Sueño esquivo #4
—Carol, escucha. Si Andrea tampoco entra en sus sueños está claro que el problema no eres tú. No hay nada que temer en contárselo a tu abuela, está de nuestra parte. Ella sabrá qué hacer…
Carolina finalmente asiente con la cabeza y tiene que admitir que en realidad es un buen plan.
—¿Y por qué yo? —suelta de pronto Andrea.
—Lo primero, porque eres la más extrovertida de las tres y sabrás cómo tratar con él. Lo segundo, porque es un chico y no queremos distracciones…
—En eso tienes razón… —tiene que admitir Andrea mirando a Sara y Vero.
—¡Oye! ¡Habla por ti! —se defiende Vero—. No tengo ningún tipo de interés en confraternizar con un humano. —Y remata sus palabras con una fingida arcada.
—¡Sí, si hablo por mí! —Las cuatro ríen—. Si viera a un chico guapo, digo, «normal» —rectifica Sara con un tonillo de jocosidad en la voz que provoca nuevas risas—. No podría concentrarme en que encontrara su ikigai … salvo que su ikigai fuera yo.
Las cuatro ríen a carcajada limpia, enjugándose las lágrimas y sujetándose la barriga.
—¡Ay, Sara! —exclama Vero cuando puede hablar—. ¡Qué ocurrencia!
—Lo peor es que es verdad —añade Andrea—. El pobre chico no tendría nada que hacer. Le lanzaría una de sus miradas, pondría morritos y… ¡atrapado para siempre!
Las cuatro vuelven a reír. Carolina se levanta y se echa un vaso de agua que bebe despacio mientras todas van recuperando el aliento.
—Ay, ¡qué risa! A ver, no me habéis dejado acabar, faltaba la tercera razón… —habla al fin Sara, cuando se ha recuperado—. Andrea es la única a la que dejarán dormir aquí con Carol; a mí, ni de broma, y a Vero…
—A mí también me dejaría mi madre —interrumpe Vero—. ¿No ves que ahora está a otras cosas…? —Vero tuerce el gesto—. Pero sí, Andrea es la mejor opción.
Se quedan unos minutos pensativas, hasta que Andrea se levanta de un salto.
—¡Pues venga! ¿A qué esperamos? Tengo que ir a casa y regresar, se va a hacer tardísimo… —Andrea resopla nerviosa.
Las demás se levantan también y se dirigen a la puerta.
—Andrea, ¿por qué no se lo digo yo a tus padres? —apunta Sara—. Así te ahorras el viaje. No creo que pongan pegas.
—Yo te acompaño, Sara —se ofrece Vero.
Andrea las mira, sopesando la propuesta.
—Sí. ¿Por qué no? —consiente al fin.
—Bien.
Las cuatro salen de la cabaña. Andrea y Carolina se despiden de Sara y Vero, que emprenden el camino de vuelta a la aldea.
Se quedan unos minutos en la puerta, viéndolas caminar en silencio hasta perderlas de vista.
Finalmente, vuelven dentro, cerrando la puerta tras ellas.
Sin hablar, cogen un colchón que estaba apoyado en una pared y lo colocan en el suelo.
Carolina observa el rostro tenso de Andrea y sabe por su silencio que está intranquila.
—Andrea, ¿estás bien? Si no quieres hacerlo puedes irte, no me importa.
Carolina, que no se cree sus propias palabras, suplica en su cabeza que su amiga no la deja sola.
—¿Bromeas? —exclama Andrea—. ¡No me lo pierdo por nada del mundo! —Y mientras habla, se quita los zapatos y se tumba en el colchón que acaba de preparar.
Carolina coge la flor y la pone en el suelo, entre los dos colchones, y se tumba también en el suyo. Ambas se quedan en silencio, tumbadas boca arriba, mirando el techo de madera sobre sus cabezas.
—Carol, ¿cómo sabré cuándo estoy en su sueño? Quiero decir, ¿y si sueño que estoy soñando con el humano y me creo que estoy en su sueño, pero en realidad solo es que estoy soñando yo, en mi propio sueño, con el humano…? No sé si me explico.
Andrea suelta una risilla nerviosa al darse cuenta del batiburrillo de palabras que acaba de salir de su boca. Espera un rato, pero como Carolina no contesta se vuelve a mirarla.
—¿Carol?
Lo que ve la hace erguirse, apoyándose sobre su codo.
Sentada, observa maravillada como una gran nube de lo que parece un polvo brillante, parecido a la purpurina, pero mucho más fino, como una neblina, se desprende de la flor dirigiéndose hacia el cuerpo de una Carolina a todas luces profundamente dormida.
La brillante nube la rodea, envolviéndola como una manta etérea.
Andrea sonríe mirando a su amiga, recordando sus miedos e inseguridades.
Era ella. El colibrí la eligió por algo y en ese instante se siente profundamente orgullosa.
Una inmensa calma la inunda al saber que cuando Carolina despierte podrá decirle que no hay nada malo en ella y que si no había soñado con el humano no era por algo que hubiera dicho o hecho.
Se queda un buen rato mirándola, sentada en el colchón y al fin, decide que ya no tiene ningún sentido que se quede en la cabaña, donde no va a dormir nada con semejante espectáculo de luces.
Procurando no hacer ruido, se levanta, busca papel y lápiz y le deja una nota a Carolina.
Sale cerrando despacio, se pone los zapatos y, antes de marcharse, mira por la ventana una última vez a su amiga, que sigue totalmente dormida.
Toma el camino de vuelta a la aldea, feliz de cómo han salido las cosas al final y deseando que llegue el día siguiente y Carolina les cuente todo.