Campos de flores #5
El ruido de unos golpes la sacan de su ensoñación; alguien llama a la puerta.
Al instante sabe que se trata de Andrea: esos golpes aporreando la madera con ambos nudillos son inconfundibles.
Llama una vez más y, tras esperar unos minutos, se marcha.
Carolina respira hondo; a sus amigas también tendrá que explicarles su sueño.
Vuelve a cerrar los ojos, intentando regresar a sus recuerdos, pero en ese momento escucha la puerta abrirse; su abuela ya está en casa.
Es el momento de bajar y contarle lo vivido… hasta donde esté dispuesta a contarle.
Se levanta, respira hondo, se peina el largo cabello con los dedos y baja con sigilo, aunque el sonido de la madera crujiendo bajo sus pies de inmediato delata su presencia.
Su abuela sonríe al verla, una amplia y gozosa sonrisa.
Deja las cestas que lleva en las manos y abre los brazos para brindarle un sentido abrazo.
—¡Carol! ¡Has vuelto! —exclama mientras Carolina recibe gustosa su abrazo.
Se sueltan; Margarita mira con orgullo a su nieta, cogiendo su cara entre las manos. Carolina siente una punzada de remordimiento al recordar como acabó su aventura con el humano; su abuela no estaría tan orgullosa si lo supiera…
—¡Vamos, vamos! —Margarita la arrastra de la mano hacia el sofá—. ¡Cuéntame todo!
Ambas se sientan. Margarita mira fijamente a Carolina esperando el relato. Carolina, un poco cohibida, no sabe por dónde empezar.
—¿Y bien? ¿Cómo era? —asalta Margarita, al ver que su nieta no arranca.
—¿Cómo era?
—Sí, el humano. ¿Cómo era?
—Pues era… a ver… —Carolina se pone roja sin saber por qué, su abuela la mira extrañada—. Pues era un chico joven, puede que de mi edad.
—Ah, ¡qué bien! Seguro que así os entenderéis mejor… —apunta Margarita con entusiasmo.
—Ehh, sí, supongo…. —Carolina frunce el ceño recordando el nulo entendimiento que había habido entre los dos.
—¿Y dónde estabais?
Carolina sonríe.
—Pues no lo vas a creer, abuela… Estábamos en los Campos de Flores de Ikigai.
Margarita se lleva ambas manos a la boca invadida de emoción.
—¡No!
—¡Sí, abuela! —Carolina le coge las manos a su abuela, que no puede frenar unas lágrimas repentinamente surgidas—.
¡Y son tan hermosos! Nunca pensé que fueran así.
Tú tenías toda la razón… Los colores. ¡Cuántos colores!
¡Y los colibrís! ¡Había tantos! Eran tan bonitos, abuela…
Y todo parecía tan real, era como si estuviera allí de verdad, como si estuviera…
—Despierta —termina la frase su abuela mientras asiente con la cabeza—. Siempre es así.
Las dos callan, pensativas. Al fin, Margarita habla.
—¿Hablaste con él? ¿Te dijo algo?
Carolina vuelve a ponerse muy roja recordando la breve y extraña conversación.
—Emm, esto… No mucho.
Margarita nota que su nieta está incómoda con su pregunta y decide no presionarla. Aún recuerda lo confusa y desconcertante que fue su primera vez en el sueño de un humano.
—Bueno, cariño. No te preocupes —trata de tranquilizarla—. Esta noche saldrá mejor…
Carolina sonríe, agradecida por la comprensión de su abuela.
Margarita se levanta y va hacia las cestas que aún descansan en el suelo junto a la puerta, pero justo cuando está delante de ellas se da la vuelta de nuevo y mira a Carolina con gesto contrariado.
Se queda un rato mirándola, pensativa. Carolina cree por un momento que su abuela ha intuido que algo no fue bien.
¡Qué pensará cuando le diga que se había marchado sin más!
Pero no era en eso en lo que pensaba su abuela.
—Has dicho que estabais en los campos de flores… ¿estás segura?
—Sí, claro. Eran tal cual los describiste, no tengo dudas.
Margarita vuelve al sofá y se sienta junto a Carolina mascullando algo.
