El vuelo de un colibrí (Ikigai, el País de los Sueños 1) Una carta sin entregar
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Una carta sin entregar

Una carta sin entregar

—Bueno, esto ya está.

Marta sale de la habitación de Aurora con una caja de cartón sellada con cinta de carrocero. En un lateral ha escrito con rotulador: «Ropa».

—¿Cómo vais por aquí?

—Estamos guardando todo lo de este mueble… ¡es un infierno!

Guille y Fran envuelven en papel de periódico incontables figuras de porcelana y otros adornos pasados de moda que decoran un gran mueble del comedor.

—No te quejes… ¿Sabes lo que es quitar el polvo ahí? —resopla Roy.

Está repasando decenas de papeles, fotos y documentos que campan esparcidos por toda la mesa. A Fran se le escapa la risa:

—¡No has quitado el polvo de aquí en tu vida!

—¿Cómo que no? —Roy lo mira haciéndose el ofendido—. ¿Quién crees que limpiaba la casa desde que mi abuela empezó a enfermar?

Ahora el que ríe es Guille:

—Ya te digo yo que este polvo no es de un día…

Los cuatro ríen, incluido Roy, que cada vez que hacía limpieza y veía todos esos adornos plantados como setas por toda superficie imaginable, dejaba esa tarea para otro día. Marta se pone a ayudar a Guille y Fran en la tediosa tarea.

—La verdad es que nunca he entendido esta afición de coleccionar figuritas… bastante horrendas, por cierto. —Marta sostiene una especie de dedal de porcelana, del tamaño de su mano, con lo que parece ser una falda de sevillana puesta. Lo envuelve rápido para dejar de verlo.

—Yo tampoco —coincide Guille—, se te va la vida pasando un paño aquí…

—Roy, ¿te puedo ayudar con eso? —Fran, que estaba acuclillado metiendo las figuras ya envueltas en una caja de cartón, se levanta y se sienta junto a Roy, deseando encontrar una excusa para librarse.

—No creo; aquí no hay mucha cosa salvo fotos, el papeleo de la casa y cientos de facturas y recibos… ¿Para qué guardaba mi abuela las facturas de todo?

Roy muestra una carpeta abierta y empieza a enumerar, mientras pasa páginas:

—Escritura, contrato de luz y agua, contrato de internet, factura de luz, factura de agua, otra factura y otra, y otra, y otra… ¡puff!

—¿Y esa caja? —Fran señala una caja de cartón del tamaño de una caja de zapatos, decorada con dibujos florales.

—¿Esa? Aún no la he revisado, creo que son recuerdos de mi abuela. He visto entradas de cine, teatro, algunos dibujos míos de pequeño… cosas así.

Marta deja lo que está haciendo y va a sentarse al lado de Fran.

—¡Eso quiero verlo!

Coge la caja y le quita la tapa decidida. Guille se da cuenta del mal disimulado escaqueo de sus amigos y, como no tiene intención de ser el único «pringado» guardando figuritas, se dirige él también a la mesa. Junto a la montaña de papeles que Roy revisa, ve un montón de cartas sin abrir.

—¿Y esto? Están sin abrir… —apunta Guille mientras las coge y empieza a ojearlas.

—Sí, lo sé —aclara Roy, sin levantar la vista de los papeles—. Se han acumulado estos días; mi abuela seguía recibiendo toda la correspondencia por vía postal…

—Ya veo, ya —confirma Guille, curioseando.

Voltea tres cartas prácticamente iguales, con el sello y el remite impreso de la residencia de Aurora. Al coger la última carta del montón, un detalle llama su atención: el remitente también es de la residencia, pero no tiene el sello ni las letras impresas, está escrito a mano.

—¿Y ésta? —Roy levanta la mirada—. Pone que es de la residencia, pero no es como las otras…

—¡Mira! —interrumpe Marta, mientras sostiene entusiasmada la foto de un pequeño Roy, de la mano de su abuela—. ¡Ohhh! ¡Qué mono!

—Sí, Roy ¿Qué te ha pasado? ¿En qué has quedado, tío? —apunta Fran quitándosela de las manos; todos ríen.

—Será de aguantaros… —Roy mueve la cabeza resoplando, después se vuelve a Guille, que continúa con la carta en las manos—. No sé, Guille, se quedarían sin sobres…

Guille se encoje de hombros y deja la carta en la mesa, sobre las otras. Se acerca a Fran y Marta que parecen divertirse bastante con lo que están encontrando.

—¡Mira esta! —exclama Fran con otra foto en la mano—. ¡Y esta!

Las fotos empiezan a cubrir el único espacio de mesa que queda libre. Después empiezan a sacar entradas de cine y teatro, con el nombre de alguna película antigua que no conocen, y algunos tiques de autobús a la capital…

—¿Creéis que iría con alguien? —sugiere Marta con picardía. Todos la miran sin entender—. A lo mejor tenía algún amigo especial…

—Ahhh… ¡Qué va! Nunca rehízo su vida. —A Roy se le antoja ridícula la insinuación… ¿su abuela?—. Las abuelas no hacen esas cosas…

—¿Perdona? —espeta Marta indignada—. ¿Y por qué no?

—Vale, vale… Tienes razón, lo retiro. Claro que pueden hacer esas cosas, pero mi abuela no.

