Campos de flores #4
—No —ataja firme Sergio, mirando a los ojos a Carolina.
—¿Cómo que no?
Y de pronto, Sergio hace algo totalmente inesperado.
Se sienta en el suelo, a la orilla del río, se tumba y empieza a rodar como un tronco caído llevado al aserradero.
Carolina no puede creer la ocurrencia del niño y, tapándose la boca, apenas puede contener la risa.
Sergio se levanta del suelo y da un par de vueltas delante de Carolina: salvo alguna hojita y un poco de arena el chico luce impoluto.
—¿Ves?
—Bueno… —Carolina no sabe qué decir—. Puede que…
Sergio empieza a negar con la cabeza antes de que Carolina pueda hablar.
—El humano estaba lleno de caca verde, era asqueroso… —Sergio hace un gesto de vomitar.
—¿Caca?
—Caca verde y apestosa…
Esta vez Carolina no puede aguantar la risa y Sergio tuerce el gesto.
—Vale, a ver… Seguro que hay una explicación. ¿Qué tal si se lo preguntas cuando lo veas?
—¿Yo? ¡Estás loca! —Sergio hace aspavientos negando con las manos.
—¿Por qué no? Me han contado que parece un buen tipo…
—¡Ni de broma!
Sergio se da la vuelta y, dando por terminada la conversación, vuelve a su canturreo distraído.
Carolina niega con la cabeza y regresa también a sus pensamientos, recordando el sueño vivido hace solo unos pocos minutos…
ese sueño tan absolutamente real. ¿Sería siempre así?
Eso también tenía que preguntárselo a su abuela.
Carolina siente que navega por sentimientos encontrados.
Por un lado, está deseando llegar a casa y encontrar respuestas.
Por otro lado, hay cosas que no quiere compartir con su abuela y, no solo su estampida, tampoco le apetece revelar que el humano era un chico de su edad, con unos ojos enigmáticos y una sonrisa increíble…
—Cualquier cosa que necesites no tienes más que decirlo, ¿vale?
—Gracias, Teresa.
Always acaba de instalarse en la casa de Jonás y Teresa. Ya han pasado tres días desde que el pequeño Sergio lo encontrara medio muerto en el río y su memoria sigue sin despertar.
—Y, por favor, como si estuvieras en tu casa. Ya sabes dónde está todo; no tienes que pedir permiso para moverte por casa.
—Gracias, de verdad, sois muy amables. Yo… siento haber irrumpido así en vuestras vidas. Tan pronto como esté recuperado os dejaré tranquilos… —Always baja la mirada.
Realmente no sabe si algún día recuperará la memoria y, si no llega a hacerlo, no tendrá un lugar al que regresar o una vida que retomar.
Teresa, que ya iba a salir de la habitación, ve su pesar y se da la vuelta.
Se sienta a su lado en la cama y coge su mano entre las suyas, con esa inédita familiaridad con la que se tratan, como si esos tres días en la aldea hubieran bastado para crear un vínculo que en circunstancias normales habría requerido años de relación alcanzar.
—No hay prisa, Always, de verdad, no eres ninguna molestia, todo lo contrario… ¿Sabes lo aburridos que estábamos hasta que llegaste?
Always ríe conmovido con el esfuerzo de Teresa por hacerle sentir mejor. La mira a los ojos, que irradiaban sincero afecto.
—Además, la verdad es que ya era hora de darle uso a esta habitación…
Teresa se calla. Always nota que una vieja herida ha venido a su memoria; la alegre Teresa que ha conocido estos días le muestra otra cara, la de una mujer cargando un profundo y antiguo pesar.
Separa las manos y se levanta, callada, tratando de recomponerse.
Camina hacia la puerta y, cuando ya parece que va a salir, se vuelve y, despacio, presa de un valor inesperado, empieza a hablar:
—Ésta debería haber sido la habitación de mi hijo. Solo tenía quince años cuando murió…
Teresa traga saliva para no dejar salir las lágrimas. El solo hecho de pronunciar esa realidad en voz alta es demoledor para ella. Después, continúa hablando, sin mirar a Always, a sabiendas de que, si se detiene, la profunda emoción que siente no la dejará continuar.
—Nunca ha vivido aquí, en la aldea. No sobrevivió. Pero no podía hacer una casa y no hacerle una habitación. Jonás nunca estuvo de acuerdo, pero es mi hijo, ¿entiendes? Aunque ya no esté, sigue siendo mi hijo y mi casa debía tener un espacio reservado para él…
Teresa continúa mirando al suelo, abatida por la revelación que acababa de compartir.
Always se levanta y se acerca a ella. La mira sin saber qué decir, contagiado por la emoción al comprender, ahora, lo que ha supuesto para ella dejar que se instale en esa habitación.
Sin pensarlo, siguiendo un impulso, se acerca a ella y le da un sentido abrazo que Teresa recibe sin reparos.
Incapaz ya de retener las lágrimas, se apoya en su pecho y se deja consolar por ese hombre que apenas conoce.
