Una carta sin entregar #2
Sus amigos no contestan, están tan confundidos como él.
Hasta donde ellos saben, los padres de Roy vivían en la casa de sus abuelos, una casa grande de las afueras.
Una noche, un terrible incendio provocado por una chimenea mal apagada hizo que la mansión ardiera mientras todos dormían dentro.
Del horrible incidente, solo Roy y su abuela habían sobrevivido.
Sus padres y su abuelo habían perecido atrapados por las llamas…
Roy lucía una extensa cicatriz en su brazo derecho como recordatorio del terrible suceso.
Roy coge el sobre cerrado con su nombre, lo sostiene delante de su cara, observando las letras escritas en tinta negra con temblorosa caligrafía.
Lo pone de nuevo sobre la mesa, indeciso, y pasa un dedo por las letras…
Los latidos de su corazón resuenan en sus oídos.
Al fin, respira hondo y lo abre, leyendo para sí mismo esta vez:
«Querido Roy, me dirijo a ti en el momento más oscuro de mi vida, porque sé que esta noche puede que me despida de ti para siempre y eso me parte el corazón.
Eres cuánto un padre podría haber deseado.
Eres listo, muy listo, y divertido y bueno; Roy, sobre todo, bueno.
Tienes un corazón enorme y eso no puede hacerme sentir más orgulloso.
No sé cómo se despide un padre de su hijo, no sé hacerlo, confío en regresar y romper esta carta en mil pedazos para que nunca tengas que leerla y verte crecer y convertirte en la magnífica persona que sé que llegarás a ser, y decirte todo esto en persona, una y otra vez, cada día…
Pero no puedo ignorar que existe la posibilidad de que las cosas no salgan como espero…
Roy, te quiero, te quiero tanto que no puedo expresarlo con palabras.
Me has hecho la persona más feliz del mundo; todo cuánto he hecho en mi vida, los errores que haya podido cometer, nada importa desde el día en que llegaste a nosotros, con esos ojos negros como aceitunas y ese pelo de jabalí (un escalofrío recorre el cuerpo de Roy) .
Sé que me repito, pero es que no quiero que lo olvides.
Eres muy, muy especial, algún día descubrirás cuánto y tu luz iluminará a los demás.
Te quiero, hijo, siempre te querré, no lo olvides nunca. Tu padre, Víctor.»
Roy apoya la frente sobre sus manos consternado, incapaz de asimilar aún las palabras que acaba de leer.
Sus amigos esperan, sin saber qué hacer o decir.
De pronto, Roy se levanta, hace una pelota con la carta y la tira sobre la mesa antes de marchar a su habitación, cerrando la puerta de un golpe.
Marta recoge la carta y empieza a desdoblarla con mucho cuidado para no romperla.
Antes de terminar de hacerlo, Roy reaparece en el comedor; se ha puesto chándal y zapatillas.
—Cuando acabéis, cerrad ¿vale? —Y les lanza unas llaves que Guille atrapa en el aire.
Ya se dirige hacia la puerta cuando se vuelve:
—Lo siento, chicos. —La emoción apenas le deja hablar, estrangulándole la garganta sin tregua—. Necesito despejarme. Y se marcha, dejando a sus tres amigos desconcertados.
Mientras escuchan los pasos de Roy bajando las escaleras del edificio, Marta termina de desdoblar la carta.
La alisa lo mejor que puede con las manos sobre la mesa y, despacio, la lee.
Después se la pasa a Fran, que también la lee y, finalmente, a Guille.
Los tres se miran conmocionados, pero no dicen nada.
Guille se levanta y se sienta en el sofá, con la carta aún en las manos, pensativo.
A los pocos minutos, Marta y Fran le siguen y se sientan cada uno a un lado.
—¡Qué fuerte! —habla al fin Fran—. Nunca habría imaginado que la señora Aurora tuviera secretos…
—¿Verdad? —confirma Marta, asintiendo con la cabeza, con la mirada perdida—. Parecía una mujer tan… transparente.
—Pues parece que las apariencias engañan… —afirma Guille.
—¿Creéis que los padres de Roy realmente vivían con ellos? —inquiere Fran—. Porque entonces no entiendo esta carta…
—Yo tampoco. Además, hay algo tremendamente extraño…
—continúa Guille pensativo—. ¿Cómo ha llegado hasta aquí?
—Marta y Fran se vuelven a mirarlo intrigados—.
Aurora no conservaba nada de antes del incendio, siempre cuenta que escaparon en mitad de la noche, en pijama, atravesando las llamas.
Entonces ¿Cómo ha llegado esta carta hasta aquí? ¿La llevaba encima?
Marta y Fran se miran, no tienen ninguna respuesta lógica a esa pregunta.
—¿Sabéis qué? —anuncia Guille, levantándose de pronto—. Dadme un par de días.
Empieza a recoger sus cosas mientras habla y Marta lo mira con los brazos cruzados, enfadada al ver que se va.
—Me tengo que ir, Marta, es tarde, he quedado a comer con mis padres. —Mientras habla se pasa la mano por el pelo, en ese gesto suyo tan encantador que hace imposible enfadarse con él—. Pero dadme un par de días.