—¿Qué pasa?
—Pasa que no se puede soñar con un sitio que nunca se ha visto… —sentencia Margarita.
Carolina mira perpleja a su abuela.
—¿Qué quieres decir, abuela? ¿Que no es humano?
Carolina recuerda su aspecto tan corriente y piensa que aquello tiene todo el sentido.
—¡No, eso es imposible! Dormiste con su flor y apareciste en su sueño, claro que es humano, pero… debería haber visto los campos de flores para poder soñar con ellos.
Carolina recuerda entonces algo que había dicho el joven, nada más saludarla.
—«Mi abuela me ha traído aquí».
—¿Cómo?
—Eso dijo. «Mi abuela me ha traído aquí».
Carolina cierra los ojos tratando de recordar bien lo que el chico había dicho, con los nervios apenas le había prestado atención.
—¡Sí! Dijo que su abuela era de allí y que había muerto y que por eso ella le había llevado hasta allí… Algo así.
—¿Su abuela? Interesante…
Margarita se queda pensando, con la mirada perdida en algún punto frente a ella en el suelo.
—¿Es eso posible?
Margarita vuelve de su ensimismamiento.
—Esto… Bueno, supongo que sí —murmura Margarita, reflexionando—. Igual que tu reconociste los campos nada más verlos, aunque nunca habías estado allí, tal vez su abuela le habló tanto de ellos que su mente los recreó.
—Pero ¿acaso es posible que su abuela fuera de aquí…? —increpa Carolina, incrédula.
Margarita mira a su nieta con melancolía.
—Verás, hija, antes de que Ella nos echara y cerrara el paso, los viajes al mundo humano eran habituales, sobre todo por parte de los más jóvenes.
Margarita pone su mano sobre la de Carolina con pesar, consciente de todo lo que su nieta se estaba perdiendo.
—A veces, algún ikigiano decidía no regresar y se quedaba en el mundo de los humanos para siempre. O al revés, algún humano conocía nuestro mundo y se quedaba con nosotros.
—¿Qué? ¿En serio?
Carolina no puede creer lo que su abuela acaba de rebelarle.
—Sí. No era lo más habitual, pero a veces pasaba…
—¡Vaya!
—Mira, Carol, te contaré algo…
Margarita traga saliva y recompone sus pensamientos, intentando reavivar recuerdos tan lejanos que ahora le parecen de otra vida.
—Cuando tenía más o menos tu edad, tenía una gran amiga; éramos como hermanas, algo así como tú y Andrea.
Margarita respira hondo, le cuesta hablar por la emoción de los recuerdos. Carolina la escucha embelesada.
—Una primavera, planeamos un viaje al mundo humano.
Estuvimos semanas preparándolo todo, pero justo el día antes de partir me torcí un tobillo y no pude acompañarla.
Ella quiso anularlo, pero yo la convencí para que fuera sola.
Tenía tanta ilusión que no podía soportar que se quedara con las ganas por mi culpa.
Así que nos despedimos y el viaje que iba a durar unos días se transformó para ella en un largo viaje de un mes.
Yo estaba muy preocupada por ella, pero al regresar comprendí el motivo de su tardanza: se había enamorado.
Carolina exclama, contagiada de la emoción de la historia.
—Nada más llegar al mundo humano, había conocido a un joven estudiante de Medicina y se habían enamorado. Durante el mes que pasó allí no se separaron ni un solo día…
—¡Qué romántico!
—Sí. Solo volvió para despedirse. Se marchaba al mundo humano con él para siempre… y nunca más regresó.
—¡Vaya! Menuda historia… ¿La echaste de menos?
—Cada día… —afirma contundente Margarita, con un nudo en la garganta que casi le quiebra la voz—. Pero me reconfortaba saber que había encontrado el amor de su vida.
—Jolin… ¡Qué bonito! ¿Cómo no me lo has contado nunca?
Margarita sube los hombros por toda respuesta, pero al segundo, una sombra de arrepentimiento que no puede ocultar, cruza por su rostro…
Carolina intuye que su abuela tiene la sensación de haber hablado demasiado.
Piensa en zanjar la conversación en este punto, pero una idea brillante le viene a la mente.