Una carta sin entregar #4
Una punzada de nostalgia me asalta, me envuelvo en una toalla y salgo al dormitorio.
Camino hasta los amplios ventanales y salgo al balcón.
Veo a Verrat en el jardín; sentado a la mesa teclea algo en su ordenador.
Levanta la mirada, parece haber intuido mi presencia.
Doy un paso atrás y me pego a la pared; ahora no me apetece ver su sonrisa bobalicona y sus ojos de devoción infinita.
A veces lo aborrezco, me irrita su sola presencia, como ahora.
Le gritaría que no entiende nada, que su simpleza es tan patética como su abnegación por mí.
Sabe que lo utilizo y ahí continua, preguntándose si uso mi magia sobre él; no sabe que no me hace falta, solo mirarlo y ya no puede desprenderse de mí.
Lo irónico es que es un hombre muy atractivo.
Veo las miradas de las mujeres con las que nos cruzamos; noto su ridículo rubor si él las mira y sus risillas tontas.
Si supieran cómo es en la cama se inflarían rabiosas de pura envidia hasta reventar, sin entender que con ellas no sería igual…
Su único objetivo es proporcionarme placer y se emplea a ello con una infalible destreza.
Nunca me decepciona, ni una sola vez en trece años.
Sabe perfectamente lo que deseo, cuándo y cómo lo deseo.
Por eso sigue aquí, por eso y por esos malditos ojos negros, a pesar de esos malditos ojos negros…
A veces me concentro solo en ellos; olvido todo lo que les rodea, distorsiono su rostro en mi mente como si se hubiera perdido en una neblina inesperada y doy rienda suelta a mis recuerdos.
Entonces imagino otro rostro enmarcando esos ojos negros, el rostro al que renuncié amar, y nuestro encuentro se vuelve extrañamente dulce, lento, amoroso…
Sé que Verrat nota cuando estoy pensando en él; me transformo en otra mujer, una más cariñosa, menos urgente.
Esos días siempre termino abrazada a él, abrazada a otro hombre, con los ojos cerrados para seguir con él.
A veces me duermo así y, cuando al despertar veo a Verrat a mi lado, lo maldigo y me alejo de él asqueada.
Pero no es asco hacia él lo que siento, aunque él se tortura pensando que es así, es asco hacia mí misma, por haberme permitido sentir cosas que deben seguir enterradas…
Esta mañana siento el mismo asco hacia mí misma, por eso he necesitado una ducha y observar el regalo de mi cuerpo, un regalo al que no estoy dispuesta a renunciar, por nadie.
Pero estos sentimientos no han tenido nada que ver con Víctor, hoy no.
Hoy han nacido de un adolescente de dieciocho años al que nunca pensé que volvería a ver con vida.
Cuando, aturdido, abrió la puerta de su piso, no necesité preguntar por Roy.
El parecido con su padre era demoledor… Un tsunami de sentimientos me invadió y por un segundo viajé en el tiempo, treinta años atrás.
Un jovencísimo Víctor volvía a mirarme con su dulce y bello rostro, su cuerpo atlético, su piel blanca.
Aunque Víctor no era tan pálido, ni tampoco tenía ese pelo encrespado y seco; ese pelo es el de su abuelo, como esa manía suya por salir a correr.
Pero los ojos, esos ojos negros que decían más que las palabras…
Esos ojos negros eran los de Víctor y tuve que contenerme para no dar rienda suelta a las lágrimas.
Me recompuse y pude seguir con mi objetivo: averiguar cuánto sabía, cuánto recordaba, saber si había otra salida para Roy, si era posible una tregua, una solución menos radical, solo por ser él, solo por recordarme tanto a él.
El encuentro salió tal y como había pensado; confiaba en que Aurora lo hubiera mantenido alejado de su pasado, por su seguridad, y así fue.
«Bien hecho, Aurora, no esperaba menos de ti».
Agradecida a la mujer que años atrás amé como a una madre, la misma a la que acababa de arrebatar su último aliento, me despedí de Roy, esta vez sí, para siempre.
Pero entonces, en un segundo, Roy dio al traste con todo, pronunciando en voz alta ese estúpido sueño, sin saber que esas palabras despertarían a la fiera…
No podía permitir que descubriera sus orígenes; era un riesgo que no estaba dispuesta a correr.
Lo esperé durante un par de horas cerca de su piso, pensando en la mejor manera para hacerlo desaparecer y, entonces, lo vi salir, vestido con chándal.
Empezó a correr y un nuevo nostálgico recuerdo se clavó en mí.
Al observarlo de lejos casi pude ver a su abuelo: sus mismas zancadas, su mismo movimiento acompasado de brazos…
No podía creer que incluso hiciera, sin saberlo, el mismo recorrido: cruzando el puente y continuando hacia el norte, donde ahora estaba la presa.
Se detuvo allí. Parecía exhausto; había seguido un ritmo frenético, alimentado seguramente por los últimos acontecimientos.
Detuve el coche a pocos metros de él; era un buen lugar para acabar lo que debí haber solucionado trece años atrás: un simple empujón y la caída haría el resto…
Pero al verlo caminar hacia mí, volví a encontrarme con ese salvaje parecido con Víctor y, sin saber por qué, subí al coche y me alejé, incapaz de zanjar el asunto de una vez, inventando excusas para un nuevo aplazamiento.
¿Y si unas cuántas amenazas veladas fueran suficientes?
¿Y si bastara con desbaratar un poco la seguridad de su mundo?
Sí, eso puedo hacerlo. Lo último en lo que pensará será en embarcarse en una absurda aventura buscando un mundo imaginario.