Sueño esquivo
Sueño esquivo
—Tres días después—
Carolina camina despacio. Con los brazos se abraza su delgado cuerpo y mira al suelo cabizbaja, siguiendo con la vista sus propias pisadas.
Cada paso duele. Ya no se preocupa por cruzarse con nadie, ha aprendido a pasar desapercibida y se ha vuelto invisible.
Toda la aldea rezuma ilusión y vitalidad; su aura melancólica no tiene cabida en este nuevo escenario.
Alguien tuvo la magnífica idea de empezar a construirle una cabaña al humano y todos se han movilizado para ayudar.
Mientras andan atareados con el proyecto, se encargan de que él no sospeche nada y la ilusión por la sorpresa que va a recibir se palpa en los ánimos de todos.
Carolina no termina de entender tanta implicación por un desconocido cuyas intenciones puede que no sean quedarse en este agujero del mundo para siempre, pero a ella le ha venido de perlas la distracción; apenas le prestan atención y es justo lo que necesita.
Llega al río y empieza a remontarlo, como cada noche.
Mira las estrellas ahí arriba, únicas testigos de su baldía penitencia.
Cuatro noches han pasado desde que soñara con el humano.
Cuatro atardeceres en los que se ha dirigido a la cabaña solo para ver todas las horas nocturnas pasar infructuosamente.
La primera noche después de su estampida, iba decidida a hacerlo bien, a reparar el desaguisado de su primera intervención.
Había pasado todo el día preparándose, repasando las preguntas que iba a hacerle al humano, ensayando una dulce sonrisa en las cristalinas aguas de la fuente; esta vez no fallaría.
La conversación con su abuela había ido bien —no había sospechado nada—, y a Andrea la había convencido con un «ya te contaré, cuando tengamos más tiempo», que había recibido aliviada, atareada como andaba con el nuevo gran proyecto secreto.
A Sara y Vero ni siquiera las vio ese primer día.
Caminó hasta la cabaña, se acomodó en el colchón mirando la flor y esperó ese sueño anestesiante de la primera noche; pero éste nunca llegó.
Las horas pasaron, lentas y pesadas como una losa que la aplastaba en esa espera insoportable, con los ojos rojos de tanto mirar la flor.
El amanecer la alcanzó y supo que no tenía sentido seguir esperando; por alguna razón, esa noche, las puertas de los sueños del humano no se habían abierto.
En el camino de vuelta, mecida por el cansancio, una idea empezó a rondarle, como un mosquito travieso que tornó el agotamiento en una desazón cada vez mayor: el humano no había querido que volviera a entrar en sus sueños por cómo se marchó la primera vez.
Carolina revivió en medio segundo sus salidas de tono, sus malas contestaciones, su falta total de tacto o paciencia y su magistral final dejándolo con la palabra en la boca.
Su intervención no podía haber sido más nefasta.
Desde que tuvo esa certeza, la angustia la había acompañado todos los días, esos largos cuatro días con sus cuatro noches.
Apenas había cabeceado unas pocas horas durante todo ese tiempo, siempre mirando la flor, siempre esperando un reencuentro que no llegaba.
Había dejado de ensayar su sonrisa en las aguas del río, sus grises ojeras la desconcentraban de su propósito de mostrarse amable y complaciente.
Sabía que su abuela sospechaba algo; la había pillado observándola en silencio mientras desayunaba, con ese halo de preocupación mal disimulado.
Cada vez que le había preguntado por los sueños, Carolina respondía con evasivas o le daba largas y, después, se preguntaba qué significaría para su abuela que no le contara nada.
¿Sería habitual que un humano dejara de soñar por el mal comportamiento de un ikigiano?
A Carolina le dolía en el alma la posibilidad de haber fallado a su abuela, sobre todo después de la ilusión con la que había recibido todo aquello, pero sabía que más tarde o más temprano tendría que hablar con ella y enfrentarse a su decepción.
Solo estaba alargando la espera todo lo posible; «una noche más», se decía, y solo conseguía sumar otro nuevo fracaso en su empeño.
Carolina escucha las voces de sus amigas cuando ya está a pocos metros de la cabaña.
Como quien recorre los últimos metros camino al patíbulo, anda despacio, pesadamente, y se detiene unos segundos delante de la puerta antes de respirar hondo y entrar: Ha llegado el momento de desenmascararse delante de sus amigas, ya no puede eludir por más tiempo su encuentro en la cabaña para ponerse al día.
Las tres amigas están riendo y saludan a Carolina al verla entrar. Carolina les muestra una cesta de mimbre que deja sobre la mesa.
—Mi abuela me ha dado unos trozos de bizcocho…
Andrea se levanta de un salto sin dejar que termine de hablar.
—¡Genial! Hace tiempo que no me paso por tu casa…
Decidida, levanta el paño que cubre la cesta y coge el trozo más grande, entusiasmada. Las tres amigas la observan divertidas.
—¿Qué?
Las tres ríen, incluso Carolina, que por un momento olvida su pesar.
—¿No has pensado nunca en mudarte a casa de Carolina? —apunta Sara—. ¡Tendrías repostería casera todos los días!