—¿Un par de días para qué? —se extraña Fran.
—Tío, soy periodista. ¿No lo recuerdas?
—Estás en segundo de carrera… —apunta Marta, mirándolo condescendiente.
—Los periodistas no necesitamos un título; el auténtico periodista nace, no se hace…
—Fran y Marta sueltan una carcajada, Guille los manda callar con la mano—.
Dejad que investigue; si hubo un incendio fijo que saldría en la prensa y en la noticia habrá muchos datos y explicaciones sobre la familia…
Ya sabéis, a la gente le encanta el morbo, cuánto más intimidades mejor.
—Fran y Marta fruncen el ceño, pero en el fondo saben que tiene razón—. Ya veréis, seguro que averiguo algo.
Ya casi ha llegado a la puerta, cuando se vuelve:
—¡Chicos, las figuritas no se envuelven solas! —Y ríe divertido cerrando la puerta, justo a tiempo de esquivar un cojín que vuela hacia su cara.
Fran y Marta se miran preguntándose cómo han acabado los dos solos en casa de Roy.
—¿Tienes hambre? —suelta Marta.
—¡Pues sí!
—Vamos, te invito a comer.
—No tienes dinero…
—Pues me invitas tú.
Marta da una colleja a Fran mientras se levanta. Fran suspira, se levanta y los dos cogen sus cosas. Dejan la carta de Roy sobre la mesa y, antes de cerrar, miran el caos que dejan atrás. Cierran deprisa antes de que el arrepentimiento les haga regresar a envolver odiosas figuritas.
Me ajusto la cuerda del pantalón una vez más.
Entre lo cerrado que tengo el estómago y mi creciente necesidad de salir a correr para mantener a raya mis emociones, estoy cada vez más delgado.
Hace media hora que he salido de casa y no soy capaz de bajar el ritmo…
noto las piernas temblorosas por el cansancio, la ropa empapada de sudor, los pies ardiendo bajo las zapatillas…
No puedo parar. Necesito correr hasta la extenuación para no pensar, al menos no más de lo necesario, porque mi mente no para.
Corro junto a la orilla del río, por la parte vieja de la ciudad, donde las fachadas de los edificios parecen haberse detenido en el tiempo.
Cruzo el puente, este horrendo puente tan moderno, y continúo río arriba, pero los recuerdos me persiguen; no consigo escapar de las palabras que rebotan en mi cabeza una y otra vez.
¿Por qué mi abuela nunca me dio esa carta?
No puedo entenderlo, habría sido tan reconfortante para un niño huérfano saber que su padre sentía eso hacia él…
Ahora ya de qué me sirve, ya he lidiado con la pena, ya no soy un niño desvalido.
¿Y ese peligro del que habla? ¿A qué se refiere?
Algo le pasaba a mi madre. ¿Por qué mi abuela no me lo contó?
Me siento desolado. Lo más seguro que tenía en mi vida, mi abuela, la que fue más madre que abuela, me había mentido descaradamente todos estos años.
¿Por qué? Todo lo que sé de mi pasado se ha diluido en un charco de mentiras y ya no sé qué es cierto y qué no.
¿Por qué mi padre me llevó a casa de mi abuela huyendo de un peligro?
¿Cuándo? ¿No se supone que todos vivíamos allí?
¿Fue antes de que viviéramos con ella? ¿Solucionó lo que fuera y olvidó destruir la carta?
Y entonces, ¿cómo sobrevivió la carta al incendio?
¿No salimos en mitad de la noche sin tiempo a coger nada?
¡Nada tiene sentido! Como un enjambre de avispas furiosas, me golpea el recuerdo de todas las veces que intenté hablar con mi abuela sobre el pasado, sobre esa supuesta vida feliz en una mansión de las afueras…
Ahora veo qué jamás me contó casi nada, ahora entiendo que sus respuestas esquivas y sus monosílabos no eran porque el dolor le impidiera hablar.
Ahora veo, cristalino como el agua, que nunca quiso hablarme del pasado porque podría desvelar los secretos que me ocultaba…
¿Cómo no indagué más? ¿Por qué no exigí respuestas cuando aún podía dármelas?
Siento que este pensamiento me aplasta como una losa cuyo peso tendré que soportar por el resto de mi vida.
No puedo pensar más en ello o enloqueceré.
¡Para de pensar ya, Roy! Intento con todas mis fuerzas volver a centrarme en mi respiración, solo en mi respiración…
y lo consigo, el cansancio implacable ayuda.
El pueblo quedó atrás hace rato. He continuado la carretera que sigue el cauce del río y estoy ya cerca de la presa que corona el valle.
La carretera la cruza. A un lado, la imponente caída de una pared de cemento de ochocientos metros, que se sumerge en el caudaloso río.
Al otro lado, el pantano artificial formado por la construcción de la presa, con esas aguas de color azul verdoso, que hacen imposible adivinar lo que se esconde en su fondo.
Siento un fuerte dolor en el pecho y me sobreviene un mareo.
Me detengo, pongo las manos sobre las rodillas y me siento con la espalda apoyada en el muro que da al pantano. Respiro hondo varias veces.