El vuelo de un colibrí (Ikigai, el País de los Sueños 1) Sueño esquivo #2
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Sueño esquivo #2

—Pero hay otro tema que yo creo que es más importante y del que aún no hemos hablado.

Sara y Vero siguen el destino de su mirada y comprenden, sintiéndose mal al instante por haber pensado solo en ellas. Las dos clavan también su mirada en Carolina, que traga saliva.

—¡Madre mía! ¡Es verdad! —exclama Sara.

De un salto se levanta del colchón y coge de la mano a Carolina levantándola de la silla.

—Ven, ponte en medio. ¡Tienes mucho que contar!

Sara aparta la silla y se sienta en el suelo frente al colchón, mientras Vero y Andrea se separan para dejar sitio a Carolina, que se sienta entre las dos.

Todas se giran para mirarla de frente, expectantes, y entonces la ven.

Ven sus ojos hundidos y las bolsas bajo ellos, sus hombros caídos, su gesto demacrado y ese cansancio supurando por cada poro de su piel.

—Madre mía, Carol, no sé si te está sentando bien dormir con la flor… —apunta Sara con gesto preocupado.

—Sí, no tienes buen aspecto —confirma Vero.

Andrea observa a su amiga en silencio, sabe que algo le ocurre, lo sabe desde la primera noche en que le dio largas y luego no la buscó para contarle todo.

Un pesado arrepentimiento se posa en su pecho.

En todos estos días tenía que haber encontrado algún momento para buscarla y hablar con ella.

Había estado tan inmersa en el proyecto de la cabaña para el humano, tan contagiada de la emoción de participar en algo nuevo, que había descuidado a su amiga; ahora lo veía.

Carolina respira hondo y mira al suelo, incapaz de sostenerle la mirada a ninguna. Pasan unos segundos y, como Carolina no habla, las chicas empiezan a mirarse con preocupación, preguntándose qué habrá pasado.

—Carol, ¿qué pasa? —pregunta al fin Andrea, mientras pone una mano sobre la de Carolina—. ¿El humano no es como pensábamos? ¿No es como…?

Se detiene antes de acabar la frase, sabiendo que su percepción del único humano que conocen no es la misma que la que tienen sus amigas. Al fin añade:

—¿No es como Always?

—No. Bueno, sí… —Carolina menea la cabeza confusa—. Quiero decir que es así, como nosotras. Yo no he visto a Always, pero es una persona normal…

Al fin levanta la cabeza y mira a sus amigas, que esperan ansiosas su relato. Carolina se rinde:

—Es un chico normal, como nosotras.

—¡¿Un chico?! —exclaman las tres a la vez.

Era justo la reacción que Carolina esperaba.

—Sí, un chico —aclara paciente—. Puede que algo mayor que nosotras, pero no mucho.

Carolina se sumerge en sus recuerdos tratando de visualizar de nuevo la imagen de aquel joven alto y delgado, de pelo revoltoso, ojos negros como la noche y sonrisa encantadora…

Ante la estupefacción de sus tres amigas un rubor incontrolable aparece en sus mejillas junto a una sonrisa que a duras penas puede contener.

Baja la cabeza de inmediato. Mira al suelo y, sin que nadie lo perciba, clava levemente sus uñas en sus costillas, provocándose un tenue dolor que la rescate de ese estúpido estado en que el recuerdo del chico la sumerge.

Las tres amigas están un rato mirándola, analizando, no ya sus palabras, sino lo que su cuerpo lucha por no contar.

Tras unos minutos, las tres se miran con una sonrisilla pícara, diciéndose con la mirada lo que todas piensan.

—Emm… ¿Qué está pasando aquí? —interviene al fin Andrea, con un tono de jocosidad en su voz—. ¿Tienes algo que contarnos?

—Sí, Carol. ¡Cuenta, cuenta! —Vero se acerca más a ella, incapaz de quedarse quieta.

Carolina se recompone y, al fin, empieza a hablar, mostrando toda la indiferencia de la que es capaz en su tono y gestos.

—Bueno, no hay mucho que contar… Cuando me dormí desperté tumbada en los campos de flores…

—¿Cómo que en los campos de flores? —le interrumpe Andrea, contrariada.

—Sí, en los Campos de Flores de Ikigai…

Carolina levanta la mirada y su fingida indiferencia da paso a la emoción por el vívido recuerdo de haber visitado ese mágico lugar del que tanto les habían hablado cuando eran niñas.

Las tres amigas exclaman, olvidando por un momento la suspicacia desatada por la reacción de Carolina al mencionar su encuentro con un chico de su edad.

—¿En serio? —pregunta Vero emocionada.

—¡Sí! Son tan hermosos, chicas, mucho más de lo que habíamos imaginado…

—¡Vaya! —exclama Sara, simulando a duras penas la envidia que empieza a embargarla.

—Nunca pensé que fueran tan extensos… Allá dónde miraras había cientos de flores, hasta el horizonte.

¡Tan bonitas! Imaginad miles de estas. —Señala la flor sobre la mesa—.

Y a mi derecha, muy lejos, podía ver el bosque.

Supongo que sería nuestro bosque porque era igual, lleno de altos árboles que se extendían cubriéndolo todo hasta las montañas…

Sus amigas la observan calladas, extasiadas con el relato.

—Y todo era tan real, no parecía un sueño, se sentía igual que estamos aquí y ahora. Cuando se lo conté a mi abuela me dijo que siempre era así, que no se podía distinguir el sueño de la realidad…

—¡Jolin, Carol! ¡Qué envidia! —exclama Sara en un arrebato de franqueza.

