Sueño esquivo #3
—Bueno, pues después de decirme lo de su abuela me dijo que estaba bien y que no tenía ningún miedo y… todo se volvió un poco tenso.
Carolina traga saliva y siente la mirada de asombro de sus amigas, que permanecen calladas. Carolina siente que un nuevo rubor sube a sus mejillas, pero uno distinto, uno venido de la vergüenza y la decepción por el fiasco de su interacción con el humano.
—Resulta que él no se enteraba de nada o hacía que no se enteraba de nada, no sé, pero no me ayudaba en mi misión. Es como si quisiera dejarme en ridículo o algo…
—¿Qué dices, Carol? —Andrea se apena por su amiga, al tiempo que maldice internamente al humano.
—¡Maldito humano! —exclama Sara, maldiciendo ella sí en voz alta.
—Bueno, tampoco lo sé —recula Carolina, que realmente no sintió que el chico lo hiciera a propósito.
Se da cuenta de que se está dejando llevar por un intento de justificar su comportamiento culpando al humano.
—No es que fuera impertinente o algo, era muy amable en realidad…
—¡Madre mía, Carol! A ver si te aclaras… —espeta Vero, confusa.
—Ya, ya… es que…
Carolina siente que una ola implacable de ansiedad la desborda por momentos.
Su corazón se acelera y una pesada losa le oprime el pecho.
El cansancio extremo de las cuatro noches baldías se cierne sobre ella derribándola, aplastando sus fuerzas para seguir fingiendo.
Con la fuerza de un torrente que escapa del dique roto, las palabras de Carolina salen de su boca sin control:
—Es que no entendía nada de lo que le decía.
No me ayudaba y yo estaba muy nerviosa y él no hacía más que preguntarme todo y yo no sabía si es que era tonto o se lo hacía para tomarme el pelo.
Y entonces yo solo quería irme de allí porque me estaba agobiando muchísimo y entonces y entonces, pasó lo que pasó…
Carolina dobla sus rodillas y, apoyando los brazos en ellas, oculta su cabeza, profundamente consternada.
Sus amigas se quedan atónitas ante semejante confesión.
Se miran unas a otras sin saber qué hacer o decir.
Finalmente, Andrea posa despacio una mano sobre el brazo de Carolina y, con tiento, le pregunta:
—Carol, ¿qué pasó?
Carolina levanta la cabeza de pronto y, con los ojos húmedos, exclama:
—¡Me fui, Andrea, me fui!
—¿Te fuiste? —Andrea no entiende lo que su amiga trata de decirle.
—¡Sí, me fui! —Carolina levanta la cabeza gesticulando con las manos muy alterada—.
Deseé con todas mis fuerzas despertar, lo repetí una y otra vez en voz alta y desperté.
Y ya no he vuelto a soñar con él. Desde la primera noche no he podido volver a sus sueños y creo que es porque no quiere que vuelva.
Y vengo todas las noches a la cabaña y me acuesto junto a su flor, pero nada, no aparece.
¡Lo he espantado, Andrea, lo he espantado!
¡Y no puedo contárselo a mi abuela porque no quiero decepcionarla, porque llevaba trece años sin ver una Flor de Ikigai y la he fastidiado!
Un colibrí trajo la flor hasta aquí por algún motivo y a lo mejor ya nunca lo sabremos porque fue a dejársela a la persona más torpe de la aldea.
Carolina empieza a llorar desconsolada y sus amigas se lanzan sobre ella y la abrazan, arropándola entre todas, las cuatro juntas, durante el tiempo que necesita para calmarse.
Carolina siente que la losa que oprimía su corazón se va desintegrando con ese abrazo y se reprende a sí misma por no haber hablado antes con sus amigas.
—A ver —empieza a hablar Andrea calmadamente—. No sabemos qué ha pasado, tal vez el humano lleva… ¿Cuántas noches has dicho? ¿Cuatro?
Carolina asiente con la cabeza. Andrea sigue reflexionando:
—Tal vez lleva cuatro noches sin dormir, por lo que sea, y no tiene nada que ver contigo.
—Sí, o puede que ya haya encontrado su ikigai —se aventura Vero—. Tal vez ya no te necesite.
Carolina señala la flor y, aunque agradece el esfuerzo de Vero por animarla, apunta lo obvio:
—La flor sigue parpadeando.
Vero mira la flor y asiente con la cabeza.
—¿Cuántas noches puede estar un humano sin dormir? —se pregunta en voz alta Sara.
—Ni idea, deberíamos preguntárselo a Margarita… —señala Andrea.
—¡No! —exclama Carolina—. No, por favor, no quiero contárselo…
—Vale, vale, tranquila. —Andrea le da unas palmaditas en el muslo.
—No creo que pueda estar muchas más noches sin dormir…
—continúa divagando Sara en voz alta, dándole vueltas al tema en su cabeza—.
Por lo que parece, los humanos son físicamente iguales a nosotros y, bueno, no sé cuánto tiempo se puede sobrevivir sin dormir, pero no creo que sean más de cinco o seis días… ¿no os parece?
Las tres miran a Sara pensativas, reflexionando ellas también sobre esa posibilidad, que suena bastante plausible. Al fin Carolina habla:
—¿Y si no es eso? ¿Y si no sueño con él porque él no quiere soñar conmigo?
¿Cuántas noches más vamos a dejar pasar hasta que su flor se apague?
Otra persona debería dormir con la flor…
—Carolina pronuncia, por fin, en voz alta, las palabras que purgaban por salir de su boca desde que soñara con el humano.
—Pero el colibrí te dejó a ti la flor… —señala Vero.
—¿Y qué? ¿Y si se equivocó?
—¿Equivocarse? ¿Cómo podría equivocarse? —ataja Sara incrédula—. No, eso no puede ser, tu abuela dijo que eran seres mágicos. ¿Cómo iba a equivocarse una criatura mágica en algo así?
Vuelven a guardar silencio, cada una inmersa en sus pensamientos.
Andrea trata de encontrar la mejor manera de convencer a Carolina para ir a hablar con su abuela y contarle todo.
Vero está convencida de que si el humano no sueña con Carolina es por algo que tiene que ver con él, no por el comportamiento de Carolina; algo de su mundo o su naturaleza que ellas no alcanzan a comprender.
En cuanto a Sara, su mente inquieta ya está trazando un plan…
—A ver, propongo algo —apunta al fin—. Como Carolina piensa que el humano no quiere dormir con ella, esta noche Andrea podría acompañarla y dormir las dos aquí, con la flor.
Las tres amigas se vuelven a escucharla atentas, encantadas con su innata forma de improvisar en las situaciones difíciles.
—Si la teoría de Carolina es cierta, entonces Andrea entrará en el sueño del humano y podrá ayudarlo y, si el humano sigue sin aparecer, entonces no nos quedará más remedio que hablar con tu abuela, Carol.
—¿Con mi abuela? —Carolina tuerce el gesto y niega con la cabeza.