Campos de flores #3
Se queda callada, escudriñándolo de nuevo, pensativa. Roy siente que trata de averiguar si ha dicho la verdad; cada vez está más harto. Entonces recoge los papeles, los guarda en la carpeta y se levanta. Roy hace lo mismo.
—Muy bien, Roy, no tengo más preguntas.
Le tiende una mano que Roy estrecha y le sonríe; una sonrisa que a Roy se le antoja conciliadora, después de la extraña tensión que se había generado. La mujer al fin camina hacia la puerta. Roy la abre y cuando ya se dispone a salir se vuelve:
—Por curiosidad, ¿qué piensa hacer con el dinero?
Roy la observa antes de responder. De nuevo constata lo hermosa que es, con esa seguridad desbordante que desarma cualquier defensa.
Siente que tal vez la ha juzgado con demasiada dureza, puede que solo intente hacer bien su trabajo; a saber con cuántos energúmenos lidiará a diario, farsantes inventando tretas para conseguir un dinero fácil.
Decide darle una respuesta sincera, para limar la incomodidad reinante.
Piensa unos minutos, hay mucho que se puede hacer con ese dinero y no ha tenido la oportunidad de reflexionar sobre ello: un viaje, un coche, la entrada para un piso nuevo…
De pronto, le viene a la mente una idea inesperada…
—Creo que invertiré una parte en hacer un viaje —habla al fin, más para sí mismo que para ella—. Me gustaría visitar los campos que vieron crecer a mi abuela, averiguaré de dónde era… Creo que nada me gustaría más ahora mismo.
Para desconcierto de Roy, el rostro de la mujer cambia en un segundo, cómo si hubiera escuchado la mayor de las aberraciones.
Su gesto altivo pero sereno da paso a una ira inesperada cuyo origen Roy no alcanza a comprender.
Se acerca a él hasta estar demasiado cerca, a escasos centímetros de su cara.
Su perfume lo marea, el brillo de sus ojos le paraliza, y se siente tan intimidado como un niño descubierto en la peor de las travesuras.
—Roy… —le habla muy despacio, subrayando las sílabas.
Roy puede sentir su aliento, y un eco perturbador en su voz, que le trasmite un miedo visceral que no puede controlar. Con solo pronunciar su nombre ha conseguido paralizarlo.
—Creo que eso no es buena idea —continúa—. Te aconsejo que la abandones inmediatamente… por tu bien.
Le sostiene la mirada unos minutos eternos, hasta que se da la vuelta y empieza a bajar las escaleras, con sus tacones retumbando fuerte en el suelo de terrazo.
Roy toma aire; ha contenido la respiración sin darse cuenta.
Entra y cierra tras él. Se apoya en la puerta.
«¿Qué demonios acababa de pasar?». Esa mujer le había provocado auténtico terror en un segundo.
Siente un escalofrío recordando su mirada eléctrica, sus palabras cargadas de un odio profundo.
«Joder». Roy camina hasta el sofá y se deja caer, todo ha sido demasiado raro…
Entonces empieza a dudar de toda la historia de la indemnización.
Cae en la cuenta de que no le ha dejado ninguna documentación, ni tampoco le ha pedido ninguna.
No ha firmado nada, ¿hay que firmar algo en una situación así?
Trata de recordar el logo que había visto en las páginas que llevaba… ¡Qué va! Imposible visualizarlo…
Se levanta de nuevo y da otra vuelta a la llave.
Mira la hora: enseguida llegarán sus amigos; habían quedado para ayudarle a organizar las cosas de su abuela.
«Puff, qué ganas tenía de que pasara ya el tiempo y retomar la normalidad…
Las clases, el curro…, ¿ese viaje?». Decide pegarse una ducha de agua bien fría para despejarse, aclarar las ideas y, de paso, desprenderse de ese miedo absurdo que se había instaurado en cada poro de su piel.
Cuando, media hora más tarde, vienen sus amigos, no les cuenta nada de su extraño sueño ni de su aún más extraña visita; bastante pendientes están ya de él como para darles más motivos para preocuparse.
Carolina abre los ojos sobresaltada y tarda unos segundos en comprender dónde está: de vuelta en la cabaña.
Mira a su lado: ahí está la flor iluminada por un rayo de sol que entra por la ventana.
¿De verdad ha sido solo un sueño? Todo era tan real…
Aún puede sentir en su piel el roce suave del viento y en su recuerdo perdura el sonido de los pájaros y el olor a polen impregnándolo todo.
Y él, ese chico, mirándola con esos ojos tan negros…
Menea la cabeza molesta, tratando de apartar su recuerdo, y se levanta de un salto.
Mira afuera; ya hace bastante que ha amanecido, debe ser media mañana.
¿Cómo había dormido tanto? El sueño había sido tan corto…
el sueño. Una punzada de desasosiego la atraviesa, vuelve a mirar la flor.
La recoge del suelo y la pone sobre la mesa.
¡Qué desastre! ¿Cómo podía haber ido tan mal?
Se marchó sin decirle nada. No solo no le ayudó, sino que tampoco supo cuál era su problema.
Una idea le atraviesa como un puñal: ¿y si el colibrí se equivocó?
Es probable que la confundiera con otra persona y ahora el mal ya estaba hecho…
Este pensamiento la sobrepasa. Se viste y sale, necesita aire fresco.