Están así unos minutos, ninguno de los dos parece estar incómodo, hasta que Teresa se recompone.
Coge las manos de Always y, con un sincero «gracias», se marcha.
Always se queda pensativo escuchando los pasos de Teresa escaleras abajo, impresionado al comprender el infinito dolor que esa mujer soporta, enmascarado con su sonrisa perenne y su apariencia alegre y desenfadada.
Cierra la puerta y, dándose la vuelta, se apoya en ella mirando la habitación que tiene delante.
La cama está repleta de todas las cosas que le han prestado: ropa, enseres de aseo personal, algún libro…
Vuelve a conmoverse por tanta generosidad.
Es una amplia y hermosa habitación… impregnada ahora por una triste historia.
Se dirige a la ventana y se asoma. Ve salir a Teresa de la casa, ya atareada con algún nuevo quehacer.
Se toca los brazos; aún puede sentir en ellos el calor de ese abrazo tan espontáneo, tan naturalmente dado y recibido, con una familiaridad inesperada.
Always no tuvo prisa en separarse y no sintió que ella la tuviera tampoco.
Mira el cielo, pensativo, una certeza se está instaurando en su conciencia: él es de aquí.
Laobán lo tuvo claro y ahora él también.
Su cerebro podría no recordar, pero su cuerpo no miente.
Cuando vio así a Teresa no pensó nada, solo se levantó y fue a abrazarla, sin pedir permiso —ninguno lo necesitaba—, y supo que ella también lo sintió así, tan natural como respirar.
Pero no era la primera vez que esa sensación de estar en casa lo había invadido.
Lo sintió la primera vez que estrechó la mano a Jonás y cuando los fuertes brazos de Diego le ayudaron a levantarse por primera vez de su camastro de paja.
Lo sentía cada vez que hablaba con la mujer de Diego, Carmen, y por supuesto, lo sentía cada vez que hablaba con Teresa. También cuando habló con Nerea…
Una emoción distinta recorre su cuerpo. Lo único que recuerda del día que lo encontraron en el río son sus ojos, esos ojos ámbar que le obsesionan desde entonces…
Desde la noche que le llevó la cena ha tratado de evitarla, pero el recuerdo de su imagen lo asalta cuando menos lo espera: en sueños, cuando mira al cielo en busca de respuestas, al creer ver su silueta en otra mujer…
Ese pelo color fuego, esos andares, esa sonrisa…
En un segundo su cuerpo se ve arrastrado sin remedio a un huracán de sentimientos a los que no quiere dar rienda suelta.
No puede, no debe. El miedo lo tiene paralizado, el miedo de no saber quién es, en realidad, Always, ese hombre que vino del bosque, de una laguna mágica que le hizo olvidar todo y ser olvidado por todos; un hombre cuya familia, si la tiene, no sabe de su existencia; un hombre que bien podría ser un traidor…
Cuando Carolina llega a casa, su abuela no está.
Debe haber ido a hacer algún recado, cosa que agradece.
Necesita procesar todo lo vivido antes de hablar con ella.
Sube las escaleras en dos zancadas y se encierra en su habitación.
Se tira en la cama boca arriba, mirando al techo, y cierra los ojos para tratar de revivir segundo a segundo su sueño.
Recuerda haber aparecido tumbada entre flores.
Al principio, permaneció un rato con los ojos cerrados.
Un intenso olor a polen la envolvía y escuchaba el zumbido de abejorros cerca de donde estaba.
También había pájaros, podía oír el trinar de varios de ellos revoloteando a su alrededor.
Al fin, abrió los ojos y se encontró rodeada de altos tallos de flores.
Se puso de pie, miró a su alrededor y, al segundo, supo dónde estaba: los Campos de Flores de Ikigai.
El espectáculo era abrumador. Jamás habría imaginado que eran tan hermosos y una emoción la invadió al pensar en su abuela, sintiéndose más cerca de ella que nunca.
¡Cuántas veces le había hablado de esos campos quebrándosele la voz por la emoción!
Ahora esa emoción cobraba todo el sentido.
Separó los brazos de su cuerpo y tocó las flores con sus dedos, mientras su pelo se mecía por una suave brisa, hasta que el crujido sutil de una ramita la sacó de sus pensamientos y la hizo recordar que había ido allí en busca de alguien: un humano sin propósito.
Se volvió despacio y lo vio: el primer humano que veía en su vida.
Lo observó intrigada. Él también la observaba.
No era para nada cómo lo había imaginado.
Delante de ella un chico joven, probablemente de su misma edad, la miraba con curiosidad.
Tenía el pelo negro y encrespado y unos ojos también negros, como dos aceitunas.
Entonces le sonrió; una hermosa sonrisa que sin saber por qué le devolvió, como si fuera lo más natural del mundo.
Tuvo que hacer un gran esfuerzo por centrarse y recordar que estaba en un sueño, todo parecía tan real: los olores, los sonidos, el paisaje, y aquel joven mirándola con curiosidad…