Campos de flores #6
—¡Abuela! —exclama, para sobresalto de Margarita—. ¿Y si fuera ella?
—¿Cómo?
—¿Y si la abuela del humano fuera tu amiga? ¿Te imaginas? Sería increíble… —Entonces recuerda algo y su emoción se disipa en medio segundo—. Aunque dijo que había fallecido… —murmura apenas.
—No, tranquila. No puede ser… —Margarita da unos golpecitos en el muslo a Carolina.
—¿Cómo lo sabes?
Margarita se queda callada y su gesto se vuelve serio de nuevo. Carolina comprende que su abuela baraja si contarle algo más o no. Hay algo en toda esa historia que su abuela le está ocultando.
—Supe de ella años después…
—Ah… —musita Carolina.
Por lo visto la historia no acababa con la despedida entre las dos amigas.
—Tuvo un hijo y un nieto… Pero los tres murieron.
—Oh…
Carolina no esperaba un final tan dramático. Ahora entiende las reticencias de su abuela con seguir hablando, era hurgar en una herida cerrada hace mucho tiempo atrás.
—Lo siento.
—No importa, cielo. Ya no importa.
Acaricia con su mano el pálido rostro de su nieta y, con una sonrisa forzada, se levanta de nuevo. Vuelve a coger las cestas del suelo y se dirige a la cocina, desde donde grita:
—¿Qué? ¿Vas a ayudarme o vas a seguir dándole vueltas al tema?
Carolina se levanta de un salto y, sin decir nada, va a ayudar a su abuela. Los quehaceres cotidianos la sacarán de sus pensamientos y dudas, aunque no puede quitarse de encima la sensación de que hay algo más que su abuela no le ha contado.
Soy una polilla. Me dirijo hacia la luz aún a sabiendas de mi perdición.
No creo que Always sea una luz destructora; no tiene aspecto de luz destructora.
No, su aspecto es muy diferente… Desde que se recuperó milagrosamente no me quito de la cabeza esos brazos fuertes, ese torso que se adivina musculoso bajo la camiseta…
¡Joder, ya estamos otra vez, ya está ahí esa sonrisa bobalicona!
No me reconozco y ya me han vuelto a ver…
—¡Hola! —saluda una vecina con excesiva efusividad.
—¿Qué tal? —Le sonrío nerviosa.
—¿A casa de Teresa?
—Sí, le llevo unas magdalenas… —Se las muestro.
Ni intenta disimular, dejó de escucharme en cuanto me vio con mi sonrisita de quinceañera. Se despide sin ocultar su gesto divertido.
Ya casi estoy en la puerta. No sé qué hago aquí, no debí haber venido; me estoy comportando como una cría.
Desde que esos ojos me miraron ya no soy la misma; tengo sueños extraños por la noche y me despierto inventando alguna excusa para acercarme al granero.
Lo observo desde lejos, simulando estar atareada con alguna cosa, y sé que él también me mira.
Lo he pillado, varias veces, entonces no puedo evitar sonreír y él también; le veo de reojo.
Anoche se trasladó a casa de Teresa y aquí estoy, con unas estúpidas magdalenas, incumpliendo mi promesa de olvidarme de él.
Toco la piedra que cuelga de mi cuello, la misma que toqué anoche jurándole al padre de Vero, allá donde esté, que volvería a mi vida antes de su llegada.
Pero ¿cómo hacerlo? Vivía anestesiada, dejando que la rutina me llevara como la marea, sin sentir nada desde que llegamos aquí, sin un motivo para vivir, ahora en cambio…
Soy una polilla. Me dirijo hacia un total desconocido sin red de seguridad, aferrada a su olvido, temiendo que una mañana sus recuerdos hayan regresado y no haya cabida en su vida para más miradas esquivas, más sonrisas…
Ya estoy frente a la puerta de Teresa. Escucho voces dentro, deben estar desayunando. Distingo la voz de Sara, de Teresa y de Jonás. A él no lo escucho. Sigo ahí, paralizada. Entonces oigo a Jonás:
—Buenos días, Always, ¿qué tal has dormido?
Y entro en pánico. ¿Qué estoy haciendo? Dejo la cesta con las magdalenas en el portal y me marcho corriendo por donde he venido.
Al girar una calle, me detengo. Miro atrás para asegurarme de que nadie ha sido testigo de mi tonta carrera.
Tomo aliento y, con la piedra del colgante de nuevo en mi mano, me juro a mí misma que esta vez sí, se acabó.
Mi mente busca rápido una salida. Decido visitar a Carmen; desde el incidente no he tenido lugar para hablar con ella.
Su hijo se llevó un buen susto y no le he preguntado cómo está.
Con el rincón de Teresa cerrado, tampoco hemos retomado nuestra rutina de desayunar juntas cada mañana.
Pienso en las magdalenas; esas magdalenas deberían haber sido para Carmen y su familia.
Me siento mal conmigo misma al darme cuenta de algo tan obvio.
Y la familia de Teresa y Always, ¿qué pensarán al abrir la puerta y encontrar la cesta con las magdalenas?
¡Qué vergüenza! Teresa sabrá que las he hecho yo; no es tonta.
Les diré que las dejé en la puerta para no molestar, entonces me dirán que por qué no he llamado y les diré que tenía prisa y dirán: «¿Prisa, en esta aldea donde nunca hay casi nada que hacer?
». ¡Grrrrrrr! Mejor no diré nada. Con paso decidido me dirijo a casa de Carmen. Se acabó, ahora sí que se acabó.