—¡No, no! De eso nada… —ataja Carolina riendo, relajada al contagiarse del ambiente jovial que impregna la cabaña—. No me daría tiempo a probar nada.
—¡Oye! Yo no tengo la culpa de que comas como un pajarito… —Andrea la imita poniendo morritos, cogiendo con dos dedos una miga de bizcocho y llevándosela a la boca—. ¡Ay! ¡Qué llena estoy! —añade con una aguda voz.
Las cuatro amigas siguen riendo y cuando ya empiezan a calmarse, Andrea coge un segundo trozo de bizcocho, provocando una nueva risotada general que dura un buen rato. Cuando Andrea por fin da por calmado su apetito, se sienta en el colchón, junto a Sara y Vero, y comenta alegre:
—Ayer volví a ver al humano.
—¡Vaya novedad! Yo lo veo a todas horas —interviene Sara, a todas luces molesta.
Andrea la observa largamente y añade:
—No es verdad. —Sara se vuelve y la mira furiosa.
Andrea continúa hablando sin perder la calma.
—Se levanta temprano todos los días y se marcha, a veces sin desayunar. Se turnan para entretenerlo todo el día con algún trabajito y a la noche, cuando vuelve, cena y se encierra en su cuarto, no creo que lo veas mucho…
—¡Vaya! ¡Qué informada estás! —reprocha Sara con sarcasmo—. Y no es «su cuarto», por cierto.
—Tengo mis fuentes… —añade Andrea haciéndose la interesante.
—¡No flipes! Mi madre que es una cotilla, tú misma lo dijiste…
—Lo dijo Vero, pero vale…
—Eso es cierto —apostilla Vero.
—¡Quién sea! ¡Qué más da! Pero últimamente todo parece girar en torno al humano y su nueva casita… «Always esto, Always lo otro…» —Sara hace una mueca de burla con los labios.
—¡Y tanto! —añade Vero, resoplando, tan harta o más que su amiga.
Andrea observa a sus amigas callada. Iba a contarles que había coincidido con él en el huerto y que habían estado toda la mañana trabajando su padre, Always y ella, y había tenido ocasión de conocerlo un poco mejor.
Iba a decirles que le había parecido un hombre fuerte y trabajador, complaciente y amable.
Iba a contarles que tenía un gran sentido del humor y que había alucinado con lo bien que se llevaba con su padre, la conexión tan fuerte que habían alcanzado en tan poco tiempo.
Tal vez les habría comentado lo increíble de su forma física después de haber sido un despojo de puro hueso y piel tan solo unos días atrás.
Iba a contarles todo eso, pero se quedó callada, comprendiendo que su opinión no iba a ser bien recibida por sus amigas en estos momentos.
—Ayer mi padre le regaló una navaja; él mismo talló el mango de madera. ¿Podéis creerlo? —cuenta una Sara indignadísima.
—¿Y quién te crees que ha cosido las camisas nuevas que lleva? —añade Vero, apuntándose a la competición por ganar el puesto a la más molesta con la presencia del humano.
—Bueno, Vero, es que tu madre… —empieza a decir Sara.
—¡Lo sé, lo sé! ¡No hace falta que me lo digas! ¡Lo veo!
—¿Sabes que le llevó magdalenas?
—¿¡Qué!? ¿Mi madre?
—Como lo oyes, tu madre. Las dejó en la puerta de casa la mañana después de instalarse.
—¡No me lo puedo creer! ¡Si mi madre no ha hecho magdalenas en su vida! —Vero se pone roja de pura indignación.
—Pues no estaban mal, un poco secas, pero bien…
—No me lo puedo creer… —repite Vero susurrando mientras mueve la cabeza de un lado a otro.
—Bueno, no es oficial.
Vero levanta la cabeza y mira a su amiga intrigada.
—Quiero decir que las magdalenas estaban ahí, pero nadie confesó su autoría —aclara con sorna.
—¿Qué? —Vero se golpea la frente con la mano, roja esta vez por la vergüenza.
—Sí. Mi madre sabe que son de tu madre, pero está esperando que confiese… —Sara ríe con una risa maligna—. Eso, y lo otro…
Todas ríen menos Vero, cuyo tono de piel va tornándose a un rojo cada vez más intenso.
Las fulmina con la mirada y a duras penas logran contener la risa.
Carolina se da cuenta de que debe ser la única que aún no había visto a Always.
Hace memoria tratando de averiguar si es posible que se hubiera cruzado con él y no hubiera sido consciente de ello; la aldea era tan pequeña que era extraño no haberlo hecho ya.
Desde que tuvo con Sergio aquella extraña conversación sobre el origen del humano no había vuelto a pensar en ello.
Recordó a Sergio rodando por el suelo y señalando las aguas cristalinas del río.
¿Estaría ese Always engatusando a todo el pueblo?
¿Tendrían Sara y Vero razón al desconfiar de él?
Había estado tan inmersa con el tema de la flor que no había pensado en nada más que no fuera ese maldito sueño con el humano y su desastrosa intervención.
Andrea la mira y, cómo si le hubiera leído la mente, empieza a hablar sin apartarle la mirada:
—Bueno, chicas. Sé que el tema del humano os tiene bastante obsesionadas…
Sara y Vero murmuran algo, molestas.