—¡Sabrás tú! —protesta Marta, convencida de que es imposible que esa buena mujer hubiera estado tantos años sin ningún escarceo amoroso.

—Pues yo no digo nada, pero aquí hay una carta misteriosa… —anuncia Fran levantando en la mano un sobre amarillento y arrugado.

—¡Toma! ¡Ahí lo tienes! —Marta se la quita de las manos y la abre entusiasmada.

Dentro de la carta hay un folio doblado en cuatro y otro sobre cerrado con una única palabra escrita: «Roy».

Marta, Guille y Fran cruzan miradas contrariados. Marta comprueba lo que le había parecido a primera vista: la solapa del sobre interior está bien pegada… Nadie había abierto nunca esa carta dirigida a Roy. Los tres se miran de nuevo, Guille gira la cabeza señalando a Roy.

—¿Roy?

—¿Mmm? —Roy emite apenas un gemido. Con el ceño fruncido y masajeando su frente con una mano, escudriña el tedioso papeleo.

Sigue enfrascado rebuscando en los papeles de las carpetas, con la esperanza de encontrar alguna pista sobre el pueblo natal de su abuela.

La idea del viaje ha ido creciendo en su interior, sobre todo después del extraño sueño de esa noche, e incluso después de la amenaza de la misteriosa mujer que le ha visitado.

Sus palabras aún resuenan en su cabeza: «eso no es buena idea, te aconsejo que la abandones inmediatamente…

por tu bien». Pero en lugar de amedrentarlo, parecían haber ejercido en él el efecto contrario y convertido ese viaje en algo necesario, haciéndole sospechar que era algo más importante de lo que él mismo alcanzaba a comprender.

Sus amigos no le quitan la vista de encima, ajenos a sus divagaciones.

—¿Roy? —repite Marta, tendiéndole la carta.

Roy levanta la mirada al fin y ve que los tres le miran con expresión misteriosa.

No les ha contado nada del sueño ni de la visita y por un momento piensa que lo han descubierto, aunque no sabe cómo.

Desea que no sea así, no le apetece nada rememorar todo, ni tener que responder a sus preguntas o sentir sus miradas de incredulidad y compasión: «Pobre Roy, se imagina cosas…

». No hay sentimiento en el mundo que Roy odie más.

—Mira. —Marta continúa con el brazo tendiéndole la carta a Roy.

—¿Una carta? —«¿Eso es todo?», piensa—. Da igual, leedla, no será importante.

—No, Roy —insiste Marta—. Deberías leerla tú. Tiene tu nombre, parece muy antigua y está… sin abrir.

Roy deja los papeles y los mira. Los tres le observan mientras su mano alcanza la misteriosa carta que Marta le tiende.

—No pone nada.

—Dentro —indica Marta.

Roy abre la carta y saca el folio doblado y el sobre interior.

Le da la vuelta y ve su nombre escrito a mano.

Comprueba la solapa, igual que hiciera Marta, y confirma que no ha sido abierto, nunca.

Levanta la mirada y mira a sus amigos incrédulo, diciéndoles con la mirada: «¿Qué es esto?

». Con un gesto rápido, coge la hoja, la desdobla y empieza a leer en voz alta:

«Querida madre, te escribo estas palabras sin apenas tiempo, por lo que ruego me perdones si no me expreso con claridad.

Te ruego me perdones también por el tiempo transcurrido…

ya sabes que es complicado. Te envío a Roy con tu colibrí.

Confío en que él le llevará sano y salvo a vuestra casa.

Espero que papá se encuentre bien, dentro de las circunstancias…

Desearía tanto haberos visitado antes, ahora lo lamento profundamente y más después de lo ocurrido…

Como verás, Roy ya está hecho un hombrecito.

Es muy especial, no sabes cuánto… No debes traerlo de vuelta bajo ningún concepto, ni regresar vosotros.

Ha ocurrido algo terrible. El pueblo ahora mismo no es un lugar seguro.

La madre de Roy no está bien y yo debo quedarme y solucionarlo; sé que puedo hacerlo.

Intentaré venir por Roy lo antes posible…

Mientras te escribo he pensado que tal vez, solo tal vez, podría no regresar.

No quiero asustarte, madre, pero es una posibilidad y, si eso ocurriera, quiero que Roy sepa cuánto le amaban sus padres.

Sé que tú te encargarás de decírselo, pero quiero que lo lea de mi puño y letra.

Te envío otro sobre dirigido a él, sé que tú sabrás elegir el mejor momento para entregárselo.

Si ocurriera, madre, si no regreso, sé que le darás a Roy todo el amor que me diste a mí.

Te quiero mucho, mamá. Tu hijo, Víctor.»

Roy deja la carta sobre el montón de papeles que tiene delante y vuelve a leerla en silencio varias veces, mientras un sudor frío recorre su espalda.

Repite en su cabeza frases, intentando encontrarles un sentido que se le escapa: «te envío a Roy con tu colibrí», «ha ocurrido algo terrible», «la madre de Roy no está bien».

Un frío implacable se ha instaurado en todo su ser y sus manos temblorosas apenas pueden sostener la carta que, como un torbellino, ha revuelto lo que creía de su pasado en medio segundo.

Guille, Fran y Marta le observan en silencio, asimilando lo que acababan de escuchar, tratando, cómo él, de comprenderlo.

—No entiendo nada… ¿Qué cojones significa esto?