El vuelo de un colibrí (Ikigai, el País de los Sueños 1) Una carta sin entregar #3
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Una carta sin entregar #3

Un coche pasa por delante mío, tiene los cristales oscuros.

Me pregunto qué hora será, no he traído nada, ni móvil, ni reloj, ni agua…

; últimamente no hago las cosas muy bien.

Por el rabillo del ojo veo que el coche se detiene en mitad de la presa, en un espacio reservado para apearse y apreciar las vistas.

Escucho la puerta abrirse, pero no le presto mucha atención, sigo tratando de recomponerme.

Creo que es hora de tomar el camino de vuelta; ya estoy más tranquilo: el chute de dopamina ha hecho su papel.

Empiezo a incorporarme cuando el viento me trae un olor familiar…

¿De qué me suena ese olor? Es un perfume…

«ese perfume». Me giro, miro hacia el coche que se había detenido y la incredulidad me hace parpadear varias veces: allí, a apenas doscientos metros de donde me encuentro, la veo.

Es ella, no tengo dudas a pesar de la distancia: ese largo pelo rubio, ese porte elegante…

Es la mujer del seguro. Me mira. ¡Maldita zorra!

¿Qué hace aquí? ¿Me está investigando? ¡Qué demonios se cree!

Levanto el brazo y con paso decidido me dirijo hacia ella.

—¡Eh! —grito, mientras siento que una rabia imparable empieza a crecer en mi interior… No eligió el mejor día para cabrearme.

Me mira fijamente; creo distinguir una sonrisa. «Hija de…» murmuro. Me mantiene la mirada mientras recorro el camino que nos separa. Cuando ya estoy a escasos metros de ella, abre el coche y entra en él con gracia y decisión a partes iguales.

—¡Eh, eh! —bramo enfurecido. Empiezo a correr, pero de nada sirve el sprint, solo llego a tiempo de que la gravilla levantada por las ruedas me golpeé la cara—. ¡Ahhhhhh! ¡Te voy a denunciar, zorra! ¡Que lo sepas!

No sé ni por qué he dicho eso. Siento una fuerte rabia en todo mi ser.

Me dejo caer al suelo, agotado. Meto la cabeza entre mis rodillas y empiezo a llorar.

Las lágrimas fluyen sin control; he abierto la caja de pandora y no puedo parar.

Es la primera vez que lloro desde la muerte de mi abuela, antes no había sido capaz y toda esa emoción contenida ha explotado al fin.

No sé cuánto tiempo pasa, al fin las lágrimas van espaciándose y vuelvo a estar en calma.

Un cansancio enorme se apodera de mí y una fuerte nostalgia.

Vuelvo a pensar en mi padre, en esa carta tan emotiva, ya no me escondo de ese recuerdo y busco sus palabras en los recovecos de mi memoria.

Era una hermosa carta, tan sentida y sincera.

Una punzada me recuerda que hice una pelota con ella, espero poder recuperarla, confío en que Marta y los demás no la hayan tirado…

no lo creo. Transmitía tanto amor en cada línea…

¿Por qué no me la enseñaste, abuela? ¿Por qué?

Ahora nunca lo sabré… Daría tanto por poder verte una sola vez, papá, una sola vez…

Fantaseo con la idea y trato de imaginar cómo sería.

El incendio se llevó todas las fotos y nunca supe ni qué aspecto tenía —ni él ni mi madre—, solo lo poco que mi abuela me contó, tan poco…

«Papá, dame fuerzas, donde quiera que estés».

Me levanto. Debe ser tarde; el sol empieza a estar cerca de la línea del horizonte.

Pienso en todo el camino recorrido y en las pocas fuerzas que me quedan y me dan ganas de echarme a llorar, esta vez de agotamiento.

«Vamos, Roy», y empiezo a caminar despacio.

Me tomaré el camino de vuelta con calma y todo lo demás también.

Seguiré el plan trazado: poner la casa a la venta, mudarme con Marta, Fran y Guille, seguir con los estudios y con el curro y olvidar todo lo demás.

No más elucubraciones, no más planear viajes absurdos…

Y si vuelve la zorra del seguro le daré con la puerta en las narices.

Con el piso de mi abuela me basta; no necesito más dinero, no a costa de ser acosado e investigado, me daré el gusto de echarla.

Sonrío, me encanta esa última idea. Me paso la mano por la cara aún con restos de piedrecillas y no puedo evitar reír al pensar en la reacción de mis amigos cuándo les cuente mi estúpida carrera.

Casi puedo escuchar sus burlas, pero en el fondo me encanta.

Ellos son ahora mi única familia y me siento tremendamente afortunado por ello.

Observo mi cuerpo desnudo en el espejo. Me gusta; es sensual, atractivo, y me recreo recorriéndolo despacio con la mirada.

Unos erguidos hombros dan paso a mis voluptuosos pechos, los acaricio.

Son hermosos, de un tamaño y forma perfectos.

Llego a mi barriga, lisa y fibrada, sin un gramo de grasa superflua, pongo mis manos en ella, recuerdo que contuvo una vida en su interior y me vuelve a maravillar su recuperación.

Bajo mis manos por mis caderas, sus sensuales curvas no dejan indiferente a nadie, y al fin llego a mis piernas, mi recordatorio constante de por qué estoy aquí, de por qué hago lo que hago, de por qué elegí este camino.

Son unas piernas fuertes, de formas gráciles y proporcionadas, poderosas, infalibles, no como antes… no como trece años atrás.