Mira la flor una última vez y, suspirando, cierra la puerta.
Se acerca al río y se agacha para lavarse la cara.
El agua está helada, pero es reconfortante.
Mira la cascada, extasiada por el fuerte sonido del agua cayendo imparable.
Se maravilla al pensar que allí mismo, en algún lugar de la roca detrás del torrente de agua, un portal comunica con otro mundo lejano, un mundo donde un chico de ojos negrísimos la miraba con esa sonrisa…
Carolina sonríe. ¿Qué me pasa? Vuelve a sonreír sin poder evitarlo y sacude la cabeza.
Nunca ha visto un chico humano y no lo imaginaba así.
En realidad, nunca ha visto a ningún humano, ni siquiera al que había aparecido hacía un par de días…
Recuerda las palabras de Andrea. «Está bien», había dicho, y todas habían reído, aunque Carolina no la había creído…
hasta hoy. Ese chico con ese pelo encrespado también «estaba bien».
Carolina ríe con su propia ocurrencia, pero pronto la preocupación vuelve a invadirla.
Había sido todo tan raro; no se habían entendido y ella…
ella había huido. Se echa las manos a la cabeza, ni siquiera sabía que podía hacerlo, huir así, sin más.
¿Y por qué estaban en los campos de flores?
¿No debían haber soñado con el mundo humano?
El chico decía que eran los campos de su abuela…
¡pero eso no tenía sentido! Debía contarle todo a su abuela, todo menos lo de su «huida», no, eso no.
Volvería a dormir con la flor y lo arreglaría.
Un ruido saca a Carolina de sus divagaciones. Mira atrás y ve a la persona que menos esperaría encontrar allí, tan lejos de la aldea.
—¿Sergio?
Carolina se levanta y camina hacia donde está el hermano pequeño de Andrea, que trata de darse la vuelta y escabullirse, al verse descubierto.
—Sergio, te he visto, ¡para! —le grita, y el pequeño se detiene sin darse la vuelta—. ¿No habrás venido hasta aquí tú solo?
Carolina camina hasta llegar a su lado y le pone la mano en el hombro para que se dé la vuelta. Sergio se vuelve despacio, con la cara roja y mirando al suelo avergonzado.
—Has venido solo. ¡No puedo creerlo! Después de lo que pasó…
—No se lo digas a nadie, ¡por favor! —suplica el pequeño levantando la cabeza, con los ojos acuosos a punto de dejar correr las lágrimas—. Es que no es justo, ya soy mayor para poder venir aquí solo, no me dejan hacer nunca nada, ¡no es justo!
Carolina siente una inmensa compasión por Sergio. Es cierto que le sometían a una tremenda sobreprotección, pero nunca lo reconocería en voz alta.
—A ver, Sergio. —Carolina se acuclilla para ponerse a su altura—. Tus padres solo quieren que no te pase nada. Tienes que hacerles caso.
—Vale, vale, lo haré… Pero no se lo digas, por favor, solo por esta vez….
Carolina no puede negarse a esos ojitos suplicantes.
—Está bien… —claudica al fin y, antes de terminar la frase, Sergio se lanza sobre ella y le da un tremendo abrazo, que Carolina recibe sorprendida.
Cuando, pasados unos minutos, se separa de ella y la mira con la mayor de las sonrisas, Carolina continúa:
—Vale, volvamos a casa y que no vuelva a repetirse. Si alguien nos ve al volver, diremos que vinimos juntos, ¿está bien?
Sergio coge la mano de Carolina y ambos empiezan a caminar por la orilla río abajo.
—¡Qué buena eres, Carol!
Carolina sonríe, definitivamente se le dan mejor los niños que los adolescentes… Cuando han pasado la parte más empinada, Sergio suelta su mano y continúa caminando, a poca distancia de Carolina, mientras canturrea distraído.
—Sergio…
—¿Sí?
—¿Y qué hacías tan lejos? Casi habías llegado a la cascada…
Sergio para de cantar y se pone muy serio. Deja de caminar y Carolina llega hasta su lado.
—¿Qué pasa, Sergio?
El niño mira a Carolina dudando si hablar.
—A mí me lo puedes contar, sé me da muy bien guardar secretos. —Carolina hace el gesto con los dedos de una cremallera cerrando su boca; Sergio sonríe.
—Es por el humano…
—¿Qué pasa con el humano? —Carolina se agacha de nuevo para estar a su altura, muy intrigada.
—Es que todos dicen que vino de la cascada…
—¿Y querías verla?
El pequeño niega con la cabeza y apenas susurra:
—Y es mentira.
Carolina no sabe si ha escuchado bien.
—¿Cómo?
—Que es mentira —repite Sergio, esta vez más fuerte y con más determinación.
Carolina mira a Sergio sorprendida, tratando de entender lo que pasa por aquella pequeña cabecita.
—¿Y por qué crees que es mentira?
—Mira estas aguas. —Sergio señala el río a su lado. Carolina mira el agua sin entender aún—. Están limpias y el humano estaba sucio, muy sucio.
Carolina sonríe ante la inocente observación de Sergio.
—Bueno, Sergio, es que se arrastró por el suelo al salir del río, por eso estaba sucio…