—¡Sí, qué envidia! —refrenda Vero.

—¡Ah! ¡Y los colibrís! —añade Carolina, recordando—. También había cientos de colibrís. Se acercaban a las flores, revoloteando, ¡eran tan bonitos! Todo parecía tan mágico…

Carolina se queda callada con la mirada perdida, recreando en su mente el increíble paisaje que había visitado. Unos minutos después, pasado el momento de abstracción de todas, la voz de Andrea las saca de su ensimismamiento.

—Todo eso está muy bien, pero… el humano, ¿qué?

Carolina se tensa en medio segundo, traga saliva y trata de ordenar sus pensamientos.

Necesita concentrarse para contar lo vivido con calma, sin dejar entrever los nuevos sentimientos que afloran en ella cada vez que recuerda al joven y la desazón que la acompaña después, al revivir la abrupta forma en que había terminado su encuentro.

—¡Es verdad! ¡El humano! —exclama Sara, contagiada de nuevo por la curiosidad.

—¡Venga, Carol, nos tienes en ascuas! —añade Vero, al ver que Carolina no se decide a hablar.

—Bueno, pues estaba a mi espalda —empieza Carolina, despacio—. Me di la vuelta y nos saludamos. Él me dijo que su abuela había muerto y que era de aquí…

—¿Cómo que de aquí? —se extraña Andrea.

—De aquí, de Ikigai.

—¿Qué dices? ¿Su abuela? —inquiere Sara.

—No puede ser —añade Vero con incredulidad.

—Pues parece ser que sí puede ser. Le pregunté a mi abuela y me contó que cuando vivían en el pueblo, un ikigiano podía irse a vivir al mundo de los humanos o, al revés, un humano podía quedarse a vivir aquí…

Las tres amigas se quedan mudas, boca entreabierta, asimilando lo que acaban de escuchar.

—Eso es increíble… —habla al fin Andrea—. Quiero decir, que incluso podría haber un humano entre nosotras aquí y ni lo sabríamos. Y nosotros pensando que lo de Always era algo super raro… ¡Qué callado se lo tenían!

—Desde luego… —afirma Vero, con un deje de indignación en la voz.

—Ir al mundo humano y no regresar… ¡Qué fuerte! —exclama Sara a su vez, que en medio segundo visualiza todas las aventuras que podría vivir… si la dejaran.

A Vero el pensar en semejante mezcla de mundos, el no distinguir con claridad humano de ikigiano, empieza a producirle una gran inquietud.

Andrea se recompone de la noticia y vuelve al tema al que ansía llegar desde que Carolina ha empezado a hablar: cómo es un chico humano. Si se parecía un poco a Always pero con veinte años menos la cosa podía ponerse interesante para sus amigas heteros.

—Vale, ¿y qué más? ¿Cómo era el humano? ¡Cuenta de una vez!

—¿Cómo que «cómo era»? —murmura Carolina haciéndose la tonta, aunque sabe perfectamente a donde quiere llegar su amiga.

—Sí, cómo era.

—Carol, aquí lo que nos interesa es: ¿es guapo? —añade Sara, harta de tanto rodeo, y las tres amigas ríen, mientras una Carolina cohibida se esfuerza por reír también.

—A ver, no sé, normal —contesta Carolina mientras un rubor sube a sus mejillas de nuevo.

—¿Normal? ¿Eso qué significa? —inquiere Andrea.

—¡Sí, di algo más! —añade Sara, que tiene que reprimir las ganas de agarrar a Carolina por los hombros y obligarla a hablar.

—Pues normal, yo qué sé. Alto, pálido, pelo negro, ojos negros… No sé, un chico normal. ¡No sé qué queréis que os diga! —zanja Carolina, un poco molesta ante el tono jocoso de sus amigas.

—Vale, Carol, no te mosquees… —claudica Andrea, dando por terminado el cachondeo.

—Sí, no te enfades. Es que nunca hemos visto un chico humano… —añade Vero mientras le coge la mano a Carolina.

—¡Y algunas estaríamos encantadas! —clama Sara poniendo los ojos en blanco y lanzando un largo suspiro, que es recibido con un cojín volando hacia su cara, de manos de Andrea.

—¡Andrea! —se queja Sara.

—Te lo has buscado… —afirma Andrea—. Nada más que pensando en chicos, ¡con el tema tan serio que estamos tratando! —A Andrea se le escapa la risa mientras trata de simular seriedad.

—Me gustaría verte si en vez de un chico hubiera sido una chica… —replica Sara riendo.

—Una chica… —Andrea mira al techo suspirando—. ¡Ains!, eso estaría bien…

Las cuatro amigas ríen y Carolina logra recomponerse para poder seguir hablando con naturalidad, sabiendo que sus amigas dejarán por fin el tono sarcástico.

En realidad, aunque ellas piensen lo contrario y se imaginen no se sabe qué, no hay nada que contar.

Sí, era un chico guapo, aunque no dijera esa frase en voz alta bajo ningún concepto, pero ya está.

Tampoco es que ella se sintiera atraída por él ni nada de eso; es solo que se sonrojaba al recordarlo y una sonrisa boba le sobrevenía, pero eso no significaba nada, solo era por lo emocionante de todo lo que estaban viviendo…

Eso se repetía en su cabeza constantemente.

Cuando pasados unos minutos, las tres amigas se serenan, vuelven a mirar a Carolina expectantes, confiando en que continúe con su relato, obviando por fin el tema de si el chico es físicamente interesante o no. Carolina respira hondo y continúa.