. Pensé que tal vez, como yo… tú no…
—A ver, fue «interesante». Pero no dejé de soñar contigo por eso, ¡ni mucho menos!
Roy gira la cabeza a un lado, haciéndose el distraído. «¿Quién querría dejar de soñar con una chica tan guapa y misteriosa?». Pero entonces recuerda algo en lo que no había caído.
—Bueno, ahora que lo pienso, puede que sí hiciera algo para no volver a soñar… en general; no por ti. Es que llevo unos días bastante moviditos… ¿sabes? La realidad ya está siendo bastante confusa últimamente y solo quería dormir diez horas del tirón sin pensar en nada, sin soñar con nada…
—¿Y qué hiciste? Para no soñar, digo… —Aquello le parece un poder increíble que ellos no poseían.
—Bueno, veras, mi amiga Marta tuvo una lesión hace unos meses y le mandaron un relajante muscular muy fuerte. Ella siempre decía: «¡Qué bien duermo con estas pastillas, no he dormido tan profundamente en mi vida!», y como le sobraron unas cuantas decidí probar… ¡Y vaya si funcionó!
Mira a Carolina, su cara denota que no le está entendiendo.
—Son unas medicinas, ¿entiendes? Unas medicinas muy fuertes que te mandan cuando tienes mucho dolor para poder dormir y descansar.
—Ah. —Carolina comprende, en su aldea también hay medicinas naturales, como las que les dieron a Always para que durmiera y se recuperara—. Pero tú no tenías dolor…
—No, bueno, digamos que las cogí prestadas…
—¿Las robaste? —ataja Carolina con desconfianza.
—Joder, ¡dicho así! —Roy ríe con fuerza y Carolina no entiende qué tiene aquello de gracioso—. A ver, fui a su botiquín y las cogí. Todo el mundo se automedica alguna vez…